La inocencia de dos fusilados en tiempos de Zelaya

Reportaje - 08.03.2021
dav

En abril de 1902 el estruendo de una gran explosión sacudió la Managua de entonces. Estalló el cuartel de artillería e infantería del ejército. Cerca de 200 personas murieron y desaparecieron el cuartel, casas de los alrededores y la antigua estación del ferrocarril. Todo indica que fue un descuido, pero José Santos Zelaya hizo fusilar a dos altos oficiales

Por Eduardo Cruz

El 17 de enero de 1903 se suspendió en Managua el servicio telegráfico y telefónico para particulares y el ejército del gobernante José Santos Zelaya se mantuvo en posición de alerta máxima. Era como si algo grave iba a ocurrir.

Ese día, a las 4:00 de la tarde, estaba previsto que serían fusilados dos militares que un consejo de guerra encontró culpables de haber explotado el cuartel de artillería e infantería del ejército, el cual quedó reducido a cenizas el 16 de abril de 1902. Murieron cerca de 200 personas. Una catástrofe que no se había visto en Nicaragua, acostumbrada a las guerras.

La opinión pública de la Managua de ese momento consideraba que eran inocentes los condenados, el general conservador Filiberto Castro y el coronel del ejército de Zelaya, Anacleto Guandique, de origen salvadoreño.

El cuartel de artillería e infantería era un imponente edificio y desde la planta alta se podía ver la vastedad del lago de Managua y las montañas detrás del mismo. FOTO/ CORTESÍA/ IHNCA

A la hora estipulada, algunos curiosos se acercaron con cautela a la Penitenciaría, que quedaba donde hoy está el viejo Estadio Nacional de Beisbol. Castro y Guandique salieron poco después de las 4:00 de la tarde custodiados por 60 soldados que llevaban los rifles listos para disparar, escribiría después Adán Cárdenas, porque esa era la orden de Zelaya si ocurría que el pueblo intentaba detener el fusilamiento.

De la Penitenciaría los reos serían llevados al lugar de su muerte, que sería en el mismo lugar donde antes estuvo el cuartel de artillería, que estaba cerca de donde hoy es el monumento a Rubén Darío, cerca de las costas del lago de Managua.

Durante el trayecto, la banda del ejército tocaba el clarín con “tétricas notas” y la gente se agrupaba a las orillas de la calle para despedirse de los procesados que se dirigían al patíbulo. Cárdenas escribe que el sol se ocultó detrás de unas nubes negras.

Guandique, de 33 años de edad y extranjero. Su madre estaba en El Salvador y solo su compañera de vida, Rosa Cisneros, era la única persona cercana que lo acompañaba en sus últimos momentos de vida.

En cambio, Castro era seguido por una comitiva de su familia, la que “lanzaba gritos desgarradores” mientras trataban de encontrar auxilio entre la población. Todavía en esos últimos minutos pedían clemencia. José Santos Zelaya no tuvo piedad.

***

El Cuartel de Artillería e Infantería quedaba, en la Managua de inicios del siglo XX, enfrente del lago Xolotlán y a la par de la antigua estación del tren, en un elegante y espacioso edificio construido durante los 30 años conservadores, cuando era presidente Evaristo Carazo, quien gobernó entre 1887 y 1889. El objetivo era que sirviera como mansión presidencial pero el siguiente mandatario, Roberto Sacasa, lo dedicó al servicio de la artillería y la infantería, así como depósito de materiales de guerra.

La parte norte del edificio era de dos pisos y presentaba un aspecto imponente. Del piso alto se contemplaba en toda su amplitud el lago de Managua y las montañas del otro lado. La parte sur era de un solo piso. De este a oeste medía 115 varas y de norte a sur, 60. La artillería fue instalada en la parte norte y la Infantería en la parte sur.

En 1896, después de un intento por derrocar a Zelaya, se trasladó al patio del cuartel el dinamo de la luz eléctrica, el cual estaba en León.

