La muerte de Gonzalo Lacayo

Reportaje - 06.04.2018
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Daniel Ortega reconoce haber participado en la ejecución del sargento GN Gonzalo Lacayo, un famoso torturador de los años 60. Magazine reconstruye su historia y su muerte

Por Eduardo Cruz 

Eran las 9:30 de la noche de aquel lunes 23 de octubre de 1967. En una calle del barrio Cristo del Rosario, cerca del Arbolito, el sargento Gonzalo Lacayo se despedía de su hermana Petronila y se disponía a dirigirse a su casa, que estaba unos 50 metros al este, sobre la misma acera.

La despedida se extendió un poco más en el tiempo porque una vecina, de nombre Pastora, llamó a Lacayo. “Gonzalito, aquí te tengo unos huevitos de amor para que te los comás”, le dijo. “Muchas gracias doña Pastora, me los voy a comer en su nombre”, respondió el militar.

Aquella tardanza de Lacayo, para salir de la casa de sus padres, tenía inquietos a un grupo de hombres que, por la oscuridad de la noche no se miraba que estaban en la esquina este, a bordo de un carro Hillman, año 1953, de los que en aquella época se usaban como taxi. En el vehículo estaban cinco miembros del Frente Sandinista (FSLN), armados con metralletas y pistolas, listos para acabar con la vida del guardia somocista.

Uno de ellos era Daniel Ortega Saavedra, quien en noviembre de 1994 le confesó a la periodista Helena Ramos, de la revista nicaragüense El País, que él había participado en el asesinato de Lacayo y que los otros miembros del comando eran Hugo Medina, Edmundo Pérez, Óscar Turcios y Gustavo Adolfo Vargas.

El sargento Gonzalo Lacayo, cuando iniciaba su carrera dentro de la Guardia Nacional. Foto/ Archivo

A Lacayo ya le habían advertido que lo iban a matar. Tenía fama de torturador despiadado y había interrogado y torturado a prominentes sandinistas como Germán Pomares el Danto, Selim Shible, al mismo Daniel Ortega y a muchos otros. Y también a Juan Calderón Rueda, uno de los que participó en el complot de Rigoberto López Pérez para matar a Anastasio Somoza García. “Te andan buscando para matarte”, le habría dicho alguien cercano a los guerrilleros, asegura Miriam, una hermana de Lacayo. “Yo también los ando buscando a ellos. Solo que ande sin pistola, sino aunque sea a uno me llevo”, habría respondido Lacayo en esa ocasión.

Esa noche Lacayo andaba su pistola de reglamento, una 45 mm, pero sus victimarios no le dieron tiempo de sacarla siquiera. Lo acribillaron a balazos, 18 orificios le contaron. Dos de ellos fueron los más letales, uno en la frente y otro por la nariz, cerca del ojo derecho.

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Gonzalo Lacayo entró en 1953 a la Policía o Guardia Nacional porque “le gustó”, indican sus hermanas Miriam y Petronila Lacayo Murillo. José Somoza, conocido como Papa Chepe y hermano del general Anastasio Somoza Debayle, se había llevado a Justino, hermano de Gonzalo Lacayo, a trabajar con él. Y luego también se fue Gonzalo, quien finalmente ingresó a la Academia de Policía.

Sus hermanas dicen que era bueno a capturar delincuentes, tenía buen olfato para investigar, y por eso luego lo pasaron a la Oficina de Seguridad Nacional (OSN), motivado también porque a su jefe en la Policía, Gustavo Montiel, lo habían nombrado jefe de la OSN. De la Policía salió con el grado de cabo y en 1960 fue ascendido a sargento.
Lacayo era tan buen investigador, dice su hermana Miriam. Según ella, era Lacayo quien detectaba los múltiples disfraces que usaba Carlos Fonseca, el fundador del Frente Sandinista (FSLN), para escabullirse de la Guardia. Sin embargo, Fausto Amador, el padre de Fonseca, era administrador de los negocios de los Somoza y siempre abogaba porque su hijo fuera liberado. Somoza accedía y Lacayo se enojaba.

Gonzalo Lacayo aparece en esta imagen a la izquierda, declarando sobre un robo que ocurrió en el Puerto de Corinto. Foto/ Archivo

Apenas tres años después de haber iniciado su carrera policial, a mediados de los años cincuenta, Gonzalo Lacayo ya había interrogado a algunos prisioneros opositores al régimen somocista y comenzó a ser conocido como un despiadado torturador.

