La ejecución de Cornelio Hüeck, el señor de Masaya

Reportaje - 11.03.2019
Cornelio

Cornelio Hüeck era uno de los brazos fuertes de Anastasio Somoza Debayle y reinaba como amo
y señor en la ciudad de Masaya. Murió fusilado por  una guerrillera e inspiró una novela. Esta es la historia de su vida y su muerte

Por Amalia del Cid 

Martes 9 de agosto de 1994. En el cementerio de Tola, Rivas, unas treinta personas se congregan por la mañana en torno a una fosa común. A nueve cuartas de profundidad, bajo otros dos cadáveres, al fin encuentran el cuerpo que están buscando; pero ahora es solo una osamenta envuelta en una pijama rosada podrida por la humedad de la tierra. Cornelio Hüeck Salomon ha estado ahí durante quince años y en el pómulo derecho todavía se observa el agujero del balazo disparado por la guerrillera que lo ejecutó, luego de ser condenado a muerte en un surrealista juicio popular.

En otro tiempo Cornelio había sido uno de los peces gordos del régimen de los Somoza, presidente del Congreso Nacional de 1972 a 1978 y “padrino” de cuanta persona llegó a pedirle ayuda a su casa. El Señor de Masaya, lo llamaban. Y bastaba un papelito con su firma para cambiar el destino de la gente que lo buscaba. Pero al final de su vida a él nadie pudo ayudarle. Ni siquiera despertó la compasión del jurado improvisado por los guerrilleros sandinistas cuando llegó su turno de defenderse.

El día de su captura Cornelio casi logró escapar del comando guerrillero que rodeó su hacienda, llamada San Martín y ubicada en Tola, donde se había atrincherado mientras afuera agonizaba el régimen de los Somoza. Estuvo a punto de subir a la lancha que llegó a rescatarlo, tan cerca de librarse del calvario que fueron sus últimas horas. Ya empezaba a meterse al agua cuando sus perseguidores lo alcanzaron. Llevaba una pistola calibre 45. No la usó. No tenía caso.

Cornelio Hüeck Salomon trabajando mientras se fuma un cigarrillo. La foto pertenece al Fondo Novedades, del Instituto de Historia de Nicaragua y Centroamérica (IHNCA-UCA).

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A la familia de Cornelio Hüeck Salomon no le gusta hablar de lo que pasó. “No es el momento”, dicen amablemente algunos de sus parientes cuando se les pregunta por él. E incluso entre ellos mismos el tema suele tratarse con mucha delicadeza, afirma Rossalba Hüeck, sobrina nieta del Señor de Masaya.

Para ellos, dice, Cornelio es el hombre agradable de costumbres hogareñas que ayudó a muchísima gente en Masaya. El tío que amaba los caballos y las guayaberas blancas y que, para bien o para mal, puso en alto el apellido Hüeck.

El historiador Bayardo Cuadra lo conoció y lo recuerda como un hombre muy inteligente y de gustos muy refinados que como político se involucró demasiado con los Somoza al grado de que los sandinistas lo consideraran “un individuo al que había que matar”, a pesar de que él nunca mató a nadie.

Cornelio fue un hombre de mucho poder político y pecaba de servil cuando se trataba de agradar a Anastasio Somoza Debayle, pero no era un matón, considera Cuadra. En una ocasión, cuenta, él fue con un amigo a Masaya para ver un partido de baloncesto del equipo femenino Fénix y estando en el gimnasio su amigo se emborrachó. Empezó a gritar que Cornelio Hüeck era un tal por cual y un ladrón y pronto la noticia llegó a oídos del propio Cornelio, quien se presentó personalmente para preguntarle al muchacho cuál era el motivo de tanto jaleo. “Oí que usted tiene algún resentimiento conmigo, que sus expresiones son muy acusativas, que soy un ladrón y un tal por cual”, le dijo.

Pudo haber ordenado que lo sacaran a golpes del gimnasio; en cambio, llegó muy caballerosamente a preguntarle qué tenía contra él, observa el historiador.

Hüeck Salomon vivía para la familia y para la política, dicen quienes lo conocieron. Estudió Farmacéutica en la Universidad de Oriente y Mediodía, Granada, pero nunca ejerció su profesión. Fue director general de Ingresos, presidente del Congreso Nacional de Nicaragua y secretario del Partido Liberal Nacionalista (PLN), liderado por Anastasio Somoza Debayle.