La antigua estación del ferrocarril, que estaba ubicado cerca del cuartel de artillería e infantería, también fue destrozado por la explosión, muriendo todas las personas que estaban en la misma. FOTO/ CORTESÍA/ IHNCA

En la esquina suroeste del edificio existía un depósito de algodón pólvora y de cartuchos para los cañones neumáticos. Hacia el norte había otro depósito de granadas con o sin carga, así como cantidades de pólvora negra para uso de artillería y de pólvora sin humo, sistema Lebel. En el piso superior había más algodón pólvora, es decir, nitrato de celulosa, descubierto a mediados del siglo XX y que es la base de la pólvora sin humo, un gran invento de uso militar para aquella época. Y en la parte inferior del edificio había un subterráneo donde estaban 43 cajas de dinamita y 93 cuñetes de pólvora negra. El lugar era literalmente un “polvorín”.

***

El 16 de abril de 1902 había en el cuartel de artillería e infantería de Managua cerca de 160 soldados y algunos reos. Uno de esos presos, Pedro Rafael Collado, contaría después en un juicio que a las 6:30 de la tarde de ese día vio una luz y que a continuación escuchó una explosión, tras la cual se vino abajo el edificio del cuartel. El soldado Buenaventura Méndez vio una “llamarada” que salía de las ventanas de la segunda planta del edificio y que “tras esa llamarada se oyó una detonación muy fuerte” e instantes después Méndez estaba soterrado debajo del edificio.

Según un folleto que se publicó en 1918, “una enorme columna de humo se levantó a mil varas en el espacio e inmediatamente una nube de polvo oscureció todo el radio de casas vecinas al cuartel. Luego, las llamaradas del edificio ya en escombros iluminaron la ciudad en una gran extensión y el disparo de metrallas, cápsulas y barriles de pólvora y cohetes de incendio, permaneció durante toda la noche, de manera terrible y amenazadora”.

La explosión, que se escuchó hasta en poblados vecinos, afectó al menos ocho manzanas de terreno alrededor del cuartel, destruyendo, además de todas las viviendas que estaban alrededor, también la antigua estación central del ferrocarril, muriendo las personas que se encontraban en la misma.

Los defensores de Castro y Guandique explicaron que los acusados no pudieron haber provocado el incendio del cuartel de artillería e infantería, porque el fuego inició en el piso de arriba y en segundos el edificio se vino abajo. Si alguien provocó el incendio, tuvo que haber muerto en el lugar. ILUSTRACIÓN/ LUIS GONZÁLEZ

Las casas vecinas quedaron desplomadas, los techos caídos, destruidos los muebles. Completa ruina. Mucha gente se salvó de morir, de las que habitaban en casas vecinas, porque hubo tres explosiones y tras la primera la gente salió huyendo, algunas de ellas a las montañas, otras al lago. El miedo era que explotara la dinamita.
La gente pasó rezando toda la noche, muchas de ellas de rodillas.

La fuerza de la explosión fue tal que lanzó muchos cadáveres al lago de Managua. Solo en el cuartel fallecieron 150 personas. Había muchos soldados reconcentrados en el cuartel, ante cualquier emergencia, debido a que el presidente José Santos Zelaya se encontraba a la hora de la explosión en Masaya. Se salvaron 12 soldados porque andaban en la calle.

Media hora después de la explosión, Zelaya llegó a Managua.

El médico forense Macario López dijo que no le fue posible practicar el reconocimiento de los cadáveres que se encontraron bajo los escombros del cuartel debido a que muchos fueron incinerados y otros sepultados inmediatamente, por medidas higiénicas, pero sí le practicó autopsia a ocho cadáveres, dos de ellos que murieron en el hospital con horribles quemaduras y cinco “monstruosamente mutilados” bajo los escombros, entre ellos el del coronel Salvador Peralta Lovos, jefe del cuartel. “Hasta muchos días después se continuaron desenterrando pedazos informes de cuerpos humanos en que la identificación de las personas se hizo imposible”, expresó el médico en el juicio que se les hizo a Guandique y a Castro.

