La mujer del payaso

Reportaje - 27.08.2006
Gloria González y Benito Ladislao
Revista, 27 de agosto del 2006.
Ya en el dúo como pareja de vida y compañeros de trabajo: en pleno apogeo artístico.

Gloria dejó la cuna de oro en que vivía, la universidad de prestigio en que estudiaba para seguir por el mundo a un payaso cuyo único patrimonio era la facilidad para hacer un informe a los demás.
Recalaron en Nicaragua y 58 años después siguen juntos, siempre pobres y ahora enfermos, tratando de reírse de la vida.

José Adán Silva

Nada en esta casa, deslumbra por nuevo y los únicos bríos de juventud que se perciben en el ambiente son los cantos agudos de un zanate pichón que, desesperadamente, intenta saltar de su jaula al cielo mientras más que cantar, parece llorar. Pero es un llanto joven y se oye, como también se oyen los ladridos cansados con que nos recibe Chocolate, un famélico perro indio de 16 años que se esfuerza por parecer bravo, pero que al rato de ladrar se va a echar agotado a un rincón, más por el cansancio que por los reclamos de su dueña, doña Gloria González.

"Disculpen al perrito, es que casi no recibimos visita", dice ella con voz agrietada y vivaz, mientras nos abre la verja de hierro y nos acomoda en unas sillas de madera curtida que sobrevivieron a dos bombas de la guerra civil de 1979.

La acompaña Benito Ladislao Hernández, un hombre afable de 80 años y pelo blanco, caminar lento y cuidadoso, con quien habíamos acordado una entrevista sobre su glorioso pasado de actor circense en las principales carpas latinoamericanas de un poco más acá de la mitad del siglo XX.

Pero ahí estaba ella, doña Gloria, con 87 años, dirigiendo los recuerdos de él, complementándolos, precisándolos, corrigiéndolos: "No viejo, no fue en Venezuela, eso que vos decís fue en Brasil". Risas de ambos, él eceptando la corrección, y ella quejándose con cariño: "Ay mi viejo, ya ni de su vida se acuerda".

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Son una pareja excepcional y la historia de ella es la historia del puro amor, de esas antiguas decisiones de corazón que se tomaban de un día a otro, y que lanzaban al vacío la racionalidad de los hechos reales para convertir la vida en una aventura donde el único sustento era las promesas de amor y la fe de uno en el otro.

Así fue su historia: Benito Hernández, hijo de un artista gallego y una bella mujer cubana, nació y creció en las carpas y los teatros de la época donde comenzó a trabajar desde los cuatro años. Por el carácter errante de su familia, nació en Nicaragua hace ochenta años (1926) cuando el circo en que trabajaba su familia aterrizó en estas tierras y su madre terminó los nueve meses de gestación en León.

Luego, él creció y siguió su rumbo por el mundo: "Más de 60 países conocí", dice él y cuenta que fue en Cuba donde más tiempo vivió antes de terminar en Managua: "Fueron 20 años allá", recuerda con nostalgia.

Un día de 1947, el circo en el que Hernández trabajaba, ya sin la cercanía familiar, el Royal Rumble Circus, arribó a Caracas, Venezuela, en una gira que incluiría las principales ciudades de Sudamérica.

Revista, 27 de agosto del 2006.

"Yo era la mimada de mi familia, por ser la única hija mujer, llegaba a cualquier almacén y sacaba los productos cosméticos y lo mejor de la moda que venía de Europa. Todo lo cargaba a la cuenta de mi padre", rememora Gloria.

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Ella nació en cuna de oro en 1919. Su padre, José Fermín González, era un eminente médico colombiano que por azares del destino vino a Nicaragua en viaje de negocios y conoció a María Emilia Luna, con quien se casó y tuvo nueve hijos, entre ellos a Gloria González, la única mujer de la estirpe.

El doctor González hizo amistad y negocios con la familia Debayle de León, quienes le depositaron la confianza de hacerse cargo de la salud de los trabajadores y la administración de las minas de carbón de hulla que esta familia había adquirido junto a otros socios sudamericanos.

Los preparativos del viaje a Colombia se adelantaron por efectos de la naturaleza brava de Nicaragua: en marzo de 1931 Managua fue destruida por un terremoto y la familia González-Luna casi huyó de la tierra arrasada.

"Yo tenía 11 años y recuerdo que salimos por agua a Bluefields, de ahí tomamos hacia Corn Island y paramos en San Andrés y luego en Cartagena", recuerda ella, quien goza de una memoria histórica.