Luego del atentado para matar a Anastasio Somoza García en septiembre de 1956, cayó preso Juan Calderón Rueda, uno de los tres hombres que apoyarían a Rigoberto López Pérez. Fue torturado por el sargento Gonzalo Lacayo y otros guardias. Así lo contaría el propio Calderón Rueda, en 1980, después de regresar al país con el derrocamiento de Somoza.

Calderón Rueda contó que Lacayo y otros guardias lo amarraron de los pies y lo bajaron repetidas veces a un pozo seco, muy profundo, donde muchas veces perdió el conocimiento. En otra ocasión lo metieron a otro pozo, con más agua, donde también perdió el conocimiento en varias ocasiones. Todo eso ocurría mientras el coronel Gustavo Montiel, jefe de Lacayo, le decía que lo estaba esperando el pelotón de fusilamiento.

Daniel Ortega Saavedra también ha dado testimonio de cómo Lacayo torturaba a los opositores a Somoza. “Él (Lacayo) fue un torturador muy connotado y se decidió se le hiciera justicia por sus crímenes”, dijo Ortega Saavedra en 1994, a la revista nacional El País.

Sobre la forma en que lo torturaba Gonzalo Lacayo y los demás miembros de la OSN, como el teniente Agustín Torres López, conocido como el Coto, Ortega indicó que “lo primero que hacían era esposarme con las manos hacia atrás y meter un trapo en la boca, con un pañuelo encima, que provocaba una sensación de ahogamiento. En otras ocasiones ponían una capucha. Luego, formaban un grupo y empezaban a golpearle a uno. Golpes, garrotazos, patadas, hasta que uno caía al piso ya sin sentido”.

Ortega agregó que “cuando uno se recuperaba venían con la picana eléctrica a darte choques en las partes donde tenías heridas”.

En una ocasión, continuó narrando Ortega, “nos obligaron a comer zacate, chivas de cigarro, basura, papeles y chochadas... Claro, el estómago se resistía, venía el vómito y caía sobre las piedras. Entonces, a comerte el vómito. Y si no querías, a darte con la cabeza contra la piedra, para romperte los dientes. Para no perder los dientes, hacías el esfuerzo de comerte el vómito y volvías a vomitar...”.

Daniel Ortega cuando fue condenado en marzo de 1968, por un asalto al banco de Londres. Fue apresado en noviembre del 67, menos de un mes después de haber participado en la ejecución de Gonzalo Lacayo. La Guardia no lo responsabilizó por la muerte de Lacayo. Foto/ Archivo

Germán Pomares Ordóñez, el Danto, también relató en un escrito que el 15 de julio de 1961 lo capturaron en Chinandega, donde lo interrogó Juan Ángel López y luego lo mandaron a Managua, a donde Gonzalo Lacayo, quien lo interrogaba sobre su estancia en Cuba y sobre si conocía a Carlos Fonseca. Según Pomares, Lacayo no logró que él delatara a sus compañeros.

En uno de sus poemas, Leonel Rugama habla de que Selim Shible “verguió a un agente de la seguridad en la propia oficina de seguridad”. Esta información la corrobora Jacinto Suárez, quien en una entrevista que le brindó a Mónica Baltodano, dijo que Selim “de puro coraje derribó al famoso Gonzalo Lacayo, que estaba golpeándolo como un cualquiera”. Suárez añade que los guardias estaban acostumbrados a golpear a la gente y nadie les respondía, pero desde que Selim golpeó a Lacayo comenzaron a esposar o a amarrar a la gente para golpearla.

Las denuncias contra Lacayo, por torturas, se hicieron famosas en la Managua de inicios de los años sesenta. En julio de 1961, un zapatero del barrio Campo Bruce, Guillermo Briceño Carrión, correligionario del Partido Conservador, lo denunció en LA PRENSA de haberlo torturado en sus partes nobles, solo por una denuncia de un “oreja”, la cual ni siquiera comprobó. El propio líder opositor Fernando Agüero hizo la denuncia y al día siguiente Briceño obtuvo asilo en una embajada.

A partir de ese momento, decenas de personas comenzaron a denunciar a Lacayo, siempre por torturas. Lo hizo Ernesto Castillo Martínez, quien dijo que prefería “no detallar las múltiples vejaciones porque sería de nunca acabar”.

