La historia del cuestionado comisionado Ramón Avellán

Reportaje - 13.04.2019
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Maestro de profesión. Fue guerrillero y bombero. Hoy es jefe policial y uno de los brazos represores del orteguismo. El comisionado que arrasó con Masaya es un hombre que intimida con su mirada de asesino, dicen quienes lo conocen

Por Eduardo Cruz

El comisionado general Ramón Avellán Medal es un hombre alto, imponente, que a muchos en Carazo les recuerda al abuelo materno, Francisco “Paco” Avellán, un jugador de beisbol que medía como siete pies de altura. En sus manazas la bola de beisbol parecía de ping pong. Sobre Paco Avellán cuentan que era buen jugador, pero entregado a la bebida, tanto que cuando se acercaba el fin de semana tenían que echarlo preso para que no bebiera.

A las personas de Masaya que cayeron presas tras las protestas de abril del 2018, la corpulencia del comisionado no es lo que les da miedo, sino el rostro. “¿Nunca lo has tenido de frente y lo has visto a los ojos? Si lo hacés no vas a querer hacerlo de nuevo? Tiene una mirada asesina. Da miedo”, dice un exreo de Monimbó que fue guerrillero contra Somoza y ahora está en contra del orteguismo.

La dureza del rostro de Avellán la confirma el padre Edwin Román Calderón, el cura de la parroquia San Miguel, a quien le correspondió enfrentarse en varias ocasiones al jefe policial para liberar a los jóvenes que eran secuestrados por policías y paramilitares orteguistas. Después que la Policía Orteguista realizó la “operación limpieza” en Masaya, el padre Román vio por última vez a Avellán: “Tenía un rostro sombrío, de criminal”, dice el cura.

Nacido entre la pobreza en Jinotepe, hijo de un guardia somocista a quien nunca conoció, según indican sus familiares, Avellán se graduó de maestro en 1976, pero no ejerció, sino que inmediatamente se hizo guerrillero sandinista. Un pariente, que prefiere el anonimato, indica que Avellán nunca ha trabajado, porque de guerrillero pasó al Ministerio del Interior (Mint) que dirigía Tomás Borge.

Avellán inició la revolución sandinista como jefe de personal y cuadro del Mint, y luego pasó a las oficinas centrales de los bomberos. Fue hasta después de 1990 que inició su carrera policial, cuando lo mandaron como jefe policial a Bluefields, cuando ningún otro mando quería laborar en esa zona, muy afectada por el tráfico de drogas.
Hoy es comisionado general, uno de los subdirectores de la Policía Orteguista. Fue jefe nacional de Seguridad Pública cuando el gobierno de Enrique Bolaños y luego estuvo de jefe nacional de Tránsito.

Su nombre figura con más fuerza ahora en los medios de comunicación y en las redes sociales porque Daniel Ortega le encomendó una misión en abril del 2018: reprimir las protestas de Masaya. Los masayas le atribuyen persecución y crueles torturas, pero principalmente la culpa de 36 muertes, en especial de jóvenes que murieron por disparos en la cabeza.

Ni siquiera sus propios familiares han escapado a su represión. Al menos uno de sus hermanos y varios primos y sobrinos se encuentran en el exilio, sabiendo que si su familiar policía los encuentra no le temblaría la mano para, en el menor de los casos, echarlos presos.

Daniel Ortega y Rosario Murillo en Masaya, junto a Avellán, cuando celebraron el Repliegue, el 13 de julio pasado. LA PRENSA/ TOMADA DE EL 19 DIGITAL

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Quienes conocieron a Avellán en sus primeros años de vida lo recuerdan como alguien callado, humilde, serio. No bromeaba mucho y era reservado. Su grupo de amistades no pasaba de cinco personas.

Algunos de sus excompañeros de clases en primaria, en la escuela Anexa a la Normal, afirman que era muy inteligente, “el mejor alumno” de la clase.

