La muerte de Jean Paul Genie

Reportaje - 09.07.2018
Familia Genie

Pistas eliminadas, terror e impunidad en el caso que conmovió a Nicaragua a finales de 1990: el asesinato
del joven Jean Paul Genie Lacayo, por el que se sigue señalando a la escolta de Humberto Ortega Saavedra, jefe del antiguo Ejército Popular Sandinista

Por Amalia del Cid

Jean Paul Genie no es un mártir de la revolución de 1979, como algunos creen. Tampoco un político célebre o un deportista exitoso. Jean Paul Genie era un muchacho que en octubre de 1990 acababa de cumplir 16 años, estaba en secundaria y todavía no sabía cuál carrera universitaria iba a elegir. Visitaba a su novia los fines de semana, iba a misa y comía hotdogs con sus amigos en el Chico Soda de Camino de Oriente. De hecho, esas fueron las últimas tres cosas que hizo antes de que lo mataran.

Del pasado abril a la fecha su nombre se ha mencionado más que nunca, pese a que han transcurrido casi tres décadas desde que sus padres iniciaron aquella intensa cruzada en busca de una justicia que nunca llegó. Ocurre que en un capricho de la historia la rotonda capitalina bautizada en su memoria se ha vuelto un punto de referencia para los nicaragüenses que exigen, entre otras cosas, justicia para las víctimas de la represión desatada por el gobierno de Daniel Ortega Saavedra contra las protestas que empezaron en abril.

En la rotonda Jean Paul Genie inician y finalizan marchas, se realizan plantones, se colocan implorantes vírgenes de azul y blanco, cruces de madera y monumentos en honor a los caídos en las protestas ciudadanas. Y tanto, tanto se habla de ella que ahora simplemente se le cita como JPG.

Pero el de Jean Paul Genie es un caso que merece ser recordado con todas sus letras, más allá de la famosa rotonda. Aquel muchacho existió, tenía padres, planes, sueños, amigos, una novia. Y, además, su muerte es uno de los capítulos más vergonzosos en la historia de la justicia nicaragüense.

Todavía hoy la principal hipótesis apunta a que el jovencito fue abatido a balazos cuando intentaba aventajar una caravana de escoltas de Humberto Ortega Saavedra, entonces comandante en jefe del ahora extinto Ejército Popular Sandinista (EPS). Sin embargo, en su retiro el general continúa guardando silencio.

Magazine reconstruye el crimen cometido contra Jean Paul y también las investigaciones policiales y militares que posteriormente se realizaron, encaminadas, sobre todo, a oscurecer los hechos que incriminaban a la escolta del poderoso jefe del EPS.

Amigos y compañeros de clase en los funerales de Jean Paul Genie Lacayo, en octubre de 1990. FOTO/ Archivo

***

El último día de la vida de Jean Paul Genie Lacayo fue un domingo. El domingo 28 de octubre de 1990. Por la mañana estuvo con sus papás y sus abuelos en la rocosa playa de Casares, Diriamba, a unos setenta kilómetros del sitio donde horas después sería asesinado a tiros. Cerca de las 3:45 de la tarde la familia estaba de regreso en Managua y ahí Jean Paul se separó de sus padres. Ellos volvieron a su casa en Las Colinas y el muchacho fue a visitar a su novia en el Mitsubishi Lancer dorado placas MW-3612 que al día siguiente aparecería en las noticias.

Apenas 26 días antes, el 2 de octubre de 1990, el único hijo de Raymond Genie Peñalba y Gloria Ángeles Lacayo había cumplido 16 años. Tenía los huesos finos, el rostro alargado, la frente amplia, el cabello oscuro y abundante, y unos grandes ojos enmarcados por orejas puntiagudas que le conferían cierto aire de duendecillo y acentuaban su aspecto de púber.

La noche que lo mataron llevaba puesta una camiseta a rayas que le quedaba ligeramente holgada. Así se le ve en la fotografía en la que aparece desplomado sobre el asiento del copiloto, con la cabeza recostada en la ventana derecha del vehículo y los brazos cruzados sobre el vientre, como si se tratara del típico caso del adolescente que se pasó de tragos en una velada con sus amigos.

