La historia de los Montenegro, perseguidos y cazados por pensar diferente

Reportaje - 11.08.2019
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Una familia jinotegana de tradición antisandinista está siendo exterminada. Tres de sus miembros ya fueron asesinados y el resto vive en zozobra y en clandestinidad. Esta es la tragedia de los Montenegro.

Por Amalia del Cid

Aquella tarde helada Vivian Montenegro llevó a su hija a la montaña para que el abuelo la conociera. Después de asegurarse de que nadie la seguía, caminó un trecho con la bebé en brazos y esperó un rato a que él apareciera. Para entonces Edgard Montenegro llevaba cinco meses mal viviendo debajo de árboles y dentro de cuevas, a fin de que no lo hallaran los hombres que lo andaban buscando. Faltaban seis meses para que finalmente lo mataran.

—Se parece a mí —dijo.

Eran las 4:00 de la tarde y el encuentro no duró más que media hora, pues Edgard también temía por las vidas de su hija y su nieta. Además, pronto el cielo se llenó de nubes grises y la fuerte lluvia de Jinotega se coló entre el follaje de la montaña. Antes de marcharse llorando, Vivian miró a su padre bajo las ramas de un árbol, cubriéndose con un pedazo de plástico negro, lo único de lo que disponía.

Muchas tardes después, el jueves 27 de junio de 2019, Edgard Montenegro fue asesinado en Honduras junto con su hijo Yalmar, justo cuando ambos pensaban que al fin estaban seguros. Habían huido de Nicaragua en febrero, atravesando la corriente del río Coco, luego del asesinato de otro miembro de la familia: Oliver Montenegro, hermano de Edgard y tío de Yalmar.

Pero el drama de los Montenegro aún no acaba. Las mujeres se sienten vigiladas y amenazadas, las han despedido de sus empleos o han tenido que renunciar, y casi todos los hombres de la familia están escondidos para no correr la misma suerte que Oliver, Edgard y Yalmar. Huyen de la Policía y de los paramilitares del orteguismo, explican. Ni siquiera han podido estar presentes en los funerales de sus muertos.

Vivian Montenegro Olivas junto a su padre, Edgard Montenegro Centeno. La foto de la boda fue tomada hace unos siete años y muestra otra faceta del campesino, asesinado el 27 de junio de 2019. Foto/ Cortesía familia Montenegro

Sucede que en abril de 2018, cuando en cada rincón del país estallaron protestas ciudadanas contra el régimen de los Ortega Murillo, gran parte de esta familia campesina, de tradición antisandinista, comenzó a participar en marchas y barricadas. Edgard, antiguo miembro de la Resistencia Nicaragüense, fue uno de los que más se involucró. Estuvo en manifestaciones que, micrófono en mano, dirigía y ayudó a organizar los tranques de El Cuá y Wiwilí, municipios jinoteganos.

En junio de ese mismo año empezaron las “operaciones limpieza” y el tranque de El Cuá fue atacado, pero continuó activo, igual que el de Wiwilí. Los Montenegro hicieron “unas dos movilizaciones más”; sin embargo, en julio la persecución los obligó a escapar, relata Enoc Montenegro, desde el lugar donde se esconde para proteger su vida.

Los hombres Montenegro ya se encontraban en la clandestinidad, echados al monte, cuando en septiembre recibieron la noticia de que Edgard era acusado por la Policía de haber asesinado a Héctor Moreno Centeno, de 30 años, a quien en Jinotega conocían como Pasmado y como paramilitar orteguista. Un crimen que ellos atribuyen a la propia Policía y a los paramilitares.

Desde entonces no han tenido paz. Sus casas están abandonadas y las cosechas se han perdido en los cafetales porque a los peones les da miedo trabajar para alguien de apellido Montenegro. El ganado está desapareciendo en los potreros y se les han robado la madera y los cultivos. Ya poco queda de la vida que tenían antes de ese abril.

