La leyenda de la Adela Matraca

Reportaje - 11.02.2007
Adela Ortiz

Adela Ortiz es una mujer brava. Se enfrenta agolpes con hombres o mujeres, idolatra a Paquita la del Barrio, gusta del trago y el cigarro, y en otros asuntos parece ser  la que inspiró a la mítica Tula Cuecho de Carlos Mejía Godoy. Otro cantante, El Guadalupano, le compuso su propia canción:
"No le digan nada, no toquen sus tapas, esa mujer es sagrada compadre, es una matraca".

Octavio Enríquez
Fotos de Orlando Valenzuela

Adela Ortiz no aguantaba ya a una turba de chavalos que se le aparecía por cualquiera de las calles adoquinadas de León y le gritaba a su paso: "Ahí viene la Matraca. ¡Matraca! ¡Matraca!"

Hasta que un día de este lejano 1974 agarró a uno de los más necios. "el niño asustado le contó que le decían así, porque el cantautor Pablo Martínez, conocido como El Guadalupano, le compuso una canción en que la llamaba "Matraca", porque era aficionada a los tragos, a pelearse con quien tuviese enfrente y a decirle lo que le roncaba a todo el mundo.

Según El Guadalupano, la gente de León le atribuía algún parentezco con la ya famosa e imaginaria Tula Cuecho, de la canción de Carlos Mejía. Para entonces, Adela Ortiz ni siquiera había oído la bendita canción con la que El Guadalupano la bautizó tan maliciosamente, a pesar de ser cuñados. Ortiz convivía entonces con Alejandro Salgado, hermano del cantante.

—¿Cómo fue posible que este jodido hiciera esto? —estalló, y se fue directo a la casa de Angélica Téllez, la mamá del autor, en el tradicional barrio Guadalupe que le dio el nombre al cantante.

—¿Dónde está tu hijo, Angélica? Aquí ando esta chochada (una pistola), pero no quiero comprometerme —amenazó.

Temerosa, horas después, la madre le aconsejó al díscolo de su descendiente que le cambiara el nombre a la canción para evitar problemas. Como no quiso hacerlo y ante las exigencias de la Adela, tuvo que enfrentarla. Cuando lo hizo fue acompañado de un hermano y un primo. La halló bebiendo guaro y nomás lo vio le ordenó que cantara bendita canción.

—Echate un cachimbazo —ordenó— después me cantás esa chochada.

El grito campesino de El Guadalupano despertó a todos y luego la voz retumbó en aquella casa vieja. La mujer comprobó al escuchar la música que su nombre entró a la leyenda de los personajes populares con la imagen de una amazona: a la Adela de la canción su marido le temía, porque ella mandaba en todo, incluso en la voluntad de llevar pantalones durante el día

La canción cuenta que la Adela Matraca podría incendiar con su lengua a León, y no se diga más de la impresionante capacidad de decir mil palabras en un breve instante. "No le digan nada / no toquen sus tapas / esa mujer es sagrada compadre, es una matraca", le cantó El Guadalupano.

—¡Esa soy yo, jodido! ¡Esa soy yo! —le dijo al marido exaltada.

Foto de Orlando Valenzuela
El Guadalupano le canta a la Adela Matraca, la pleitista más conocida de sus canciones, al lado de su marido, Tomás Sacasa.

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"Para mí es una mujer popular, amistosa, buena para el manejo de su lengua, no le gusta que le anden con mates. Ella manifestaba que el hombre que vivía con ella no la mandaba. La prueba es que ni mi hermano aguantó, se separó de ella. Ella rompía los moldes, era salvaje", describe El Guadalupano.

En persona no parece tan violenta, aún más cuando está sentada en su butaca celeste, acompañada de su querido Tomasito (Tomás Sacasa, su esposo), un viejo canoso con quien procreó un hijo, y el único que parece tener el antídoto para dominarla. "Es medio violenta —asegura él— pero con una buena sopa de muñeca se calma".

—Ideay, oíme a Tomasito lo que dice. Si no hemos aplicado (golpeado) duro —replica ella.

La primera vez que cruzaron las miradas fue el 31 de diciembre en los años cincuenta. Ambos trabajaban en Corinto. Los dos viejos se ríen, ella mayor que él ocho años, al recordar la propuesta indecorosa de Sacasa. la quedó viendo, le habló claro en el momento cuando se conocieron y luego soltó la invitación:" ¿No querés que vayamos a dejar a la Virgen del Hato?"