Pero en la escena también hay sangre, la más visible es la que se escurre por el espaldar del asiento del conductor. Por ahí entró la bala que perforó la espalda de Jean Paul Genie y lo atravesó hasta el pecho cuando ya el muchacho se había estrellado contra un pequeño paredón a un costado de la Carretera a Masaya, intentando escapar de una lluvia de disparos que duró al menos cinco minutos, de acuerdo con los reportes de la época.

En La Prensa del 29 de octubre algunos testigos insinuaron que se había tratado de “fuego cruzado” y que el adolescente había tenido la mala suerte de encontrarse en el lugar equivocado al momento del tiroteo. La señora María Teresa Gámez dijo que escuchó “intercambios de disparos que se hacían gente como que venían en carros”. Ella habitaba muy cerca del lugar de los hechos y al amanecer vio las paredes de su casa marcadas por los impactos de bala. “Todos tuvimos que tirarnos al suelo”, relató al periodista Róger Suárez. “Minutos después creo que las mismas personas dejaron ir una luz de bengala y volvió la calma”.

Una vez terminada la balacera, los testigos se acercaron al Mitsubishi Lancer, que tenía los vidrios rotos, el motor en marcha y las luces encendidas. Ahí estaba Jean Paul Genie. De los 19 disparos que impactaron al carro desde diferentes ángulos, dos alcanzaron al muchacho y solo uno fue mortal. El último.

Andrés Duque, conductor que pasaba por la zona, todavía lo halló vivo, como luego relató a los padres del joven en un testimonio citado por el periodista José Adán Silva, quien investigó el caso a profundidad en el año 2005. El pequeño Jean Paul tenía las manos apretadas sobre el tórax y aún jadeaba y se quejaba, pero “no respondió cuando el testigo aterrorizado le preguntó: ‘¿Estás bien?’”

Duque quitó las llaves del carro y fue a dar aviso a la Policía. Segundos después Jean Paul moría debido a un choque hipovolémico provocado por pérdida masiva de sangre; pero todavía tendrían que pasar algunos días antes de que surgieran las primeras pistas que a gritos señalaban a los escoltas de Humberto Ortega Saavedra y que al sol de hoy continúan haciéndolo.

Así quedó el Mitsubishi Lancer dorado que conducía el joven la noche del domingo 28 de octubre de 1990. Jean Paul murió por choque hipovolémico debido a una masiva pérdida de sangre.

***

El domingo de su desgracia Raymond Genie y Gloria Lacayo volvieron a casa como a las 4:15 de la tarde. A esa hora su hijo Jean Paul iba manejando en busca de Karla Lacayo, su novia, para luego dirigirse con ella y unos amigos al Chico Soda, en Camino de Oriente.

Ahí permanecieron cerca de una hora, comiendo hotdogs con gaseosas, y luego regresaron a la casa de Karla, en Los Robles, a fin de que ella y su amiga Katia se cambiaran de ropa para asistir a la misa de las 6:00 de la tarde, en la iglesia de El Carmen, relata José Adán Silva en el reportaje “La oscura noche del crimen”, donde se detallan las últimas horas de la breve vida de Jean Paul Genie.

En 2005, cuando Silva investigó el caso Genie, Raymond todavía buscaba justicia y aún daba declaraciones a la gente de prensa. Actualmente, sin embargo, ha optado por cubrir su dolor bajo un manto de silencio y no quiso hablar con Magazine para este reportaje. Después de todo, su hijo fue asesinado a los 16 años, cuando volvía a casa.

Al finalizar la misa, Jean Paul, Karla y Katia fueron a buscar a otra amiga, Claudia Chamorro, y pasadas las 7:00 de la noche llegaron a la vivienda del joven Luis Lacayo Debayle, camino a la iglesia de Santo Domingo, donde estuvieron alrededor de una hora bromeando y haciendo planes para la fiesta con la que pensaban despedir 1990, pues diciembre estaba a la vuelta de la esquina.

Hora y media más tarde Jean Paul ya había dejado a Claudia en su casa y de nuevo se encontraba en la residencia de su novia, en Los Robles. A las 8:35 se despidió de ella y esa fue la última vez que Karla lo vio vivo.