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Los cafetales del cerro Kilambé estaban llenos de granos rojos. Era enero, tiempo de cosechas, y Oliver Montenegro, de 44 años, decidió que no perdería la suya después de haber trabajado tantos meses. De día iba a su finca y de noche se escondía en cualquier parte porque sabía que ningún Montenegro estaba a salvo en esas tierras sin ley. Sus hermanos se lo advirtieron muchas veces y Oliver les respondía: “No me va a pasar nada. Dios me protege”. Pero a veces dormía en la seguridad que le ofrecía el monte, donde nadie lo encontró. Tuvieron que matarlo por la tarde y en la finca de la que no quiso salir.

Le dispararon por la espalda cuando se dirigía, montando una mula y jalando dos más, a retirar la cosecha de café cortada por sus peones en la jornada del día. Esa misma tarde su cuerpo fue trasladado a la casa de la finca, pero ninguno de sus hermanos pudo ir a ver con sus propios ojos la desgracia que finalmente había alcanzado a la familia Montenegro. Fue su madre, Ángela Centeno, de 78 años, quien recogió el cadáver destrozado.

Oliver tenía el cuerpo acribillado y dos balazos de fusil que entraron por el cráneo y le desbarataron el rostro. Debajo del ombligo empezaba una herida que le atravesaba el vientre y sobre el pasto, alrededor de la cabeza deshecha, estaban regados los sesos.

—Es imposible olvidar el olor de la masa encefálica. Se te graba en la mente, sobre todo si es de tu hermano.

Quien así habla es una de las hermanas Montenegro Centeno, que ha preferido omitir su nombre. A ella la despidieron de su trabajo porque su familia participó en las protestas contra el Gobierno. Pero perder un empleo no es tan importante cuando casi todos tus hermanos y sobrinos, e incluso tus padres, están amenazados de muerte.

“Mi consuelo es que Oliver no tuvo tiempo de sufrir”, dice. “Igual que a Edgard, lo agarraron por la espalda. No los enfrentaron”.

Conoce detalles de lo ocurrido esa tarde porque hay un sobreviviente: un joven pariente que acompañaba a Oliver en las labores del campo y que ese miércoles 23 de enero se salvó por un olvido. Al momento de la balacera no estaba junto a su primo porque, cuando iban camino a los cafetales, advirtió que no llevaba un lápiz para anotar cuánto grano había colectado cada cortador y regresó a buscar uno.

Acababa de cerrar la puerta de la casita donde permanecía durante la cosecha cuando, a unos cincuenta metros de distancia, comenzaron los tiros. “Él venía montado y la bestia agarró en dirección opuesta, incontrolable, asustada. Así fue como él se salvó”, asegura la hermana de los Montenegro Centeno.

Oliver Montenegro fue asesinado el 23 de enero de 2019. FOTO/ Cortesía familia Montenegro.

Gracias a ese testigo saben que los hombres que llegaron a matar a Oliver eran “más de veinte”. Y están seguros de que entre ellos había oficiales, porque cuando doña Ángela llegó a buscar el cuerpo de su hijo “a doscientos metros estaba la Policía”. “No es posible que estando la Policía tan cerca ocurra un asesinato” y que la autora sea una banda que no es parte de la misma Policía, sostiene Enoc Montenegro. Por otro lado, dice, “el testigo certifica que vio a miembros de la Policía disparar. De eso no cabe duda”.

Para la familia, la saña con que mataron a Oliver fue un mensaje dirigido a todos los Montenegro. “Desfigurar el cuerpo fue clave. Le desbarataron el cráneo ya estando en el suelo, porque la masa encefálica estaba dispersa alrededor de su cabeza. Mi conclusión es que no querían que quedara completo. Querían que quedara aun más el dolor en nuestra mente”, considera la hermana de la víctima.

Pero existe otro motivo por el que creen que Oliver fue asesinado y su cuerpo destrozado: los hombres que lo mataron querían hacer salir del monte a Edgard, el mayor de los siete varones Montenegro Centeno, líder de la familia y candidato a alcalde en Wiwilí en las elecciones de 2004.

Oliver en actividades del campo. Foto/ Cortesía familia Montenegro.

