La otra vida en la cárcel

Reportaje - 16.10.2011
Sistema Penitenciario Nacional, La Modelo.

Tras los barrotes de las cárceles hay un submundo con códigos y reglas propias. Ahí el cigarrillo es la moneda corriente, se alquila y vende de todo

Por Tammy Zoad Mendoza M.

Primera llamada. Riiing. Riing. Riiing. “Mi amor, te amo. Mamacita te quiero ver pronto. Aquí te habla tu papi riiico” Es la grabación del buzón de voz.

Un nuevo número. Décima llamada. Me atiende “Goyo” “¡Buenas! ¿Con quién desea comunicarse” dice mientras de fondo se escucha un bullicio.

Está en la cárcel por robo con violencia. Es la segunda vez y ha purgado ya dos años, le faltan cuatro. “En mi caso no se puede apelar y además mi roca (mamá) no sabe de esas vueltas en la Policía” cuenta con toda tranquilidad desde su celda. Estamos hablando por teléfono. Están prohibidos ahí dentro, pero algunos se las ingenian para tenerlo, prestarlo o alquilarlo. Hay quienes se dedican a alquilar sus rectos para pasar la mercancía o para guardarla en el cuerpo mientras hay requisas. Muleros y muleras.

La Modelo es otro mundo. Con uno que otro ingrediente de afuera: violencia, vicios y miseria. Esperanza, gotas de arrepentimiento y partículas de amor. Armas, drogas y dinero. Todo envuelto en cuatro paredes y visto a media luz a través de pequeñas ventanas con rejas.

Un mundillo donde las relaciones familiares se mantienen con clandestinas llamadas telefónicas. Los amores hacen rechinar los catres viejos en un tétrico cuarto de visita conyugal, donde se intercambia más que sexo. Trabajo, negocios insólitos y robos. Venta de servicios, intercambios y alquileres. La vida que se mueve con el cigarro como moneda corriente y el trueque revive en su dinámica económica. Las reglas las ponen ellos y lo que se aprende ahí dentro los marca para toda la vida. Ellos cuentan qué hay detrás de las rejas.

“José” era primerizo. Salió de los juzgados en el bus de las 2:00, con fecha de retorno hasta cuatro años después. “Enchachado” como el resto, se sentó y estuvo con la mente en blanco todo el camino hacia el Sistema Penitenciario Nacional, La Modelo, en Tipitapa.

Bienvenido a la Galería 5. Si tiene hamaca póngase cómodo, si anda un colchón tiéndase en el piso y si no anda nada acomódese como pueda en un rincón.

En el que es su hogar por meses o años tienen que buscar alianzas, si tienen suerte harán buenos amigos y lo peor que les puede pasar es ganar enemigos.

“Cuando llegás por primera vez te meten en una celda especial con los nuevos, mientras los oficiales investigan si no tenés traido (enemigos) ahí dentro. Te requisan, te cortan el pelo, te cuentan los tatuajes, te miden las cicatrices y te toman los datos”.

“José” 20 años, moreno, recio y mide aproximadamente 1.60 metros. Posesión de estupefacientes y otras sustancias psicotrópicas controladas.

Tenía seis tatuajes. En la pierna izquierda el nombre de su primer hijo. En la derecha el nombre de su abuela y de su mamá. En sus manos el nombre de su hermana.

Una vez dentro son carne fresca. Tiene que aprender rápidamente el teje y maneje dentro del penitenciario. Desde jergas especiales hasta lenguaje de señas, pasando por códigos establecidos en el sistema de vida interno.

Las galerías son como lúgubres cuarterías con numerosos inquilinos en cada pieza. En una celda de unos cuantos metros caben hasta 12 personas. Es más cómodo dormir colgados que amanecer en el piso helado, sobre una colchoneta raquítica.

“El penitenciario te da tu comida, pero es mejor que tu familia te lleve provisión. Eso te permite hacer intercambios, contactos, amistades. Los cigarros valen más que el billete, ahí no importa tanto no tener cosas, pero sí mover contactos. Trabajar por tu cuenta y no meterte con nadie” cuenta José quien tiene casa por cárcel desde marzo de este año.

Ahí dentro hizo de todo. Estudió, cuidó celdas ajenas y participó en la liga interna de futbol. Aprendió a hacer pulseras con bolsas plásticas, se tatuó con el resorte de un encendedor como aguja y en una ocasión brindó con “cerveza artesanal” elaborada por los reos. Trabajó acarreando agua, como mandadero y lavando ropa. Fue empleado de “Don Pablo” uno de los presos que entró en paquete del Cártel de Sinaloa en el 2009. Ahora desde afuera, siguen siendo amigos.

