La muerte del guitarrista

Perfil, Reportaje - 28.12.2008
La muerte del guitarrista Justo Santos

Una madrugada de 1958 mataron a Justo Santos, el autor del “segundo himno” de Nicaragua: La Mora Limpia. Miles lo lloraron y miles apoyaron el juicio contra su asesino que tuvo un inesperado fin

Octavio Enríquez 
Fotos de Germán Miranda y Orlando Miranda

El abogado Julio Centeno Gómez, de 25 años y recién graduado de leyes llegó a la Cárcel de la Aviación tras la llamada de “un amigo poderoso” que le ordenó defender a un hombre acusado de asesinato. Hasta el momento que ingresó en esa cárcel no conocía a su cliente.

A quien sí conocía, paradójicamente, era a la víctima. Incluso le llamaba “amigo”. Era un músico que el joven jurista disfrutó en las intensas noches de bohemia de la vieja Managua. Aquella guitarra… Aquella sonrisa… aquel frenesí…

Justo Santos era toda una celebridad en aquellos años a pesar que apenas iba a cumplir los 37 al momento de su muerte.

Centeno, llegado de Río San Juan, se había encontrado repetidas veces a Santos y su guitarra, bien en el bar-restaurante Munich o bien en los alrededores del Palacio Nacional.

Cincuenta años más tarde, Julio Centeno Gómez, convertido ahora en Fiscal General de la República, recuerda muy bien en esa visita a la cárcel porque sucedió un hecho ajeno al caso que le ocupaba, pero que se volvería importante en la historia nacional. Ese día una mano tras los barrotes le deslizó una carta. Era la mano de un viejo amigo de León encarcelado tras la muerte del dictador Somoza García quien le pasó un papel con un poema que hasta hoy sigue reclamando a los tiranos. “Mañana hijo mío, todo será distinto”, se leía en aquella carta que el joven abogado cogió rápido sin reparar en lo escrito porque ya era hora de la entrevista con su cliente, al que en la calle llamaban “asesino”. A secas.

El asesino tenía de oficio vigilante. Era Isaías Espinosa, de 19 años, delgado, indito según Centeno, y originario de la comunidad de Monte Tabor, al sur de Managua. El siete de julio de 1958 disparó, después de una acalorada discusión, contra un grupo de muchachos que andaba de serenata y que pasaban por el Mercado Central. La bala impactó a Justo Santos quien murió minutos después en el hospital.

La víctima, un guitarrista famoso. Su obra más conocida, hasta hoy, es La Mora Limpia, una pieza obligada para quien quiera demostrar en el país que sabe tocar guitarra, dice el historiador Roberto Sánchez. Pero es más que eso. Sánchez lo sabe y por eso no descansó hasta encontrar los restos del músico porque, ya veremos, una serie de acontecimientos hicieron que el último recinto de Santos fuese ignorado incluso por sus hijos.

La Mora Limpia es como Guantanamera de Cuba o Alma Llanera de Venezuela”, asegura Sánchez, cabello blanco, bajo de estatura, que conoció al músico cuando llegaba a su casa en Masatepe. Santos tocaba la guitarra en las serenatas que le dedicaban a una hermana del historiador. No podía saber este hombre que el guitarrista moriría y menos adivinar el fin del asesino, inesperado según su abogado defensor.

Magazine/La Prensa/Cortesía/Familia Santos
Justo Santos en la cumbre, listo para salir a las serenatas que le dieron fama. Sería asesinado en 1958.

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Las noches de bohemia fueron el sello de la vieja Managua. Música, tragos y mujeres. En ese ambiente artístico, de música cubana y mexicana, se lució Justo Santos, llorado a su muerte por muchos admiradores.

La madrugada del siete de julio se callaron las guitarras. En la Unión Radio, donde él hizo varias de sus presentaciones, se le rindió tributo. Un atribulado periodista, Fernando Meza Lira, lamentaba su muerte con pasión.

En La Prensa Gráfica, uno de los diarios nacionales de la época, se destacaba en la página tres el asesinato. Había desaparecido con el crimen “la primer guitarra de Nicaragua”, informaba el reporte que comprometió aquella mañana al vigilante después que los periodistas hicieron su propia investigación. “Celador de zona Comercial —dijo la entradilla—, en estado de ebriedad, mató de un tiro al joven compositor, artista de Radio y TV”.