En los siguientes minutos varias personas avistaron el Mitsubishi Lancer en Carretera a Masaya, que en aquel tiempo era una pista oscura y poco transitada. Y esos mismos testigos también vieron la caravana compuesta por jeeps “renegados” que terminó dirigiendo la mirada de los reporteros y de la familia Genie Lacayo hacia el Ejército Popular Sandinista.

“Primera pista en caso Genie”, publicó a seis columnas el Diario La Prensa, en la edición del jueves primero de noviembre de 1990. “De acuerdo al testigo que vio por última vez a Jean Paul, la hora de su muerte se acercó cuando un convoy de cuatro jeeps, dos color negro, modelo ‘Renegado’ con puertas cerradas y dos verde olivo sin puertas y descapotados, salieron raudos del Camino de Oriente rumbo a Masaya”.

Según este testimonio, cuando los jeeps pasaron haciendo gran escándalo, dos personas que se encontraban comprando cigarrillos en las afueras del restaurante McDonalds de Camino de Oriente, comentaron: “Caramba, esta gente no cambia”.

Otro testigo, que conocía el auto dorado de Jean Paul Genie, declaró que a la cabeza del convoy se desplazaba un jeep con una sirena y una antena y que los “renegados” salieron de Camino de Oriente solo unos segundos antes que el Mitsubishi Lancer del muchacho.

Este testigo era Walter Salmerón, entonces de 16 años, estudiante del Colegio Centro América, donde Genie cursaba la secundaria, pero en aquel momento los periodistas omitieron su nombre. Salmerón relató ante sus compañeros de clase que esa noche trágica “él rebasó el carro conducido por Jean Paul cuando este iba ‘arrancando despacio’ en Camino de Oriente, a la altura del puente de los Cinemas” y que “al llegar aproximadamente a la primera Colina, después del puente, se encontró con un convoy de jeeps ‘renegados’ que iban en la carretera con dirección a Masaya”.

“Iban despacio, como a unos setenta kilómetros por hora. Dos de ellos abiertos, color verde olivo, con militares armados, y uno de estos va sobre el carril izquierdo impidiendo la pasada y el otro sobre el carril derecho escoltando a otros dos jeeps”, señaló Salmerón, y su testimonio aparece en el reportaje “La oscura noche del crimen”, de 2005.
Poco después la caravana cerró formación, alineándose en el carril derecho, oportunidad que Salmerón aprovechó para aventajarla; mientras atrás venía, ya tomando velocidad, el auto dorado de Jean Paul Genie.

Walter vivía muy cerca, en el Mirador de Santo Domingo, de modo que pronto llegó a su casa y desde ahí, unos diez segundos después, cuando ni siquiera había apagado su vehículo, escuchó “una ráfaga suave” que se cree provenía de los carros en movimiento, y una segunda ráfaga, fuerte, desde un punto inmóvil, con la que posiblemente remataron a Jean Paul, reportó La Prensa en noviembre de 1990.

Quienes conocían al joven Genie coincidieron en que era un muchacho “aventado” al conducir y Walter Salmerón aventuró que, probablemente, al verlo pasar a él Jean Paul intentó alcanzarlo, en un capricho inocente que acabó costándole la vida.

Por otro lado, su padre Raymond Genie dijo que todo parecía indicar que “en efecto Jean Paul quiso aventajar los jeeps” y que logró ubicarse a la izquierda y al centro de los dos últimos vehículos de la caravana, momento en el que empezó a recibir disparos desde adelante y desde atrás. Se cree que su reacción fue meter el breque de emergencia, pues era una costumbre muy suya, según su familia y amigos, y esto hizo que el Mitsubishi girara y quedara viendo hacia Managua.

El carro acribillado presentaba orificios en ángulo inclinado, pero también tenía tres en línea recta, “como si los que los hicieron estuvieran en posición de tiro”, como si los asesinos se hubieran querido asegurar de que dentro del automóvil no quedara nadie con vida.

Pese a que las declaraciones de los testigos que los Genie Lacayo consiguieron eran contundentes, a que en Nicaragua los jeeps “Renegado” eran muy pocos y a que un experto en balística aseguró que la limpieza de la trayectoria de los últimos disparos indicaba un “buen entrenamiento militar”, la Policía se dedicó a desestimar las pistas manejándolas como “simples sospechas”.

