La leyenda de un héroe olvidado

Reportaje - 19.10.2009
Julio-Alonso-Leclaire

El comandante Julio Alonso Leclaire perteneció a la Guardia Nacional, combatió a Sandino en los años 30, pero luego se declaró inconforme con el régimen y armó su guerrilla contra los Somoza. Muchas años después nadie parece querer recordarlo.

Octavio Enríquez
Fotos y reproducción de Orlando Valenzuela

A lomo de caballo, el doctor Hugo Alonso García debió llegar sudado y sentirse exhausto cuando se abrió paso entre la espesura y no encontró nada. Ni un rastro de la tumba de su padre en aquel sitio
recóndito de Nicaragua.

Con 28 años, acostumbrado al camino de montaña desde niño, dice que cruzó la espesura hasta un sitio al que supuestamente llamaban El Dorado, vecino con Honduras, y que, según recuerda, se ubica todavía adelante de Murra; un pueblito con una sola calle donde entran mulas, buses y los campesinos de sombrero y pistola que viven allí.

Estando en Jalapa, otro poblado de la región donde prestaba su servicio social, un guerrillero le había
contado en 1972 que la Guardia le había arrancado la cabeza a un comandante rebelde que se llamaba
Alonso, en un lugar conocido como El Dorado. Ignoraba el campesino que se trataba del hijo menor del
finado.

En 1961, luego de 14 años de hacer la guerra en la montaña, el comandante Julio Alonso Leclaire,
ya casi calvo, frente pronunciada, blanco, algo regordete, sintió que aquel sitio en Las Segovias nicaragüense era el ideal para descansar. Debió sentir ese aire tan limpio que alegra los pulmones de cualquiera. El panorama estaba claro: el Río Guano cuya orilla recorrían para no dejar huellas, y los árboles tupidos que impiden ver el sol.

Acompañado por tres de sus hombres, incluyendo a su principal lugarteniente, Julio Velásquez, el
comandante quiso tomar un segundo aire tras la persecución que había diezmado su tropa de 37.

Quería recuperar algo de energía. Se les ocurrió entonces comerse unos tamales. Una descarga terminó aquel 23 de enero de 1961 con el aperitivo y con la vida del jefe, mientras los otros tres se lanzaron al río buscando cómo escapar.

Dicen los testigos que el raso Membreño, el autor de la muerte como se supo después, exhibió en
el cuartel la dentadura de oro de Alonso, al que le cercenaron la cabeza, tal como escuchó el doctor
Hugo Alonso, su hijo menor, más de una década después cuando decidió hacer aquella expedición.

La cabeza fue un trofeo de guerra como fueron las manos del Ché en Bolivia.

Desaparecieron al jefe guerrillero más importante entre la caída de Sandino y el surgimiento de
Carlos Fonseca Amador, el fundador y principal dirigente del Frente Sandinista, a quien un historiador
en estos días coloca por delante de casi media docena de levantamientos contra la dictadura de los
Somoza, aplacados a sangre y fuego por órdenes del dictador primero y luego de sus hijos.

“Yo lo conocí en la acción de Ramón Raudales, en esa columna guerrillera en 1958. Cuando llegué
al campamento en un lugar, funcionaba como jefe del Estado Mayor de Raudales, era un hombre muy
apacible, tranquilo, tenía buena relación con el resto de la columna, pero sabía imponer disciplina”,
recuerda el veterano antisomocista Virgilio Godoy, ex Vicepresidente de la República.

Fotos y reproducción de Orlando Valenzuela
1933. Posando como marine, el oficial de la Guardia nacional, Julio Leclaire, quien peleó contra Sandino desde las filas de la llamada Constabularia.

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Julio Alonso Leclaire, el comandante Alonso, fue Guardia Nacional antes de hacerse guerrillero. Delgado. Tenía porte de marine, como los que persiguieron a Sandino en la montaña.

Cuando decidió convertirse en militar era maestro de escuela en San Ramón, Matagalpa, y vio en la Academia Momotombo o Trumble de la Guardia Nacional de Nicaragua (conocida como la Constabularia), el sitio ideal para formarse. Entró en 1929, se graduó en seis meses y luego fue destinado a Puerto Cabezas donde aprendió miskito, que sus hijos conocerían después por frases aprendidas en aquellos días de sol, mariscos y bailes rompe-cintura.

En sus andanzas de oficial, combatió a Sandino, el hombre que Somoza mató un año después de
la foto que tiende un abuelo chele, de casi 70 años sobre la mesa de su casa en una colonia de Managua.