Se trataba de una noticia importante, pero no fue destacada, porque lo político pesaba. En la portada de los diarios en general se destacaba a Somoza o los conservadores. La Prensa Gráfica atacaba por ejemplo a La Prensa, y La Prensa se oponía a la dictadura de la familia Somoza.

Justo Santos nació en Rivas el 19 de julio de 1921 y se forjó como un consagrado guitarrista. A su muerte, había servido de requinto en el trío Los Pinoleros, famoso en la época.

La noche antes del crimen, Santos salió con unos amigos. Luis Moreno Gadea, de 24 años y del gremio televisivo, rindió testimonio ante los diarios el mismo día de los aconte-cimientos. Según él, estuvieron en un bar llamado Las Siete Letras y se dirigían a otro sitio cuando se toparon con el vigilante que, armado y ebrio, los detuvo.

—¿Para dónde van? –preguntó a los jóvenes armados, en cambio, con guitarras.

—Vamos a vacilar –respondieron.

No le gustó la respuesta según esa versión. Pitó para que dos oficiales de la Policía lo auxiliaran para detener a los muchachos.

Pero los oficiales lo detuvieron a él cuando lo vieron borracho. Disparó cuando intentaban desarmarlo, entonces, sólo entonces, las guitarras callaron. El único disparo impactó al guitarrista que murió en el hospital.

En las radiodifusoras se decretó duelo nacional. Los artistas lloraron. La Mora Limpia, que había obtenido el cuarto lugar en un concurso nacional, se tocaba por todos lados. Los periódicos hacían descripciones amables del músico. La Prensa Gráfica, por ejemplo, dijo esto: “Era un hombre bajito, sencillo, ingenuo, que no quería un mal para nadie. Fue la guitarra más destacada de los mejores tríos en Nicaragua, era autor de varias canciones”.

Isaís Espinosa tenía 19 años en cambio y era cuidandero mientras Santos llegaba a la cúspide de
su carrera. Vigilaba varios negocios, entre ellos el de Carl Hüeck Richardson and May, Librería Lanzas, Ferretería de Ulises Morales y Casa Ballantine.

Mientras Espinosa caminaba en la acera frente a los locales, el músico asistía a su encuentro con la muerte. En su casa, alejada de su padre, una niña ignoraba lo que sucedía. Odilia Santos tenía seis años, jugaba a las muñecas y descubrió el horror cuando su madre, cargándola en brazos, la llevó hasta la humilde casa del barrio El Paraisito, donde el marido se había mudado después de muchas discusiones. Allí lo vio muerto sobre la tijera.

Un mar de gente fue al entierro en el Cementerio Occidental, donde el conocido historiador Roberto Sánchez buscó sus restos sin éxito alguno después de 45 años en el olvido.

Fotos de Germán Miranda y Orlando Miranda
El fiscal Julio Centeno Gómez en su casa en Managua. Cuando era un jovencito defendió en un tribunal a Isaías Espinosa, acusado de asesinar al famoso guitarrista.

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Cincuenta años después del crimen, el doctor Julio Centeno Gómez se presiona en su despacho, cerca del antiguo Sandy en Carretera a Masaya. Muchas llamadas, no está de humor el Fiscal. Ese día la Corte Suprema de Justicia acaba de distribuir más de un millón de dólares incautados al narcotráfico, y a la institución que dirige no le han dado ni un dólar.

“No puedo callar”, le comenta a alguien por teléfono. La mañana agria, pero los recuerdos lo alivian un poco. Las noches del Munich, la vez que Santos amenizó una noche fértil en romanticismo en la residencia del abogado, casado desde hace 50 años.

Los retratos en la oficina lo encaran con su juventud. Muchacho, en una foto se le ve parecido al escritor peruano Mario Vargas Llosa. En otra imagen viste de saco y corbata en su papel de Fiscal General, mientras pocos metros allá se observan los diplomas y reconocimientos cuando fue Procurador General de Justicia y lo acusaban de no haber visto nunca ningún delito en la Administración de Arnoldo Alemán, su amigo, condenado por corrupción. “Justo Santos sonaba mucho en esa época y todos lo admiraban, incluso yo. Algunas veces uno se asomaba en las noches donde estaba.

