La Costa Rica de los exiliados

Reportaje - 26.06.2011

El país que hoy deporta un promedio de cinco a diez nicaragüenses por día es el mismo que cuarenta o treinta años atrás abrió las puertas a cientos de nacionales acosados por la dinastía somocista o inconformes con el régimen sandinista que le continuó. Así vivieron los nicaragüenses en la Costa Rica que les dio la mano en tiempos duros

Arlen Cerda
Fotos de La Prensa/ Archivo y Cortesías

Aunque la noticia todavía solo era un rumor de boca en boca, esa mañana decenas de costarricenses comenzaron a juntarse desde temprano en la Avenida Central de San José. Luego, las radios confirmaban la información: “Anastasio Somoza Debayle abandonó Nicaragua hoy 17 de julio a las 2:00 de la madrugada… Un helicóptero lo trasladó desde la Loma de Tiscapa al Aeropuerto Internacional Las Mercedes, de donde partió hacia Miami…”

Para esa hora, quizá alrededor de las ocho de la mañana el circuito central de San José ya estaba repleto de gente agitando la Bandera nicaragüense en celebración de la huida del dictador, quien catorce meses más tarde murió por un atentado en la Asunción, Paraguay, donde se había instalado con su amante Dinorah Sampson.

“En la avenida principal de San José también había muchos nicaragüenses —recuerda el académico Carlos Tünnermann Bernheim, entonces miembro de un grupo de personalidades que apoyó públicamente la lucha armada del Frente Sandinista en Nicaragua—, pero la mayoría eran costarricenses. Todos celebrando una victoria nicaragüense que por su involucramiento y solidaridad con la revolución también sentían suya, porque ellos acogieron a centenares de nicaragüenses e incluso colaboraron con la lucha armada en contra de Somoza”.

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No hay un número exacto de cuántos nicaragüenses se instalaron en Costa Rica desde que Somoza recrudeció su régimen. Pero si se cuentan por miles a los intelectuales perseguidos, cuadros estratégicos clandestinos, heridos que fueron atendidos en los hospitales de San José, simpatizantes y colaboradores de la causa. Hombres, mujeres, muchos jóvenes y a veces familias enteras, que aún hoy recuerdan a una Costa Rica muy distinta a la que de hoy dan cuenta los medios de comunicación, con noticias sobre rechazo y xenofobia hacia los nicaragüenses, pues la que ellos conocen es un Costa Rica de puertas abiertas.

Fotos de La Prensa/ Archivo y Cortesías
La estabilidad política de Costa Rica fue una de las razones por las que decenas de nicaragüenses, obligados a abandonar Nicaragua durante la dictadura somocista, prefirieron instalarse ahí, en lugar de ir a Honduras o El Salvador.

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Días antes de entregar la rectoría de la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua (UNAN) en León, Carlos Tünnermann Bernheim ya sabía que debía salir de Nicaragua, pues hasta el que aún era su despacho recibió un mensaje que se lo dejó bien claro. “Ahora que ya no será más el rector, me permito informarle que hay una factura pendiente”, le mandó a decir Anastasio Somoza Debayle, en clara advertencia de que mandaría a buscar su cabeza.

“De alguna manera él me culpaba por las revueltas universitarias que le causaban un gran dolor de cabeza y no me quedé para averiguar cuánto me iba a cobrar. Al día siguiente del traspaso de la rectoría salí con mi esposa y mis hijos, hacia Colombia, donde dirigí un programa de la Unesco en Bogotá”, recuerda el académico.

Dos años más tarde, Tünnermann estaba listo para continuar su trabajo en la Unesco, a cargo de un programa en Venezuela, cuando luego de una plática con el escritor Sergio Ramírez, decidió que se instalaría en San José para apoyar desde ahí la lucha en contra de la dictadura somocista.

Era el principio del que más tarde el director de LA PRENSA, Pedro Joaquín Chamorro, bautizó como “el Grupo de los Doce”, pues doce de las personalidades de la época que comenzaban a juntarse en Costa Rica decidieron apoyar públicamente la aún rechazada lucha armada del Frente Sandinista en contra de la dictadura de Somoza Debayle.

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Las condiciones para que este grupo y otras iniciativas para poner fin a la dictadura somocista se iniciaran en Costa Rica fueron —según coinciden Tünnermann y Ramírez— que mientras cientos de nicaragüenses eran perseguidos por la dictadura somocista y otros más huían de otros países de Centroamérica, “Costa Rica era el oasis democrático”.

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A Carlos Tünnermann no le resultó difícil instalarse para entonces en ese país, pues cuando residió ahí por primera vez, entre 1960 y 1964 como secretario general del Consejo Superior Universitario Centroamericano, advirtió las diferencias culturales entre Nicaragua y Costa Rica.