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Eran las 6:00 de la mañana y sintió la necesidad de ir al baño. Caminó por el pabellón en dirección al sanitario. Cuando iba a mitad del camino comenzó a sentir los golpes en la espalda. Venían de todas partes. Era como que blandieran su espalda con decenas de mazos caídos del cielo.

“Yo tenía problemas para defecar, no podía hacerlo en esas condiciones y ni con mis padecimientos de salud. Ahí eran unos hoyos y tenías que hacer puntería, tomarte de las paredes sucias para no caer. Solicité al sistema un trato especial por mi condición, con intervención de los derechos humanos. Un amigo me regaló un inodoro, pero no lo dejaron pasar porque era peligroso. Lo donaron a la cárcel de mujeres y me asignaron uno de madera que estaba en otro patio” cuenta don Rolando Esquivel Meléndez, de 53 años.

Pero algunos en el Sistema Penitenciario de Chinandega no estaban de acuerdo con el trato especial. No importaba que estuviera enfermo. Tampoco que Rolando fuera un reo ejemplar y que se hubiera ganado ciertos derechos. Mucho menos se tomaba en cuenta el permiso de la dirección.

Los reos de la galería juvenil estaban enfurecidos. Agarraron botellas plásticas, las más grandes que encontraron, las llenaron con agua sucia o limpia y cuando lo vieron a mitad del patio comenzaron a “bombardear”.

“Me agarraron a botellazos de agua, querían riña conmigo, decían que yo era militar porque tenía privilegios. Gritaban. Los guardias se metieron” recuerda Rolando mientras se mece en una silla de su casa.

De ese episodio ya pasaron muchos años, pero él nunca olvidará los días duros en la cárcel. Tampoco todo lo que aprendió ahí dentro.

Las paredes de su casa están llenas de retrateras de madera. Hechas con palillos de dientes, de brochetas o de paletas; cada una con un toque diferente, enmarcando una foto familiar. En los muebles y las mesas hay adornos de conchas, manteles y hasta un bonito barco miniatura. Todo hecho por él durante su estadía en la cárcel.

“Entré en el 2003 por una supuesta incautación de drogas y salí en el 2007 cuando mi familia apeló ante la Corte Suprema de Justicia. Hubo un mal procedimiento, pagué una pena injusta. Cuando salí mis amigos me dijeron que metiera una demanda, pero uno queda agotado del sistema, lavado por los abogados y con ganas de olvidar lo malo para salir adelante” asegura Esquivel.

Durante más de tres años que permaneció preso se integró a todas las actividades que el sistema le permitiera. Trabajó en las artesanías y aprendió de un mexicano que era todo un experto en barcos de papel. Las manualidades fueron su terapia para sobrellevar la situación y sirvieron como regalo para su familia y amigos cercanos.

Al salir continuó fabricándolas y le enseñó a una de sus nietas. Vendió un par y se ayudó mientras empezaba un nuevo negocio.

Ahora dirige su taller de refrigeración y reparación de cocinas y de vez en cuando elabora algún barquito para regalar. “Ahí uno tiene que aprender a valerse”

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Las visitas familiares son quincenal, Desde las cinco de la mañana la gente hace filas interminables para ver un par de horas a los reos. “Lola” visitó a su pareja embarazada de su primer hijo. Antes que el bebé cumpliera un mes de nacido ella llevó para que “José” conociera a su hijo. El bolso rojo fue un regalo de Pablo, un reo de “los del cártel de Sinaloa”.

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Antes empernaban a las diez, pero ahora cierran a las dos. Antes las visitas eran hasta las 12:00, ahora hasta las 11:00. Siempre quincenal. Llegan a desempernar a las 6:00. Una vez a la semana salís al patio. No te exigen nada. Uno busca cómo matar el tiempo, aprender y hasta hay chance de superarte” cuenta José.

Todo cambió en julio de este año, luego del asesinato de Pastor Antonio Escobar Duarte, de 43 años, sentenciado a 15 arios por crimen organizado y lavado de dinero. Su verdugo fue Douglas Sánchez Bustos, de 44 años, quien estaba condenado a 25 años de cárcel por el delito de asesinato. El arma fue una Makarov.

Después de eso la seguridad en el penitenciario se volvió asfixiante. Pero poco a poco las cosas vuelven a la “normalidad”.

“Aquí hay de todo, pero los de cuidado son los drogos, tienden a ser violentos y siempre buscan qué robar” comenta el joven.

“La galería de los trabajadores. La de los castigados. La de los cochones (homosexuales). Las de los nefastos son la diez, ocho y dos baja. Los que se la ven feo son los violadores. Al que llega con ese cargo, se lo llevan en el saco… Es como un ‘código de honor’, un castigo para una de las peores cosas que podés hacer”.

