La reina está triste...

Reportaje - 24.09.2006
Nora Mahamud

Había una vez una reina de belleza, más linda que ninguna. Tenía unos ojazos verdes que envidiaría la propia Elizabeth Taylor. Llevaba una vida de princesa hasta que el juicio comenzó a abandonarla. Hoy, en el Hospital Psiquiátrico, sólo queda la sombra de la reina que fue. Esta es una historia triste

Octavio Enríquez
Fotos de Carlos Malespín

La vida ha golpeado duro a Nora Mahamud. Una foto amarillenta de 1968 la muestra en su porte de reina. Pelo embombado con el rigor de la laca, vestido verde sin mangas, aretes grandes, y, sobre todo, su rostro precioso. Ese rostro de boca y nariz perfectas, remachado por dos inmensos ojos verdes de los que alguien dijo: "Son los de Liz Taylor". No se aprecia su cuerpo, pero los hombros y los brazos desnudos que se ven ya dicen mucho de su esbeltez. Abajo, relajados, están dos niños cheles bien peinados, uno de negro y el otro de blanco; uno de botas vaqueras y el otro con unas botitas para bebé. Ninguno sonríe, parecen como si se hubiesen peleado con el fotógrafo ese 26 de marzo de 1968.

Ella está también seria, sin llegar a malhumorada. Parece una mujer feliz y debía serlo porque para ese tiempo la vida le había dado un buen matrimonio, cuatro hijos (incluidos los de la foto), y la belleza que le hizo ganar el concurso Miss Pacífico a los 15 años, 13 antes de que se tomara esa fotografía amarillenta.

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De la hermosa mujer de la fotografía poco queda en la nerviosa Nora Mahamud que tengo al frente. Cruza y descruza las piernas frenéticamente, estira los dedos como si tuviese un cigarro entre ellos. Tiene 65 años, y está sentada en una sala del Hospital Psiquiátrico. ¡Cuánta tristeza hay ahora en esos inmensos ojos verdes!Nora Mahamud

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Nora Mahamud ingresó oficialmente al Hospital Psiquiátrico en 1981 aquejada por la esquizofrenia. La señora Mahamud ya no habla bien, balbucea como los niños y hasta se molesta cuando no la entienden. Tiene ahora dos minutos de haber entrado a este cuarto cálido de colores tristes en el hospital. Cuatro enfermeras se colocan haciendo un cír-culo imaginario alrededor de ella, mientras ríen alborotadamente.

Los ojos mantienen el verde intenso, cubiertos sí por una película de tristeza. Faltan algunos dientes en su boca de labios delgados, pero lo que más impresiona es lo delgada que es. Pesa menos de cien libras a simple vista.

Con la blusa roja y pantalón de tela suave, verde floreado, luce el porte de una señorona encopetada, de familia noble, pero ella es pobre. Ya no está en su casa, ni con su familia. No lo hizo por voluntad propia. Sus familiares la llevaron al sanatorio mental cuando la enfermedad, cuentan ellos, se hacía incontrolable. Lo que dicen las enfermeras sin embargo es que no es agresiva. Escucha voces que la insultan, pero ella nunca ha reaccionado violenta como ese mundo que pintan las películas: De enfermos incapaces de sentir, tras barrotes y paredes fuertes, siempre agresivos y dañinos para el más normal de las personas.

—Te acordás Norita cuando te iban a traer tus novios al parque de Jinotepe, cuando fuiste reina de belleza? —le dicen. Y ella se ríe y cuenta que fue hace mucho tiempo.

El dato preciso es que hace 50 años se convirtió en Miss Pacífico, uno de los certámenes de belleza más importante que se celebraban entonces en Nicaragua. Se elegía a las señoritas más hermosas de los balnearios de las costas del Pacífico y luego, entre ellas, salía una ganadora que representaba a la belleza de esta parte del país y podía ir a Miss Nicaragua.

No se sabe a ciencia cierta si Nora llegó a competir por la corona de belleza más fuerte del país, porque la actual representante de la franquicia, Karen Celebertti, no recuerda nada cuando se menciona el apellido árabe y tampoco existe registro exacto de las chicas que se ciñeron la banda de señorita Nicaragua. Sólo hay una lista de ganadoras en la hoja electrónica de Miss Nicaragua que se salta varios años en la década los años 50, el tiempo maravilloso de esta mujer, nacida en Managua y que vivió su infancia en Jinotepe.

