La revolución de los Girasoles

Reportaje - 10.04.2017
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Protagonistas de una película, facilitadoras judiciales y trabajadoras sexuales. Yamileth, Johana, Yessenia y María Elena son el rostro de las prostitutas que defienden su oficio y sus derechos

Por Tammy Zoad Mendoza M.

Son abuelas, madres, hijas, hermanas, amigas. Ni putas ni prostitutas, aclaran de entrada: “Somos trabajadoras sexuales”.
La que hace vigilia en una esquina, en la calle o en un parque para atraer clientes. La que después de bailar en un club nocturno cierra el trato con alguno de sus clientes y se van juntos. La que arma su agenda de trabajo a través del celular y por redes sociales. Todas comparten el oficio pero tienen historias y experiencias dispares. Unas no se reconocen como trabajadoras sexuales, aunque eventualmente cobren por sexo clandestino con algún amigo o conocido; otras hasta bromean con su drama “soy la puta de la casa, pero nadie sabe”. Y por supuesto, están las que levantan la bandera por todas, trabajadoras sexuales como Yessenia, Johana, Yamileth y María Elena.

Según el Ministerio de Salud hay casi 15 mil trabajadoras sexuales en Nicaragua, más de dos mil forman parte de la Asociación de Mujeres Trabajadoras Sexuales Girasoles de Nicaragua y 18 son facilitadoras judiciales acreditadas por la Corte Suprema de Justicia.

María Elena Dávila, Yamileth García, Johana Sequeira y Yessenia Alston son parte de un hito mundial. Ellas y 14 compañeras más son las primeras trabajadoras sexuales en convertirse en asistentes de justicia acreditadas por el Gobierno. Desde abril de 2015 Nicaragua es el único país del mundo en preparar y certificar a trabajadoras sexuales para resolver conflictos y tener voz legal para intermediar ante las autoridades. Ese mismo año el Consejo Supremo Electoral (CSE) las invitó públicamente para servir como edecanes en las elecciones presidenciales de 2016. Algunas participaron.

Luego de 10 años organizadas para visibilizar su trabajo y reivindicar sus derechos, en febrero de este año el país entero conoció voces y rostros de algunas de ellas. Fueron noticia nacional e internacional al protagonizar un documental en que muestran una cara poco conocida del trabajo sexual y su labor como facilitadoras judiciales. “Si creen que es una película pornográfica, lo siento”, aclara María Elena Dávila, trabajadora sexual, de 54 años y presidenta de la Asociación de Mujeres Trabajadoras Sexuales Girasoles de Nicaragua, organización que le da el nombre a la película producida por Camila Films.

¿Por qué girasoles? “Porque somos mujeres libres, como esas flores silvestres, crecemos y estamos donde queremos. Estamos llenas de energía. No nos pueden invisibilizar, ni quitar nuestros derechos, siempre ponemos la cara al sol”, explica María Elena.

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Trabajadoras sexuales, Nicaragua, Girasoles
Como facilitadoras judiciales hacen mediaciones en casos menores como ofensas, deudas y agresiones leves. Foto de la película Girasoles de Nicaragua.

 

Un grupo de mujeres forma un círculo. La asesora legal inicia la conversación preguntando cuál es la situación. Las mujeres se alborotan.

“Él nos cierra la puerta cuando quiere”. “Nos deja en la calle cuando venimos con clientes”. “Es que él quiere cogernos sin pagar”, suelta una y se escucha el “¡shhh!” de otra compañera que la codea y con la cabeza hace un ademán para que recuerde que las están grabando.
“¡Ellas se pierden hasta una semana!”, “esta es mi casa y ellas lo saben”, “si me faltan el respeto ¿yo qué voy a hacer?, ¿me voy a dejar?”, responde en su turno el señor con pinta de abuelo desaliñado.
Siguen las preguntas y las mujeres explican sus razones. “A veces no venimos porque estamos enfermas y él se enoja”. “Yo les voy a decir la verdad, a veces no vengo porque me quedo tomando, vengo hasta que me recupero”. “Si yo no trabajo, no gano. A veces no quiero, pero ese es mi problema, ¿en qué le afecta a él?”, responden las mujeres.
Ellas son trabajadoras sexuales. Él, el dueño de la cuartería donde llevan a sus clientes. Ellas les pagan por cada uso del cuarto, pero si dejan de llegar un par de días, él les cierra la puerta y empieza el lío. Gritos, ofensas, discusiones encendidas.
“En mi casa no me pueden faltar el respeto, si no les gusta se van”, dice el hombre exaltado, explicándole a las mediadoras.
“No queremos que nos esté controlando”. “Si nos deja entrar le pagamos”. “No vamos a trabajar obligadas”, sostienen las mujeres.