Edgard, de 54 años, era muy popular en la zona, donde se le conocía como “comandante Cabezón”, su nombre de guerra en los años en que peleó en las filas de la Resistencia Nicaragüense. Y, según su familia, para los sandinistas de Jinotega él nunca dejó de ser un “excontra” al que había que tener en la mira.

Cuatro meses después de la muerte de Oliver, en mayo, apareció ese video donde Edgard llama desde territorio hondureño a la organización armada contra el régimen de Daniel Ortega y Rosario Murillo. Se le ve vestido de camuflado, de gorra negra y brazos cruzados, al frente de un puñado de hombres también con ropas militares.

Habían logrado “acorralarlo”, afirman sus parientes. Por eso Cabezón grabó un video que a todas luces lo exponía más. Estaba lejos de su familia y de su finca, y “¿qué es un campesino sin trabajar su tierra?”, dice su hermana. Además le habían matado a un hermano y amenazado a sus padres e hijos, y cada vez veía más lejana la posibilidad de que el país saliera de la crisis por la vía pacífica.

“Todos nuestros hermanos alzados en armas a raíz de la lucha que se incrementó el 18 de abril del año pasado, hemos logrado la unidad de todas nuestras fuerzas a nivel nacional. Tenemos coordinaciones con el Frente Sur, con nuestra gente que está al lado sur, al lado de Costa Rica. También tenemos gente en el centro de nuestro país y prueba de ello es que hoy aquí hemos logrado concertar y consensuar las ideas y nuestros principios de lucha en esta nueva etapa de lucha que Nicaragua necesita”, aseguró el “comandante Cabezón” en su video, con el rostro descubierto y la voz serena.

Después llamó abiertamente a la lucha armada: “Queremos decirles a todos los nicaragüenses radicados en nuestro país y en el exilio que aquí están los brazos abiertos de este nuevo movimiento, un nuevo movimiento que va a la par de los autoconvocados, de los azul y blanco y de la Unidad Nacional Azul y Blanco que está llevando las negociaciones en nuestro país”.

En mayo de 2019 el comandante Cabezón grabó un video llamando a la organización armada contra el régimen de los Ortega Murillo. Un mes después lo asesinaron junto con su hijo Yalmar. FOTO/ Tomada del video de Edgard Montenegro

Cuando el video se hizo viral en las redes sociales, su familia se preocupó aún más y su madre, doña Ángela, lo regañó por exponerse de esa manera. Edgard respondió dos cosas: “A mí me podrán acusar de tomar malas decisiones, pero nunca de ser un indeciso” y “a lo mejor me van a matar, pero algunos vamos a tener que morir para que otros vivan felices”.

Sin embargo, Vivian Montenegro sospecha que detrás de ese llamado a la guerra hubo una razón más: su padre quería que se pensara que estaba armado. Antes de huir a Honduras, afirma la joven de 27 años, Edgard desenterró los fusiles que había escondido casi tres décadas antes, tras la desmovilización de la Contra. “Esas son las armas que aparecen en el video”, dice. “No sé si todavía servían”.

***

Antes del 18 de abril de 2018 la vida de los Montenegro transcurría como la de cualquier campesino que se dedica a la tierra. Despertándose con los primeros gallos y acostándose poco después que las gallinas. Entre todos trabajaban la finca de 1,200 manzanas que Bibiano Montenegro, de 83 años, y Ángela Centeno adquirieron hace muchos soles.

La cuna de los Montenegro Centeno es el cerro Kilambé, una densa reserva natural que se extiende en el territorio de los municipios jinoteganos de El Cuá, Wiwilí y San José de Bocay. Ahí crecieron los doce hijos, cinco mujeres y siete varones, de Ángela y Bibiano.