Una vez allá, fue educada como solían educar las familias de abolengo a las señoritas de casa: en una escuela de monjas afinándola en los artes de la cocina extranjera, la música clásica, la costura, clases de equitación y ballet.

"Yo era la mimada de mi familia, por ser la única mujer podía llegar a cualquier almacén y sacar cosméticos franceses y lo mejor de la moda que venía de Europa, y todo lo cargaban a la cuenta de mi padre", rememora.

"Por aquellos años a las muchachas casaderas se le impedía ir a las universidades, porque los maridos decían que eso volvía libertinas a las esposas, por eso mi madre no quería que yo fuera a estudiar, pero hice la lucha y entré en 1944", recuerda ella.

Gloria ingresó a la Pontificia Universidad Javeriana de Bogotá a estudiar Medicina, ya que esa fue la única carrera que le autorizó su padre. "Eran años duros para la preparación de la mujer, solo las familias más ricas podían enviar a sus hijas a estudiar, y preferían mandarlas a Europa porque en Colombia era muy machista la educación", dice ella con su voz vivaz llena de picardía que ahora inunda la casa y opaca el llanto lastimero del zanate cautivo.

En 1948, cuando ella hizo su cuarto año de Medicina y la práctica era con cadáveres de indios desconocidos donados a la Facultad de Medicina, ocurrió algo que le cambió la vida: un famoso circo fulgurante de tantas estrellas extranjeras de todo el mundo y animales exóticos, con el hombre más fuerte del mundo y la mujer elástica, más los actos de magia del gran Marcini, llegó a Bucaramanga.

"Mi padre dijo que el circo era un acto callejero que no estaba a la altura de nuestra fineza, y nos prohibió ir, pero una vez lo llegaron a buscar unas personas para que fuera atender un parto de una artista que estaba dando a luz con complicaciones en el circo".

Como el único médico cercano era el doctor González, no tuvo más remedio que ir y se la llevó a ella para que fuera aprendiendo, ya en la realidad, los secretos de la Medicina. La mujer parió bien y en pago los dueños del circo le regalaron al doctor varios boletos para las  funciones. Advertidos, nadie de la familia González-Luna fue en Bucaramanga a dicho circo.

Dejó la cuna de oro para seguir con el amor y aprender las artes circenses: Gloria, enrollada en el cuerpo de su pareja, y otro, mostrando su fuerza, los sostiene a los dos.

***

Abril de 1948 es fecha de recuerdos ingratos para los colombianos. En esos días mataron a Jorge Eliécer Gaitán, político liberal y candidato presidencial que fue asesinado a balazos en plena calle, lo que generó un sangriento conflicto civil en Colombia que se denominó el Bogotazo; pero para ellos, Gloria y Benito, es fecha inolvidable de amor.

"Hubo muertos por todos los lados, cuadras tras cuadras de muertos, quemados, colgados, nos agarró la guerra en el circo", dice él y le pregunta a ella: "¿Cuándo fue eso?"

Gloria responde sin titubeos: "El 9 de abril de 1948 a las diez de la mañana".

"Yo estaba de vacaciones porque eran días de la Semana Santa y la universidad nos dio libre. Una vez dando vueltas por Bogotá me encontré con que el circo que estaba de paso por Bucaramanga estaba en la ciudad de Bogotá y con mi hermano Gerardo y mi hermana Fanny, que estaba estudiando también en Bogotá, nos fuimos a curiosear", cuenta ella y él interrumpió: "Yo era maromero y pesaba 135 libras. Era bien ágil y esbelto".

"Sí, yo estaba casi por ser médico, cuando vi a este desgraciado", responde ella entre risas y termina el cuento: desde esa vez, no sabe cómo, pero la flechó el muchacho agilísimo y durante tres noches más fue al circo con la esperanza que él la notara suspirando de amor en la primera fila de la carpa.

Y él ya había notado, así un día, al final de la función, sin ponerse de acuerdo ninguno de los dos, él salió y ella estaba afuera esperándolo. Fueron 15 días de amor y la fecha en que contraerían matrimonio a escondidas, para luego ella fugarse con él en el rumbo incierto del circo nómada, fue la misma en que estalló el conflicto del Bogotazo.

En el medio del humo, de los muertos y el fuego, en la Catedral de la Porciúncula, donde el cura debió haberse asustado de ver, a las cuatro de la mañana, a un hombre en trajes elásticos y zapatillas de ballet, a una muchacha con el uniforme conservador de la Universidad Javeriana y a dos personas más, una de ellas todavía con el látigo de domador de leones en la mano, y la otra, una muchacha alta y de brillante traje rojo pegado al cuerpo, diciendo los primeros dos que llegaban a casarse, y los otros que eran los padrinos de la boda.