En el acta las cosas quedan claras: ellas no trabajan para él, eso sería proxenetismo. Ellas le pagan por el alquiler de habitaciones. Si él quiere sexo con ellas debe pagar. Ellas no pueden llegar borrachas, ni hacer escándalos, ni ofenderlo. Él debe respetarlas.

Las mediadoras proponen un arreglo y si todos están de acuerdo se firma el acta de compromiso de ambas partes. La escena anterior es parte de la película documental Girasoles de Nicaragua (2017), producida por Camila Films.

Luego de seminarios para conocer las leyes y procedimientos legales, 18 trabajadoras sexuales fueron acreditadas en abril de 2015 para mediar en conflictos menores y solucionar situaciones mediante acuerdos, evitar que lleguen a juicio y que el sistema judicial se congestione más. Son guías en temas legales para quienes desconocen cómo interponer una denuncia o dar seguimiento a sus casos.

Han resuelto casos de agresiones menores, problemas por deudas, calumnias y difamación, han asesorado a madres trabajadoras sexuales en procesos de demandas alimenticias a los padres y en casos donde se les quiere quitar la tutela de sus hijos.

“Antes te quitaban a los niños si alguien denunciaba que eras trabajadora sexual, pero no hay ninguna razón legal para eso, todo era por razones morales. Siempre que el niño esté bajo cuidados, en un ambiente adecuado para él, tenga alimento y educación, puede permanecer con la madre. Son mujeres que trabajan por sus hijos, ¿cuál es el problema? La doble moral”, señala María Elena Dávila, de Girasoles de Nicaragua.

“Las autoridades se han sensibilizado respecto a nuestro trabajo. En la Policía ya nos atienden como deben, con respeto. La atención médica ha mejorado, es integral y más humana. Se nos han abierto espacios para reivindicar el trabajo sexual. Pero aún debemos luchar contra los estigmas”, afirma Johana Sequeira, de 37 años.
De abril de 2015 a abril de 2016 han atendido 412 casos de mediación, de los cuales únicamente 102 han sido de trabajadoras sexuales y el resto han sido servicios a la sociedad civil.

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Dos o tres veces al mes, mientras ellas trabajaban en la calle, se acercaba un grupo de personas para entregarles condones y lubricantes, y repetían la charla: “Ustedes son mujeres en riesgo, están expuestas a peligros, a la prostitución, nosotros queremos ayudarlas”. Pero había algo que no calzaba. Ellas no se sentían en riesgo, efectivamente eran prostitutas y no querían ser rescatadas, sino respetadas.
“No te veían como mujer, ni todas las facetas que desempeñamos y nuestras realidades. No veían eso en nosotras, en cada visita uno sentía que solo te miraban la cara de ETS (enfermedades de transmisión sexual)”, recuerda María Elena.

Pero antes de llegar a ser voz y rostro de esta asociación, María Elena Dávila se escondió, sintió miedo y también sufrió discriminación. Solía trabajar en Estelí, se movía de un punto a otro y cuando presenciaba algún acto de violencia o injusticia contra otra prostituta sentía el impulso de ayudar, pero no sabía exactamente cómo.
“No te daban asesoría ni acompañamiento en casos de conflictos, te recomendaban retirarte y nos hacían firmar para participar en proyectos que muchas veces no se cumplían”, asegura Dávila. Les recetaban condones y lubricantes para todo. Entonces en noviembre de 2007 que se reunió con varias compañeras y en contacto con la Red de Trabajadoras Sexuales de Latinoamérica y el Caribe (RedTraSex), formaron Girasoles de Nicaragua.