El ciudadano Rolando Avendaña Sandino relató que fue detenido el 26 de julio de 1959 y al día siguiente lo llevaron a la oficina de Seguridad. “A eso de las once de la noche (del 27 de julio) Gonzalo Lacayo me saludó diciendo: Dejámelo a mí, quiero desbaratarle la cara a este hijo de p... (dirigiéndose al teniente Agustín Torres López). Lacayo se tiró sobre mí y me dio de puñetazos y patadas. Al caer al suelo me presionó el estómago con sus zapatos. Posteriormente Lacayo practicó en mí el llamado masaje, al colocarme los dedos índices de sus manos en la parte inferior de los conductos auditivos, presionándolos, operación que produce profundo dolor en las regiones laterales de la cara”, relató Avendaña Sandino.

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La suerte de Lacayo se decidió poco después de agosto de 1967, con una ligera contradicción de opiniones entre Carlos Fonseca Amador y Oscar Turcios, líderes del Frente Sandinista. De acuerdo con un reportaje publicado por la Revista Magazine, en su edición 218, elaborado por los periodistas Fabián Medina y Tammy Mendoza, Turcios consideraba que se debía realizar una acción que golpeara al somocismo para demostrar que el movimiento guerrillero Frente Sandinista estaba vivo, y no exterminado como decía Anastasio Somoza Debayle, después del golpe que le dio la Guardia Nacional el 27 de agosto en las montañas de Pancasán, donde murieron los dos miembros de la Dirección Nacional, Silvio Mayorga y Rigoberto Cruz, así como los guerrilleros Pablo Úbeda, Francisco Moreno, Otto Casco, Fausto García, Oscar Danilo Rosales, Nicolás Sánchez, Carlos Reyna, Ernesto Fernández y Carlos Tinoco.

Carlos Fonseca era de la opinión que el Frente Sandinista no estaba preparado para soportar la represión que se desataría tras la ejecución de alguno de los connotados miembros del aparato represivo del somocismo. Se impuso finalmente la propuesta de Turcios.

El carro Hillman, año 1953, en que se movilizó el comando del FSLN para matar al sargento de la Guardia Nacional, Gonzalo Lacayo. Foto/ Archivo

Así las cosas, Turcios se reunió con un pequeño grupo de colaboradores en la finca El Pescado, del doctor Constantino Pereira, para planificar el atentado. Se escogieron tres posibles candidatos a matar: el jefe de la Oficina Seguridad (OSN) coronel Samuel Genie; el exjefe de esa oficina, general Gustavo Montiel, y el sargento Gustavo Lacayo, el más famoso torturador de ese momento.

“Buscábamos a alguien por quien la gente no sintiera compasión de su muerte. Que no dijeran, ay pobrecito, lo mataron. Gonzalo Lacayo era odiado, porque había torturado a todo mundo, incluso lo señalan como su verdugo Pedro Joaquín Chamorro, en su libro Estirpe sangrienta, y Clemente Guido, en Noche de tortura”, dice el sociólogo Oscar René Vargas, uno de los que participó en la reunión de la finca El Pescado. Se decidió comprar un vehículo Hillman, chequear las rutinas de los candidatos a asesinar y se escogió a los miembros del grupo que estaría a cargo de la ejecución.

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La noche en que lo mataron, el sargento Gonzalo Lacayo se estaba preparando para ir a la cama. Pero alguien le avisó que su hermana Aurora lo estaba necesitando. Lacayo se puso una camiseta blanca, un pantalón kaki y antes de salir le dijo a su compañera de vida, Adilia Hernández: “Ya regreso. Aurora quiere que le dé un consejo”. Salió de la casa y se dirigió a la de su hermana que estaba aproximadamente a unas tres cuadras de distancia. La información que le habían dado es que el marido de Aurora la quería golpear y el policía iba a paso rápido para evitar que las cosas pasaran a más.

La casa de los padres del sargento, Justino Lacayo y Petronila Murillo, aún está en el barrio Cristo del Rosario, del Arbolito una cuadra al norte, media cuadra al este. Y Gonzalo Lacayo vivía unos 50 metros más al este. La casa de Aurora estaba del Arbolito una cuadra al oeste, 10 varas al sur.

