La conexión salvadoreña de Nicaragua en los años ochenta

Reportaje - 05.10.2020
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En la década de los ochenta, Estados Unidos señaló a Nicaragua de apoyar a los rebeldes salvadoreños. El gobierno sandinista negó las acusaciones... pero eran ciertas. En el país había casas de líderes del FMLN, aparatos de propaganda, arsenales escondidos e incluso trasiego de armas en cayucos a través del golfo de Fonseca.

Por Amalia del Cid

El 23 de mayo de 1993 un gran estruendo, similar al del “meteorito” caído en 2014 en un terreno de la Fuerza Aérea, se escuchó en toda la ciudad de Managua. Algo había explotado en el corazón del barrio Santa Rosa y dejado al descubierto un enorme buzón de armas escondido en un falso taller de mecánica automotriz. En el lugar se hallaron 19 misiles tierra-aire del tipo Sam-7, doscientos fusiles automáticos, lanzagranadas, explosivos y todo tipo de armamento de infantería. Además de 305 pasaportes falsos, entre ellos 176 salvadoreños.

La explosión causó la muerte de una persona, dejó heridas a otras siete y destruyó unas 17 viviendas en los alrededores. Pero, además, puso en serios aprietos al Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN), en Nicaragua, y al Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN), en El Salvador. Como en aquella época señaló la Revista Envío, si aquel arsenal escondido no pertenecía a la guerrilla salvadoreña solo podía ser propiedad del Ejército Popular Sandinista (EPS).

La situación era particularmente comprometedora porque el FMLN había firmado acuerdos de paz un año antes y hacía solo dos meses el EPS había entregado el inventario de todo su armamento a la Organización de Estados Americanos (OEA).

El partido rojinegro se apuró a negar cualquier implicación en la existencia de aquel escondrijo y llamó “irresponsables” a quienes se habían atrevido a tener semejante arsenal en plena ciudad. Poco después, el general Humberto Ortega Saavedra también deslindó al Ejército de todo lo que tuviera que ver con el “buzonazo”; afirmó que las armas eran propiedad de las Fuerzas Populares de Liberación Farabundo Martí (FPL), uno de los cinco grupos que conformaron el FMLN, y las calificó de “irresponsables, mentirosas” y de “traidoras a la solidaridad que el gobierno del FSLN había tenido con la guerrilla salvadoreña”.

A los dirigentes de las FPL no les quedó más que admitir públicamente su responsabilidad, pero aseguraron que no habían usado el buzón desde noviembre de 1991. Es decir, antes de la firma de paz, señala Envío en el texto “En la indefinición está la clave”. Dijeron además que no descartaban “mano criminal con fines políticos” en la sospechosa explosión que llevó al descubrimiento de las armas.

El escándalo conocido como “El buzón de Santa Rosa” dio mucho que hablar aquel año, pues, encima, implicaba vínculos con la organización terrorista vasca ETA. El propietario del escondite era nada menos que el etarra Eusebio Arzalluz Tapia, venido a Nicaragua en la década de los ochenta y asesor del Ministerio del Interior (MINT) bajo el régimen del gobierno sandinista.
A la fecha el caso también sigue siendo una prueba irrefutable de la conexión de Nicaragua con el FMLN en los ochenta, cuando la intervención sandinista en la guerra civil salvadoreña creó grandes tensiones entre el “gobierno revolucionario” y la Casa Blanca.

Al comienzo, la alta dirigencia del FSLN negó todas las acusaciones. Incluso cuando Alexander Haig, entonces secretario de Estado del gobierno de Estados Unidos, declaró ante la OEA, el 4 de diciembre de 1981: “Todos debemos aceptar como un hecho que el principio de no intervención está siendo violado hoy en día, con el envío de armas y pertrechos de Nicaragua a los insurgentes salvadoreños”.

Hoy se sabe que la cooperación de Nicaragua con la guerrilla salvadoreña fue mucho más allá del trasiego de armas realizado a través del golfo de Fonseca. En la capital vivían los máximos líderes del FMLN, así como toda una comunidad de salvadoreños exiliados, y desde Chinandega se transmitía la señal de Radio Venceremos. Soldados rebeldes entrenaron en las filas del EPS, asegura un antiguo miembro del FMLN, y los folletos sobre el movimiento salvadoreño permearon las universidades públicas.