Y como si eso hubiera sido poco, en los medios de comunicación sandinistas se quiso desviar la atención del público insinuando que Jean Paul había sido víctima de “mafiosos traficantes de cocaína” miembros de un grupo criminal aparentemente terrible del que hasta entonces nadie había escuchado: el “Cártel de Managua”.

Sus padres en la misa de conmemoración del primer año del asesinato del adolescente Jean Paul Genie.

***

En 1990 el oficial Mauricio Aguilar estaba investigando el asesinato de Jean Paul desde su puesto como segundo jefe de Investigación Criminal de la Policía Nacional y como miembro del equipo de investigadores a cargo del caso Genie. La noche del 10 del noviembre de ese año su subalterno Harold Meza Flores lo mató de un balazo en el corazón, cuando ambos estaban dentro de una patrulla policial.

En el juicio contra ocho escoltas de Humberto Ortega Saavedra (en el que el general fue incluido como cómplice de asesinato), Lilliam Somarriba, madre de Mauricio Aguilar, declaró que su hijo “le había comentado días antes que lo mataran, que había estado en la escena del crimen del joven Genie la noche del 28 de octubre de 1990 y por eso investigaba a gente del Ejército”, señala el reportaje “El juicio fallido de los militares”, publicado por La Prensa el 27 de octubre de 2005.

Antes de la “muerte accidental” del policía abundaban los informantes que habían visto la caravana de carros del Ejército, las AK-47 e incluso la ya famosa luz de bengala que pasado el tiroteo se había elevado sobre la Carretera a Masaya como una señal nefasta. Sin embargo, tras el suceso, “todos los que habían dicho algo importante, de pronto cambiaron sus versiones y se olvidaron de todo. No era por miedo, era por terror”, recordó en 2005 Daniel Olivas Zúñiga, quien fue el abogado acusador de la familia Genie Lacayo, en entrevista con José Adán Silva.

Debido a que la Procuraduría no se atrevió a interponer una denuncia contra Humberto Ortega Saavedra y sus escoltas, se limitó a denunciar los hechos y el caso cayó en manos de Boanerges Ojeda, quien en 1991 era juez Séptimo de Distrito del Crimen en Managua. A él le tocó investigar el caso desde el 2 de junio de ese año hasta el 2 de julio de 1992.

Trece años más tarde Ojeda afirmó que durante sus investigaciones citó varias veces al jefe del Ejército, pero este se dio por “no enterado” a pesar de que no gozaba de inmunidad, hasta que finalmente dejaron de citarlo.
El ahora general en retiro no respondió a la solicitud de entrevista que Magazine le hizo para la elaboración de este reportaje. Y tampoco contestó las preguntas que se le enviaron directamente a su correo personal.

Las pocas veces que el hermano del actual presidente de Nicaragua, Daniel Ortega Saavedra, se ha referido al caso, ha sido para negar responsabilidades. Como en 1999, cuando en entrevista con el periodista Fabián Medina aseguró que para él Jean Paul Genie era una “víctima de la pasión tan grande y tan negativa que aún tenemos los nicaragüenses”.

“La figura de este muchacho la han agarrado para querer perjudicarme a mí políticamente y no para encontrar realmente qué fue lo que ahí pasó. La realidad es que aquí hubo un proceso legal que llevó un curso y ahí estuvo años, y no fuimos nosotros, fueron instancias internaciones las que llegaron a una conclusión en cuanto a este caso. ¿Qué pasó realmente? Eso es una cuestión en la que cada quien piense lo que quiera. Lo triste de esto es que todos los que supuestamente acuerparon a la familia Genie, lo que hicieron fue aprovecharse de este caso importándole poco el sentimiento de esta familia, para ahí tener una trinchera con la cual estarle haciendo daño a un sandinista. En eso consistió todo”, sostuvo el exjefe del EPS en la entrevista publicada el 21 de octubre de 1999.

Sin embargo, para haber sido, como dijo el general, solo una triste situación utilizada para perjudicarlo políticamente, hubo demasiado interés del Ejército en eliminar las pruebas que podían contribuir al caso. O demasiada negligencia, si se prefiere verlo así.