Curiosos examinan el sitio donde cayó asesinado el sargento Gonzalo Lacayo, cerca de su casa, por un comando del FSLN, en el que estaba Daniel Ortega. Foto/ Cortesía

Lacayo se aseguró de poner orden en la casa de su hermana. No podía ser de otra manera. Iba armado con una pistola 45 mm, de reglamento. Tenía 14 años de ser miembro de la Guardia Nacional. Era sargento. Había pasado cursos para enfrentar a insurgentes, el último de ellos en Panamá. Pertenecía a la Oficina de Seguridad Nacional (OSN), que estaba ubicada en la Casa Presidencial, en la Loma de Tiscapa. Trabajaba muy de cerca al general Anastasio Somoza Debayle. Su primer jefe había sido el general Gustavo Montiel y en ese momento estaba bajo las órdenes de Samuel Genie. Y, lo más intimidante, la fama que tenía de torturador despiadado.

De la casa de Aurora se dirigió a la de sus padres. Allí él acostumbraba a dejar la moto marca Triunfo en la que se movilizaba. Conversó un momento con su padre, quien se estaba preparando para ir a trabajar. Don Justino Lacayo trabajaba como matarife en el Rastro Público. Era leonés. Con doña Petronila Murillo tuvo 12 hijos, de los cuales Gonzalo era el tercero, nacido el 2 de enero de 1931, a las 11:00 de la mañana, según la inscripción de su nacimiento. Doña Petronila Murillo era de Las Sierritas de Managua.

Estando en la casa de sus padres, hubo otro pleito. Otra hermana de Gonzalo, Teresa, comenzó a discutir con su esposo Nicolás. Mientras todo eso ocurría, y Gonzalo Lacayo platicaba con sus hermanos para que llevaran la fiesta en paz, la familia observó a una pareja que se paseaba besándose por la calle. Se abrazaban y se besaban yendo de una esquina a otra. La escena era rara, pero no les despertó mayores sospechas.

De acuerdo con los reportes periodísticos de la época, Gonzalo Lacayo le dijo a su mamá Petronila Murillo que se iba a dormir porque al día siguiente tenía que ir a trabajar. De acuerdo con sus hermanas, Miriam y Petronila, al día siguiente Lacayo iba a hacer unos trámites para divorciarse de su esposa y luego casarse con su nueva compañera de vida.

A la mamá la dejó sentada en la sala de la casa, cerca de la puerta de salida, y al salir se topó con su hermana Petronila, que estaba estudiando para un examen de español que tendría al día siguiente, en el Ramírez Goyena, con el profesor Edgardo Fuentes Montoya, Pucho.

Lacayo se quedó un momento conversando con su hermana, pero a los hombres que estaban en el carro Hillman, el comando del FSLN, les pareció una eternidad lo que Lacayo se demoraba.

Lacayo le dijo a su hermana Petronila: “Mirá chaparra, ¿quién baila así?” Y comenzó a bailar en una forma graciosa. Estaba imitando a su entenada, de nombre Martha, hija de Adilia Hernández. “No seás así”, le recriminó su hermana.

Finalmente Lacayo se enrumbó hacia su casa, que estaba a unos 50 metros hacia el este de la de sus padres.

Daniel Ortega narró ese momento así, en la revista nicaragüense El País: “Lo estuvimos observando, porque estaba reunido con su hermana, que vivía como a 50 metros de la casa de él. Y, entonces, no era conveniente caerle. Al fin, Gonzalo Lacayo se despidió de su hermana y empezó a caminar hacia su casa. Nos acercamos y él nos vio. Nos reconoció y sacó la pistola, pero en ese momento ya estaba siendo ejecutado”.

La moto marca Triunfo que usaba Gonzalo Lacayo y que siempre aparcaba por las noches en la casa de sus padres. Foto/ Cortesía

Petronila Lacayo se había quedado observando cómo se alejaba su hermano. Eran las 9:40 de la noche, recuerda ella. De repente, cuando su hermano había dado unos cuantos pasos en dirección a su casa, Petronila vio que un carro Hillman desembocó y se dirigía en dirección a su hermano. “Mamá, ahí viene un carro despacito, parece que viene malo”, le dijo a su madre que estaba en la sala de la casa pero cerca de la calle. Cuando su hermano llegó donde estaba un poste se oyeron los disparos, que a ella le parecieron triquitraques.

“Mamá, mataron a Gonzalo”, dijo. “No niña”, le respondió la madre, quien creyó que era celebración por el día de San Rafael Arcángel, ya que tenía un yerno con ese nombre.