—Aquí mi papá andaba combatiendo a Sandino, esta foto es de 1933 —señala su primogénito, Julio
César Alonso García, al mostrar la foto amarilla, su padre a la derecha junto a otro guardia nacional, luce un sombrero de marines, un pañuelo amarrado al cuello, las manos en la cintura, y luce un tanto curcucho.

Tres años después de aquella imagen, asumiría el poder Anastasio Somoza García, el director de la
Guardia que él había jurado defender cuando se graduó.

Desde las filas de la Guardia, Alonso Vio matar a Sandino a traición y luego el ascenso de Somoza,
a quien no le importó darle un golpe de Estado a su tío, el presidente Juan Bautista Sacasa. Durante diez años mantuvo a su ejército unido hasta que en 1947 se sucedieron una serie de hechos que definitivamente cambiarían la historia.

Ese año el tirano llamó a “elecciones libres”. En la contienda se presentaron dos candidatos. El del oficialismo, apoyado por la maquinaria del partido liberal de Somoza, Leonardo Argüello, y el también
liberal Enoc Aguado de los opositores.

Julio Alonso Leclaire era comandante en Boaco cuando todo esto pasaba, cuando al cierre de la vota-
ción el tribunal electoral decidió invertir los resultados y hacer presidente a Argüello, pese a que el resultado legítimo era 184 mil votos en su contra y apenas 18 mil a favor de él.

Hubo inconformidad, pero la Guardia aplacó la rebelión haciendo redadas, golpeando y amenazando
a los adversarios políticos como recuerda un amigo de la familia, Jesús Miguel Blandón.

La escisión definitiva dentro de las filas de la Guardia ocurrió después. En los días que Somoza aplas-
tó a su candidato. Argüello le mandó la “orden de baja” a la jefatura de la Guardia Nacional con su secretario personal. Dos horas después, Argüello se subió a su carro Buick negro, giró en la curva que conducía a la Casa Presidencial, luego de ver su despacho y los pasillos adyacentes atiborrados de militares.

Un coronel lo conminó a abandonar el país después de informarle que había sido depuesto por órde-
nes de Somoza, que conseguiría que el Parlamento lo declarara loco, según relató hace ya varios años el conocido y veterano profesor Julio César Sandoval.

Al conocer la noticia, Julio Alonso Leclaire se vino de Boaco a San Benito, al norte de Managua, con
un grupo de hombres para protestar. Pero el resto de oficiales que lo acompañarían de cuarteles aledaños le fallaron. Desde entonces el brillante oficial, al que sus jefes nunca ascendieron porque era muy crítico, pasó a la clandestinidad.

Gráfico: La Prensa/Bismarck Rodríguez
Fuente: Jesús Miguel Blandón

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Bajo la presión de sus antiguos compañeros de armas, se escondió en un cuarto adjunto al horno en el que hacía pan Luz Marina García, su esposa, frente a la Plaza Laborío en Matagalpa. Era muy conocido aquel hogar y Julio Alonso (hijo) recuerda que, siendo un niño de siete años, miró una
sombra cerca del compartimento secreto.

“Mi papá estuvo al lado del horno, allí había un lugar donde guardaban la leña. Había entonces un anaquel al lado y en el anaquel un hoyo, y él entraba por allí, desde adentro podías ver, pero desde afuera nada. El le había dicho a mi mamá que le consiguiera libros para profundizar su inglés. Tenía uno que decía Aprenda inglés en 15 días. Eso fue en 1947”, relata.

En ese compartimento, su padre pasó un año entero leyendo todo lo que le cayera en las manos. Hacía
ejercicios y es seguro que maduró sus convicciones contra la dictadura.

Según Julio Alonso García, su padre les enseñó toda la vida que debían ser fieles a sus principios
como un dia fue él.

Obligado por la persecución desatada por el régimen, el rebelde huyó a El Salvador donde llegó Julio
Alonso (hijo) y donde el muchacho conoció a algunos miembros de la llamada Legión del Caribe,
una idea promovida por el entonces Presidente de Guatemala, Juan José Arévalo, y otros tantos líderes que buscaban derrocar las dictaduras de América Latina.

En su ausencia, los García en Matagalpa empezaron a ser perseguidos. “Con el pasar del tiempo,
nosotros, sus compañeros de clases, empezamos a darnos cuenta de quién era su padre porque supimos
la historia por la actitud heroica de la mamá, que sufrió vejámenes de 1a Guardia”, cuenta Jesús Miguel
Blandón, amigo de la familia, compañero de clases de Julio Alonso (hijo) y el historiador que ahora
cuenta la vida del padre de “Cara de Sol” como llamaban con cariño al muchacho.

