La Diplotienda, el “oasis” comercial de los sandinistas en los ochenta

Reportaje - 10.02.2019
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En medio de las penurias que vivían los nicaragüenses en los años 80 por la escasez de productos, las filas y los racionamientos, se alzaba una tienda donde se encontraba de todo y de primera calidad. Se compraba en dólares y estaba reservada para los diplomáticos extranjeros y los miembros de la cúpula sandinista

Por Eduardo Cruz

La Diplotienda cerró definitivamente sus puertas el viernes 13 de noviembre de 1992, pero todavía existe al menos en el lugar más recóndito de la memoria de quienes vivieron en la Nicaragua de la década de los años ochenta del siglo pasado.

Para unos era como un lugar prohibido, al que no se podía entrar a menos que fuera de la mano de algún extranjero o que se tuviera alguna relación con lo más alto de la dirigencia sandinista. Para otros era la oportunidad de, con dólares en mano, comprar productos extranjeros, de buena calidad y relativamente baratos.

La Diplotienda tal vez no sea nada del otro mundo si la vemos con los ojos de la actualidad, cuando se puede ir libremente a supermercados bien surtidos, donde se puede encontrar desde sal refinada hasta llantas de carro. Pero era un oasis en la Nicaragua de los años ochenta cuando hasta los insumos de primera necesidad escaseaban y los que había era de mala calidad y se distribuían mediante tarjetas de racionamiento. Los supermercados lucían sus estantes vacíos o rellenados con productos nacionales o provenientes de países socialistas, como la Unión Soviética o Bulgaria.

Ni siquiera en el mercado Oriental se podían encontrar productos importados, a no ser que fuese en el mercado negro.

Afluencia de clientes en la Diplotienda de los años 80, ubicada en el reparto Serrano. La tienda era el único lugar donde se vendían productos importados de calidad, pero el acceso a la misma estaba restringida al público general. LA PRENSA/ CORTESÍA/ IHNCA

El “padre” de la Diplotienda nicaragüense fue el ya fallecido Herty Lewites, quien como ministro de Turismo la concibió en 1982 después de que los diplomáticos residentes en Nicaragua se quejaran que no se podía encontrar papel higiénico siquiera, explica su hermano Saúl Lewites. La idea, según dijo el propio Lewites en 1987 al diario Barricada, era captar los dólares que ingresaban los miles de extranjeros que llegaban al país, ya fueran diplomáticos, cooperantes o turistas.

Sin embargo, el exministro de Educación en esos años ochenta, Carlos Tünnermann, explica que en realidad la Diplotienda era una imitación de la que había en Cuba y en otros países socialistas de la Europa del este. Y que, con el tiempo, se convirtió en un “privilegio” para unos pocos nicaragüenses, una contradicción en una sociedad que pretendía promover la igualdad.

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Todavía dos o tres años después del triunfo de la revolución sandinista, que ocurrió en 1979, en Nicaragua se podían encontrar productos de buena calidad. Eran famosos la bebida en polvo Kool-Aid o el Tang. Los cigarrillos Marlboro, Kent, Diplomatic. La pasta dental Colgate. El desodorante Old Spice. Son solo algunos ejemplos entre muchos otros productos extranjeros.

Para 1982 la escasez de esos productos se hizo evidente. La escritora Gioconda Belli lo explica así en su libro El país bajo mi piel: “Lo que más me costó a mí fue acostumbrarme a la falta del papel higiénico; tener que usar periódicos, servilletas. Iba a cualquier lugar, por distante que fuera, a conseguir un rollo. Se vendían a precio de lujo, aunque eran unos rollos primitivos, mal embobinados, producidos con papel reciclado”.

Un supermercado de la Nicaragua de los años ochenta, desabastecido. FOTO/ CORTESÍA/ IHNCA

Todo aquello era producto del embargo económico que Estados Unidos impuso a Nicaragua con la llegada de Ronald Reagan a la Presidencia. En el libro Adiós muchachos, el escritor Sergio Ramírez indica que en 1981, apenas llegó al poder Reagan, sumamente anticomunista, suspendió el último desembolso de 15 millones de dólares, de los 75 aprobados por la administración de Jimmy Carter. En ese mismo año, Estados Unidos anunció que no iba a suministrar un préstamo de 9.6 millones de dólares a Nicaragua para la compra de trigo.

Los estantes de los supermercados se comenzaron a llenar con productos nacionales. De acuerdo con reportes periodísticos de la época, también se importaban productos de México, España y Bulgaria. En la comida para niños, en vez de Gerber se podían encontrar colados similares originarios de la Unión Soviética. En vez de Colgate, pastas dentales de Bulgaria o una nacional marca Dentex. De Bulgaria también venían sopas deshidratadas, gelatinas y artículos de cocina.