Según el historiador Gratus Halftermeyer, el coronel Peralta Lovos estaba a salvo después de la explosión, pero, “inspirado en un sentimiento temerario”, dijo a todos: “Sálvese el que pueda, yo moriré en mi puesto”. Y entró a los escombros del cuartel para morir en las llamas.

Halftermeyer también explica que la explosión encontró punto vulnerable hacia el lago, por lo que la población hacia el sur no sufrió mayores daños.

***

El coronel Anacleto Guandique era un salvadoreño de 33 años de edad que le trabajaba a José Santos Zelaya dando clases de milicias propiamente en el cuartel de artillería e infantería. Ganaba 100 pesos mensuales y todos los días estaba cumplidamente en el cuartel a las 3:00 de la tarde para impartir sus clases. Tenía experiencia porque había luchado tanto en El Salvador como en Honduras.

De tendencia liberal, Guandique se consideraba amigo de José Santos Zelaya, cuenta el presbítero Ramón Ignacio Matus, quien desde 1910, cuando cayó Zelaya, se dio a la tarea de investigar el proceso contra los dos militares asesinados. El salvadoreño había llegado a Nicaragua pidiendo asilo y obtuvo trabajo en el ejército zelayista, quedando muy agradecido con el gobernante. A veces escribía artículos en los periódicos de Nicaragua a favor de Zelaya. Su condición de migrante le daba desventaja frente a otros miembros del ejército.

Guandique era de escasos recursos y vivía alquilando una pieza cerca del cuartel, por la cual pagaba 16 pesos mensuales. Pagaba otros 22 pesos para que le dieran de comer y, aunque no estaba casado, pocos meses antes de su muerte había iniciado una relación con una mujer de nombre Rosa Cisneros. Una parte del dinero que ganaba lo recogía para mandarle a su madre que estaba en El Salvador.

El lago de Managua a inicios de los años 1900. Frente a sus costas fueron fusilados y quemados Castro y Guandique y las cenizas esparcidas en el agua. FOTO/ REPRODUCCIÓN/ GUÍA GENERAL ILUSTRADA DE NICARAGUA

El día que explotó el cuartel, Guandique había dado sus clases que duraban una hora. Después salió del local y regresó como a las 6:00 de la tarde para pedirle prestado al comandante Félix López al soldado Blas Vega, porque necesitaba que le hiciera “unos mandaditos”.

A la hora exacta de la explosión, que algunos sitúan fue a las 6:30 de la tarde, y otros a las 7:30, Guandique estaba con Rosa Cisneros en la casa que alquilaba esta última. Al escucharse la explosión, Guandique leía un periódico pero lo soltó para dirigirse al cuartel a ver qué había ocurrido.

El salvadoreño vio el desastre y percatándose de que no podía hacer nada por ayudar se dispuso a tratar de salvar algunas pertenencias de él que tenía en la pieza que alquilaba, pero tampoco pudo. Entonces se regresó a ver si podía encontrar a Rosa Cisneros.

Dos días después, el 18 de abril de 1902, la policía de Zelaya encarceló a Rosa Cisneros, por lo que Guandique se dirigió a la estación de policía, donde también lo dejaron preso a él y nunca más volvería a recobrar la libertad.

***

Filiberto Castro tenía 62 años de edad cuando explotó el cuartel de artillería e infantería. Era conservador y desde 1896, cuando fue nombrado general de brigada y participó en la conspiración que los conservadores dirigidos por Pedro Calderón Ramírez realizaron contra Zelaya, era perseguido por este último.

Cansado de recibir carceleadas, en 1902 Castro tenía un año de haberse retirado del ámbito político y se había dedicado a la agricultura en la casa que tenía en el valle de San Andrés.

En San Andrés se encontraba Castro cuando explotó el cuartel. Desde su casa se podía ver el humo que salía del incendio.

Dos días después del incendio, Castro recibió la información de que Zelaya le atribuía la voladura del cuartel. Un amigo, Máximo Moreira, le ofrece a Castro mil pesos y una bestia para que huya, pero Castro le dice que es inocente y que se irá a presentar ante las autoridades.