Sólo por ser hijo de quien es, había guardias que detuvieron a Julio (hijo) por motivos ridículos.
En diciembre de un año cualquiera, cuando el país celebraba La Purísima, el pequeño reven-
taba cohetes y triquitraques y un guardia lo llevó al comando por sedicioso.

El otro calvario era la gente que llegaba a decirles que su padre había muerto. Eso ocurría a menudo.

Varias veces, por la lengua, mataron al guerrillero. Varias veces el pequeño Julio salía como loco al
correo para comunicarse con amigos de su padre en Honduras u otras partes de Centroamérica, y hasta
eso le impedía la Guardia.

“En los 30 años desde que mataron a Sandino hasta 1964, hay varios héroes que son desconocidos. En el tiempo del somocismo naturalmente, todos eran sus enemigos. Se le puso una losa y cuando aparece el FSLN, el partido comienza a escribir su historia, y ocupó su atención toda una larga lista de mártires
desde 1964 hasta el 1979 que cae la dictadura”, explica Blandón, autor del libro Entre Sandino y Fonseca, que aborda el tema.

Para Blandón entre estos héroes figura Alonso. También Adolfo Báez Bone, el principal protagonista
de un gran levantamiento contra Somoza en abril de 1954; y Pedro Joaquín Chamorro, el Mártir de las
Libertades Públicas y director de La Prensa asesinado por la dinastía en 1978.

De Alonso, Blandón admira su consistencia, pues se mantiene conspirando y combatiendo desde
1947, entrenando a miembros de la Legión del Caribe, se involucra en la guerra de Costa Rica, viaja
a Guatemala donde también da entrenamiento militar y en 1956, cuando el poeta Rigoberto López
Pérez disparaba contra el tirano en León, Alonso debía liderar un grupo armado desde el norte, mientras
varios coroneles darían un golpe que completaría lo bosquejado. Nada de esto ocurrió.

Fotos y reproducción de Orlando Valenzuela
La familia. Luz Marina García, sus tres hijos: Julio, Carlos y Hugo, y el esposo con boina, algo rarísimo en él según sus familiares.

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“La Embajada nicaragüense anunció hoy —dice una nota de AP, situada en Washington el 21 de octubre de 1959- una nueva invasión de aventureros extranjeros al territorio nicaragüense. El Embajador dijo que un grupo de unos 50 hombres, compuesto de varias nacionalidades, penetró en territorio nicaragüense. El embajador Guillermo Sevilla Sacasa declinó decir si el asunto será elevado a la Organización de Estados Americanos (…) Los invasores capturaron vehículos, con los cuales intentaron ganar la frontera norte, pero los abandonaron para seguir a pie, perseguidos muy de cerca por la Guardia Nacional, que esperan muy pronto darle alcance”.

Aquel movimiento sería conocido como “15 de Septiembre” que se tomaría a la larga varios poblados como Susucayán, Quilalí, Santa Clara y que secuestraría al norteamericano Jack Krishner, dueño de
una empresa maderera.

Según el libro Entre Sandino y Fonseca, Alonso, los hermanos Orúe Reyes, el doctor Enrique Lacayo
Farfán, el doctor Pedro Joaquín Chamorro y el ex Presidente de Costa Rica, Pepe Figueres, habían
planificado en Honduras la incursión de varios grupos armados de modo coordinado.

“En el mes de septiembre, cuando los movimientos de Olama, El Chaparral y Díaz Sotelo ya habían
sucumbido, los miembros del movimiento 15 de Septiembre abandonaron Tegucigalpa (. . .) tenían un mejor conocimiento de la técnica militar, del terreno y sobre todo del campesinado”, explica Blandón. Luego se retirarían, presionados por la Fuerza Aérea y por tropas terrestres.

Hasta entonces, Alonso se había hecho un nombre respetable en la lucha guerrillera. Había tenido una relación estrecha en 1958 con el mítico comandante Ramón Raudales y con Heriberto Reyes en el norte del país, y conocía también a Carlos Fonseca Amador con el que disfrutaba mucho conversar sobre armas.

En los días de Raudales, lo conoció Virgilio Godoy que lo recuerda portando su pistola 45 y una subametralladora Beretta, que habían logrado tener después de un contrabando de armas.

Parece increíble que nadie hable de este hombre, pese a que los sandínistas han vuelto al poder. “Ustedes saben que hay una religión llamada los mormones… Ellos creen sólo en los santos de los últimos días.