Con todo, junto con el buzón de Santa Rosa, la prueba más emblemática de la conexión gobierno sandinista-FMLN continúa siendo el asesinato de la comandante Ana María y el posterior suicidio del comandante Marcial, máximos líderes de las FPL en 1983. Ambos murieron en Managua.

Cuatro de los cinco miembros de la comandancia general del FMLN participaron en el acto del X aniversario del EPS. En la foto, Salvador Sánchez Cerén (el único que llegó a ser presidente) le pasa unos binoculares a Joaquín Villalobos. Francisco Jovel es el que tiene la mano en la bolsa del pantalón y en el extremo derecho está Eduardo Sancho. FOTO/ Archivo de Oscar Navarrete

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En 1983 el salvadoreño Héctor Silva, que en aquella época residía con su familia en Managua, escuchó a sus padres hablar sobre un crimen que causó un tremendo revuelo tanto en Nicaragua como en El Salvador y estremeció los cimientos del FMLN. En la madrugada del 6 de abril la guerrillera salvadoreña Mélida Anaya Montes, conocida como comandante Ana María, maestra de escuela, dirigente sindical y segunda al mando de las FPL, fue asesinada en su casa, ubicada en el kilómetro 15 de la Carretera Sur, Managua.

Los asesinos la sorprendieron mientras dormía. Entraron sin hacer ruido, con guantes, capuchas y zapatillas, le taparon la boca con una sábana y le torcieron el brazo derecho hacia atrás, para acto seguido asestarle un disparo y 82 puñaladas, informó el diario El País, de España. El comandante sandinista Tomás Borge, entonces ministro del Interior, fue quien dio a conocer el crimen. Dos de las puñaladas perforaron los pulmones de la guerrillera, declaró Borge, y otra le produjo una “herida brutal” desde el lado izquierdo del cuello hasta la columna vertebral. “Esa le causó la muerte”.

En el primer comunicado de las FPL el crimen se atribuyó a la CIA. Pero el propio día de los funerales de la comandante —sepultada en el terreno de una guardería infantil en Managua— fue apresado Rogelio Bazzaglia, conocido como Marcelo.

El detenido era dirigente de las FPL, partidario de las posiciones ideológicas del primero al mando de la organización, Salvador Cayetano Carpio, comandante Marcial; y, por lo tanto, detractor de las ideas socialistas moderadas de la comandante Ana María.

Algunos de los objetos que se usaron en el crimen de Ana María, entre ellos los guantes, las zapatillas, las capuchas y el picahielos.

Según un comunicado del MINT, fechado el 14 de diciembre de 1983 y publicado en Barricada al día siguiente, Marcelo confesó ser el organizador del asesinato de la comandante. “Antes habían sido capturados dos de sus cómplices, cercanos a Ana María, y el día 12 fueron detenidos otros tres, todos los cuales habrían confesado su responsabilidad en el crimen. Todos ellos eran militantes de las FPL”, detalla Adolfo Gilly en su texto “El suicidio de Marcial”, publicado por la revista mexicana Nexos en abril de 1984.

De acuerdo con ese mismo comunicado, el 11 de abril de 1983 Marcelo también “declaró que su acción delictiva le había sido orientada por Salvador Cayetano Carpio”, miembro, además, de la comandancia general del FMLN. El comandante Marcial se negó a comentar esas declaraciones, de las cuales supo cuando ya se hallaba bajo arresto domiciliario en Managua, aunque hasta ese momento la versión oficial seguía siendo que “Ana María había sido asesinada por la CIA”.

Cuando los emisarios se retiraron, Marcial se sentó a escribir varias cartas, entre ellas una de despedida, dirigida el pueblo de El Salvador. Ahí rechazó la “injusta calumnia” en su contra y afirmó no poder “soportar impotente” que así se tratara a su “querida organización” ni el “escarnio” que se hacía hacia su persona ni la “infamia” de querer involucrar su nombre en “el doloroso caso de la terrible pérdida” de la compañera, “nuestra compañera”, Ana María.