A finales de los años 50, Nora Mahamud era una de las muchachas más bellas de Jinotepe y la más mimada del hogar que formó el turco Mahamud con Matilde Jarquín

A decir verdad, a finales de los años 50 era una de las muchachas más bellas de la ciudad y la más mimada del hogar que formó "el turco" (Manuel) Mahamud, originario de Palestina, con Matilde Jarquín.

El palestino llegó al país en los años 30, hizo vida en Nicaragua, tuvo tiendas en la capital, algunas veces se iba de vacaciones a Jinotepe adonde luego se asentó, una ciudad muy querida hasta su muerte por el general Anastasio Somoza García quien había designado a cinco jinotepinos como ministros de Estado.

Manuel Mahamud se mudó a ese ambiente de ciudad de pueblo, de guerra declarada entre vecinos —a los diriambinos les decían coludos, chorreados a los sanmarqueños y chingos a los jinotepinos—, mezclado además con el desarrollo que le dieron los chinos, los turcos e incluso los judíos polacos como la familia Lewites, dueña de los chocolates Bambi que se compraban a 75 centavos la barrita, según el historiador Noel Zúñiga.

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La última vez que se escuchó en Jinotepe de Nora Mahamud fue hace varios años. Nadie precisa la fecha, pero en un programa de una radio local se supo lo que el pueblo ya manejaba desde hace tiempo. A esta señora la habían visto bebiendo licor en las calles después del terremoto que devastó Managua en 1972, afectada por un problema familiar que, según sus amigos, la llevó de la mano a su estado actual.

Parece que además de licor también hubo consumo excesivo de pastillas, según recuerda su primo, Arturo Jarquín.

En la radio local confirmaron que estaba hospitalizada y también dijeron que ella, que tantos amigos había tenido, estaba sola.

Yasser Mahamud, el único hermano varón de Nora, no quiere hablar de las causas que tienen a su hermana hospitalizada. "No quiero meterme a problemas", dice en su casa que paredes adentro es una oda al recuerdo con fotos de su padre vestido con esmoquin y corbatín.

Quienes sí hablan libremente sobre la historia de Nora son las mujeres que la rodearon: Lila Aguilar, una Miss Pacífico que llegó a ser alcaldesa de la ciudad en 1990; Gladys Serrano, amiga y confidente de Mahamud cuando vivieron ambas en California, y Rosario Jarquín, su prima con quien compartió muchas vivencias.

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Hará 50 años, en las calles de Jinotepe, Rosario Jarquín y Nora Mahamud caminaban juntas. Eran de la misma edad, primas y no era raro verlas andar hacia la iglesia, escuela o donde una amiga en común. Nora reclamaba: "Rosario no caminés rápido que me hacés perder el paso", y aquella condescendiente bajaba la velocidad o simplemente se negaba a hacerle caso. ¿Era Nora Mahamud coqueta y vanidosa? Gladys Serrano, una amiga, se ríe con la pregunta y cuenta más anécdotas que revelan esta parte de su personalidad. Viviendo en San Francisco, California, adonde fue a dar porque su padre la mandó para evitar que se juntara con un muchacho del que estaba enamorada, era usual ver a Nora Mahamud pintándose a cada momento, agarrando un espejito para ver esos ojos verdes que turbaban a los chavalos que llegaron a los desfiles antes de su partida.

"Nora reclamaba: Rosario no caminés rápido que me hacés perder el paso", cuenta su prima Rosario Jarquín

Esos desfiles en Jinotepe, a propósito de las fiestas patronales de Santiago, los patrocinaba todos los años la Tabacalera. Y asistían mujeres bellas. Hay una foto en que aparece Lila Aguilar de pie saludando a la multitud e inclinada, abajo, está Nora Mahamud, en un año indefinido para su dueña. Dos de las bellezas más grandes de su ciudad. "¡Uf! —exclama Aguilar riéndose ahora—. Eso fue en los 60. ¡Ve qué muchachas nos mirábamos!"