Edgard Montenegro Centeno (sentado) en su finca del Kilambé, con su hija Vivian y uno de sus nietos. Ese día medían la profundidad del agua para luego instalar una turbina que generara energía.
FOTO/ Cortesía de la familia Montenegro

Los niños se criaban ayudando en las labores del campo y cuando alcanzaban la edad de asistir a la escuela sus padres los enviaban a la ciudad de Jinotega. Edgard cursaba segundo año de secundaria cuando en una redada lo sacaron del colegio y se lo llevaron para engrosar los pelotones del Servicio Militar Patriótico impuesto por el “gobierno de reconstrucción nacional”. Tenía 17 años.

Pero en casa le habían inculcado un sentimiento antisandinista y anticomunista, de modo que el muchacho no estaba dispuesto a luchar por el nuevo régimen. Se tiró del camión en que lo trasladaban y caminó un día entero hasta llegar a la finca que su padre tenía en La Marañosa, Wiwilí.

Corría 1984 y, en un país en plena guerra civil, los jóvenes tenían que elegir entre el servicio militar y la Resistencia Nicaragüense. Además de tener formación antirrojinegra, Edgard era buscado por desertor, por eso ingresó a la Contra, cuenta su familia. Otros dos hermanos, que le seguían en edad, hicieron lo mismo.

En la Resistencia el mayor de los Montenegro Centeno se desempeñaba como radiooperador, paramédico y jefe de grupo. Era “un excelente radiooperador”, asegura Luis Fley, uno de los principales líderes de la Contrarrevolución en los años ochenta, la década en que fue conocido como “comandante Johnson”.

 

Luis Fley, comandante Johnson, uno de los principales líderes de la Contrarrevolución. Foto/ Archivo

“Era un muchacho joven. Sabía utilizar perfectamente la XB500 y la Datatex, que eran aparatos electrónicos. Un excelente combatiente. Disciplinado, decidido, ¡con una resistencia de campesino! ¡Ni sudaba!”, recuerda Fley. “El Cabezón andaba en el comando regional Salvador Pérez, que operaba entre El Cuá y Pantasma, en Jinotega”.

“Los tres hermanos entraron prácticamente al mismo tiempo”, dice el exlíder de la Resistencia. “Vivían en una finca muy bonita y venían de una familia bien trabajadora, dedicada a producir café y ganado. Vino el conflicto y se sumaron al lado de la Contra, pero después de la desmovilización llegaron a restablecer sus cosechas, a volver a sembrar café, a limpiar los potreros, a levantar nuevamente la finca que había quedado abandonada”.

La guerra terminó, pero los Montenegro siguieron convencidos de que ni el comunismo ni el Frente Sandinista significaban algo bueno. De muchachos habían presenciado las “ejecuciones selectivas de gente que no comulgaba con el Frente” y habían visto cómo las fincas de la zona eran confiscadas. Incluso don Bibiano tuvo que abandonar su propiedad de La Marañosa debido al “asedio de la Seguridad del Estado”, afirma Enoc, de 42 años, que en los ochenta era muy niño para tomar parte en la lucha armada.

“Crecimos en todos los albores de la guerra, con todo lo que significaba ese conflicto armado”, relata. “Los que no fuimos a la guerra vimos al Ejército sandinista y al de la Resistencia Nicaragüense pasando por la finca. Se comieron muchos de nuestros animales. Había tiroteos y combates permanentemente. La casa estaba baleada. Vimos caer gente de ambos bandos en esa finca y recordamos como si fuera hoy las veces que citaban a mi papá al puesto de mando más cercano del Ejército Sandinista para rendir informe por las veces que la Contra pasaba por la finca. Crecimos en ese ambiente y con dificultad para conseguir azúcar, jabón, para salir a estudiar a Jinotega”.

No, los Montenegro Centeno no tenían muchas razones para simpatizar con el partido rojinegro. Por lo tanto, salvo algunas excepciones en la familia, nunca dejaron de hacerle oposición al Frente Sandinista.

En 2004, a los 38 años, Edgard participó en las elecciones municipales como candidato a la Alcaldía de Wiwilí por el Partido de la Resistencia Nicaragüense (PRN). Y Luis Fley lo recuerda apoyando la campaña presidencial de Enrique Bolaños en 2001 y la de Eduardo Montealegre en 2006.