El 19 de abril Castro llegó a la casa del general Hipólito Saballos, en Managua. Saballos se dirigió donde Zelaya a decirle que tenía a Castro en su casa. Zelaya amenazó con mandarlo a traer con la Policía pero Saballos le dijo que no era necesario, que él lo llevaría.

En cuanto Castro llegó a la Policía fue encerrado en una bartolina. Desde ese momento, al igual que Guandique, nunca más volvería a recobrar la libertad.

***

Después de los primeros dos días de transcurrido el incendio, nadie hablaba de que la causa del mismo fuera la mano criminal.

Un día después del incendio fueron halladas dos bombas, en distintos lugares pero cercanos al cuartel. El perito Federico Solórzano dijo que las bombas eran pequeñas, forradas en cuero y atadas con mecate encerado, conteniendo remaches a guisa de metralla y tenían dentro un cartucho de dinamita, un pedazo de mecha envuelto todo en arena.

El hallazgo de esas bombas fue suficiente para que el gobierno de Zelaya dijera que el incendio fue provocado por mano criminal, a pesar de que los peritos lo que indicaron fue que “la primera explosión, causada probablemente por agente exterior, bien sea descuido o mano criminal, ha tenido lugar en el salón alto de la Artillería, haciendo estallar casi inmediatamente el salón situado debajo del primero y que la segunda y tercera explosión fueron consecuencia del incendio de la primera”.

Los abogados que defendieron a Guandique y a Castro explicaron que el incendio no pudo ser causado por una bomba, ya que de los muchos testigos que presenciaron la primera explosión, ninguno de ellos dijo que habían escuchado la explosión de una bomba o un sonido similar antes de que ocurriera la primera gran explosión. Lo que dijeron es que habían visto “una luz”, o “una llamarada”, pero no el estallido de una bomba.

Para los defensores también era evidente que ni Guandique ni Castro pudieron haber lanzado bomba alguna, porque de haber sido así hubieran muerto porque el incendio inició en la parte alta de la parte norte del edificio y no les hubiese dado tiempo de bajar vivos porque los testigos del incendio también dijeron que después de ver la luz explotó el edificio y les cayó encima. Un día después del incendio, ni Guandique ni Castro presentaban ningún tipo de lesiones.

Por encima de todo, los defensores alegaron que ni Guandique ni Castro estaban en el cuartel cuando estalló el edificio. Sin embargo, el consejo de guerra creado por José Santos Zelaya se basó en testigos falsos para argumentar que Guandique y Castro sí habían estado a la hora de la explosión en el cuartel.

Un total de 12 testigos dijeron que Castro no había salido en los últimos días del Valle de San Andrés. Y otro grupo lo hizo diciendo que Guandique estaba con Rosa Cisneros. Nada valió. Hubo testigos que dijeron que Castro anduvo disfrazado y otros que Guandique había entrado al cuartel y después de la explosión apareció con sangre en la cabeza. Pero Guandique no tenía ninguna seña.

Para capturar a Guandique, algunos testigos dijeron que días antes de la explosión en la casa de Rosa Cisneros oyeron una explosión, por lo que dedujeron que ese día estaban probando pólvora. Y otros testigos dijeron que dos días después del incendio Guandique dijo: “Ya se jodieron estos”. Pero no mencionaba nombres.

La suerte estaba echada en contra de Castro y Guandique. El consejo de guerra creado por Zelaya los condenó a muerte. Y después, el propio José Santos Zelaya confirmó la sentencia. No le prestó oídos a las súplicas de los familiares de Castro, de la población, ni las de algunos liberales allegados a él.

Eulogia Castro, hija del general Castro, relataría después que Zelaya le dijo que quería que Castro admitiera que líderes del partido conservador lo habían contratado para volar el cuartel de artillería e infantería. Castro nunca aceptó hacerlo y más bien le prohibió a su hija que le aceptara algo a Zelaya.

***

La noche que precedió al día de la ejecución, los guardias de la Penitenciaría no dejaron dormir a Castro ni a Guandique.