"Trajes largos y esmoquin usaban los varones. El gusto de nosotros era mirar a las chavalas y ver el espectáculo en el pueblo. Desfilaba la pequeña burguesía de esa época, desde cafetaleros hasta comerciantes", recuerda el profesor Noel Zúñiga. Y el pueblo se llenaba de vida. Y se le rendía homenaje a las candidatas en el Club Social, al que acudían los jueces que generalmente eran distinguidas personalidades.

"La gente decía que tenía los ojos de Liz (Elizabeth) Taylor", cuenta Rosario Jarquín, la relatora de las coqueterías de la prima. Cincuenta años después aún quedan algunos atisbos de esa personalidad. La enfermera Miriam Jiménez dice que en ocasiones Nora le ha dicho que quisiera arreglarse. Ponerse bonita. Como la reina que es. Pero no tiene maquillaje.

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El granadino Alejando Sampieri conoció al ritmo de la música latina a Nora Mahamud en San Francisco, California. Según Gladys Serrano, en una de las tantas fiestas, se vieron y se gustaron. "Esos días en San Francisco eran alegrísimos —ríe al recordar Gladys Serrano, la amiga — salíamos a bailar. Allí conoció a Alejandro con quien se casó después. Tenía ella muchos enamorados allá y aquí. Antes de conocerlo, ella se enamoró de un muchacho jinotepino, Constantino Arana, y por eso el papá la mandó a California. Decía que él sólo quería aprovecharse de ella. Allá conoció a Alejandro, lo trajo aquí en 1962 y le gustó al papá. Yo trabajaba en ese tiempo para una compañía de teléfonos y ella para una compañía de seguros".

Lo que vino después fue un bonito matrimonio, según su prima Rosario Jarquín, del que nacieron cuatro hijos, todos ellos ahora lejos de su madre en Estados Unidos. Familia grande, familia feliz.

¿Qué pasó sin embargo en esta familia para que las cosas quedaran mal? Es algo que no se sabe a ciencia cierta. Los Sampieri tienen un teléfono que han reservado mucho y prohíben darlo a los desconocidos, mientras la familia Mahamud o Jarquín habla con un notable resentimiento.

"Sampieri para mí es un zángano, que la haya abandonado, teniendo a sus hijos. Ellos viven en Miami. Desafortunadamente no tengo comunicación con ellos. Pero te aseguro que si me los encuentro les diría cuatro. Alejandro se volvió a casar, así que él no me va ni me viene, pero los otros sí. Son sus hijos, cómo pueden dejar a su madre", reclama Arturo Jarquín en su oficina, que es la casa de remesas de la Western Union en Jinotepe.

Llora por Herty Lewites

Algo inesperado pasó en la conversación con Nora Mahamud. A sus palabras poco entendibles, hablando de su soledad, se sumó el llanto. Lloró por Herty Lewites, el ex alcalde de Managua que quiso ser Presidente de la República, hasta que murió de un infarto el primero de julio de este año. La conversación se desarrolló así. Con ayuda de muchas de las enfermeras que la atienden.

¿Quién te visita más Norita? preguntó una enfermera en la oficina de Trabajo Social.

(Balbucea, pero se entiende) La última vez vino mi cuñada, mi amiga.

—¿Cómo se llama ella? —pregunta otra enfermera acercándose. Ella ve un segundo el techo.

Noelia responde como para cejar cualquier duda de distracción.

¿Cuándo fue la última vez que vinieron tus hijos?

Mis hijitos ya no vienen.Tengo cuatro. Qué les habrá pasado. No sé.

¿Es verdad que fue reina cuando joven?

Eso fue hace mucho tiempo.

—¿Dicen que usted fue la mujer más bonita de Jinotepe?

No, ya no señala riéndose a la doctora Aura Martínez, directora del Hospital Psiquiátrico, como diciendo, miren qué bonita es. Risas entre todas. Al momento de buen humor siguieron las lágrimas. Alguien le menciona a Lewites. Llora. Hay un cuento no confirmado entre las enfermeras (Lila Aguilar dijo que eran amigos nada más) que asegura que el alcalde de Managua, ex candidato del MRS, estuvo de novio con Nora Mahamud. Ella dice con los ojos lacrimosos que otra suerte hubiera tenido si su papá se lo hubiera aceptado. "Sería millonaria", dice.

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