La huella de los marines en Nicaragua

Reportaje - 10.11.2019
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Además de mantener una ocupación militar por más de 20 años, los marines de Estados Unidos trajeron a Nicaragua estilos de vida, costumbres y modas que provocaron una persecución religiosa, una “crisis de hombres” y la irrupción de la mujer “moderna”

Por Julián Navarrete

Para hablar sobre la ocupación de los marines a principios del siglo pasado es inevitable pasar revista sobre las intervenciones militares en los conflictos políticos entre los partidos políticos o entre los grupos élite de hombres fuertes del país. No obstante, pocos conocen las huellas que la sola presencia de este cuerpo armado estadounidense marcó en la historia nacional.

Cierto es que Nicaragua se convirtió en una especie de protectorado de Estados Unidos a partir de 1910, cuando sus fuerzas militares intervinieron en el conflicto por el poder entre Juan José Estrada y José Madriz. Este había sustituido a José Santos Zelaya, quien renunció tras la nota enviada por el secretario de Estado, Philander C. Knox, mejor conocida como la Nota Knox, que significó una amenaza directa de la potencia norteamericana, incluyendo la presencia de barcos de guerra en las costas nicaragüenses.

Sin embargo, la ocupación de marines, aunque duradera hasta 1933, con el triunfo del ejército de Augusto C. Sandino, fue masiva solo en algunos momentos puntuales de esos más de 20 años de ocupación estadounidense. Lo que sí tuvo un impacto mayor fueron los motivos que llevaron a que los marines llegaran a tierras nicaragüenses. Entre ellos destaca el proyecto del Canal Interoceánico, la Diplomacia del Dólar, la creación de la Guardia Nacional, la “modernización” de los roles de la mujer en la sociedad y el ingreso de los misioneros protestantes en un país donde el catolicismo era la única religión que predominaba.

Según el investigador suizo Michael Gobalt, estas corrientes desafiaban “a la autoridad patriarcal” de la época. “Los gobernantes conservadores asumieron con mayor firmeza un catolicismo social y forjaron una imagen nacional más acorde a las prácticas culturales locales”, escribe Gobalt en su obra Enterrando el sueño americano.
Este nacionalismo que impulsaron los conservadores en el país dio lugar a “inspirar una sorprendente actitud revolucionaria” contra los marines estadounidenses que encabezó Sandino hasta 1927.

Por lo tanto, en las siguientes líneas hablaremos sobre las invasiones de los marines, pero también de los cambios económicos, culturales y religiosos que dejó su dominio militar en Nicaragua: “La crisis de los hombres”, la persecución contra los evangélicos y la irrupción de la mujer en los deportes, los automóviles y las minifaldas.

L a primera presencia de marines en Nicaragua ocurrió en 1909, después de que el secretario de Estado, Philander C. Knox, ordenara el asedio a las costas nicaragüenses para derrocar con una amenaza directa al presidente liberal José Santos Zelaya.

Zelaya, presidente de Nicaragua entre 1893 y 1909, impulsó un proceso de expropiación de tierras a las comunidades indígenas; consolidó la separación de la Iglesia del Estado; recuperó del dominio inglés el extenso territorio de la Mosquitia en la Costa Caribe y afianzó la base material de la producción y la exportación del café.

Sin embargo, su “pecado” pudo haber sido su apertura a mercados financieros de Inglaterra y su acercamiento a Japón para analizar la construcción del Canal Interoceánico, excluyendo a Estados Unidos. El punto de quiebre sería el fusilamiento de los ciudadanos norteamericanos Lee Roy Cannon y Leonar Groce, supuestos responsables de colocar minas explosivas en el río San Juan para impedir el paso de embarcaciones con tropas del gobierno hacia Bluefields.

A partir de ese hecho es que el secretario de Estado envía la famosa Nota Knox, en la cual responsabiliza al gobierno de Zelaya de la “constante inquietud y turbulencia que vive Centroamérica” y lo acusa de haber destruido las instituciones democráticas del país. A los 18 días renunció Zelaya a la Presidencia de Nicaragua.

U na nota informativa de julio de 1925, publicada en el libro, Sandino y los U.S. Marines, describe un “serio choque” entre misioneros protestantes provenientes de Estados Unidos y el clero católico de Granada. El texto cita que aparentemente uno de los misioneros con el nombre de Aberle hizo ciertos comentarios desde el púlpito refiriéndose a la Iglesia católica. Estos comentarios provocaron que una multitud encabezada por un sacerdote jesuita se dirigiera al salón misionero con el propósito de destruirlo.