En los artículos escolares, los niños usaban camisas de manta. Las mochilas, algunas madres las improvisaban elaborando bolsos con tela de uniforme militar verde olivo o compraban unas mochilas débiles, de tela, forradas con plástico en el interior y con las hombreras de tira que dejaban señas en los hombros.

La Tabacalera Nicaragüense (Tanic) comenzó a producir los cigarrillos sin filtro Alas. Eran unos cigarros que se podían encender por cualquiera de los dos extremos y la gente poco los quería porque era complicado consumirlos completamente, ya que cuando se estaban terminando al fumador se le quemaba la boca. “Dame un Tanic”, decía la gente, en vez de decir un cigarro.

Con la escasez llegó también el racionamiento. El gobierno sandinista entregó una tarjeta de abastecimiento en la que se establecía qué productos y qué cantidades de los mismos podían comprar los ciudadanos. Por ejemplo, un desodorante por cada portador de la tarjeta al mes, de la marca Toque Final. O, un taco y medio de jabón.
Y en los supermercados, que se llamaban Del Pueblo, comenzaron las enormes filas para comprar cuatro libras de azúcar o lo poco que se podía encontrar en los estantes.

Mientras la Diplotienda estaba surtida de productos de calidad, los Supermercados del Pueblo apenas ofrecían productos de baja calidad y en cantidades limitadas. Arriba, colados para niños, tipo Gerber, originarios de Europa del este. Abajo, desodorantes Toque Final, los más comunes en los años 80. LA PRENSA/ ARCHIVO

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Si usted busca en los periódicos de los años ochenta cuándo fue que se inauguró la Diplotienda, no va a encontrar fácilmente la noticia. En un informe sobre la censura periodística, que elaboró Roberto Cardenal Chamorro y que está en la Biblioteca Virtual Enrique Bolaños, se explica que el gobierno sandinista evitaba que se publicara cualquier noticia que alertara a la población sobre la desigualdad social, económica y de otra índole que surgiera entre los “revolucionarios” y por eso no se publicó la noticia del nacimiento de la Diplotienda.

Aunque algunos ubican el inicio en 1982 y otros en 1984, el hermano de Herty Lewites, Saúl, indica que no fue una inauguración de un día sino que fue un proceso gradual, ya que la Diplotienda empezó con algo pequeño en el reparto Serrano, cerca de donde hoy está la nueva Catedral, detrás de la actual DGI.

En Managua, la Diplotienda comenzó en una manzana y luego duplicó el espacio. Igual ocurrió con las diplotiendas que estaban en otros sitios de Nicaragua: León, Chinandega, Granada, Jinotepe, Matagalpa y San Juan del Sur.

La Diplotienda tenía dos dueños: el Estado y una empresa panameña de la familia Motta. En la revista Businnes de diciembre del 2014, Stanley Motta indicó que tuvo buena amistad con Herty Lewites y que trabajaron juntos en la Diplotienda.

Para evadir el bloqueo económico que impuso Estados Unidos a Nicaragua, Lewites traía la mercancía de Canadá y de Panamá, desde donde llegaba en enormes furgones a Managua, explicó el periodista norteamericano Marci McDonald, en la revista Maclean’s de noviembre de 1987.

El edificio donde funcionaba la Diplotienda ahora es una bodega. FOTO/ ÓSCAR NAVARRETE

Francisco Jiménez trabajó 11 años en la Diplotienda. Empezó en mantenimiento y también fue bodeguero y terminó en el área de entrega. Recuerda que tenía un buen salario y que a veces lo ubicaban en Supermercados Internacionales, donde hoy está la DGI, y en el cual vendían principalmente comestibles, y otras veces estaba en la Diplotienda, donde vendían ropa, electrodomésticos, muebles y otros artículos. Pero todo era uno solo.

Si la Diplotienda se parece a lo que hoy es un supermercado grande, bien surtido, se diferencia principalmente en que solo se podía comprar en dólares. Aunque, el gobierno sandinista emitía unos bonos que le entregaba a los altos funcionarios para que compraran en la Diplotienda. Francisco Jiménez afirma que a los trabajadores de la Diplotienda también les daban bonos.

A la Diplotienda solo podía entrar personal diplomático acreditado en Nicaragua y los nicaragüenses autorizados mediante una tarjeta por el gobierno sandinista.