Así son éstos…”, dice Julio Alonso (hijo).

Para Godoy, lo que ha influido es que hay mucha gente, demasiada, en la historia de la guerrilla.

Fotos y reproducción de Orlando Valenzuela
Una foto importante. Guillermo Suárez Rivas, el comandante Alonso y supuestamente Rigoberto López Pérez, de acuerdo con la versión que le contó Suárez a Julio Alonso García.

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Esta mañana Julio (hijo) está en Masatepe. Son las diez. Él no cree que su padre fue un héroe, pero si un ser superior que siguió sus principios hasta la muerte, tal como se los predicó.

Recuerdos de infancia los tiene bien frescos. “A mi papá le gustaba hacernos marchar”, recuerda este
hombre, vestido de camisa y pantalón azul, y con dos mangas que lo protegen del sol porque tiene
problemas en la piel.

Con su padre tuvo una relación que él llama “normal” y lo describe como alguien con carácter fuerte,
que lo demostró más de una vez, como aquella ocasión en que obligó a su cuñada Lilliam a comerse una palangana de atol, porque ella había dicho: “El postre está tan rico que sería capaz de comérmelo todo”.

“Ah, te lo comes todo”, conminó, faja en mano.

“Ah, es que mi papá así era, cuando decía algo se hacía”, explica el hijo.

Cuenta además que Alonso mandaba haciendo uso de la fuerza, pero nunca recurría a las malas palabras, porque la ofensa más grande que podía decir era 1a palabra bendito. “Ahí Vienen los benditos”, se refería a los guardias cuando lo perseguían en la montaña.

Le gustaba el francés y era un hecho que los hijos se fueron acostumbrando a sus frases miskitas,
aprendidas de sus años de vida en Puerto Cabezas.

De hecho, sus hijos y la cuñada se acostumbraron a que los llamara por apodos: Papipluco a Hugo; Tacolín a Carlos, ya fallecido; Liborito a Julio y Tía Simi a la que se tragó obligada el postre.

Con su padre vivió muchos “momentos emocionantes”, como la vez que le enseñó a disparar con una Beretta.

Con Julio Alonso García no pasó lo mismo que con su padre. Nunca conquistó el respeto de sus amigos, que no toleraban que no fuese aguerrido como su progenitor. “De mí decían que yo era de patria libre y correr”, bromea.

Hacia finales de septiembre y octubre de 1960, cuando Julio (hijo) frisaba los 21 años, su padre organizaba lo que sería su última incursión militar.

Al mando de 35 hombres —dos hombres más se unieron despuéspretendia dar un golpe espectacular
al régimen. Muchos de quienes lo acompañaron eran sobrevivientes de la masacre estudiantil que hizo la Guardia el 23 de julio de 1959 en León.

Caminaron bajo la sombra de los árboles y fue por culpa de un juez de mesta que sus enemigos supieron de sus andanzas. Poco a poco, la Guardia los fue eliminando.

A finales de enero de 1961, Julio Alonso García, el hijo mayor del comandante Alonso Leclaire, recibió
una llamada telefónica de su madre, Luz Marina, “Luz Eme” como la llamó el esposo toda la Vida.

Después de 14 años haciendo la guerra al Ejército de la dictadura, por fin era cierto. Julio (hijo) tenía
22 años y ya no tenía que ir al correo. No hacía falta, para qué.

Reproducción de Orlando Valenzuela
El día de la boda. Nueve años después, el oficial GN se convertiría en un feroz guerrillero y en uno de los héroes que contribuyó al derrocamiento de la dinastía.

“Quería limpiar la guardia”

Según el historiador Jesús Miguel Blandón, autor del libro Entre Sandino y Fonseca, Julio Alonso Leclaire quiso toda la vida dignificar a la Guardia Nacional.

Blandón recuerda que Carlos Fonseca se reconoció en todo momento como heredero de Julio Alonso Leclaire y de otros héroes que lucharon contra la dictadura somocista.

La obsesión de Julio Alosno fue siempre dignificar, limpiar, a la Guardia Nacional (…) En l964 Carlos Fonseca está preso en la Aviación y en su famoso documento de la cárcel yo acuso a la dictadura, endilga a Somoza el asesinato de Báez Bone, Pablo Leal y se reconoce heredero de todos estos rebeldes. Por eso Nicaragua es un país de todos, no una sociedad excluyente. Todos hemos contribuido a la liberación de este país: sandinistas y liberales”, reflexiona el historiador.

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