Esta vez, por ejemplo, ni se le ocurría invitar a sus vecinos a una recepción para presentarse, no solo porque la situación y razones de su segunda estadía no lo ameritaban, sino porque cuando lo hizo la primera vez nadie llegó a la recepción, una oportunidad que está seguro no hubiera pasado de largo ningún nicaragüense.

Sergio Ramírez también experimentó esas diferencias. Algo que entendió en sus catorce años de residencia en Costa Rica fue la frase “pase por casa”, con la que los costarricenses terminan corteses cualquier conversación.

“La fama de los ticos era que no abrían las puertas de sus casas para agasajar a ningún visitante, y que la cortesía terminaba con la frase ‘pase por casa’, que nunca se cumplía porque se trataba de una invitación abstracta, sin hora ni fecha”, recuerda Ramírez, y habría que agregar que a veces ni siquiera revelaban la dirección.

Otra de las situaciones que enfrentaron estos nicaragüenses en Costa Rica, es que a algunos no les creían que eran nicaragüenses, como al cantautor Luis Enrique Mejía Godoy, a quien por blanco y colochón más de alguna vez lo creyeron tico, a pesar de que era un nicaragüense que durante 12 años residió ilegalmente en ese país.

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Parte del Grupo de los Doce, en la casa donde vivió Ernesto Castillo en las afueras de San José (1977). De izquierda a derecha: Ernesto Castillo, Carlos Gutiérrez, Ricardo Coronel, Casimiro Sotelo, Joaquín Cuadra, Sergio Ramírez, Emilio Baltodano, Fernando Cardenal, Carlos Tünnermann y Miguel D´Escoto.

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La historia de Luis Enrique Mejía Godoy en Costa Rica inició como la de un joven del norte de Nicaragua a quien sus padres lo enviaron a estudiar Medicina. Tenía veinte años, su pasaporte al día y una residencia estudiantil. Y así empezó en aquel país, pero terminó de una manera totalmente distinta, una vez que la cosquillita de la música terminó de seducirlo.

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“En Costa Rica descubrí que había increíbles condiciones para desarrollar mi pasión y mi talento por la música”, recuerda quien dejó la medicina por la música y le fue tan bien, que al año tocaba con Los Rufos y a los dos años era conocido en toda aquella nación, aunque por desafiar la decisión de sus padres le tocó mantenerse ahí por su cuenta.

En Costa Rica, Luis Enrique Mejía conoció a Sandino. Compró un libro en una tienda, lo estudió en las bibliotecas y así supo más de quien en Nicaragua estaba vetado porque los Somoza lo presentaban como un bandolero.

A Milena Zamora, una tecnóloga médica, hermana de la poetisa Daisy Zamora, también lo primero que le llamó la atención de Costa Rica fue la libertad de pensamiento, expresión y movilización.

Ella llegó a Costa Rica a mediados de 1978 para visitar a su hermana en el exilio y no regresó hasta en agosto de 1979, un mes después del triunfo de la revolución. Puesta allá, Milena se quedó para colaborar en la atención de los heridos desde la Base 00, ubicada cerca de la Iglesia de Ujarraz, con las casas de seguridad que el Frente Sandinista tenía distribuidas en Costa Rica, principalmente en la capital, aún cuando luego del triunfo de la revolución unos 300 heridos quedaron a su suerte en los hospitales de San José.

Luis Enrique Mejía tampoco regresó a Nicaragua en cuanto triunfó la revolución.

Después de doce años en Costa Rica, “sentía que debía agradecer al pueblo costarricense que me acogió y quise organizar un concierto, que me permitieron realizar en el Teatro Nacional y lo llamé Volveré a mi Pueblo”, recuerda. Según el cantautor, en Costa Rica fue donde creció personal y artísticamente, al punto de que a pesar de su cercanía e interés en Nicaragua, fue a su regreso al país natal cuando se sintió extraño.

En Nicaragua no tenía casa ni trabajo y de Costa Rica lo único que trajo con él fue su guitarra en la mano. Desde 1974, no había pisado Nicaragua, porque la dinastía somocista le incluyó en la lista de personas por eliminar y comenzó a censurar sus canciones, mientras él realizaba giras musicales con el grupo Tayacán a países comunistas como Cuba y la República Democrática Alemana, además con un pasaporte costarricense temporal, porque su pasaporte nicaragüense se había vencido desde hacía varios años.

Fotos de La Prensa/ Archivo y Cortesías
Miembros de la Junta de Gobierno de Reconstrucción Nacional en San José, dos meses antes del triunfo de la revolución. En la foto: Álvaro Robelo, Sergio Ramírez y Violeta Barrios de Chamorro.