En los años sesenta y setenta solía aparecer a menudo en el diario La Prensa, criticado por servilismo y corrupción; señalado de imponer una “dictadura” personal en Masaya; defendiendo los intereses del presidente Somoza o sosteniendo acaloradas discusiones públicas con Pedro Joaquín Chamorro Cardenal, director del rotativo.

Pedro Joaquín Chamorro Cardenal.

Según el libro El Periodista, una colección de los editoriales de Chamorro Cardenal, “una de las aplicaciones más burdas y sonadas de la Ley del Bozal (censura a los medios de comunicación) fue promovida por Cornelio Hüeck”, quien impulsó, con la venia de los Somoza, una reforma al Código Penal incluyendo en las sanciones por injurias y calumnias a los dueños de medios de comunicación. Es decir, de La Prensa. “La intención de Cornelio Hüeck era aplicar el torniquete a Pedro Joaquín Chamorro, a través de la asfixia financiera”, se expone en el libro.

Con Pedro Joaquín está también relacionada su mayor mancha a nivel político. Cornelio fue vinculado por Silvio Peña (uno de los autores intelectuales del crimen) con el complot para asesinar al director de La Prensa.

“Peña anduvo pidiendo dinero entre los enemigos de Chamorro. Prometía que el escándalo pasaría rápido y que los implicados estarían protegidos por un funcionario leal al régimen: el poderoso Cornelio Hüeck, el cerebro político y legal que había permitido la reelección de Somoza para un segundo período”, destaca el periodista Octavio Enríquez en su reportaje El complot para asesinar a Pedro Joaquín Chamorro, publicado por La Prensa en enero de 2016.

Y según las memorias de la expresidenta Violeta Barrios, viuda de Chamorro Cardenal, en sus primeras declaraciones Peña aseguró que tras el complot estaban Cornelio Hüeck, quien había acusado al periodista por injurias y calumnias; Pedro Ramos, de Plasmaféresis, y Fausto Zelaya, expresidente del Banco de la Vivienda. Todos tenían motivos para odiar a Pedro Joaquín, quien los había denunciado por corrupción en las páginas de La Prensa.

Eso gritaba la gente del jurado el 23 de junio de 1979, cuando Cornelio intentaba, en vano, conmoverla para no ser condenado a muerte. Le decían que él había mandado a matar al doctor Pedro Joaquín Chamorro y el prisionero contestaba que era “incapaz de hacer una cosa semejante”, narra el periodista Ernesto Aburto en Las últimas horas de don Cornelio, una detallada crónica sobre la captura y el calvario del Señor de Masaya, publicada por El Nuevo Diario el 23 de junio de 1980.

Se trata de la crónica en la que el escritor masatepino Sergio Ramírez Mercado se inspiró para crear su personaje Alirio Martinica, de la novela Sombras nada más. Alirio es Cornelio Hüeck.

Cornelio es recibido por su esposa Lía Plata de Hüeck, al volver de una visita a España. FOTO/ CORTESÍA DEL IHNCA

 

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El juicio público inició cerca de las 3:30 de la tarde en el patio de la casa cural que el padre Gaspar García Laviana había construido frente a la plaza de Tola, narra Ernesto Aburto en su texto. El lugar estaba repleto de personas que el jefe guerrillero Álvaro Diroy Méndez, Ezequiel, mandó a traer en un camión a la cercana comunidad La Palma, para que presenciaran el proceso en el que serían juzgados varios somocistas, “orejas” y guardias capturados.

Cornelio, apresado el 21 de junio, estaba desvelado y apenas había probado bocado. Durante su corto cautiverio le ofrecieron comida, pero la rechazó. Solo pedía agua. Y la mañana del 23, el último día de su vida, se quejó de que no había podido dormir porque un hombre lo estuvo amenazando con pegarle un tiro si cerraba los ojos.

Debía defenderse a sí mismo en el juicio organizado por los guerrilleros y tenía que ser una buena defensa si quería que el jurado no lo condenara con su silencio. Debía hacerlos aplaudir y convencerlos de alzar la mano en señal de que le perdonaban la vida. Antes de que llegara su turno, el jurado absolvió al diputado somocista Alejandro Martínez, por su grandilocuencia, y al exalcalde de Rivas, Carlos Argüello Guerra, porque tenía muchos amigos en el pueblo. Sin embargo, para Cornelio no hubo clemencia.“Se esperaba que su defensa fuera brillante, pero llegada la hora se llenó de miedo; hablaba atropelladamente, y temblaba”, afirma Aburto. “Centró sus alegatos en su ancianidad, y dijo ser abuelo de muchos nietos. Empezó contando la historia de sus bienes materiales, y trató de sustentar la legitimidad de los mismos”.