“Vivía en una casa de madera en el barrio San Antonio de Jinotepe, piso de tierra. Su mamá, doña Ana Avellán, vendía tortillas. Eran una familia muy pobre, su situación rayaba en la miseria”, recuerda un amigo de la infancia.
Y uno de sus parientes, actualmente en el exilio por haber participado en los tranques en Carazo, señala que la mamá de Avellán, Ana Avellán Medal, quedó huérfana de madre cuando aún era pequeña, por lo cual se fue a vivir a la casa de una tía paterna, María de la Cruz Avellán, con quien se crió y en cuya casa nació Ramón Avellán.

Los amigos de Avellán no le conocieron papá. María de la Cruz Avellán le contaba a sus hijos que su sobrina Ana Avellán Medal, a quien crió como hija, se enamoró de un guardia somocista y quedó embarazada de él, pero al militar lo trasladaron de comando y no se supo más de él. De esa relación nació Ramón Avellán, quien lleva los dos apellidos de su madre. El Medal es por su abuelita materna, Eugenia Medal.

Los familiares de Avellán aseguran que, a la vez que era callado, también tenía un carácter bien conflictivo y peleaba con sus primos. La abuelita María de la Cruz, quien conoció al guardia que fue el papá de Avellán, decía: “Este chavalo es igualito a su papá de malcriado”.

El abuelo materno de Avellán, el beisbolista Paco Avellán, superó su adicción a la bebida después de ingresar a los Alcohólicos Anónimos y llegó a ser un empresario, pero lo hizo cuando Ramón Avellán ya estaba grande. Es decir, Avellán y su mamá vivieron a la sombra de María de la Cruz Avellán.

Los historiadores del beisbol nicaragüense, como Edgar Tijerino, Bayardo Cuadra y Julio Miranda, no tienen registro de Paco Avellán, quien se supone que jugaba en el Santa Cecilia de Diriamba. “Es posible, casi todos bebían en Diriamba”, dice Tijerino. Ni siquiera Rafael Obando, quien jugó en ese equipo, recuerda a Paco Avellán, quien habría jugado entre los años cincuenta y sesenta del siglo pasado.

En los años setenta, Ana Avellán se casó con un hombre llamado Víctor Tapia, con quien tuvo ocho hijos más. Sus familiares recuerdan que Tapia compró un terreno y le hizo casa a Ana, pero Avellán no vivió con ellos.

Avellán comenzó a distanciarse de su familia cuando se metió a la lucha contra Somoza, en 1976. En ese año, la Guardia mató en Zinica a Jorge Matus Téllez, hijastro de la abuelita María de la Cruz Avellán y Ramón Avellán se había criado con él.

Sus excompañeros de lucha ubican a Avellán primero en el Frente Estudiantil Revolucionario (FER) y en la tendencia Proletaria del FSLN, pero no tenía un papel muy activo, sino que más bien era político, dando orientaciones en los centros de estudio.

Entre 1977 y 1978, “él se movía en Diriamba, Jinotepe, Santa Teresa y a veces Masaya, pero hacía un trabajo político, perfil bajo”, indica uno de sus excompañeros.

El seudónimo de Avellán en la guerrilla era “Yalí” y para el final de la guerra, cuando todos tenían que agarrar un fusil, lo vieron integrado en las Brigadas Populares de Combate (BPC) de Carazo. Y uno de sus jefes era Fernando Caldera, quien después llegó a ser jefe de la Policía Nacional.

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Ramón Antonio Avellán Medal es fundador del Ministerio del Interior (Mint) que dirigió Tomás Borge y en 1981 se graduó como subteniente en la primera promoción de grados de la institución.

En los primeros años de la revolución sandinista fue jefe de personal y cuadro del Mint, en otras palabras, recursos humanos. “Se pasaba sin hacer nada, abanicándose”, dice uno de sus excompañeros.

Luego, unos tres años después, Avellán pasó a las oficinas centrales de los Bomberos en Managua y ahí permaneció hasta poco después de la derrota electoral de los sandinistas. “Es decir, Avellán siempre fue administrativo, nunca fue operativo. En los años ochenta nunca anduvo en los frentes de guerra, siempre estuvo en una oficina. Me sorprende que ahora sea jefe policial”, dice una fuente.

En 1992, asumió la jefatura policial el comisionado Fernando Caldera Azmitia, quien había sido jefe en la guerrilla de Avellán. Aquellos eran tiempos difíciles porque se estaban reduciendo todos los ministerios y a la mayoría del Mint los reubicaron en la Policía. “Acordate que nosotros (los del Mint) no tuvimos un plan de retiro como lo tuvo el Ejército”, dice un exjefe policial.

