La historia del muchacho calculadora que despacha en un tramo del Iván Montenegro

Reportaje - 14.07.2019
Henry Garcia

Nació con una rara habilidad: su cerebro funciona como una calculadora. Cuando era niño se esperaba que su talento lo llevara muy lejos, pero ahora Henry García Araica tiene otros planes

Por Amalia del Cid

Henry García Araica contestó sin dudar, porque está acostumbrado a que le hagan preguntas que para la mayoría de la gente serían decididamente muy extrañas o muy difíciles. No para él.

Llegué a buscarlo al mercado Iván Montenegro con la vaga pista de que hacía siete años solía trabajar como despachador en un tramo de granos y especias, y sin mayores esperanzas de que siguiera ahí. “¿Conocen a un muchacho que se llama Henry? Uno que puede calcular en qué día va a caer cualquier fecha, de cualquier año?”, indagué . Y claro que lo conocían. Estaba al fondo de un corredor en penumbra, rodeado de sacos de curry y cúrcuma, cebada y alumbre, linaza y azafrán. Taciturno como siempre. Amable como siempre.

—¿Qué día va a ser el 30 de julio de 2037? —pregunté a quemarropa, sin presentarme.
—Jueves —respondió, como quien dice la tabla del cero.
—¿Me recordás? Te entrevisté hace siete años y vine a ver qué ha sido de tu vida.

Y no, Henry no me recordaba a mí. Pero sabía exactamente en qué fecha había sido aquella última entrevista, concedida en aquel tiempo en que el genio todavía consideraba la idea de estudiar algo como astrofísica.

—Fue el 11 de abril de 2012 —dijo.

Managua, Nicaragua. 07/06/2019. Henry Garcia es un joven con una habilidad para las matematicas, desde niño fue un genio pero por falta de apoyo se ha quedado trabajando en un tramo de especies donde ayuda a su mama de crianza en el mercado Ivan Montenegro. Garcia lleva estudios biblicos y siempre mantiene la habilidad con los numeros, los dias y las cuentas del calendario. Oscar Navarrete/ LA PRENSA.

La mejor forma de definir el cerebro de Henry, de 25 años, es decir que funciona como una calculadora. Aunque su habilidad más pintoresca es la de “adivinar” en qué día va a caer, por ejemplo, el 1 de enero del año 4,520 (será un lunes), también puede resolver al aire y en segundos operaciones que involucran grandes cifras. Sumas, restas, multiplicaciones, divisiones, raíces cúbicas y cuadradas. Un talento que resulta sumamente útil cuando en el tramo tiene que sacar las cuentas de los productos que llevan los clientes.

Los otros trabajadores también recurren a él, porque a menudo es más rápido que una calculadora. Y los compradores, desconfiados, lo confirman todo con el celular; pero Henry no se equivoca. Aunque puede fallar, acaso, en algunos pocos decimales, su precisión es asombrosa.

Alguna vez le prometieron becas escolares y cuando tenía 12 años le dijeron que era candidato seguro para ingresar al Instituto de Excelencia Académica (IDEA), un proyecto diseñado y construido por el gobierno de Enrique Bolaños Geyer para niños de avanzado promedio académico, que en tiempos de Daniel Ortega acabó convertido en centro de capacitación. Pero ahora Henry ya no piensa en ser profesor de matemáticas. Se quiere quedar en el mercado.

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Desde niño demostró que era diferente. Cuando cursaba el preescolar no hacía dibujos de gatos, monigotes y casitas, ni se entretenía demasiado en garabatear las letras del abecedario, recuerda su madre, Reyna Araica. A Henry le gustaba multiplicar, dividir y restar y a los cinco años empezó a aprenderse las tablas, mucho más allá de la del 12, primero hasta 100 y luego hasta 200.

También quería saber cómo se sacaba la raíz cuadrada y se lo preguntaba a su padre, Armando García, mecánico automotriz. Él se lo explicaba, pero sin darle mucha importancia a lo que en casa consideraban la curiosidad natural de un niño. Fue hasta que empezó a calcular las fechas del calendario que le prestaron más atención a su inteligencia.
Tenía once años cuando de la nada se interesó en saber “en qué día cayó tal fecha con su respectivo mes y año” y en calcular hacia el futuro “qué día será esta fecha”, recuerda Henry. “Así fue como adquirí este talento, pero con una facilidad que no me explico cómo lo hice”, dice.