Temblaba, rogaba y prometía. Dijo que si le permitían vivir entregaría la hacienda San Martín a la comunidad de Tola. Una nada despreciable propiedad costera de aproximadamente 17 mil manzanas que de todas formas nunca volvió a la familia Hüeck, de acuerdo con Rossalba, sobrina nieta de Cornelio.

El prisionero también hizo ver al jurado que ya era un anciano de 70 años, un “viejo decrépito”, y que esperaba “que todos los presentes llegaran a esa edad”. Según Aburto, Cornelio pidió consideración a sus años y aseguró que si el pueblo de Tola lo condenaba “se iba a arrepentir porque su sangre caería sobre las conciencias de todos”. Estaba tan nervioso que al finalizar su discurso se aplaudió a sí mismo.

Fue condenado junto con otros cuatro prisioneros y esa misma noche lo fusilaron en el camposanto. La responsable de la ejecución fue una joven guerrillera llamada Lidia Henríquez, relata Mónica Baltodano en Memorias de la Lucha Sandinista. La conocían como la Negra Tania, Tania del Sur o simplemente Tania.

Llovía cuando Cornelio murió, recordaron más tarde algunos testigos, y la noche ya se había dejado caer sobre el cementerio de Tola. Algunas versiones afirman que al saber que su vida estaba perdida, el expresidente del Congreso Nacional se resignó y murió serenamente. Otras dicen que suplicó y ofreció “todo lo que tenía en Nicaragua y el extranjero si lo dejaban vivir”.

Ernesto Aburto asegura que el condenado nunca perdió la esperanza de seguir viviendo y que en los últimos segundos de su existencia alzó los brazos por instinto, como tratando de detener las balas.

Como presidente del Congreso Nacional, Cornelio Hüeck Salomon estaba constantemente en contacto con medios de comunicación. Foto/ Cortesía del Ihnca

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Cornelio Henry Hüeck Salomon tenía ascendencia judía por ambos lados de su familia y provenía de una larga línea de Cornelios. Su abuelo, Cornelio Hendrik Hüeck, era originario de la ciudad alemana de Westfalia y en el siglo XIX migró a la isla caribeña de Curazao, donde en 1876 nació Cornelio Hüeck Grünning, futuro padre de Cornelio Hüeck Salomon, de acuerdo con una reseña genealógica publicada por Jimmy Hüeck en el portal Ancestry.

Cornelio Hüeck Grünning “era extraordinario”, afirma Bayardo Cuadra. Según Jimmy Hüeck, su abuelo tenía estudios en filosofía, ciencias sociales y económicas, medicina, cirugía, historia y geografía y administración pública y colonial. Se estableció en Masaya y se casó con Emilia Salomon, con quien tuvo tres hijos: Carlos, Cornelio y Guillermina. (Luego se separó de Emilia y convivió la mayor parte de su vida con Mercedes Torres, con quien procreó ocho hijos más).

El tercer Cornelio de esta historia nació en Masaya, posiblemente en 1910, y en agosto de 1930 contrajo matrimonio con Rosalía “Lía” Plata. Tuvieron cuatro hijos: Allan, Henry, Carlos Iván y Lía Verónica. La familia vivía en una hermosa casona de amplios corredores y numerosos balcones desde los que Anastasio Somoza Debayle saludaba a la procesión de San Jerónimo cada 30 de septiembre.

“‘Tacho’ se hospedaba en la casa de Cornelio y Cornelio hacía que la procesión pasara al frente de su casa y le hiciera reverencia”, señala el historiador. Para algunos esa era una muestra más del “servilismo” de Hüeck Salomon, quien no escatimaba esfuerzos para complacer y elogiar al tirano a niveles que llegaron a agobiar al propio Somoza, según una fuente que solicitó no ser citada.

Un paso en falso lo hizo caer en desgracia. Uno solo, pero grave a los ojos del líder de la dictadura. En julio de 1977, Somoza Debayle sufrió un infarto y en su ausencia Cornelio dijo que, de fallecer el presidente de la República, él era su sucesor natural. Pero Tacho vivió y cuando se lo contaron no le hizo ninguna gracia el comentario de Cornelio. “Prácticamente lo mandaron al ostracismo, lo despojaron de todos los cargos que tenía y quedó mal”, apunta Cuadra.

Por eso cuando, en plena insurrección, los guerrilleros lo capturaron, Cornelio trató de defenderse argumentando que él tampoco estaba en buenos términos con Somoza. “Ve, hombré. Ustedes me van a matar, ¿verdad? No sean así conmigo. ¿No ven que yo también soy enemigo de Somoza? ¿Acaso no se dan cuenta ustedes de que me había peleado con él, que Somoza me odiaba?”, le habría dicho a Dimas López Guido, el campesino de Las Salinas que lo atrapó.