Luego Fley perdió contacto con los hermanos Montenegro, pero “sabía que estaban ahí dedicados a la finca, que se habían casado y tenían hijos”. Volvió a tener noticias de ellos cuando en la montaña los empezaron a perseguir y a exterminar. “Es triste y doloroso porque uno los conoció en la guerra. En la guerra estuvieron en peligro pero no les pasó nada. Y ahora vienen a morir en un tiempo en que se supone que ya no deben morir más nicaragüenses, mucho menos por cuestiones políticas”, expresa el comandante Johnson. “Es algo perturbador. Algo que uno no puede aceptar”.

La vida en el pueblo de Wiwilí, departamento de Jinotega. FOTO/ Archivo

Sin embargo, dice, “uno reconoce que estamos enfrentados al mismo enemigo que combatimos en los años ochenta con las armas. Sin escrúpulos, sin conciencia, sin sentimientos, capaz de matar a quien sea con tal de preservar el poder”.

A los Montenegro los han eliminado porque ellos “se habían convertido en líderes de esa zona, la gente los respaldaba, los apoyaba y los seguía”, considera el excontra. “Eran líderes natos y resulta que los eliminaron porque el régimen le tiene miedo a todos los liderazgos que hay en los municipios, en las comarcas. En los ochenta el régimen de Ortega no controló el campo y tampoco lo controla ahora. Entonces lo que hacen es descabezar a todas las personas que ellos identifican como unos potenciales enemigos en el futuro. Los eliminan selectivamente”.

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Cuando era niño a Yalmar le daba miedo el aullido de los monos congo que habitan las montañas del Kilambé. Por eso su familia lo apodó para siempre así, Congo. Era hijo del primer matrimonio de Cándida Olivas, la enfermera que Edgard Montenegro conoció cuando, al final de la guerra, acompañó a una brigada médica en una jornada de vacunación.

Edgard lo crió desde los dos años de edad y aquel pequeño se convirtió en el favorito de sus hijos, cuenta Vivian Montenegro. Yalmar, por su parte, daba la vida por su padre y lo seguía a todos lados. Eran inseparables, por eso a ellos los mataron juntos.

Antes de las protestas de abril, Cabezón seguía viviendo en su finca, a dos horas y media en vehículo desde Jinotega; mientras que sus hijos mayores, Yalmar y Vivian, se habían mudado al municipio de El Cuá. Ella trabajaba como psicóloga y el Congo manejaba un camión que cubría la ruta entre El Cuá y una comunidad conocida como el Valle Los Condega, situada en una orilla de la reserva Kilambé.

Yalmar era hijo del primer matrimonio de Cándida Olivas, pero Edgard Montegro lo crió desde los dos años de edad y ambos eran inseparables. El joven dejó cuatro hijos en la orfandad. FOTO/ CORTESÍA

 

Sus casas estaban separadas por apenas una cuadra, así que lo normal era encontrar a Yalmar de visita donde su hermana. A las 2:00 de la tarde salía del pueblo, a las 6:00 llegaba a los Condega y al día siguiente estaba de regreso a las 10:30 de la mañana. “Se bajaba frente a la casa, se ponía a jugar con los niños y me contaba cómo le había ido”, recuerda Vivian.

Eran muy cercanos, porque en El Cuá, donde ambos estaban criando a sus propios hijos, solo se tenían el uno al otro. El resto de la familia vivía en Wiwilí, donde los Montenegro Centeno son más conocidos. Sobre todo Edgard, que además de ser excontra, político, agricultor y un líder nato, era católico practicante, de los que no faltan a misa los domingos. “Hace cinco años fue delegado de la palabra”, señala su hija. “También salía a evangelizar, era retirista”.

Cada quince días Vivian visitaba la finca de sus padres y Edgard salía a encontrarla en el camino. Después pasaban “horas y horas platicando” y su papá le mostraba, orgulloso, el desarrollo de sus arbustos de café.