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La experiencia de Elsie Rivas Anduray en Costa Rica fue después del triunfo de la revolución. En 1981 su padre la mandó a estudiar a Costa Rica, donde terminó de bachillerarse y no regresó hasta quince años después, casada con un costarricense y con tres hijos, nacidos en Estados Unidos, donde también residió algunos años.

Ella asegura que nunca ha padecido de la xenofobia de la que se acusan costarricenses y nicaragüenses, pero admite que los primeros años en Costa Rica no fueron fáciles, principalmente porque cambió de un colegio católico solo para mujeres en Nicaragua a un colegio católico, pero mixto en Costa Rica.

Recuerda que al principio sus compañeros no creían que fuera nicaragüense, por sus rasgos físicos y color de piel, pero que ella no tomó eso como un insulto. Por el contrario, a pesar del choque inicial por el cambio de colegio y de país, ahora sus mejores amigos son costarricenses y al menos dos veces al año viaja a Costa Rica para reunirse con ellos y la familia de su esposo.

“Yo presiono más a mi marido por viajar a Costa Rica, que él a mí. Allá siempre me reúno con mis amigos del colegio, platicamos, salimos, porque es una amistad que no pasa con los años. Siempre nos mantenemos en contacto. Ahora el Facebook ayuda mucho, pero desde antes siempre encontraba la forma de saber cómo están allá. Más bien siento que a veces no puedo viajar cuando lo deseo, porque tengo otros compromisos en Nicaragua u otro país”, lamenta.

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Cuando llegó a Costa Rica, Luis Enrique Mejía Godoy tenía 20 años de edad. Con su pasaporte nicaragüense vencido y sin posibilidad de renovarlo usó varios pasaportes provisionales costarricenses para realizar giras internacionales, incluso a países comunistas, como esta gira a Cuba con Tayacán, en 1978.

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Sergio Ramírez asegura que él comprendió las diferencias culturales entre Nicaragua y Costa Rica y sin tener que “mimetizarse” hizo buenas amistades en ese país. En las cuentas del escritor no son pocos los artistas e intelectuales nicas que han encontrado asilo y cobijo en Costa Rica. Sin embargo, también admite que hoy los emigrantes nicaragüenses son más abundantes que nunca en Costa Rica —más de 400 millones se calcula—, la mayoría en busca de las oportunidades de empleo que Nicaragua no les da.

La huella de Costa Rica

Con el aumento de la represión de la dinastía a finales de 1978, el Frente Sandinista superó su capacidad para proteger a los cuadros clandestinos en las casas de seguridad y muchos de ellos tuvieron que salir del país.

Con la ayuda del Eddy Khül Aráuz, la poeta Daisy Zamora logró escapar de la guardia somocista y llegar hasta la embajada de Honduras, donde se asiló y luego viajó a ese país, siguió a Panamá y finalmente se estableció en Costa Rica en los meses previos al derrocamiento de Anastasio Somoza.

Ahí la poeta trabajó en la Radio Sandino, que transmitía de forma clandestina, fue el enlace entre el Director de Migración de Costa Rica y el FSLN, estuvo a cargo de la “educación política” de los combatientes hospitalizados y participó en el montaje y organización de un hospital clandestino para atender a los heridos del Frente Sur hasta su regreso a Nicaragua con el triunfo de la revolución.

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A pesar de que estuvo poco tiempo y con mucho trabajo, la poeta asegura que Costa Rica “está muy cerca” de su corazón. “El pueblo costarricense fue absolutamente solidario con nosotros y la gran mayoría lo hizo como hermanos, sin interés ni buscando recompensas de ninguna clase… He regresado algunas veces a Costa Rica, no tantas como quisiera, más que todo a participar en eventos literarios, pero cuando llego siempre me siento como en familia”.

Las condiciones de Costa Rica

Los golpes de Estado, la violencia política y los conflictos limítrofes entre Honduras y El Salvador mientras Costa Rica era un país políticamente estable, fueron parte de las condiciones para que los nicaragüenses que tuvieron que abandonar Nicaragua durante la dictadura somocista optaran por instalarse en el vecino del sur

El sacerdote jesuita Fernando Cardenal, que residió en Costa Rica desde octubre de 1977 hasta julio de 1978 como miembro del Grupo de los Doce, recuerda que “Costa Rica era el único país donde había un gran sentimiento antisomocista generalizado entre la población” Y el apoyo no solo fue de los costarricenses que alojaron o convivieron a veces hasta con guerrilleros nicaragüenses, sino también de las autoridades, principalmente de los expresidentes José Figueres Ferrer y Rodrigo Carazo.

Fotos de La Prensa/ Archivo y Cortesías
El político costarricense José Figueres (a la izquierda de Sergio Ramírez) respaldó la lucha contra Anastasio Somoza Debayle, impulsada desde Costa Rica.

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