Herty Lewites explicó en Barricada, en febrero de 1987, que después se abrió el ingreso para personas que poseían dólares, pero tenían que justificar la tenencia de esa moneda extranjera. A la tarjeta posteriormente le pusieron la fotografía del usuario porque, según Lewites, querían detectar a quienes compraban para satisfacer sus necesidades y a quienes luego salían a vender más caro los productos en la calle.

El periodista del New York Times, Gordon Mott, describió así la Diplotienda en diciembre de 1984: “Ahora los diplomáticos, los periodistas extranjeros y los funcionarios de gobierno tienen acceso a alimentos, licores, aparatos eléctricos y ropa importados. Artículos que desde hace tiempo habían desaparecido de los mercados comunes aquí (Nicaragua). Los visitantes con experiencia en la Unión Soviética y Cuba afirman que la tienda es similar a los comercios donde se pagan con divisas en esos países… La primera sección de la tienda departamental está dedicada a bebidas y allí los compradores pueden elegir entre coñac Courvosier Napoleón, botellas de whisky escocés etiqueta negra y champaña Dom Perignon…”.

El interior de la Diplotienda. FOTO/ CORTESÍA

A diferencia de los supermercados Del Pueblo, la Diplotienda estaba abarrotada de quesos procesados, carnes empaquetadas, filet mignon, pavos, sopas Campbell, gaseosas enlatadas, cervezas y cigarrillos extranjeros, ropa de diseñadores de Europa, perfumes desde Jean Nate hasta aceites para el baño Estee Lauder, bicicletas Chopper. En la zona electrónica, la marca Sony destacaba entre las demás. También había aires acondicionados, congeladores y refrigeradoras, televisores a colores, Betamax.

El que se cansaba de ver la mercadería, podía hacer un descanso comprando un té que valía 1.50 dólares o palomitas de maíz que tenían el mismo precio.

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Si bien la intención de Herty Lewites al crear la Diplotienda fue buena, no lo fue por mucho tiempo. Lewites explicó en los años ochenta que las tiendas en dólares habían nacido para que se beneficiara la revolución. La idea era captar las divisas de los extranjeros residentes en el país, pero casi desde el inicio le llovieron las críticas a la iniciativa.

“El término Diplo está tomado por apócope de diplomático y se utiliza para engañar al pueblo, haciéndole creer que en las Diplotiendas solo compran los diplomáticos, pero la realidad es que con esa media verdad, la nomenclatura gobernante hace uso de ellas para adquirir los productos que el engañado pueblo ni siquiera sospecha que existen”, escribió Roberto Cardenal Chamorro en su informe sobre la censura periodística de los años ochenta.

Aunque ahora muy pocos de los comandantes, comandantes guerrilleros y subcomandantes admiten que entraron a la Diplotienda, algunos de ellos reconocen que la misma fue un error.

“Nosotros (los comandantes) no pasamos las penurias (de los ochenta), tampoco creo yo que para estar en un plano igual hay que pasar las penurias por las que están pasando (los demás). No. Pero no debe haber privilegios. Y esta política de ir a la Diplotienda yo creo que no fue una política correcta”, dijo a la revista Magazine el comandante Henry Ruiz en 2006.

La Diplotienda era muy concurrida por los altos mandos sandinistas y era común ver el parque lleno de carros Lada, los oficiales del gobierno sandinista. LA PRENSA/ ARCHIVO

El exministro de Educación en los año ochenta, Carlos Tünnermann, considera que la Diplotienda estableció un privilegio. “Es una experiencia censurable. Ojalá eso no se vuelve a repetir”, dijo Tünnermann, aludiendo a que mientras la población hacía enormes filas para entrar a supermercados desabastecidos, los altos mandos sandinistas encontraban de todo en la Diplotienda, tenían el dinero y no necesitaban hacer filas grandes.

El ingeniero Agustín Jarquín Anaya indica que la Diplotienda en los ochenta fue una manera de discriminar a los nicaragüenses y era un claro contraste en la sociedad.

La Diplotienda también estaba acabando con las empresas privadas por competencia desleal. En los años noventa se descubrió que pocas veces la Diplotienda pagó impuestos. Además, el córdoba se devaluaba rápido y los comerciantes privados vendían en moneda local, pero después realizaban transacciones en dólar, por lo cual salían perdiendo, explicaron comerciantes de la época.

En diciembre de 1987 esa competencia desleal se hizo más evidente. “Feliz Navidad… en Diplotienda”, tituló LA PRENSA el 19 de diciembre. Solo allí había artículos navideños. En los demás centros comerciales eran inexistentes. Ese día la Diplotienda cerró a las 2:00 de la madrugada y las cajeras se quejaron del cansancio.