“La mayoría de los documentos que podían hacer constar sobre las entradas y salidas de los escoltas y el control del armamento que posiblemente había estado involucrado y que se hubiera determinado con balística y todo eso, ya a esas alturas por negligencia o de forma intencional, habían sido eliminados”, declaró el exjuez Boanerges Ojeda en 2005.

En aquellos años “todo mundo tenía miedo” y la Policía más bien parecía molesta cuando alguien se atrevía a llevar información. Al final el caso fue trasladado de la vía civil al fuero militar, para ser tratado por jueces y fiscales del Ejército, y un año después, en 1994, la Auditoría Militar absolvió a los acusados.

Los padres de Jean Paul apelaron la resolución ante la Comandancia del Ejército, pero nunca más les dieron una respuesta. Si alguna vez recibieron un poco de justicia, fue gracias a la Corte Interamericana de Derechos Humanos, que a finales de enero de 1997 condenó “al Estado de Nicaragua por obstaculización de las autoridades a la investigación del homicidio del joven Jean Paul Genie Lacayo” y por “una demora no razonable en el proceso de justicia de este mismo caso”, destacó el diario La Nación, de Costa Rica, el 1 de febrero de ese año.

La Corte ordenó al Estado de Nicaragua entregar a la familia de la víctima una compensación consistente en 20 mil dólares, indemnización que los Genie Lacayo rechazaron de inmediato y sin miramientos.

Abatido, Raymond Genie, durante el juicio abierto por la Auditoría Militar del Ejército, contra los militares, acusados de matar a su hijo Jean Paul. FOTO/ ARCHIVO

***

Tanto la justicia como la verdad (o al menos una hipótesis profesional) vinieron desde el extranjero. La justicia, aunque meramente simbólica, fue la sanción internacional. Y la hipótesis más seria, manejada hasta el día de hoy, fue desarrollada por investigadores de la Policía Judicial de Venezuela, país al que el gobierno de Violeta Barrios solicitó ayuda.

Los venezolanos confirmaron que el Mitsubishi Lancer fue acribillado con fusiles AK-47 en ángulos de tiro con trayectoria descendente y en su informe, elaborado el 27 de agosto de 1991, dejaron establecida la sospecha de que los disparos provinieron de una caravana de vehículos en movimiento.

Lo anterior contradice a lo que se alegó durante el juicio civil, donde el forense que inicialmente dictaminó que la bala que entró por la espalda de Jean Paul Genie era de AK-47 perdió la memoria y dijo que “el tiro parecía de escopeta y que había sido de pie en tierra, poniendo el arma en la espalda de la víctima”, apunta el reportaje “Sanción moral para Nicaragua”.

“Si dijeron que la muerte del policía Mauricio Aguilar fue accidental, a pesar que el disparo fue en el pecho, a quemarropa, qué podían decir de la muerte de mi hijo”, lamentó Raymond Genie Peñalba, en 2005.

En las fotografías que se conocen de él, tomadas tras la muerte de su hijo, se le ve por completo abatido. Nunca más se le miró sonreír públicamente. La única foto conocida donde los padres de Jean Paul parecen felices es la de la famosa escena donde el adolescente, casi un niño, abraza a su papá por la espalda. La misma que publicaron el primero de noviembre de 1990, cuando entregaron la vida de su hijo como una “ofrenda” para Nicaragua.

“Todos aquellos que tengan armas, destrúyanlas. Entréguenlas inutilizadas a sus parroquias, a la Cruz Roja u otros organismos de su confianza. Entiérrenlas para que no tengamos que seguir enterrando tantas víctimas inocentes. Con una sola persona que hiciera esto, le daría valor y sentido a la muerte de nuestros hijos y al dolor que sentimos todos nosotros los nicaragüenses”, imploraron Raymond y Gloria.

Y aún agregaron: “Ofrecemos a todos ustedes la sangre de Jean Paul para que mezclada con la sangre derramada por la juventud nicaragüense, llegue, cada gotita, a todos los hogares como semilla de reconciliación”.

Hoy la rotonda que lleva el nombre de Jean Paul Genie nuevamente es un símbolo de la falta de justicia en Nicaragua, esta vez por las víctimas de la represión del Gobierno de Daniel Ortega. FOTO/ CARLOS VALLE

Sección
Reportaje