Fernando Caldera sacó de los Bomberos a Avellán y lo mandó como jefe de la Policía en Bluefields. “Avellán era un apagafuegos. De ser policía no sabía nada”, dice uno de sus excompañeros.

Otro excompañero de Avellán comenta: “En los bomberos había mejores cuadros que Avellán”. Y pone como ejemplo al actual jefe de la Dirección General de Bomberos (DGB), comandante Ramón Landero, quien en los años ochenta estuvo en zonas de guerra.

En Bluefields recuerdan que Avellán llegó como jefe policial a esa zona porque ningún otro jefe policial quería estar ahí. “Era bien bailongo”, dice un periodista que en los años noventa cubría la fuente policial en Bluefields, dando a entender que a Avellán le encantaba divertirse bastante en esa zona.

Para 1997, cuando Arnoldo Alemán ya era presidente de la República y llegaba a la zona del Caribe, a Avellán lo veían servil. “Avellán siempre se mantenía al lado de la caravana de Alemán. Mientras el vehículo de Alemán corría, Avellán trotaba a la par. Así se ganó el cariño de Alemán y luego lo subieron de rango y lo sacaron de Bluefields”, cuenta el periodista.

El expresidente Alemán dice no acordarse de Avellán y prefirió no emitir opinión sobre él. “El que se encargaba de mi seguridad era (el comisionado) Horacio Rocha, acordate”, dice Alemán, quien considera que si Avellán era jefe en el caribe es porque era un cuadro policial importante.

Presentando un plan de seguridad en el Caribe, para las elecciones del 2006. LA PRENSA/ ARCHIVO

Según las fuentes de Bluefields, durante la época que Avellán fue jefe policial en esa zona proliferaron los expendios y microrredes de narcos, en complicidad y beneplácito de la Policía. Cuatro años después que Avellán dejó la jefatura ocurrió lo del asesinato de los cuatro policías en la estación de Bluefields: Juan José Fúnez, Ruth González, Johnny Dometz y Róger Villachica, quienes fueron asesinados a puñaladas por sicarios colombianos.

Tras ganarse el favor de Arnoldo Alemán, Avellán fue ascendiendo. Un exjefe policial afirma que a Avellán no se le puede atribuir ningún logro importante como policía, salvo que en un momento fue jefe de la oficina de enlace de la Interpol. “Lo que pasa es que Avellán machaca un poco el inglés y en la Policía muy pocos hablan inglés. Pero en realidad, Avellán no tiene ninguna proyección, nada destacado”, dice la fuente, quien agrega que, inclusive, antes de que estallaran las protestas de abril del 2018, Avellán estaba en “la casual”, es decir, estaba sin despacho, en el tercer piso de las oficinas centrales policiales en Plaza El Sol, edificio Faustino Ruiz. Fue hasta que lo mandaron a reprimir a Masaya que cobró relevancia.

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El 18 y el 19 de abril del 2018 ya son fechas históricas en Nicaragua. El 18 el Gobierno publicó unas reformas al Seguro Social que encendieron las protestas de la ciudadanía en todo el país, iniciando en León, Matagalpa y Managua.

El Gobierno respondió inmediatamente, atacando las protestas con turbas de la Juventud Sandinista, motorizados y también con los antimotines.

El 19 las protestas se extendieron a otras partes del país, resultando tres jóvenes muertos, dos en Managua y uno en Tipitapa, atacados por policías y grupos parapoliciales, a como se les llamó en ese momento.

Monimbó, un barrio histórico en Masaya, famoso por la resistencia que realizaron sus habitantes contra la dictadura somocista, especialmente entre 1978 y 1979, se convirtió en otro escenario de las protestas, pero no sería uno más, sino uno de los más difíciles de controlar para las fuerzas orteguistas.

El barrio de Monimbó se mantuvo en resistencia casi cuatro meses, con barricadas en casi todas las calles en protesta en contra del gobierno de Daniel Ortega. LA PRENSA/ ARCHIVO

Consciente del peso histórico de Monimbó y la resistencia de sus habitantes, Daniel Ortega y Rosario Murillo decidieron enviar a Masaya inmediatamente al comisionado general Ramón Avellán para reprimir a la población.