Justo fue amigo mío, bueno, a esa edad uno llegaba y de repente, frente al Palacio Nacional, había un bar y en la parte sur, él se mantenía. Tocaba lindísimo. La gente le pedía siempre La Mora Limpia. Me asombré mucho cuando leí que había muerto”, asegura.

Centeno sostiene que no fue fácil decidirse a asumir la defensa del vigilante. El joven abogado alquilaba una casa frente a los juzgados del Trébol. Habían muy pocos juristas entonces. Pero todos se conocían, porque dirimían los casos de sus clientes en el único Juzgado del Crimen y Juzgado de lo Civil que había. A ese despacho llegaron a buscarlo los parientes del asesino. Habían pasado cinco o seis días desde la bulla mediática.

“Era gente muy humilde, campesinos humildísimos, no podían sufragar los gastos de una defensa”, comienza justificando y él, como abogado novato, tenía hambre de triunfo. O cumplió fielmente al requerimiento del amigo poderoso que ahora no quiere mencionar. “No vale la pena”, dice.

Se hizo cargo del caso, pese a que muchos opinaron que perdería cuando vieron a su rival. Del otro lado del estrado el joven abogado, originario de Río San Juan, enfrentaba al mejor penalista de la época, Bonifacio Sandoval. Asumió el caso, pese a que dijo que Santos fue su amigo.

—¿No se sintió mal por defender al asesino de “su amigo”, aunque era su trabajo como abogado?

—Claro, pero es que, dije yo, primero la humildad de las personas y después que el caso tal vez no sea
como lo están pintando los medios de una manera tremenda. Nada de ribetes políticos, no hubo nada de eso.

Según Centeno Gómez, su cliente era “moreno, indio y delgado”, nunca estuvo ebrio porque estaba en su trabajo. Más bien acusó a las víctimas y sostuvo que venían alegres de una serenata en la que participaron seis personas al menos. Comenzó la discusión. Todo lo dice seguro el señor Fiscal, porque nadie, a estas alturas, lo puede rebatir. Ya todos murieron.

Isaías Espinosa, acusado de asesinar a Justo santos.

Aunque la versión de los diarios nacionales es otra. Los periodistas de la época confirmaron lo borracho que estaba aquel hombre. “Yo tuve el expediente en mis manos”, defiende Centeno. “¿Quién es Francisco Gutiérrez Barreto?”, pre-gunta cuando le menciono que la versión del vigilante alcoholizado la han recogido libros como uno de publicación reciente de este escritor.

“Me imagino que aquéllos (los compañeros de Justo) venían con sus buenos tragos y se originó una refriega, ellos venían alegres. No puedo decir que andaban ebrios”, se contradice. El abogado de Espinosa dice que su cliente lloró siempre cuando lo cuestionaba, porque ignoraba que había matado a un músico que también, insiste Centeno, admiraba.

Durante el juicio, los tríos entonaban sus canciones para presionar y La Mora Limpia se escuchaba. Pero no. El acusado fue perdonado por el jurado. Unión Radio tranmistía minuto a minuto los sucesos en el tribunal. “Mucha gente no perdonaba el crimen, la admiración por él era grande y también debe haber actuado influencias de toda clase, de toda naturaleza y se logró una revocación a través de una nulidad invocada. El jurado fue declarado nulo y se volvió a hacer el jurado”.

En Managua, los simpatizantes del guitarrista asesinado celebraron la nulidad. En Monte Tabor no.

Allá predominaba la tristeza.

Isaías Espinosa, encarcelado nuevamente, se deprimió. Una mañana alguien llamó a Centeno Gómez. “Lo que oye doctor, se ahorcó. Isaías se ahorcó temprano”.

El destino de los restos de Espinosa no es algo que recojan los libros de historia. Pero los de Santos, que supuestamente yacían en el Cementerio Occidental, empezaron por convertirse en un misterio.

Roberto Sánchez buscó los registros. No halló nada.

Odilia Espinosa, la hija del artista, tampoco sabía. Tenía seis años cuando miró a su padre muerto.

Durante su investigación, patrocinada por la Alcaldía de Managua, Sánchez se encontró con que aún vivía una hermana del músico, Narcisa Santos Cerda. Moraba en los alrededores del antiguo Cine México, también en la capital.

Sánchez es el director de un área de rescate histórico conocida como Patrimonio en la Municipalidad. La clave para hallar los restos estaba en otra parte.