En Masaya a muchos no les sentó bien la noticia de la trágica muerte del “padrino”. En la Ciudad de las Flores don Cornelio fue un gran benefactor y perdía la cuenta de sus “ahijados”. Por la mañana se abría el enorme portón de la casona y la gente que había llegado a pedirle favores se sentaba a esperar en las banquitas del garaje hasta que “el hombre” bajaba de su habitación para irse a trabajar, recuerda Julia Celina Núñez, habitante de Masaya.

“No había guardias en la entrada”, dice. Nadie impedía que la gente ingresara a la casa de Cornelio Hüeck Salomon. Ella misma, siendo una niña, llegó hasta el segundo piso de la casa, introducida por su tía Aurora Herrera —que trabajaba como doméstica para la familia— y resuelta a solicitar una beca para seguir estudiando. “Mi mamá nos había abandonado y mi papá era alcohólico. Yo sabía que lo más probable es que me iba a quedar con sexto grado”, explica.

A los 13 años ella ya había oído que don Cornelio resolvía problemas y tomó la decisión de ir a buscarlo por su cuenta, sin consultarle nada a sus abuelitos.

—¡Hola, padrino! ¡Buenos días! —le dijo cuando lo vio salir de su habitación. Era un hombre alto y calvo, con anteojos de marco negro y una fina bata de baño color gris que tenía las iniciales “CH” bordadas en dorado cerca del corazón.
—¿Qué andás haciendo? —preguntó Cornelio, acariciándole la cabeza. —¿Por qué no viniste con tu papá o tu mamá?
—Porque andan trabajando.
—Ah… ¿Y qué querías?

Julia Celina agachó la mirada y respondió:

—Necesito que por favor me ayude con una beca para ir a estudiar a la Escuela Normal de San Marcos.
—¿Y de eso te afligís? ¿Por qué vas a agachar la cabeza si venís donde tu padrino? Ya sabés sí, que ahí tenés que estudiar bastante y acordate que vas a estar encerrada.
—Sí padrino, es internado, yo sé.

Cornelio escribió algo en una hoja de papel y se la entregó a la niña.

—Este va a ser tu regalo para tu futuro —le dijo—. Llevale esto a don Guillermo Escobar, es el inspector departamental de Educación en Masaya.
—¿Solo con esto me van a resolver?
—Sí mi niña, ya con eso su beca está lista.
Ahora Julia Celina tiene 61 años, pero recuerda aquel día con una claridad fotográfica. Siempre va a estar agradecida con don Cornelio por haberle abierto las puertas de la Normal. La gente que lo buscaba en Masaya sabía que él hacía favores, pero muchos desconocían el tipo de cargo que ostentaba en el régimen de los Somoza, sostiene. Lo querían como benefactor y lamentaron su ejecución, pero en aquel momento no era posible llorarlo.

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Lo andaban buscando desde hacía varias semanas y ya el 26 de mayo de 1979 había fallado un ataque a la Hacienda San Martín, realizado por la Unidad de Combate “Francisco López”, expone la exguerrillera Mónica Baltodano en Memorias de la Lucha Sandinista.

De acuerdo con la crónica Las últimas horas de don Cornelio, el siguiente ataque empezó el 20 de junio y fue ejecutado por combatientes al mando de Álvaro Diroy Méndez, Ezequiel.

Julio Jácamo Ledesma, posteriormente corresponsal de El Nuevo Diario en Rivas, estuvo presente en los acontecimientos de San Martín. Y en 1980 aseguró que los atacantes que esa tarde rodearon la casa-hacienda eran casi trescientos, “pero la gran mayoría completamente desarmada”.

Escaseaban los Fales, los Garand, las escopetas… Abundaban los rifles de cacería y apenas un solo bastón chino (RPG-2)”.

Ezequiel mandó completar el cerco alrededor de la casa y comenzó a exigir la rendición de Cornelio Hüeck Salomon. Según Jácamo Ledesma, el jefe guerrillero le prometió que si se rendía sin combatir, se respetaría su vida y la de sus acompañantes, pero luego de un pesado silencio Cornelio gritó que ya se había comunicado con la Guardia Nacional y que pronto llegaría aviación de refuerzo.