Casi un año después, los habitantes de Monimbó reflexionan que Ortega lo que hizo fue enviarles a un sicario, un torturador, un hombre que no tiene piedad, con una mirada asesina. “(Ovidio) Salguera (el entonces jefe policial de Masaya) no hubiera podido matar como lo hizo Avellán. Salguera no tenía la talla para matar. Yo sé, yo conozco, cuando un hombre es capaz de matar sin asco. Avellán es así, no se le ve ni una gota de misericordia. Por eso lo mandaron a Masaya, le asignaron esa responsabilidad, desbaratar la resistencia de Monimbó”, dice un monimboseño quien participó en los tranques que se instalaron en ese barrio, estuvo preso y también fue guerrillero contra Somoza.

De acuerdo con fuentes policiales, hasta antes de abril del 2018 Avellán estaba en una oficina del tercer piso del edificio central de la Policía sin hacer mucho.

Aunque, desde antes de la salida de la Policía en mayo del 2012 del comisionado general en retiro, Carlos Palacios, a Avellán le correspondió asumir las funciones de Palacios. Por ejemplo, en noviembre del 2011, a Avellán se le vio en la comarca El Carrizo, en Madriz, cuando tres miembros de una familia, el papá y dos hijos, fueron masacrados por policías y elementos del Frente Sandinista (FSLN). Igualmente, Avellán destacó tras la masacre de Las Jagüitas, en julio del 2015, cuando policías que esperaban supuestamente a narcos acribillaron en esa zona de Managua un vehículo ocupado por civiles, resultando muertas tres personas, una joven de 22 años de edad y dos niños de 11 años.

El 19 de abril del 2018, los habitantes de Monimbó se unieron a las protestas contra las reformas al Seguro Social y se defendieron con piedras de los ataques de las turbas orteguistas que eran apoyadas por los antimotines.
Al día siguiente, 20 de abril, a las 2:00 de la tarde, se vio por primera vez al comisionado Avellán dirigiendo la represión contra el pueblo de Masaya. Lo captaron conversando con otros policías en el parque central de la ciudad.
A partir de ese momento se iniciaron una serie de capturas de manifestantes que no han parado hasta la actualidad, un año después de iniciadas las protestas.

Los masayas le atribuyen a Avellán la responsabilidad por las 36 muertes que ha dejado la represión orteguista en ese departamento. “Él es el que ha dado la orden de disparar a matar. Claro, sabemos que en realidad la orden viene de Daniel Ortega. Él (Avellán) no haría eso si no tuviera órdenes de arriba. Y estamos conscientes de que no solo es Daniel Ortega, sino también su mujer, la Rosario (Murillo), ella también es responsable. Pero el que aquí ha venido a masacrar al pueblo es Avellán”, dice un monimboseño que estuvo preso en el Chipote.

En la madrugada del 21 de abril se produjo la primera muerte de un masaya, a manos de las fuerzas orteguistas. Álvaro Gómez Montalván, de 23 años de edad, falleció tras recibir un balazo de parte de los antimotines, quienes se encontraban a media cuadra de él, al sur de la calle del colegio Nuestra Señora del Pilar.

“La mayoría de los muertos en Masaya fueron jóvenes que recibieron balazos en la cabeza. Los policías de Avellán disparaban a matar”, dice una mujer que perdió a un familiar en las protestas.

Avellán no solo ha actuado en Masaya tras las protestas, sino también en Carazo, donde una mañana de febrero pasado se bajó de una camioneta y le colocó una pistola en la cabeza al ciudadano Franklin Sequeira Galán, quien se encontraba en una esquina de Jinotepe, con su niño de 12 años de edad, esperando el recorrido escolar.
“Si vos sos Sequeira te mato”, le dijo Avellán.

Al ver la violencia, el niño corrió media cuadra para llegar a su casa y avisar a su mamá, pero cuando ella salió ya a su esposo lo habían golpeado y subido a la camioneta. Sequeira Galán está hoy preso y su hijo está recibiendo atención sicológica.