Se la dio un sobrino de la madre de Santos, un homosexual conocido en la Managua actual que participa en concursos de belleza gay y era un niño cuando supo la historia del cambio de tumba del famoso guitarrista.

A Justo Santos lo movieron cuando su madre murió, doña Josefa Cerda de Santos. Ella fue colocada a la par de su esposo, don Eduardo, en el Cementerio Oriental. Faltaba sólo el hijo.

Los restos fueron sacados sin ningún permiso oficial del otro camposanto y los colocaron en una caji-ta por “esos desórdenes que ocurren en Nicaragua”, opina el historiador. Tres tristes tigres yacían juntos.

Humilde, como fueron ellos en vida, también es esta mujer. Detrás suyo una máquina de coser, varias piezas por trabajar. Odilia Santos Espinosa, morena, baja de estatura, se sienta en su sofá. Fue la única de sus tres hermanos que el padre reconoció.

Justito, uno de los hijos del músico murió, y el otro es Eduardo Espinosa, conocido en el mundo televisivo como “Pata de Lana”. Los tres fueron hijos de Daysi Espinosa, celosa como ninguna. “Ella le ensuciaba los sacos para que no saliera a las serenatas. Era mujerero, pero no le tuvieron más hijos”, cuenta la primogénita de la pareja.

Santos Espinosa buscó por cielo, mar y tierra cómo lograr que un juzgado la declarara heredera universal del músico. Lo logró. Muestra una carpeta donde se ven los edictos en los diarios, los legajos de documentos judiciales y fotos.

La hija de Santos vive en una humilde casa del barrio Riguero. Para qué más presentación en aquel hogar. En la sala, la foto principal es la de un caballero sonriente, copete grande, vestido de esmoquin blanco. El moreno de bigote parece que sale de rumba a los conciertos inolvidables del Munich donde una vez lo vio Julio Centeno Gómez, el abogado de su asesino.

Fotos de Germán Miranda y Orlando Miranda
Está en el olvido. Ninguna autoridad, además de la Alcaldía de Managua, le rindió homenaje al compositor de La Mora LImpia.

Mora Limpia

Según el escritor Francisco Gutiérrez Barreto, que investigó la muerte de Justo Santos y entrevistó a viejos pobladores de Managua, La Morita era conocida así por los árboles de esa especie sembrados alrededor.

Quedaba a la mitad del camino viejo de Santo Domingo, entre Las Sierritas y la Iglesia de Managua. Antes de la bajada del Santo, en agosto, una ronda de macheteros limpiaba el camino de malezas durante un acto en que sonaban cohetes, morteros, música y se comía y bebía mucho.

Gutiérrez explica que al llegar a la Hacienda La Mora, propiedad de los Castrillo, localizada en los predios de La Vicky de Altamira, y después de efectuar la limpieza del camino “declaraban a este sitio como La Morita y La Mora Limpia” siguiendo la tradición.

La canción que inmortalizó a Santos no ha escapado de la polémica desde enero de 2007, después que el gobierno de Daniel Ortega decidió adoptarla como el himno de sus ceremonias, pero éste no es un tema que le interese a Odilia Santos Espinosa. Para ella, es publicidad y no oculta que el Gobierno sí le pagó los derechos de usar la famosa canción (5 mil dólares durante 5 años se dijo en los diarios), a diferencia de periodistas, y gerentes radiales y televisivos, de quienes se queja amargamente.

Para el historiador Roberto Sánchez, lo más triste de la historia de Santos es que yace en el olvido 50 años des-pués de su muerte.

“La Mora Limpia es una melodía pegajosa”, dice de la canción a la que nunca le quedó una letra. “Eran de mal gusto”, sostiene Sánchez Ramírez, “fue dedicada a una ciudad, pero trascendió a nivel de un país”.

El 29 de septiembre de 2003, la Alcaldía de Managua, bajo la Administración de Herty Lewites, le rindió a Santos un justo homenaje. Seis versiones distintas de la famosa canción sonaron. Hubo caribeños, mariachis y otros grupos que le tocaron al mejor guitarrista que ha tenido el país.

“Es raro que un hombre que se echa un par de tragos no dice: ¡tóqueme La Mora Limpia! En este país para que un guitarrista pueda calificarse de requintista tiene que tocar La Mora Limpia”.

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