“¡Revolución o muerte! ¡El pueblo armado vencerá!”, firmó. Luego se las arregló para hacer salir la carta, dice Gilly, y a las 21:23 horas del 12 de abril, se pegó un tiro en el corazón.

Tras el asesinato de Ana María y el suicidio de Marcial, un tercer escándalo estalló en diciembre de ese año, cuando el consejo del FPL y la comandancia del FMLN cerraron filas contra los partidarios de Carpio, a quien llamaron “asesino”, “cobarde suicida”, “egocéntrico” y “principal promotor y responsable” del crimen contra Ana María. El proceso por el asesinato de la comandante se realizó en el Juzgado Segundo del Distrito del Crimen en Managua y en marzo de 1984 Marcial fue exculpado legalmente ante la ausencia de pruebas que respaldaran la imputación.

A la izquierda, Salvador Cayetano Carpio, comandante Marcial. A la derecha, Mélida Anaya Montes,  comandante Ana María, asesinada en 1983 por militantes de las FPL.

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Héctor Silva vino a Nicaragua cuando tenía ocho años. Sus padres, médicos de profesión, hacían trabajo político para la izquierda salvadoreña y en 1980 un sacerdote les avisó que estaban en la “lista negra de los escuadrones de la muerte” en la ciudad donde hasta entonces habían vivido, San Miguel, en el oriente de El Salvador. Primero se trasladaron a San Salvador, pero la capital igual era un lugar peligroso; así que se exiliaron en México y finalmente en Managua, donde apenas se estaba estrenando una revolución.

La familia vivió en el país de 1980 a 1984, los años más cruentos de la guerra armada entre el FMLN y el gobierno de El Salvador. Desde su perspectiva de niño, Silva vivió con alegría aquellos años. Ahora que tiene 48 el periodista recuerda perfectamente el Colegio Centro América, donde estudió; Masaya, Granada, las lagunas de Xiloá y Asososca, las composiciones de los Mejía Godoy y esa canción de Silvio que se coreaba en el anfiteatro de Tiscapa: “Se partió en Nicaragua / Otro hierro caliente / Con que el águila daba / Su señal a la gente”.

Eran años de optimismo, dice. La revolución era una promesa a pesar de la escasez y de que había que caminar a todos lados cuando se agotaba la gasolina. “En 1983 el gobierno sandinista ya estaba más con la mentalidad de una posible invasión de Estados Unidos, al menos eso se vendía públicamente”, recuerda. “Y en los barrios y colonias empezaron a aparecer como refugios antiaéreos, que se hacían en las calles y en los predios baldíos. Para nosotros era un juego porque llovía y se hacían piscinas”.

La capital que vive en los recuerdos de Héctor Silva era una “ciudad cosmopolita”, pero cosmopolita socialista. “Había muchísimos salvadoreños exiliados en Managua en aquellos tiempos, una red de apoyo muy grande de salvadoreños e incluso de otras naciones”, relata. “Fue la primera vez que escuché acentos cubanos”.

Conoció también a ciudadanos de Bulgaria, de Argentina, de Chile. De hecho, en el colegio tuvo un amigo chileno. Y solía jugar con otros niños de El Salvador cuando miembros del FMLN se reunían en alguna casa. Las viviendas asignadas a los salvadoreños, sobre todo las de aquellos que estaban relacionados con la guerrilla o con organizaciones de izquierda, solían ser sitios de encuentro. “Recuerdo una por un lugar que se llama El Crucero, donde hace frío”, dice el periodista, fundador de la Revista Factum. “Ahí se reunían los grandes y los niños jugábamos. Todavía conservo amigos que conocí en Managua”.

En esa década Nicaragua era “casa abierta” para los salvadoreños, afirma un exguerrillero del FMLN que ha pedido se omita su nombre. Las cosas todavía están muy polarizadas en su país, explica. “Nadie va a asegurarle oficialmente que los salvadoreños entrenaron en el Frente Sandinista, pero hay varios que pasamos por ahí y que estuvimos en las escuelas de Nicaragua y algunos hasta fueron a pelear a los frentes de guerra contra la Contra, con el propósito de que alcanzaran experiencia y disciplina para que luego se vinieran a incorporar a las filas de El Salvador”.