La capacidad de saña que le atribuyen a Avellán la han confirmado reos que relataron haber sido torturados por el jefe policial aún antes de abril del 2018. El semanario Confidencial, por ejemplo, publicó el testimonio en juicio de Eddy Gutiérrez y Jairo Obando, dos de los acusados por el caso conocido como la masacre del 19 de julio, ocurrida en 2014.

Gutiérrez dijo: “El señor Avellán me llevó a una casa particular y ahí comenzó la peor tortura, una cosa fea que no se la deseo a nadie”.

En tanto, Obando relató: “Fui capturado el tres de agosto (de 2014) a la una de la mañana. Me torturaron como si yo fuera un delincuente. Uno, con el perdón de ustedes, me puso el AK en el ano, el otro en las costillas y el otro en la cabeza. Me dijeron aquí vas a hacer lo que digamos hijo de la tal por cual, porque estás en nuestras manos, si no ya sabes, si no tu familia se va a morir y los vamos a decapitar manos por manos y pies por pies. Y yo tuve miedo porque la verdad mi familia es todo para mí”, dijo Obando.

Las torturas y el lenguaje obsceno que utiliza Avellán también han salido a relucir en los relatos de las personas de Masaya que fueron encarceladas producto de las protestas iniciadas en abril del 2018.

Una mujer que en abril del 2018 tenía años de haber salido de la Policía, fue invitada por sus excompañeros a regresar a la institución apenas iniciadas las protestas, pero se negó y a los días cayó presa. Cuando Avellán la vio en las celdas de Masaya dijo: “Esta es la perra, hija de la gran puta, que se niega a regresar”. Luego, la mujer fue informada de que sería violada por varios policías que tenían muchos días de no ir donde sus esposas.

Al final, a la mujer no la tocaron, pero ella se sintió igualmente violada porque la obligaron a desnudarse delante de varias personas, muchas de ellas varones.

Los jóvenes que eran capturados en Masaya eran obligados a dormir desnudos en celdas atestadas de zancudos y dormían sobre camas de concreto. Por la mañana, recibían fuertes chorros de agua.

A otros reos, los policías, en presencia de Avellán, los sentaban, los abrían y se subían sobre ellos poniendo las botas en cada una de las piernas, cerca de la ingle, y saltaban sobre ellos para causarles dolor. “A los jóvenes los doblegan fácil. Les ofrecen cosas. Pero a uno viejo como yo no”, dice un exreo.

Al bus en que los jóvenes eran trasladados de las celdas de Masaya al Chipote, en Managua, los reos les encajaron por sobrenombre “El bus de la muerte”. “No sabíamos si íbamos a regresar”, explica uno de ellos.

A inicios de agosto pasado, cuando la Policía de Masaya liberó a varios reos, el comisionado Avellán les dijo a todos: “Ustedes, lacras, hijos de la gran puta, son la peor lacra de Masaya, no agradecen lo que el comandante (Daniel Ortega) ha hecho por ustedes. Son unos mierdas. Alístense y llamen a sus familiares para que los vengan a traer”.

Luego, dirigiéndose al reo Chester Membreño, le dijo: “Vos no hijueputa, vos no vas a salir de aquí”. Así lo cuenta uno de los reos que fue liberado ese día y después fueron presentados en un acto en el que Avellán se presentó como el pacificador de Masaya.

Antes de las protestas de abril 2018, al comisionado Avellán se le consideraba un hombre humilde. Después de esa fecha se tornó prepotente, afirman quienes le conocen. LA PRENSA/ CORTESÍA/ CARLOS HERRERA

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El comisionado Avellán padece de diabetes. Se inyecta insulina. Un familiar cuenta que antes de abril del 2018, Avellán llegó grave al hospital de la Policía y lo atendieron de emergencia porque llevaba el azúcar descontrolada y un riñón paralizado.

Fue tanta la gravedad del caso que lo debieron internar en Costa Rica, según afirma un familiar de Avellán.

Avellán sufrió mucho cuando, entre el 2 y el 19 de junio del 2018, se vio obligado a atrincherarse en la estación policial de Masaya, cercado por los habitantes de Monimbó. Ni los policías podían salir, ni nadie podía entrar a la estación para suministrarles alimentos o medicinas.