La acción fue impedida por las autoridades, sin embargo, horas más tarde se encontró una bomba en el lugar. Por la magnitud del hecho, el gobierno envió 50 militares previendo futuros disturbios.
Estos hechos acontecieron en 1925, días antes que los marines abandonaran por un tiempo el país. Pero además ilustra lo que se vivía en aquella época en que la Iglesia católica se sintió amenazada por la llegada de los protestantes estadounidenses.

Estas disputas se originaron desde 1917, cuando los bautistas norteamericanos empezaron a desarrollar labores misioneras en el occidente de Nicaragua. Sus filas eran integradas por pastores, maestras y enfermeras. Pronto se extendió al área urbana y rural, donde se construyeron iglesias, escuelas y centros de salud.
A pesar de sus obras, los misioneros apenas representaban en 1933 el 0.1 por ciento de la población. Sin embargo, el temor de los católicos no era que las personas se convirtieran en protestantes, sino que se alejaran de su cultura católica.

Para combatir a los protestantes, los oligarcas conservadores de Granada crearon la Liga de Caballeros Católicos, cuyas filas eran integradas por personajes como Emiliano Chamorro y Diego Manuel Chamorro, ambos fueron presidentes de Nicaragua y firmaron con Estados Unidos la concesión de la construcción del Canal Interoceánico.
Los medios que utilizaron en su cruzada contra los misioneros incluían manifestaciones para cerrar iglesias, escuelas y clínicas protestantes. También, anotaban en una especie de “lista negra” los nombres de nicaragüenses que vendían productos o servicios a estos religiosos. “No solo hacían llamados a boicotear los negocios de dichos comerciantes, sino a aislarlos y anularlos por completo”, escribe Gobalt.

L a invasión de los marines permitió que se consumieran bienes y se practicaran actividades norteamericanas que en Nicaragua eran vistas como “modernas”. Entre ellas se encontraban los automóviles, fonógrafos, radios, medias, vestidos sin mangas y lápiz labial. Las actividades consideradas modernas eran practicar deporte, pasear en automóvil o asistir a juegos.

Los Caballeros Católicos se encargaron de emprender una campaña contra las mujeres para prohibirles que usaran escotes pronunciados, faldas cortas, cabello recortado, así como bailes y deportes que entonces solo se consideraban podían practicar los varones. Otra de las prohibiciones fue que leyeran novelas eróticas, fumaran cigarrillos, tomaran bebidas alcohólicas y pasearan en carros con hombres jóvenes.

Hay registro de varios obispos católicos que arengaban contra este tipo de actividades, e incluso negaban dar la comunión a mujeres que llevaban camisas sin mangas o faldas arriba de los tobillos.

Como los conservadores estaban en el poder, los Caballeros Católicos cerraron salones de bailes indecentes y aprobaron una ley en 1918 que prohibió que un hombre y una mujer platicaran en la calle si antes no habían sido presentados. Esto galvanizó el primer movimiento feminista del país y la medida fue revocada de inmediato.
En 1923, el presidente Bartolomé Martínez, un conservador proclamado “feminista”, impulsó el voto femenino, pero los conservadores lo rechazaron. Uno de ellos, Carlos Cuadras Pasos, explicó que el feminismo “era uno de los grandes problemas que inquietaban a la humanidad” y sostuvo que la intervención de la mujer en la esfera política debía ser “restringida al ámbito cultural”.

Para los Caballeros Católicos, la erosión de las antiguas costumbres patriarcales era la triunfante emergencia, inspirada en la “mujer moderna”, por el modelo norteamericano, traído por los marines.

Diplomacia del Dólar se le llamó al modelo político impuesto por Estados Unidos en distintos países de Latinoamérica. A diferencia gobiernos militares que se asentaron a partir de 1898 en países como Cuba, Puerto Rico, Filipinas, Haití y República Dominicana entre 1915 y 1916, en Nicaragua gobernaron a partir de 1912 hasta 1927 a través de unos cuantos banqueros de Wall Street, a quienes se les encargó la administración de las finanzas públicas del país.

Las tropas militares estadounidenses que hasta el 16 de septiembre de 1912 llegaron a ser de 2,035 hombres, entre casacas azules y marines, fueron retiradas cuatro meses después. Solamente quedaron en el país cuatro oficiales y 100 marines para “desanimar a los revoltosos de hacer levantamientos severos”, según el informe del coronel James H. Reeves, del 3 de enero de 1927.