“Efectivamente hubo un ataque aéreo que no causó ninguna baja, en cambio, los disparos desde dentro de la casona produjeron varios heridos. Cornelio casi se escapa. Fue el campesino y guerrillero Dimas López Guido, quien divisó a lo lejos a un grupo que iba huyendo hacia la playa. Habían logrado coordinar que una lancha los fuera a recoger”, subraya Mónica Baltodano.

Al amanecer del 21 de junio era evidente que la hacienda se estaba quedando sin municiones. Sin embargo, todavía salían disparos de la casa cuando Dimas percibió a lo lejos las siluetas de “tres personas que avanzaban rápidamente a la orilla del mar”. Eran Cornelio, su sobrino Jimmy Hüeck y una empleada doméstica. “Allá van, y están bien lejos. Dame ocho hombres que yo los alcanzo”, solicitó el guerrillero a su jefe, Ezequiel, y de inmediato empezó a perseguirlos por una carretera sin pavimento que corría paralela a la costa.

“En Playa Conejo tuvieron que enfrentarse a cinco guardias que estaban heridos, y que quedaron cubriéndole la retirada a Cornelio”, narra Baltodano. Dimas dejó atrás a varios de su grupo para que le hicieran frente a los guardias y siguió corriendo junto a dos compañeros sin perder de vista al anciano que escapaba por la playa.

Siempre avanzando por la calle paralela, lograron sacarle ventaja al grupo de Cornelio y salieron a la playa adelante de ellos, narró Dimas en 1980, cuando tenía 46 años. Entonces se oyó el motor de la lancha de rescate; faltaban como treinta metros para que la embarcación llegara a la orilla cuando fue alcanzada por los disparos de los guerrilleros y el motorista se alejó del lugar. El Señor de Masaya estaba atrapado. Su sobrino Jimmy estuvo disparando hasta que le pegaron un tiro en un testículo. Cornelio no. Se rindió mansamente, tendido sobre la arena de Playa Larga.

El presidente del Congreso Nacional, Cornelio Hüeck, lee un decreto en presencia de Anastasio Somoza Debayle. FOTO/ CORTESÍA DEL IHNCA

La casa de Cornelio

La casa de Cornelio Hüeck Salomon y Rosalía “Lía” Plata era la más linda de Masaya. Anastasio Somoza Debayle se hospedaba ahí a finales de cada septiembre, para ver pasar la procesión de San Jerónimo. Cuando los cargadores pasaban con la peaña le hacían una reverencia y el presidente saludaba desde un balcón de la casona.

También a esa casa llegaban decenas de personas a pedir favores al “Señor de Masaya”. Todas las mañanas lo esperaban sentadas en las bancas del garaje hasta que él bajaba de su habitación para ir a trabajar. Antes de salir de casa, Cornelio hablaba con la gente y resolvía problemas.

Tras el triunfo de la revolución sandinista, la propiedad fue confiscada y años más tarde convertida en sede de la Alcaldía de Masaya. Carlos Iván Hüeck Núñez, nieto de Cornelio, fue alcalde de esta ciudad en el periodo 2001- 2004 y de esa manera se convirtió en el único miembro de la familia que volvió a utilizar la casa de su abuelo, pues era su oficina.

Según Carlos Iván, tras la ejecución el cuerpo de su abuelo no fue hallado sino hasta el año 1994, cuando se hizo la exhumación en el cementerio de Tola. Cornelio tenía “las manos atadas con cuerdas de nylon y su medicina para el corazón perfectamente colocada en el bolsillo delantero de su pijama finamente bordada. Hasta entonces su familia pudo enterrarlo”, contó en una entrevista concedida al diario The Miami Herald el 21 de abril 2001.

¿Por qué se quedó en el país?

Cuando Cornelio Hüeck Salomon decidió atrincherarse en su hacienda San Martín, Nicaragua ya era un hervidero y los sandinistas avanzaban contra el régimen de Anastasio Somoza Debayle. ¿Por qué Cornelio se quedó en un lugar donde cualquiera podía encontrarlo? Es la pregunta que surgió tras la ejecución del expresidente del Congreso Nacional.

Algunos dijeron que se trató de codicia, pues en la propiedad había demasiado que perder. Por lo menos cinco familias Hüeck habían llegado a guardar a la hacienda sus más valiosos bienes, asegura el periodista Ernesto Aburto en la crónica Las últimas horas de don Cornelio. Otros opinaron que a lo mejor creyó que Somoza podría detener el avance de los guerrilleros. Pero fue otra la explicación que él dio momentos antes de ser fusilado: “No me fui porque me siento limpio. Nunca pensé ser autor de delitos que merecieran la muerte”.

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