“Nos estamos quedando sin comida”, confesó Avellán, según conoció el padre de la parroquia San Miguel, Edwin Román.
Personas que estuvieron encarceladas en las celdas de Masaya durante ese periodo afirman que para comer, los policías les ofrecían beneficios, como ver televisión, a los reos comunes, para que les dieran de la comida que les llevaban sus familiares, a quienes los habitantes de Masaya de vez en cuando les permitían entrar y salir del cordón que cercaba a la delegación policial.

El padre Edwin Román, quien también es diabético, indica que una vez le preguntaron si era verdad que él le había suministrado una insulina a Avellán. El cura respondió: “No es verdad, no le he dado insulina a Avellán, pero si me la hubiera pedido se la hubiera dado, porque para un diabético que necesita insulina estar sin ese medicamento es terrible”.

Los habitantes de Monimbó explican que se vieron obligados a cercar a los policías para que estos últimos no salieran a matar a la población.

Daniel Ortega y Rosario Murillo enviaron a unos 1,500 efectivos, entre policías y paramilitares, para rescatar a Avellán, en otro ataque a la ciudad de Masaya que dejó seis muertos más y 34 heridos.

El 13 de julio, viernes, Ortega y Murillo llegaron a Masaya para celebrar, con 13 días de demora, el 39 aniversario del Repliegue. Los recibió Avellán, victorioso, acompañado de policías encapuchados.

Los masayas creen que ese día Avellán recibió la orden de limpiar Masaya de los tranques, matando a toda alma que se encontrara en el camino.

Esa operación limpieza, comandada por Avellán, se realizó el 17 de julio, cuando policías y paramilitares arrasaron con Masaya. Pocos días después el comisionado Avellán sería ratificado como subdirector general de la Policía Nacional y el alcalde orteguista de Masaya, Orlando Noguera, lo declaró hijo dilecto de Masaya por “garantizar” la seguridad en esa ciudad.

Avellán celebró bailando la canción “El comandante se queda”, que ha dado origen a la expresión “El comandante zekeda”, y por ello a los orteguistas se les llama zekedistas. Además de demostrar cobardía, según la comandante guerrillera Dora María Téllez, porque se trató de que los orteguistas habían desatado una matanza contra desarmados, “el baile es eso, un criminal disfrutando una orgía sangrienta”.

Según los orteguistas, cayó Monimbó, cayó Masaya. Sin embargo, en Monimbó la consigna es: “Esto no se ha terminado”.

La metamorfosis

De acuerdo con distintas personalidades, el comisionado Ramón Avellán parecía una persona recta y profesional antes de las protestas del 18 de abril del 2018. “Recibía con amabilidad a los opositores”, dice un político. Pero después de las protestas Avellán se convirtió en un represor, una persona llena de odio, principalmente en contra de los masayas y de los curas.

El sacerdote Edwin Román lo conoció en el barrio San Antonio, en Jinotepe, cuando él era párroco en esa zona. Román recuerda que ofició la misa cuando murió la mamá, Ana Avellán Medal, hace unos 12 años. “Lo recuerdo a Avellán en las primeras filas de la iglesia en la misa de su mamá. Vestía con una guayabera blanca. Un hombre muy respetable. Y cuando terminó la misa, se me acercó y me pidió una bendición y yo se la di”, relata el sacerdote, quien asegura que también bautizó a los hijos del jefe policial.

En cualquier lugar que se encontraran, el comisionado Avellán siempre le pedía una bendición a Román.
Cuando iniciaron las protestas de abril del 2018, Román se unió en un trabajo pastoral junto al defensor de derechos humanos Álvaro Leiv, y juntos intercedían ante el comisionado Avellán para que liberara a jóvenes detenidos.

Al principio todo estaba bien. Avellán los recibía amablemente en la Policía y les ofrecía café y agua. El cura dice que nunca les aceptó nada. Luego les entregaba a los jóvenes. A veces, Leiva y el sacerdote también le entregaban policías capturados por los autoconvocados.

En la delegación policial de Masaya, Avellán le dijo al cura Román: “Padre, yo todas las mañanas rezo aquí, y también pongo a rezar a los policías. Yo me arrodillo”. El cura Román dice que se quedó con las ganas de decirle: “¿Para qué reza? ¿Para salir a matar?”