En Nicaragua, cuenta el exmiembro del FMLN, los salvadoreños se involucraron en cooperativas agrícolas y en el sistema de televisión sandinista. Es más, afirma, en territorio nicaragüense se filmaron algunas escenas que aparecen en documentales sobre la guerrilla salvadoreña.

El FMLN instaló en Nicaragua “buena parte de su equipo de propaganda”, asegura. Cada una de las cinco organizaciones guerrilleras que lo conformaban “tenía un equipo de propaganda dentro de Nicaragua” y desde esas oficinas se generaba y recibía información a través de teletipo. Además, “la repetidora de Radio Venceremos estuvo montada en la zona de Chinandega para que pudiera sonar en El Salvador”.

Aparte, Nicaragua funcionó como un punto de apoyo para trasiego de armas y como santuario para la recuperación de rebeldes salvadoreños heridos en combate. “Sin ese apoyo habría sido difícil mantener una guerra de 12 años”, sostiene el exguerrillero.

A la izquierda, Salvador Cayetano Carpio, comandante Marcial. A la derecha, Daniel Ortega y Tomás Borge participan en el funeral del primero al mando de las FPL. En los meses posteriores a su suicidio no se le acusó oficialmente por su supuesta participación en el asesinato de la comandante Ana María. Solo circulaban rumores.

El propio Humberto Ortega, en su libro “La Odisea por Nicaragua”, publicado en 2013, reconoce lo del trasiego de armas. “El FMLN, desde inicios de la revolución, recibe un vital apoyo de los sandinistas; y, ante su incapacidad de reclutar lancheros salvadoreños, les aseguramos siempre el flujo de armas por el Golfo de Fonseca, con navegantes nicaragüenses en cayucos que desafían el oleaje de mar y la vigilancia de la Armada de Estados Unidos, con el riesgo de comprometer al gobierno de Nicaragua”, admitió el exjefe del EPS.

Además, dijo, el 25 de noviembre 1989, en el marco de la ofensiva final del FMLN, dos avionetas Cessna con ocho guerrilleros salvadoreños partieron de Nicaragua con cincuenta misiles coreanos C-1M. Una de las avionetas se estrelló y el ejército de El Salvador presentó sus restos, así como parte del armamento capturado. A raíz del suceso se terminaron de romper las ya tensas relaciones entre los gobiernos de Nicaragua y El Salvador.

A finales de ese año, según Humberto Ortega, el FMLN “presionó” para conseguir más armamento y continuar usando el territorio nicaragüense, bajo la promesa de que “en sesenta días alcanzarían la victoria”. Pero el gobierno sandinista sabía que los salvadoreños estaban equivocados y que la única salida “pragmática y viable” de los rebeldes era la negociación con el presidente Alfredo Cristiani. Tras una década apoyando a la guerrilla, de pronto el FSLN no podía “arriesgar más nuestra patria en tal paso desesperado”.

En diciembre de 1989, durante la Cumbre de Coronado, el gobierno de Nicaragua se unió a los de Honduras, Guatemala y Costa Rica, en respaldo al presidente de El Salvador. Juntos hicieron un “llamado vehemente” al FMLN para que inmediata y efectivamente cesaran “las hostilidades en ese hermano país” y se reincorporara al proceso de diálogo ya iniciado. Al año siguiente comenzaron las negociaciones para poner fin a una guerra que, se estima, dejó 75 mil muertos.

El FMLN logró llegar al poder ejecutivo 17 años después, en 2009, con Mauricio Funes a la cabeza. Sin embargo, para entonces ya se había convertido en un partido político que no representaba a muchos de los guerrilleros que combatieron en los años ochenta y que ahora viven de esa nostalgia que suelen despertar las revoluciones.

Algo parecido le sucede al periodista salvadoreño Héctor Silva. En 1984 se fue de Nicaragua lleno de buenos recuerdos y no volvió sino hasta 2009, por motivos de trabajo. Está consciente de que él vivió con ciertos privilegios esa parte de los años ochenta y que, además, sus memorias están filtradas por su vieja mirada de niño; pero no puede evitar la tristeza que le despierta “aquella revolución que se convirtió en lo que es ahora”. Un esperpento. Se trata de “una dictadura dirigida por alguien que para los nicaragüenses ya es un hombre decrépito, loco, que está llevando el país al despeñadero”, lamenta. “Algo se fue al carajo”.