Después de los disparos, el carro Hillman pasó enfrente de donde estaban la hermana y la madre de Lacayo, esta última había salido al oír los disparos. Petronila reconoció a su antiguo compañero de clases, Óscar Turcios, como uno de los elementos que disparó contra su hermano. Se veían todos los días en el Goyena. Se saludaban. Desde entonces no lo vio nunca más.

Petronila Lacayo Murillo corrió donde estaba el cuerpo de su hermano. “Gonzalito, Gonzalito, ¿no me decís algo?”, le dijo. El hombre ya estaba muerto.

Carlos Lacayo, hermano de Gonzalo, ya estaba acostado pero salió a la calle cuando oyó los disparos. “Tomé mi pistola y solo cubierto por el pantalón me lancé a la calle. Ya todo había pasado. Mi hermano estaba en el suelo, encima de su sangre”, relató Carlos al día siguiente.

La Guardia Nacional llegó rápidamente al lugar del hecho. A Gonzalo Lacayo le contaron entre 15 y 18 orificios de bala. Los más letales fueron uno en la frente y otro por la nariz, cerca del ojo derecho. Según su hermana Petronila, eso fue porque él volvió a ver hacia su derecha, cuando los hombres del carro lo llamaron. El primero de la Guardia Nacional en llorarlo fue el teniente Agustín Torres López, el Coto, su compañero en la OSN.

Sucedió lo que Carlos Fonseca había predicho. Tras la muerte de Gonzalo Lacayo se desató una ola de capturas en todo el país.

El carro Hillman, del año 1953, color celeste con crema, fue hallado abandonado frente a la colonia Maestro Gabriel, en la mañana del martes 24 de octubre, sin placas. En el carro había un plano de Managua, señaladas las salidas de Managua con un crayón.

 

El ferétro de Gonzalo Lacayo cuando fue bajado a la cripta de la Guardia Nacional.  Foto/ Reproducción

A Gonzalo Lacayo lo enterraron al día siguiente, martes, a pesar de que en el Hospital Militar lo habían preparado para tres días. A la vela llegó Anastasio Somoza Debayle y gran parte de la oficialidad de la Guardia. Desde que el 21 de septiembre de 1956, Rigoberto López Pérez había atentado en contra de la vida del general Anastasio Somoza García, la Guardia no había sufrido un ataque similar en contra de sus connotados miembros.

Lacayo fue enterrado en la cripta de la Guardia Nacional, pero años después sus hijos lo sacaron y lo trasladaron a otra tumba. Miriam y Petronila, las hermanas de Lacayo, cuentan que estudiantes de Medicina estaban practicando con esos cadáveres y por eso sacaron a Lacayo.

Así terminó la vida de Gonzalo Lacayo, a quien Daniel Ortega acusa de haberlo torturado. El excapitán GN, Francisco Rivera Aguirre, logró conocer a Lacayo. Lo describe como una persona tranquila. “Si lo mirabas era un buen hombre. ¿Qué si era torturador? Es lo que decían. Yo no sé si era cierto”, dice Rivera. “Lo que sí te puedo decir es que es una lección del pasado para hoy”, afirma el excapitán GN.

El presidente Anastasio Somoza Debayle llegó a la vela y al entierro de Gonzalo Lacayo. En la imagen conversa con los padres y una hermana del sargento asesinado. Foto/ Cortesía

Las peripecias de Ortega

Nacido en 1945, en La Libertad, Chontales, Daniel Ortega Saavedra comenzó a estudiar Derecho en la UCA, pero no estuvo mucho tiempo porque se decidió por ser guerrillero del FSLN para luchar contra la dictadura somocista.
A los 14 años de edad, en 1960, tuvo su primera acción armada, según le contó a la revista El País en noviembre de 1994. “Cuando se da el levantamiento de Jinotepe y Diriamba, ya teníamos una célula. Estábamos Selim Shible, Carlos Guadamuz, Edmundo Pérez y yo. Nos fuimos buscando para Jinotepe, nos capturaron en La Concha y conocimos la Seguridad (OSN). Después, caíamos presos casi a diario, allí conocí a Gonzalo Lacayo, al Coto Torres López, a Jerónimo Linarte”.

Al primer compañero de guerrillas que lloró fue a Selim Shible. Dice que después se acostumbró a la muerte.
En diciembre de 1974, tras ser liberado por el comando que asaltó la casa de Chema Castillo, no conocía Managua porque había cambiado tras el terremoto de 1972. La comandante Leticia Herrera, con quien Ortega tuvo un hijo de nombre Camilo, dice que a ella le correspondió guiarlo por la ciudad.