Pero todo cambió en abril. A ese fin de mundo que es el Kilambé también llegó la noticia de que en las ciudades la Policía estaba matando a los estudiantes que protestaban contra las reformas gubernamentales al Seguro Social. Los Montenegro decidieron pronunciarse “ante esa masacre que estaba ocurriendo”, se empezaron a organizar e hicieron movilizaciones en El Cuá, señala Enoc.

Después de la primera marcha, realizada a inicios de mayo, la familia empezó a recibir “amenazas desde perfiles falsos en Facebook y en WhatsApp”, afirma Vivian. Pero su padre regresó tranquilo a la finca, pensando que no había hecho nada que la ley no le permitiera y que, por lo tanto, nada malo le iba a pasar.

Luego Yalmar, de 30 años, comenzó a asistir a reuniones de autoconvocados y pronto se unió al tranque de El Cuá. Fue entonces, dice Vivian, que su padre salió del Kilambé para ir a acompañarlo. “Llegó porque tenía miedo de que él estuviera solo, quería protegerlo”. Por otro lado, Edgard sabía que en las protestas necesitaban su gran capacidad para liderar mítines y organizar personas.

En 2018 los Montenegro organizaron las primeras marchas ciudadanas en El Cuá, Jinotega.
FOTO/ CORTESÍA

Cuando comenzaron los tranques “ya no hubo vuelta atrás”, relata la hija del “comandante Cabezón”. “Mi papá se quedó en El Cuá y luego lo empezaron a llamar de Wiwilí. Que les ayudara, que se sentían solos. Mi mamá llorando le pedía que ya no asistiera, que se saliera de El Cuá y ya no siguiera. Pero él se fue”.

Edgard Montenegro ya no volvería a sus tierras en el Kilambé. Cuando incrementó la persecución contra los líderes de las protestas, huyó con el grupo que había quedado en los tranques y les aconsejó que cada uno tomara un rumbo distinto. Él se escondió en las montañas, muy cerca de la ciudad de Jinotega, porque sabía que lo andaban buscando lejos y que nadie sospecharía que en realidad se hallaba a unos pasos, “en las narices” de la Policía.

Estuvo siete meses solo, en el monte. Se cubría con plástico negro y cuando podía colgaba una hamaca para descansar a la sombra de los árboles. No tenía techo, ni baño, ni cocina. Se alimentaba gracias a lo que su familia le enviaba con un mensajero de su entera confianza, que dejaba la comida en un punto para que Edgard llegara por ella. Una señora que vivía en la zona y le tenía cariño le regalaba agua y café. Eso era todo.

El tranque que los Montenegro ayudaron a organizar en Wiwilí, Jinotega, como parte de las protestas contra el régimen de Daniel Ortega y Rosario Murillo. FOTO/ Cortesía

Mientras tanto sus otros hermanos también tomaron precauciones. Abandonaron sus casas y, excepto Oliver, también sus fincas. Al inicio los hijos de los Montenegro Centeno todavía no estaban escondidos, porque algunos ni siquiera habían participado en los tranques. Sin embargo, sostiene Vivian, los empezaron a perseguir por “el simple hecho de ser hijos de ellos”.

De pronto ser un Montenegro se había convertido en un delito castigado con pena de muerte. Como si todos los hombres descendientes de don Bibiano y doña Ángela tuvieran una marca en la espalda. “Ser Montenegro es un peligro”, dice la hija de Edgard. Y su tío Enoc sentencia: “A nosotros no nos buscan para meternos presos, nos buscan para dispararnos”.

***

En enero de 2019, días antes del asesinato de Oliver, hombres armados llegaron a la finca del Cabezón. “Eran como las 3:00 de la tarde cuando apareció un grupo como de cuarenta paramilitares y policías. Había personas que yo reconocí y que no eran policías. Hombres vestidos de negro, de azul, encapuchados”, asegura Vivian Montenegro. “La casa queda en una lomita y cuando subieron iban apuntándonos. Ahí estaban mis dos hijos, los hijos de mi hermano y los niños de los cortadores de café. Preguntaron: ‘¿Dónde está el Cabezón, dónde está el delincuente?’. Y mi mamá respondió: ‘Que yo sepa él no es ningún delincuente’… Vos sabés que él no es ningún delincuente”.