Daniel Ortega con la comandancia general del FMLN en la firma de los Acuerdos de Paz de Chapultepec, México, el 16 de enero de 1992. De izquierda a derecha: Joaquín Villalobos, Daniel Ortega, Schafik Hándal (con lentes, ya fallecido), Salvador Sánchez Cerén, Eduardo Sancho (de perfil) y Francisco Jovel. FOTO/ Imágenes libres

Nica en El Salvador

Así como los salvadoreños venían a Nicaragua, hubo nicaragüenses que pelearon en El Salvador. Un caso emblemático es el de Antonio Cardenal, sobrino de Ernesto y Fernando Cardenal. Los salvadoreños lo conocieron como comandante Jesús Rojas, miembro de las Fuerzas Populares de Liberación Farabundo Martí (FPL).

Llegó a El Salvador como seminarista jesuita y dejó la orden para incorporarse a la guerrilla. El 12 de abril de 1991 cayó en una emboscada en las montañas de El Salvador, junto con 14 de sus hombres. Un episodio que para muchos fue un intento de sabotear las negociaciones de paz.
Según El País, de España, el féretro del comandante Jesús se encontraba cubierto con las banderas de Nicaragua y del FMLN. Y a las honras fúnebres asistieron tres comandantes del Frente Sandinista.

Antonio Cardenal, comandante Jesús Rojas.

Contra Estados Unidos

Las tensiones entre el gobierno revolucionario del FSLN y la Casa Blanca se dieron alrededor de la acusación de que Nicaragua estaba involucrada con el movimiento rebelde salvadoreño.

El embajador norteamericano Lawrence Pezullo se empeñó en evitar una confrontación de los sandinistas con Washington, e incluso llegó a conseguir que el presidente Jimmy Carter otorgara “un préstamo de 75 millones de dólares al gobierno revolucionario en condiciones muy blandas”, asegura el texto “Trasiego al estilo Hö Chi Minh”, publicado por La Prensa en octubre del 2000.

Sin embargo, “en ese momento el FSLN estaba en plena euforia, pretendiendo extender la revolución de tinte marxista a toda Centroamérica” y su objetivo a corto plazo era El Salvador, que en ese entonces se hallaba bajo la intensa ofensiva del FMLN, lanzada a inicios de 1981.
El eslogan oficial “Si Nicaragua venció, El Salvador vencerá” aparecía por todas partes, en mantas, televisión, periódicos y radios.

“A esas alturas Nicaragua se había convertido en un seguro refugio de los guerrilleros salvadoreños. Ellos trasladaban a sus heridos a convalecer en Managua, donde funcionaba un equipado hospital y quintas de reposo, situados en los alrededores de Las Piedrecitas”, dice el texto. “También habían instalado una poderosa emisora que pretendía estar en territorio salvadoreño, cuando estaba situada en el Cosigüina, fue cuando enterraron los famosos buzones de armas, de los cuales el de Santa Rosa fue el más grande”.

Fruto de la insistencia de Pezullo, a Managua vino George Enders, subsecretario de Estado para Asuntos Latinoamericanos, y se entrevistó cara a cara con los comandantes de la revolución nicaragüense.

Según el libro “Banana diplomacy”, Enders les aseguró que para el gobierno estadounidense una “revolución socialista al estilo nicaragüense no tendría problemas para EE. UU.” y que la única condición “para tener relaciones normales era que se abstuvieran de involucrarse con la revolución salvadoreña”.

“Esta proposición irritó a los comandantes que se sintieron empequeñecidos, pues su misión redentora no podía cancelarse y Enders se retiró frustrado. Poco después fue destituido y enviado como embajador a España. El prometido préstamo fue suspendido”, sostiene el artículo de La Prensa. “Para el sector democrático nicaragüense la propuesta norteamericana era grave. De haberla aceptado el FSLN, la revolución se hubiera consolidado por 20 años al menos”.

El presidente estadounidense Jimmy Carter.

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