El cura, dice Gloria, se negaba a casarlos, pero ella lo convenció con una amenaza trágica: "Estoy embarazada de este hombre y si no nos casa ahorita mismo, a él lo matan porque mi padre lo anda buscando".

"Por aquellos años en Colombia a los que deshonraban a las muchachas de buena familia, si no se casaban se mandaban a matar", cuenta ella y él, riendo, suma que es verdad, que en Colombia había facilidad de tiro para los malos hombres.

Revista, 27 de agosto del 2006.
Benito a los ochenta años no deja de reír y Gloria, cariñosa y comprensiva, lo tolera en sus recuerdos mal contados.

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La boda se complementó con un amarre civil en 1961 en Nandaime, Granada. Ella supo, por noticias lejanas, que su familia la desheredó y tras muchos años de andanzas, la pareja de circenses se estableció en Nicaragua.

Sus conocimientos sobre ballet, música clásica, pintura y equitación le sirvieron a ella para aprender el oficio de maromera, asistente de actos de magia, malabarista de actos aéreos, asistente de domador de leones, jinete de elefantes africanos e incluso de payasa, hasta que el temerario acto mortal de ser elevada hasta 30 metros por medio de una cuerda atada a su quijada, terminó en un accidente.

La cuerda se rompió justo cuando ella ya estaba sobre 20 metros de altura y la caída, ante el pánico del respetable público, le dijo 15 huesos rotos y cuatro años en silla de ruedas. Tenía ella entonces 45 años y se recuperó tan bien, que aún hoy es capaz de levantar la pierna a la altura de la cintura y decir que quedó de correr y brincar, tanto así, que todavía a los 60 años seguía subiendo a los árboles para cortar frutas

No tuvieron hijos, no quisieron darle una vida errante e inestable, pero sí criaron a siete niños y niñas que quedaron sin padres durante la guerra de los años 70. Ya para esa fecha habían comprado su propio circo de carpa, El Gran Circo Amigo, que terminó en cenizas cuando dos bombas lanzadas por la Aviación de Somoza, el 27 de junio de 1979, cayeron sobre la vieja casona del barrio Santa Rosa, donde sobrevivieron ellos dos, 49 córdobas y cuatro silletas de madera donde ahora posamos los traseros.

Atrás han quedado los días de gloria y los recuerdos de los hijos ajenos criados como si fueran propios, son suplantados por una especie de zoológico doméstico al que le dan el mismo trato de parientes: tres monas, ocho gatos, doce ratas blancas, siete perros, varios patos y gallinas, una docena de conejos y muchas pulgas.

La vieja escuela de circo que él estableció en 1990, cerró sin discípulos en 1995 cuando ya nadie quería saber nada de los aplausos. Los últimos dos alumnos de la fallida academia, Juanito y Reinita, se fueron a Estados Unidos el primero y al matrimonio con un hombre de buena posición económica la segunda. Algunos de sus hijos de crianza aún les escriben, otros desaparecieron del mundo.

Tuvo él entonces que apelar a su viejo mote de "Pipo Lechuga" para ofertar sus servicios de risas en las piñatas de Managua, y ella a sus antiguos conocimientos de costura y pintura, para elaborar cuadros de paisajes y peluches de payasos y muñecas que vender.

"Yo iba a amenizar hasta diez piñatas los fines de semana, ahora ya nadie me busca y hace rato que no gano un peso como payaso", se queja él y Gloria lo sanciona con cariño: "Ay viejo, y quién quiere a un payaso que no puede moverse y se le olvidan las bromas". Él solo ríe dejando ver restos de una dentadura de otrora color blanco.

Ahora viven de la venta de los peluches que ella, aún con 87 años y el mal de Parkinson, elabora para luego subirse a los buses y viajar hasta el Mercado Oriental donde los vende a todo precio.

"Acepto regateo", dice Gloria bromeando y remata antes de traer dos cafés instantáneos: "Mire usted como es de loco el amor, dejar una la riqueza para seguir a un payaso". Él ríe solito en la mesa, como diciendo maliciosamente "pero así me amás", y luego la mira con ternura perderse tras los viejos trastos de la cocina de esta casa gris donde todo, excepto el canto del zanate cautivo, huele a pasados ​​días de gloria. z

Revista, 27 de agosto del 2006.

El cura se debió asustar al ver, a las cuatro de la mañana, a un hombre en trajes elásticos y zapatillas de ballet; a una muchacha con el uniforme de la Universidad Javeriana, y a dos personas más, una de ellas todavía con el látigo de domador de leones en la mano.

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