Esa tarde Yalmar se encontraba en la finca y también su hermano menor, un muchacho de 21 años. Igual que Oliver, de día se quedaban en casa y por la noche se iban a esconder a la montaña. Vivían atentos a cualquier indicio de paramilitares en la zona, pero la llegada de los hombres armados los tomó desprevenidos.

El menor de los hermanos escapó corriendo y “cuatro paramilitares lo siguieron”, afirma Vivian. “Pero como es un chavalo delgado no lo alcanzaron. Dijimos que se trataba de un cortador”.

Yalmar, en cambio, se escondió debajo de una cama, en uno de los dos únicos cuartos de la casa. Las habitaciones tenían las puertas cerradas, pero doña Cándida mandó a abrir las entradas principales, para que los intrusos vieran que “no se estaba escondiendo a nadie”. Revisaron el beneficio, los potreros, los cafetales, tiraron la pulpa de café… “Y mi hermano estaba adentro de la casa”, rememora Vivian. “Nosotras estábamos con los nervios de punta. Gracias a Dios no entraron”.

Edgard Montenegro Centeno tuvo unos meses de tranquilidad cuando se refugió en Honduras. Ayudaba a cortar café en la finca donde le dieron refugio. Foto/ Cortesía familia Montenegro.

Los hombres no hallaron al Cabezón ni a sus hijos, pero acamparon frente a la casa para esperar a que volvieran. En la oscuridad de la madrugada Yalmar salió al campo y se alejó corriendo hacia la montaña en busca de su padre. Fue la última vez que su madre y su hermana lo vieron en tierra nicaragüense.

Dos semanas después Oliver fue asesinado en su finca y Edgard y Yalmar comprendieron que debían marcharse. Una tarde a principios de febrero vadearon la corriente del Coco y pisaron territorio hondureño.

El día anterior se les habían unido cerca de 18 personas. Hombres que también estaban solos, escondidos en la montaña; señores y muchachos que eran perseguidos en El Cuá y Wiwilí. Hicieron un grupo y abandonaron el país.
En Honduras les dieron refugio en fincas del municipio de Trojes, en el departamento de El Paraíso, situado en la zona fronteriza con Nicaragua. Un territorio que el Cabezón conoció muy bien en los años ochenta, pues ahí estaban las bases de la Contra.

Los exiliados se hospedaron en tres casas y finalmente encontraron algo de paz. Solicitaron permiso para trabajar la tierra. Tenían milpas. Sembraban frijoles. Cortaban café. “Pero hasta allá lo persiguieron”, lamenta la hermana del comandante Cabezón. “Dentro de la gente que llegaba a pedirle refugio se infiltraron paramilitares”.

Esta foto refleja la vida que Edgard llevaba en el exilio poco antes de que lo mataran. Foto/ Cortesía familia Montenegro

Vivian los visitó en Semana Santa. Su padre dijo que se sentía mejor en Honduras que en el monte, que al fin podía conciliar el sueño y volver a sembrar la tierra. Pero Yalmar “estaba desesperado”. Quería irse para Costa Rica y no podía, porque hacerlo implicaba atravesar el territorio de Nicaragua.

Dos meses más tarde, en junio, Cándida Olivas viajó a Honduras para ver a su hijo y a su esposo. Estaban cumpliendo 29 años de matrimonio. Llevaba tres días en Trojes cuando una tarde la Policía hondureña llegó a buscarla con una mala noticia: Yalmar y Edgard habían sido emboscados y ambos yacían muertos en un camino.

***

Media hora antes de su muerte, Edgard Montenegro estuvo hablando por teléfono con su hija Vivian. Todos los días él y Yalmar subían a una loma para obtener señal y esa tarde, como a las 6:30, volvían en moto a la finca cuando los emboscaron y balearon.