En octubre de 1977, a Ortega se le ubica en el norte, cuando el Frente realizó una ofensiva en varios puntos del país. Participó junto con otros 40 compañeros en lo que se conoce como el ataque a San Fabián, donde murieron una decena de guardias y dos hijos del finquero Fabio Peralta.

Después, Ortega se refugió en Costa Rica, donde entabló una relación sentimental con la poeta Rosario Murillo, su esposa hasta hoy y con quien gobierna el país en la actualidad.

La familia de Gonzalo Lacayo

Tras la muerte del sargento Gonzalo Lacayo, don Justino, su padre, no pudo soportar mucho tiempo la ausencia de su hijo. Por las noches escuchaba llegar a su hijo en la moto marca Triunfo. “Ahí viene Gonzalo, lo estoy escuchando”, decía. Murió año y medio después de su hijo.

Petronila Lacayo Murillo, hermana del sargento, recuerda que ya estaban cumpliendo un año y medio de andar de luto por su hermano cuando murió el papá y les tocó vestir de luto otro año y medio.

Foto familiar del sargento Gonzalo Lacayo. Él es el segundo, de izquierda a derecha, de la fila de atrás. Foto/ Cortesía

La mamá de Lacayo, Petronila Murillo, falleció en diciembre de 1980.

Cuando triunfó la revolución sandinista, algunos hermanos de Lacayo cayeron presos. Y Petronila, quien se convirtió en maestra, tuvo que enseñar a sus alumnos a cantar el himno del FSLN. Fue un momento difícil para ella. Pero después ejerció el magisterio durante los años ochenta sin problemas.

Anastasio Somoza Debayle se comprometió a ayudar en la educación de los hijos de Gonzalo Lacayo, quienes estudiaron en el Primero de Febrero, el colegio de la Guardia Nacional.

Miriam y Petronila Lacayo Murillo, hermanas del sargento Gonzalo Lacayo. Petronila fue la última persona con la que platicó su hermano. Ella vio cuando el comando del FSLN asesinó a Lacayo y reconoció entre ellos a Óscar Turcios. Foto/ Eduardo Cruz

El comando

Solo dos personas viven del comando que ejecutó a Gonzalo Lacayo: Gustavo Adolfo Vargas y Daniel Ortega Saavedra.
A Vargas no le gusta hablar del tema. La Revista Magazine lo buscó pero él declinó brindar declaraciones. Después del triunfo de la revolución sandinista fue embajador en Suiza y después de la derrota electoral del noventa se dedicó a su profesión de abogado.

Daniel Ortega fue apresado el 18 de noviembre de 1967, menos de un mes después de la muerte de Gonzalo Lacayo, pero no fue juzgado por este hecho sino por el asalto contra la sucursal Kennedy del Banco de Londres realizado el 21 de julio de 1967, de donde se habrían llevado la suma de 225,000 córdobas.

Ortega estuvo siete años preso y fue liberado en diciembre de 1974, tras el asalto del FSLN a la casa de Chema Castillo. Nunca más volvería a caer preso. Se movía entre el norte del país, la capital y Costa Rica, hasta que se produjo el triunfo de julio de 1979 y él fue electo coordinador de la Junta de Gobierno de Reconstrucción Nacional (JGRN). En 1984 fue electo presidente hasta 1990. Recuperó el poder en 2007 y se mantiene hasta hoy.

Quienes no corrieron con buena suerte fueron Edmundo Pérez, Hugo Medina y Óscar Turcios. Al mediodía del 4 de noviembre de 1967, el teniente Alesio Gutiérrez descubrió la casa de seguridad en Monseñor Lezcano donde estaban Casimiro Sotelo, Hugo Medina, Roberto Amaya y Edmundo Pérez. Cuando los cadáveres fueron entregados a sus familiares, presentaban señales de tortura.

Por último, en septiembre de 1973, Óscar Turcios fue asesinado por la Guardia Nacional en Nandaime, junto a Ricardo Morales Avilés.

El sepelio de Gonzalo Lacayo fue acompañado por guardias y población civil. La banda de la Guardia Nacional iba entonando notas fúnebres. A los funerales asistieron también ministros de Estado. Foto/ Cortesía

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Reportaje