"Antes era a pie que se iba a dejar a la Virgen de Corinto a El Viejo (Chinandega). Entonces dije yo: 'Te llevo entre el saco y vas de viaje. Me hago humo'. La condenada se portó durísima. Me costó, parece que usaba un tirante con nudo ciego en la cintura", cuenta Sacasa.

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Hasta la canción de El Guadalupano, nunca nadie le dijo Matraca. A doña Adela Ortiz, de 80 años, la apodaban "Tasmola", en alusión a un tronco de madera grueso. Ella creció viendo a su mamá trabajar en la venta que dejaba muy poco dinero para vivir en el barrio Guadalupe.

Ortiz dice que siempre ha sido pobre, a pesar de ser hija de quien es. Su padre, el coronel Anastasio Ortiz fue de los más cercanos del general Anastasio Somoza García. Con mucho poder y dinero. En León lo recuerdan por haber dado la orden de disparar a los estudiantes de León en la masacre de 1959. Ortiz era el jefe de la Guardia Nacional allá.

Sin embargo, a pesar de tener dinero, Ortiz no ayudaba a sus hijos ilegítimos, lo que obligaba a Adela a buscarlo en casa de unos parientes, a pesar que su mamá nunca le dijo: "Seguilo".

"Él con su mandatos y yo con mi hambre y pobreza; él lo más que hacía era hacer de un lado el fundillo (trasero) y se sacaba la cartera, un peso", recuerda.

Por su pobreza y su falta de interés en el estudio, esta mujer entró temprano al mundo de la clarividencia. Fue médium del famoso doctor Paguaga, en León. Ese señor, de quien conserva una foto, supuestamente la acostaba en una mesa y de su cuerpo salían las voces de los espíritus. La mente luego le quedaba en blanco.

Adela tiene algo de bruja entonces, aunque ella lo niegue. Juega las cartas de vez en cuando en el barrio Juan Ramón Sampson, adonde vive ahora y esta afición la alterna con su trabajo de todos los días, que es vender especias y panas en la calle. Mucha gente le tiene cariño y agradecida por los favores astrales le regalan animales de granja.

A la Adela sin embargo la recuerdan más por sus pleitos. El Guadalupano se acuerda de uno espectacular con una prima y ella misma lo cuenta. "A mi prima Dora la cachimbée, parece que andaba con sus cervezas y llegó de búfala. 'Ve Dora calmate', le dije. Llegó a cobrarle a mi marido, Tomasito. La camorra era porque según ella nos habíamos sacado la lotería y lo que hizo fue arrecharme. Me insultó, me quiso dar, y me abro y la zoco, yo flaquita, tenía poquita fuerza, pero le di", cuenta Adela en su casa.

Según El Guadalupano, la gente decía en las calles de León que por lo dañina a la Adela Matraca la creían prima de la imaginaria Tula Cuecho, de la canción de Carlos Mejía.

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¿Le gusta la canción? Adela Ortiz dice que hay partes que le parecen ofensivas, como cuando El Guadalupano le dice que ha sacado en calzoncillos a sus maridos. De lo que parece estar consciente es de su fama. "Yo no pudiera ser ni puta, ni ladrona, ni asesina, porque sobra quién dé razón de mí. Si vas a Poneloya, por mi venta soy conocida. Otro poco de años maté chancho".

"A ese Pablo (El Guadalupano) lo bañaba, le jugaba los huevitos, qué me va decir a mí. Para mí es un culo cagado, lo quiero como si fuera un hijo. Si me dicen que está caído, y está lleno de mierda, con perdón de ustedes y la chochada con la que graban, yo digo que voy alzar a mi muchachito".

—Dicen que ha sido la más fuerte de las relaciones que ha tenido...

—Yo no me dejo joder de un hombre. Si sos vos mi querido (amante) ayudame, te abrazo, te sirvo, te plancho, te zurzo, no me jodás ni te valgás del guaro para venir hablando con voces alteradas.

—¿Son muchos los pretendientes que tuvo?

—No me faltaban jalones, los enamorados, de aquellos tiempos. Anduve trabajando, te estoy hablando desde que tenía 18 años. Estuve acarreando sebo, vendí carne de res. Del mercado viejo que se quemó acarreaba panadas de sebo (...). Allí estoy yo (señala una fotografía) que parezco mona. Estoy con un fulano en Sutiaba, fui casada civil y eclesiástica. Me casé con Rigoberto Berríos, yo soy viuda de Berríos, después me casé con este señor. Voy a tener 50 años de casada, qué cáscara de aguantar tanto, bueno pero allí estoy.

—¿Cómo se describe usted?