En su llamada preguntaron cómo estaba la familia y cómo se encontraban los niños. Los tres de Vivian y los cuatro de Yalmar. Fue una conversación normal, recuerda la joven ahora. “Nada fuera de lo común”.

—Cuidate, Negrita —se despidió Edgard—. Se cuidan mucho.

Y eso fue lo último que su hija le oyó decir. Esa misma noche se enteró de lo que había ocurrido y, tras muchas gestiones en Honduras, dos noches después pudo volver al Kilambé con los cuerpos de su padre y su hermano.

La camioneta entró a medianoche por la frontera de El Guasaule, en Chinandega, para “despistar a los paramilitares”, y llegó a Wiwilí casi a las 6:00 de la mañana. La entrada a la finca estaba llena de campesinos que, ubicados a ambos lados del camino y alzando banderas azul y blanco, aguardaban la llegada de los muertos para recibirlos con la deferencia reservada para los héroes.

No permitieron que el vehículo siguiera avanzando. Cargaron en hombros los ataúdes, por espacio de dos kilómetros, hasta llegar a la casa que fue de Edgard Montenegro. Avanzaron entre la bruma jinotegana, derramando lágrimas y gritando consignas. Y más tarde, en los funerales, don Bibiano pidió que alguien pusiera “Héroes de Abril”, la canción que su hijo escuchaba cuando vagaba por el monte, en aquellos días en que Vivian le llegó a presentar a su bebé.

Tres miembros de la familia Montenegro han sido asesinados en menos de un año: los hermanos Edgard y Oliver y el joven Yalmar. La familia señala como responsables de los crímenes a la Policía y los paramilitares. El segundo de izquierda a derecha es Edgard y el sexto, su hermano Oliver. Al frente, sus padres, don Bibiano Montenegro y doña Ángela Centeno. Foto/ Cortesía familia Montenegro

El Pasmado

El 15 de septiembre de 2018, cuando Edgard Montenegro Centeno, líder del tranque de La Marañosa, ya se encontraba en la clandestinidad, la Policía lo acusó por el asesinato de un joven que para los Montenegro es un “paramilitar” y para el orteguismo un “policía voluntario”.

“Un grupo de terroristas golpistas que se dedicaban a cometer crímenes en el tranque de Wiwilí, encabezado por el terrorista Edgar Montenegro Centeno, alias El Cabezón, asesinó con armas de fuego y armas blancas al trabajador y policía voluntario Héctor Moreno Centeno, de 30 años”, reza el comunicado oficial.

La familia Montenegro niega categóricamente que el “comandante Cabezón” haya estado implicado en esa muerte y consideran que los responsables del asesinato son los mismos paramilitares, en conjunto con la Policía. “Dicen que asesinó a Pasmado, un paramilitar que era familiar de nosotros. Él le trabajó a mi papá, que tenía una ruta de El Cuá a los Condega. Le manejaba un camión. Cuando lo asesinaron, los policías dijeron que había sido mi papá”, sostiene Vivian Montenegro, hija de Montenegro Centeno.

Ejecuciones selectivas

Para la socióloga e investigadora Elvira Cuadra, la represión desatada por el régimen de Daniel Ortega y Rosario Murillo ya llegó a una brutal sexta etapa: la de las ejecuciones selectivas.

Elvira Cuadra, socióloga e investigadora.

De acuerdo con una investigación de Cuadra, destacada por La Prensa el pasado 20 de julio, desde el último trimestre de 2018 a la fecha, al menos 29 personas han sido asesinadas mediante “ejecuciones selectivas”, sin incluir la reciente masacre en León, donde la Policía asesinó a un joven manifestante en su casa e hirió a dos hombres más de la misma familia, ni el asesinato a disparos de dos campesinos de Nueva Segovia acribillados este 19 de julio de 2019.

Los ejecutores de la política de las ejecuciones son fuerzas policiales, grupos de choque simpatizantes del Gobierno y grupos paramilitares conformados por exmilitares, expolicías, militantes históricos del Frente Sandinista y la fanatizada Juventud Sandinista del régimen.

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