Los más de 2,000 marines habían llegado a Nicaragua a solicitud del presidente Adolfo Díaz, que en ese momento enfrentaba un levantamiento del general Luis Mena, un antiguo seguidor de Zelaya. El ministro de Estados Unidos pidió a Díaz la protección “efectiva de las vidas y propiedades de los residentes extranjeros en Nicaragua”, pero este respondió que no tenía capacidad y solicitó ayuda a la potencia extranjera.

De modo que para 1912 el presidente de Estados Unidos, William H. Taft, justificaba esta invasión alegando que su administración procuraría acrecentar su hegemonía “sustituyendo las balas por los dólares”.

La diplomacia del dólar consistió en la creación de una Comisión Mixta, el manejo del Banco Nacional y la Oficina de Recaudación de Aduanas. De acuerdo a sus creadores, esta modalidad aseguraba la estabilidad política tan voluble que había en el país al quitarles los recursos a los caudillos de los partidos políticos. Por consiguiente, lo que realmente provocó fue una posición económica antiamericanista que fue respaldada tanto por los revolucionarios bajo el mando de Sandino, como por otras fuerzas reaccionarias.

Esta medida de Estados Unidos debilitó a los políticos y oligarcas conservadores. Esta clase social se sintió más afectada porque mientras su poderío económico se debilitaba, sus pares centroamericanos se consolidaban. También, porque el sector campesino se vio menos perjudicado que ellos y lograron mejorar su influencia económica.

En síntesis: la diplomacia del dólar hizo que la economía creciera, aunque siempre mucho menos que los demás países de Centroamérica. Hubo crecimiento pero no desarrollo, pues había déficit en la infraestructura de producción y los medios de transporte, así como las carreteras, que eran arcaicos.

L os marines estadounidenses abandonaron el país por un lapso corto de tiempo, entre 1925 y 1926. Resulta que el Departamento de Estado presentó el proyecto al gobierno del entonces presidente Carlos Solórzano, sobre la creación de una guardia militar no partidista, preparada por oficiales estadounidenses, que remplazaran las funciones del Ejército, la Policía y la Marina.

El oficial retirado, mayor Calvin B. Carter, fue nombrado jefe de la Guardia y de la escuela de instrucción.
Sin embargo, un año más tarde, en 1926, estalla la guerra constitucionalista en contra del gobierno de Emiliano Chamorro, quien meses después es obligado a renunciar pero deja en el poder a Adolfo Díaz. Este, otra vez, pide la intervención de Estados Unidos, y contingentes de marines desembarcan en Bluefields, Puerto Cabezas, Prinzapolka y Río Grande, declarándolas “zonas neutrales”.

En cuestión de cuatro meses, ya existe presencia de más de dos mil guardias en Corinto, León, Chinandega, Matagalpa y Managua. En mayo de 1927, el delegado especial del gobierno de Estados Unidos, Henry L. Stimson, insta a los bandos liberales y conservador a firmar un desarme.

El pacto conocido como Espino Negro puso fin a la guerra. Augusto C. Sandino encabeza desde ese momento su lucha por “el rescate de la soberanía nacional” contra los marines.

Mediante el acuerdo se fijó que las armas pasaran a manos de los norteamericanos, elecciones dentro de un año bajo la supervisión de Estados Unidos y la permanencia de los marines en el país hasta la reorganización de la Guardia Nacional.

Stimson se propuso un proyecto de “democratización” en el país. Incluía la realización de elecciones, pero también la destrucción del caudillismo. El almirante Clark Woodward, uno de los principales oficiales del Ejército de Estados Unidos, dijo que “las elecciones no eran más que disputas entre la aristocracia terratenientes que arreaban a gente sencilla de aquí para allá como ovejas”.

Los militares estadounidenses dirigieron los procesos electorales para elegir presidentes y representantes del Congreso entre 1928 y 1932. Cada misión consistía en 50 oficiales y entre 550 y 900 alistados del Ejército, la Fuerza Naval y el cuerpo de marines, que llegaban al país unos cuatro meses antes de los comicios. La mayoría hablaba español y habían participado en los gobierno militares en otros países del Caribe y Filipinas.

Los jefes de la misión electoral tenían tanto poder que podían vetar a candidatos a la Presidencia de Nicaragua. Por ejemplo, en 1928 el general Frank Ross McCoy impidió la nominación de Emiliano Chamorro por el Partido Conservador; mientras que en 1932 el almirante Woodward anuló los esfuerzos del presidente José María Moncada por imponer su candidatura en la boleta liberal.

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