Como unos días antes se habían escapado en Bluefields unos condenados a muerte por un ataque al Bluff, en la Penitenciaría se extremaron las medidas contra Castro y Guandique. A cada momento los vigilantes tocaban pitos de atención y daban voces de alerta que no les permitían a los condenados conciliar el sueño.

A las 10:00 de la mañana del 17 de enero de 1903, Castro fue llevado ante José Santos Zelaya. Eulogio Cuadra, conservador que estaba preso junto a Castro, cuenta que este último le contó al regresar a su celda que Zelaya le ofreció dinero y salvarle la vida si decía que los líderes conservadores que también estaban presos habían sido quienes lo indujeron a hacer explotar el cuartel. Castro se negó nuevamente. Uno de los conservadores que estaba preso era Salvador Chamorro, padre del general Emiliano Chamorro.

El mismo Cuadra cuenta cómo fue la salida de Castro y Guandique de las celdas rumbo al lugar de la ejecución: “Cómo ha quedado grabado el momento triste de la despedida de aquellos hombres, al verlos marchar tranquilamente y serenos al patíbulo, con la seguridad de que a la honradez de ellos nuestra existencia muchos de los que quedamos aherrojados en la Penitenciaría”.

Tras salir de la Penitenciaría, al llegar a la iglesia San Antonio se dirigieron hacia el norte. La familia de Castro gritaba con desgarro.

Durante el trayecto, los guardias de Zelaya retiraban a las personas y las amenazaban con los rifles. El general Castro caminaba sereno.

Los defensores de Castro y Guandique explicaron que los acusados no pudieron haber provocado el incendio del cuartel de artillería e infantería, porque el fuego inició en el piso de arriba y en segundos el edificio se vino abajo. Si alguien provocó el incendio, tuvo que haber muerto en el lugar. ILUSTRACIÓN/ LUIS GONZÁLEZ

Finalmente, cerca de las 5:00 de la tarde, llegaron adonde había estado el cuartel de artillería e infantería. Colocaron a los condenados junto a una pared.

En sus memorias, Carlos Cuadra Pasos recuerda que presenció la ejecución y escribió: “El patíbulo consistía en dos taburetes. Castro inmediatamente se sentó en uno de ellos. Guandique se puso de pie, erguido delante del taburete que le correspondía y le dijo a Castro; “Recuerde general, que los militares mueren de pie”. Castro respondió: “Eso está bien en usted que es joven, ya estoy demasiado viejo para esas etiquetas. Muramos los dos, con la frente levantada, y la mirada puesta en el cielo en donde se conoce la limpieza de nuestras almas””.

Al general Filiberto Castro y al coronel Anacleto Guandique les pusieron taburetes en el patíbulo donde los fusilaron, junto a una pared que quedó en pie de lo que fue el cuartel de artillería e infantería. Solo Castro se sentó, alegando que tenía 62 años de edad. Guandique prefirió morir de pie. ILUSTRACIÓN/ LUIS GONZÁLEZ

Sonó la descarga fatal. Luego los cuerpos fueron llevados en una banca junto al lago, donde fueron quemados. Toda la noche los cuerpos sufrieron el fuego, hasta en la mañana del 18 de enero.

Tras ser incinerados los dos cadáveres, las cenizas fueron esparcidas sobre el lago.

La hija del general, Eulogia Castro, lloraba a su padre. Al oír sus lamentos, el soldado Cayetano Vásquez le dijo: “Silencio. Si usted vuelve a llorar y a estar hablando, la mando a la cárcel”.

***

Mientras José Santos Zelaya estuvo en el poder, hasta 1909, nadie pudo hacer nada por revivir el caso de Castro y Guandique. Pero cuando Zelaya salió de la presidencia, el presbítero Ramón Ignacio Matus logró conseguir el expediente judicial del caso y se dedicó a investigar. Quería demostrar que Castro y Guandique eran inocentes.

En 1918, Matus presentó un recurso de revisión ante la Corte Suprema de Justicia (CSJ).

En octubre de 1920, la Corte anuló la sentencia de José Santos Zelaya, le devolvió la inocencia a los fusilados y quemados y ordenó una indemnización para sus familiares.

Sección
Reportaje