Henry con su madre, Reyna Araica, ama de casa. Su mamá cree que el joven debió recibir una educación especial porque su mente es especial. Ahora doña Reyna quiere conseguir una beca para que su hijo cumpla su deseo de estudiar Contabilidad.
FOTO/ OSCAR NAVARRETE

Su mente, ya lo dijimos, funciona como una calculadora y a las calculadoras no se les dan bien las letras. Su fuerte no es el español, a pesar de que le gusta la lectura. A los once años todavía no podía escribir con letra clara y leía cancaneado, un problema que superó cuando la Universidad Americana le otorgó una beca para estudiar el programa Lea. Ahora escribe con claridad y buena ortografía, pero con frecuencia no consigue hacerse entender cuando trata de explicar los algoritmos que aplica a los calendarios; se enreda cuando da direcciones y aunque nunca olvida un número telefónico, se le escapan los nombres de las cosas y las personas.

Hace años apareció varias veces en programas de la televisión nacional, presentado como un niño prodigio, respondiendo ante las cámaras complicadas ecuaciones matemáticas. Y cuando en su barrio, Villa Venezuela, en Managua, se enteraron de que el muchacho era un genio de las matemáticas, los vecinos le decían: “Vos deberías estar en la NASA, estudiando los eclipses lunares”. Sin embargo, Henry eligió la carrera de Ingeniería en Sistemas y durante cuatro años y cinco meses estudió eso en la Universidad Técnica de Comercio (UTC), a la que ingresó sin una beca.

Por la mañana estudiaba y por la tarde despachaba en el tramo del mercado Iván Montenegro. Hasta que en el pecho se le fue colando un gran desánimo que lo llevó a abandonar la carrera seis meses antes de culminarla. Ahora quiere estudiar Contabilidad, para administrar mejor las ventas del tramo, propiedad de su tía Daysi Enríquez. Henry y su hermano Erick heredarán el negocio y se lo toman muy en serio.

De hecho, su trabajo en el mercado ocupa casi todo el tiempo de Henry. De lunes a sábado va de la casa al trabajo, del trabajo a la casa y de ahí, todas las tardes, al centro bíblico donde está estudiando Teología. Todavía no se atreve a afirmar que quiere ser pastor de una iglesia. Para eso primero tiene que casarse y tener hijos, dice. Y por el momento no tiene novia.

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Cuando Henry era niño y estaba de moda en la televisión nacional, lo llevaron al consultorio de un psiquiatra para que le analizara la cabeza en busca de alguna anomalía, y su familia se quedó contenta cuando el médico declaró que estaba sano. Es un muchacho callado, retraído y tímido, de esos que se la pasan muy a gusto en los rincones. Solo habla lo justo y necesario y por lo general se limita a responder las preguntas que le hacen, pero su mente funciona bien.

Quizás, dice su madre, lo que le hizo falta fue recibir una educación especial. Para ella, tal vez las cosas habrían sido distintas si su hijo hubiera entrado al instituto para niños con promedio avanzado. “Pero nunca supe lo que pasó con esa escuela”, lamenta. “Quería saber, era importante”.

Por su parte, Henry está continuamente ejercitando su cerebro con operaciones matemáticas. Si antes sabía las tablas hasta 200, ahora las domina hasta 1,000. Si hace unos años manejaba los calendarios desde 1950 hasta 2100, ahora se le puede pedir que calcule en qué día cayó o caerá cualquier fecha pasada o futura.

—¿Qué día será el 23 de noviembre de 2073?
—Va a caer un día jueves.
—¿Y qué día fue el 13 de abril de 1927?
—Fue miércoles.
—¿Cómo lo hacés?
—La fórmula es sencilla. Para no hacerlo de manera lenta, retrocediendo y restando tanto, tanto y tanto, si comparamos el calendario de 2011 con el de 1927, nos damos cuenta de que son exactamente iguales. En 1927 el 1 de enero fue sábado y el año finalizó en sábado. Así fue el 2011. Aparte de 1927, está 1955. Todos son idénticos.
—¿Pero cómo lo sabés?
—Por ciertas razones… Es algo simple. No sé explicártelo… Solamente lo hago. El calendario del 3228 es exactamente idéntico al calendario del 2028 al que vamos a entrar.
Henry está tranquilo. Hace mucho dejó de sentir nervios cuando las personas ponen a prueba sus habilidades mentales.
—Bueno, ¿cuál es la raíz cuadrada de 4,729?— insisto.
—Da aproximadamente 68.30. Pero no es exacta. Una raíz cuadrada exacta es la de 4,761, que da igual a 69.
—¿Y esto cómo lo hacés?
—Todo lo tengo fríamente calculado —responde en broma, pero sin reírse.
—¿Cuánto es 67, más 28, más 242, por 30, menos 20?
—10,090.
—¿1,600,320 entre 200,500?
—Aproximadamente 7.80…
Llueve sobre Managua y pronto Henry tendrá que partir rumbo a sus clases de Teología. La entrevista ha durado más de lo previsto y ya es tarde, pero el muchacho camina impasible, sin apurar el paso. Se sube al carro que lo llevará a su destino y da cuatro veces la dirección.

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