Entre los trabajos comunes está el de acarreo de agua, el de limpieza o el de lavandería. Ser “empleado doméstico” de otros reos es una manera digna de ganarse unos cuantos cigarritos, comida y con suerte dinero para darle a la familia. Pero también hay otras menos honorables.

Para los presos que no tienen familia o que nadie visita, servir de mula es un opción de subsistencia.

“Los majes se meten droga, dinero y celulares por el ano, así entran en la cárcel. Los celulares además de protegerlos, tienen que envolverlos al final con una capa de papel carbón para que el detector de metal no suene. Si te agarran un celular vas empernado 15 días y manchás tu récord interno”.

José le trabajaba a unos del Cártel de Sinaloa. Cargaba agua, hacía mandados y a uno de ellos le lavaba la ropa. Estaban en la cinco baja y él en la planta alta. Le pagaban con comida y con dinero. Ellos le prestaban los celulares. Cuando había llamadas ilimitadas amanecía hablando con la Lola.

“No creás que él era cualquier cosa ahí adentro… tenía sus amistades gruesas” dice con sarcasmo “Lola” su pareja. Madre de su primer hijo de un año y de la bebé que está en camino. Tiene ocho meses de embarazo. Ella relata las penurias que pasó embarazada de su primer hijo cuando él fue arrestado y las peripecias que hacían para ayudarse con un poco de dinero. Ella también le hacía mandados desde afuera.

“Por ejemplo en mi caso, él (Pablo) me llamaba dos días antes y me preguntaba si le podía llevar cosas. Me daba la lista de comida. Otras veces los materiales eran hasta 3 o 4 docenas de bolsas plásticas, de las quintaleras de colores. Yo se las mandaba con José y a la siguiente visita me pagaba” asegura “Lola”.

“José” admite que consumía marihuana. Un tila (cigarro). Pero la tarde que la camioneta de la Policía lo agarró andaba “limpio”.

“Me la montaron, me agarraron con otro, pero como el bróder era menor de edad lo soltaron. En la camioneta una mujer con pasamontañas me revisó y me metió droga en la billetera. Me pesaron más de 11 gramos de piedra, me pusieron cocaína y marihuana. A ella (Lola) le pidieron dos mil pesos para dejarme salir. Pero al final los reales eran solo para bajarme el peritaje de la droga. Se paga por todo, si no tenés dinero o contactos es difícil” dice “José”.

Después de 11 meses regresó a los juzgados en el mismo bus que había salido. Esa tarde de marzo recobró la esperanza. Busca una segunda oportunidad con un récord manchado. Es “amo de casa” y ayuda a Lola en la ventecita que tiene en la sala de la casa. Agradece la lección aprendida ahí adentro.

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El Sistema Penitenciario Nacional está ubicado en el municipio de Tipitapa. Cuenta con más o menos 2 mil 200 privados de libertad, representando cerca del 40% de la población penal, alrededor de siete mil personas aproximadamente.

Valores de “mercado”

Una tila de marihuana:10 córdobas o 12 cigarros.

Medio paquete de cigarros: una salsa de tomate o un papel higiénico.

Un paquete de cigarros: tres libras de arroz.

Alquiler de grabadoras por un día: de 50 a 100 córdobas.

Alquiler de TV y DVD por un día: 200 córdobas.

Bolsos: de 150 a 400 córdobas.

Otras cosas que se pueden encontrar en venta o alquiler: celulares. Todo tipo de drogas o licores artesanales y cocinas eléctricas.

Servicios: acarreo de agua, limpieza de celda o lavado de ropa que cuesta de 50 a 100 córdobas cada uno a la quincena.

Servir de mula, introduciéndose droga, dinero o celulares por el ano: de 100 a 200 córdobas dependiendo del producto, cantidad y tamaño. También hay mujeres que llegan como visita y se dedican a eso.

Galería ejemplar

En la galería seis es donde se encuentran los privados de libertad que han solicitado incorporarse al derecho laboral.

Ahí trabajan como docentes, instructores de música, cocineros, conserjes, obreros de construcción de casas prefabricadas, zapateros, elaborando placas para autos y motocicletas, artesanos, entre otros oficios.

Por su buen comportamiento y la colaboración en los diferentes trabajos del sistema se les permiten horarios especiales para comer, lavar, ver televisión o escuchar la radio. ,Lo pueden hacer desde que abren las celdas a las 6 hasta las diez de la noche, cada uno luego de cumplida la labor del convenio. Otro de los beneficios es incluso la extensión de las visitas conyugales hasta una hora extra.

(Colaboración de Marlon Salinas, periodista)

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