Siempre le daba la bendición haciéndole la señal de la cruz en la frente. Pero cuando las protestas se recrudecieron, Avellán se fue tornando hostil. En los últimos días ya no le pedía la bendición y una vez le espetó: “Cállese, usted es un político”. Y el padre le mostró una foto de Junior, un joven que acababa de ser asesinado por una mujer policía. “¿Esto es política?, ¿que su policía haya matado a este joven es política?”, le recriminó. Y Avellán guardó silencio.

El momento más tenso entre Román y Avellán se produjo en septiembre, cuando el jefe policial llegó con una turba y grandes parlantes a sonar “El comandante se queda” frente a la iglesia San Miguel, cuando el padre oficiaba una misa póstuma.

Avellán con los curas católicos en Masaya. Al fondo se ve al padre Edwin Román. LA PRENSA/ ARCHIVO

El padre salió a decirle que le bajara el volumen. “No le estoy pidiendo, solo le pido que le baje el volumen. Respete la misa”, le dijo. Pero Avellán respondió con violencia, diciéndole palabras insultantes: “Andate de aquí hijueputa, andá hartate esa galleta (la hostia). Vos estás borracho”. El padre acercó su rostro a pocos centímetros del de Avellán y abrió la boca para que el jefe policial sintiera el aliento. “¿Estoy borracho? —le preguntó—. Solo le pido que le baje el volumen, no le estoy diciendo que lo apague. No me muevo de aquí hasta que no le baje”. A lo que Avellán respondió, dirigiéndose a su gente: “¡Bájenle a esa mierda!”

Para ese momento Avellán ya no era el corpulento, sino que estaba demacrado y flaco. “Se le había endurecido la piel. Se veía quemado y como que le habían salido escamas en la piel”, recuerda el padre Román.

Pocas personas le encuentran una explicación al porqué Avellán se tornó tan represivo, pero quienes lo conocen de cerca dicen que él siempre fue represivo. Y otros señalan que desde principios de la revolución sandinista, cuando él era jefe de personal y cuadro del Ministerio del Interior (Mint), fue un fanático del sandinismo. Cuando salía del trabajo llegaba a su casa y se quitaba el uniforme para salir a hacer trabajo político del FSLN. “Él compró el discurso de la Rosario, de que esto se trataba de un golpe de Estado”, dice un exguerrillero del FSLN, ahora en contra del orteguismo.

Un exjefe policial dice que Avellán es una persona resentida con la sociedad y resentido de clase, y tal vez por haber nacido en la pobreza ahora tiene muchos resentimientos.

La excomandante Dora María Téllez concluye que Avellán es “el ejemplo más grotesco de una jefatura policial comprometida con las masacres, en una orgía de fanatismo orteguista, poder, violencia y sangre”.

Cortesía de Pablo Emilio Barreto
El comandante Carlos Núñez, de boina al fondo, conversa por última vez con el prisionero Alberto Gutiérrez en Masaya, luego de lo cual Gutiérrez fue fusilado. LA PRENSA/ ARCHIVO

El Macho Negro

Hay un personaje del somocismo, que algunos comparan con lo que hoy es el comisionado general Ramón Avellán para el orteguismo. Se trata del Macho Negro. También era policía.

Alberto Gutiérrez se llamaba, pero era su apodo el que ponía a temblar a los habitantes de los barrios orientales de Managua.

Antes de que Alberto Gutiérrez cometiera las atrocidades que lo hicieron famoso, era un simple soldado raso. Comenzó a cobrar notoriedad en 1956, cuando lo eligieron para jalar el caballo sin jinete de Anastasio Somoza García durante el cortejo fúnebre del dictador, asegura Nicolás López Maltez, historiador. Y por eso sus compañeros de la Guardia Nacional comenzaron a burlarse de él llamándolo Macho Negro.

Macho Negro fue ejecutado al mediodía del 19 de julio de 1979 en el barrio Monimbó, de Masaya. Rondaba los 45 años de edad, era sargento de la Guardia y ya no jalaba un caballo, sino una ristra de crímenes por los que la multitud pedía a gritos su muerte. Se le recuerda con su subametralladora Thompson y su vozarrón, exhibiendo los cuerpos de sus víctimas en las calles de Managua.