El éxito de la Diplotienda fue tan grande que tuvieron que ampliarla en más de una ocasión. Esta imagen corresponde al año 1988 y es la tienda en Managua. LA PRENSA/ ARCHIVO

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El éxito que tuvo la Diplotienda fue demoledor. Diversas fuentes indican que cada año le generaba 35 millones de dólares en ganancias al gobierno sandinista. Y según la tesis doctoral de Manuel Hernández Ruigómez, las diplotiendas proporcionaron más del 20 por ciento del total de los ingresos gubernamentales en divisas.

La derrota electoral del sandinismo en 1990 marcaría el principio del fin de las diplotiendas. Con la llegada de doña Violeta Barrios de Chamorro al poder, los Estados Unidos levantaron el embargo económico a Nicaragua y en el país comenzaron a aflorar negocios que empezaron a hacerle fuerte competencia a la Diplotienda.

Para 1992, de la Diplotienda no quedaba mucho. El empresario panameño Stanley Motta, socio de la misma, explicó que en noviembre de ese año compró el 51 por ciento de las acciones que le correspondían al Estado y ese fue el final.

La Diplotienda en sus últimos días. FOTO/ CORTESÍA/ IHNCA

Los dos últimos años fueron de fracasos. Según publicó LA PRENSA, la competencia que nunca había tenido fue fuerte a partir de 1990. La clientela empezó a dar la espalda a la Diplotienda porque había otros lugares donde podía encontrar toda clase de alimentos importados y accesorios de vehículos.

Además, la Diplotienda tuvo que empezar a pagar los impuestos que no pagó en los ochenta y también los del momento. “Eso la descapitalizó”, indicó en ese tiempo el sindicalista Roberto González.

A eso se le sumó que se compraron productos que nunca se vendieron y que se tuvieron que liquidar a un precio menor del que se adquirió.

Antes del cierre de la tienda, se tuvo que despedir a 200 empleados y quedaron 89. El parqueo comenzó a llenarse de maleza.

Herty Lewites vio con tristeza cómo se desmoronaba la Diplotienda. Para los nicaragüenses solo quedó el recuerdo de la tienda a la cual no todos podían entrar a menos que fuera de la mano de un extranjero, tuviera las manos llenas de dólares o fuera allegado a la cúpula sandinista.

En Cuba

Las diplotiendas existieron en Cuba desde la década del 60, de acuerdo con la página web cubanalisis.com, y el término se aplica para las tiendas de productos alimenticios, vestuario, calzado, aparatos eléctricos o cualquier servicio, creada exclusivamente para la atención y venta en dólares a extranjeros residentes en Cuba o visitantes, y estrictamente prohibida a los cubanos durante mucho tiempo y aún muy limitada en la actualidad.

En Cuba, la diplotienda ofrece productos y servicios que no pueden ser adquiridos en la red de centros nacionales por parte de la población. El avituallamiento de las diplotiendas se realiza por mecanismos creados por el Ministerio del Interior que incluyen un buen componente de contrabando, bajo el criterio de romper el bloqueo del imperialismo.

Se administran por corporaciones fachada de ese Ministerio, tales como CIMEX (control directo del Ministerio del interior), Cubanacán (consejo de estado) o GAESA y Gaviota (Fuerzas Armadas).

Herty Lewites, el impulsor de la Diplotienda, poco antes de fallecer, en 2006. LA PRENSA/ ARCHIVO

La gestión de Herty Lewites

De acuerdo con Saúl Lewites, hermano de Herty, el creador de la Diplotienda, siempre la vio como un buen negocio que trataba de ayudar a la economía de la revolución y no como una manera de excluir a los nicaragüenses.
Según Saúl Lewites, al final la Diplotienda fue abierta a todos los nicaragüenses.

Periodistas extranjeros describen a Herty Lewites como una persona que actuó como si en Nicaragua no había guerra en los años ochenta y quería hacer del país un gran destino turístico, desarrollando proyectos de hoteles y balnearios, aunque una revista norteamericana indicó que su mayor logro fue la Diplotienda.

Durante los años que fue ministro de Turismo, Herty Lewites impulsó obras en Pochomil, Montelimar, Granada y en otras partes de Nicaragua. Según declaraciones que dio a Barricada, decía que el dinero que los turistas gastaban en México bien podían dejarlos en Nicaragua.

Lewites gestionó 52 millones de dólares en inversión privada y aseguraba que con esas obras no se tocaba ni un centavo del erario.

Lewites murió repentinamente en julio del 2006, cuando era candidato presidencial del MRS y opositor a Daniel Ortega.

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