—No aprendí a leer, la misma ignorancia y brutalidad mía. Saber leer es bonito porque escudriñás las cosas, te das cuenta y te distraés. Perdés tiempo, yo no sé, pero a mí me ardían los ojos, o era una maña mía, no sé. Los golpes de la vida sin embargo me han hecho aprender. Me gustaba trabajar y jugar los reales cuando era muchacha. Me gustaba comprar lo que me daba la gana. No hice gavilla, vieja soy y siempre fui perra sola, andaba solita. Cigarro hasta el día fumo. Tengo como 60 años de fumar.

—Y ¿no le da miedo que le afecte la salud?

—El que se va a morir se muere. No andés creyendo en eso papito. Yo no pudiera ser ni puta ni ladrona, como te dije.

—Usted no es una mujer tradicional...

—Para mí una parte es humildad y otra pendejera que una mujer esté atenida al trabajo del hombre. La carreta no la jala solo el buey.

—¿Qué le dice a los hombres que golpean a sus mujeres?

—Las mujeres no son sus hijas, ni sus tapescos. Si no quiere estar de cabrón o chivo que la deje. Que se evite problemas.

—¿Se debe entender que usted se siente defensora de la mujer?

—Quiero a las mujeres, pero no soy cochona tampoco. No me gusta como mujer y madre que soy, que una mujer quiera agarrar a un hombre del mocho. El hombre que también se deje dominar no es más que un idiota.

—¿Qué tipo de música le gusta a usted?

—Me gusta Paquita la del Barrio. Los hombres están acostumbrados a machacar a las mujeres y nunca habían hallado quién les diera en el pico. Ayyyyyyy, ella les dice rata de dos patas. Porque soy pobre no tengo grabadora, pero si tuviera compraría los discos, aunque no pondría serenata porque capaz y me apedrean.

***

Para salir de dudas, Magazine invitó a Adela Ortiz a visitar la propia casa de El Guadalupano, el mismo que compuso la canción de la discordia. Ella accedió con absoluta complicidad.

—Ideay amor, ¿cómo estás? —pregunta El Guadalupano, cuando la ve llegar.

—Dicen que ya te están alistando la caja —responde ella después que escuchó que el cantante está enfermo (problemas estomacales).

Muchos recuerdos se avivan cuando el cantante agarra su guitarra y comienza a cantar la canción de la Adela. Viene la parte de los pantalones, ella se ríe y le soba la cabeza canosa, como diciéndole "incorregible", mientras aquel le devuelve una risa bandida a su visitante que contagia a todo el vecindario.

Ambos se acuerdan en ese momento de aquella vez en un festival de música en León, cuando estando en la Plaza, interpretando la misma canción, preguntó a las mujeres del público: "¿Dónde están las Adelas... pero las Matracas?"

Varias mujeres alzaron las manos, pero solo una pegó un grito.

—Aquí estoy papito, ¡la Matraca original! Era la Adela Ortiz, la misma que minutos después frente a su casa dice: "Viera que vida tan dura la mía", y asoma una lágrima.

La Tula Cuecho de Carlos Mejía

Adela Ortiz no es el personaje que inspiró a la Tula Cuecho de Carlos Mejía Godoy. La historia de
esta popular canción es otra. Según el cantautor nicaragüense, a él se le ocurrió hacer una canción que reflejara el prototipo del chismoso y un día, hace ya muchos años, viviendo en Managua escuchó a alguien decir Tula Cuecho.

—Debe ser una chismosa esa mujer para que le digan así —pensó.

La verdad, que supo después, es que a la Tula Cuecho le decían así no por chismosa como creyó Mejía,
sino por un pronunciado bocio en su cuello. Pero el detonante para la canción ya se había disparado y
la ubicó en un barrio, El Coyolar, de León, y un nombre de pila: Gertrudis Traña.

Aún siendo ficticio el personaje, un día de 1975 se presentó a un concierto de Carlos Mejía una mujer
del barrio El Coyolar, de León, que se llamaba Gertrudis Vanegas e increpó al cantante:

—Yo nunca lo he irrespetado a usted y usted anda diciendo que soy la Tula Cuecho.

—¿Cuál es su apellido? —respondió este.

—Soy Gertrudis Vanegas, una mujer honrada, trabajadora...

—Señora, primera noticia que tengo de usted. La Tula tiene un nombre, se llama Gertrudis Traña.
Tan pronto salió que usted era de El Coyolar y la pude haber puesto en Guadalupe o en otro lugar: le ofrezco disculpas.

(Con la colaboración de Salomón Manzanares)

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