Una familia Azul y Blanco

En Carazo, el comisionado general Ramón Avellán tiene dos familias: la materna y la de su esposa. Con quienes más contacto tiene es con esta última, la de su esposa Maritza Mayorga.

Con la familia materna ha tenido relación complicada, pues desde que se metió al FSLN se fue de Jinotepe y no regresó más. Con el triunfo de la revolución sandinista, comenzó a trabajar en el Mint y y también empezó a residir en Managua.

Tras las protestas de abril, explican ellos mismos pero sin permitir ser identificados, muchos de ellos apoyaron los tranques que se instalaron en Jinotepe. En una ocasión, un grupo de autoconvocados iba a quemar la Ladrillería Avellán, propiedad de Engracia Avellán, tía del jefe policial, pero los líderes de los tranques advirtieron que no se atrevieran a tocar ese edificio, porque la señora no tiene contacto con su sobrino policía.

Los líderes de los tranques también evitaron que algunos tranqueros quemaran la vivienda de la mamá de la esposa de Avellán, una señora de avanzada edad que no tiene nada que ver con las andanzas de su yerno, explicaron igualmente los líderes de tranques hoy en el exilio.

En otra ocasión, policías llegaron a la casa de una hermana de Avellán y encañonaron a los hijos de ella, quien salió diciendo: "Yo soy hermana de Avellán", pero los policías más bien le dijeron groserías.

Un hermano materno está en el exilio en Estados Unidos y otros primos del jefe policial están en la misma condición en distintos países de Centroamérica.

Sobre su familia propia, se conoce que Avellán tiene al menos tres hijos con Maritza Mayorga. Según algunos medios de comunicación, a uno de ellos, Selim Avellán Mayorga, los Estados Unidos le revocaron la visa tras la represión desatada por su padre contra Masaya.

Avellán entregando prisioneros políticos en agosto del 2018, en Masaya. LA PRENSA/ ARCHIVO

“Comisionado Avellaaaán”

Como si de los cuentos de Pancho Madrigal se tratase, no solo Masaya, sino Nicaragua entera, esperaba a que en el reloj sonaran las 9:00 de la noche para escuchar los audios que los autoconvocados idearon para saludar al comisionado general Ramón Avellán, mientras este último se mantuvo recluido en la delegación policial de Masaya, sin poder salir entre el 2 y el 19 de junio. Fueron una especie de audio novela con más de 15 capítulos creados por el pueblo y que siempre empezaban llamándolo “Comisionado Avellaaaán”.

El primer mensaje comenzó a circular en las redes sociales el 3 de junio. Desde una barricada a dos cuadras del cuartel donde se atrincheró el comisionado Avellán, a través de un megáfono un ciudadano gritó: “Hoy no salen de Masaya (...) En el avión de la Chayo no alcanzan... Vende patria h... que se rinda tu madre (...) Aquí van a pagar por todos los que han matado”.

En otro audio, una mujer frente al megáfono exclamó: “Comisionado Avellán, este es su quinto mensaje. ¿Ya fue a darle un beso a su mujer?, porque si no, aquí las mujeres de Masaya le tenemos uno (se oye un mortero)”.

La comunidad LGTB también le dedicó un mensaje con la canción de fondo “Marica tú”: “¡Buenas noches comisionado Avellán! Todo mundo dice que los cochones somos cobardes, pero una vez más hemos demostrado la valentía de esta bella ciudad (...)”

Los audios al comisionado Avellán quedaron para la historia y uno de los más conmovedores fue el que le dedicaron unos niños con el fondo de la canción “Que canten los niños”, un menor dijo: “En nombre de todos los niños de Nicaragua, incluyendo sus nietos e hijos. Hoy me siento muy triste y todo por su culpa y el Gobierno que defiende. Hoy tuvo que venir el cura que me confiesa a defender al pueblo, vinieron a hacer su trabajo. ¡Qué decepción! Si yo fuera su hijo o su nieto me daría pena llamarlo papá o abuelo, usted y sus asesinos están matando a mis amiguitos”.

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