La acreditación de la Corte Suprema de Justicia dejó en evidencia el aporte que realizan a la sociedad civil con este trabajo voluntario. Inciden en temas de salud e integran la Comisión Intersectorial Nacional de VIH. Están adscritas a la Confederación de Trabajadores por Cuenta Propia. Han ganado varias batallas, pero siguen en la lucha para que se regule el trabajo sexual autónomo como garantía de sus derechos.

Están gestionando dos ambiciosos proyectos; la sindicalización y empezaron a conversar con sus compañeras sobre la importancia de cotizar en el Seguro Social para garantizar una pensión de jubilación.

Reciben apoyo de algunos donantes nacionales e internacionales para el pago de la casa-oficina y su funcionamiento, la elaboración de material educativo, condones y lubricantes. Este trabajo es voluntario, al igual que el de facilitadoras judiciales. En algunos casos, además de cubrir sus gastos de traslado para atender alguna situación de conflicto donde las solicitan como intermediarias, pagan hasta documentación y fotocopias. Todo sale de sus ganancias como trabajadoras sexuales.

trabajadoras sexuales, Girasoles de Nicaragua.
La sindicalización y afiliarse al Seguro Social son los nuevos planes de Girasoles. Foto de la película Girasoles de Nicaragua.

 

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Unas bailaban al centro mientras otras, sentadas, conversaban en las mesas y unas pocas se paseaban por el salón ofreciendo bebidas o coqueteando. Luces de neón, nubes de humo y música de fondo. De un momento a otro, al volumen de la música lo superaron los gritos y el humo que antes daba aires bohemios, ahora parecía acentuar el caos en el lugar. El show acabó.

Agentes de la Policía irrumpieron en el club. La música y las luces intermitentes daban a la escena una sensación de cámara lenta. Arrestos. Hombres huyendo del lugar. Mujeres gritando e intentando vestirse.
Una a una fueron sacadas del lugar y les ordenaron subirse a la camioneta. La que no accedía la subían a la fuerza. Varias estaban semidesnudas, como suelen estar a mitad del show de baile que ofrecen en los clubes nocturnos. No les permitieron cubrirse y las apiñaron en las tinas de las camionetas. Veintiún mujeres llevadas como ganado a la delegación.

Pasaron tres días arrestadas sin que les explicaran los cargos que se les imputaban. Estuvieron en celdas sin acceso a baños, por lo que debían aguantarse las ganas de orinar o defecar. Poca agua y casi nada de comida. Cero visitas.
Además de estar presas sin razón, se les interrogaba sobre sus prácticas sexuales. Más que una indagación policial de rutina, aquello parecía un cotilleo morboso entre los agentes. “Ajá y vos cuánto cobrás”, “vos qué ofrecés”, “cómo te ponés”.

“Alguien hizo una denuncia de tráfico de personas y se las llevaron a todas sin darles explicación. Las tuvieron detenidas de forma ilegal y en las peores condiciones”, expone Dávila, de Girasoles de Nicaragua.
“Ahí ellas no ejercen el trabajo sexual, solo bailan o exhiben su cuerpo, si hacen trato con un cliente ellas van a trabajar afuera, porque su contrato es como bailarinas”, aclara Dávila, quien desde la red le dio seguimiento al caso y además de la libertad de sus 21 compañeras logró limpiar su imagen al demostrar que ninguna de ellas estaba relacionada con el tráfico de personas. Las liberaron, pero salieron sin las pocas pertenencias de valor que llevaban y sin el dinero que habían ganado esa noche, expone Dávila.

Aunque ese episodio ocurrió en un municipio de Jinotega en 2014, las facilitadoras judiciales aseguran que los allanamientos ilegales, arrestos arbitrarios y abusos a trabajadoras sexuales eran frecuentes hace un par de años. Han disminuido, pero siguen ocurriendo. Los dueños de los locales prefieren no intervenir ni denunciar ante el temor de que se les multe o le suspendan sus permisos de operación.

En un informe sobre la violencia institucional contra las trabajadoras sexuales presentado por la organización en enero de 2017, varias mujeres dan testimonio de abusos perpetrados por las autoridades, desde policías hasta jueces.

“Llegó un oficial y después de estar apuntando nuestros nombres nos llevaron a la delegación. Nos tomaron fotos como a cualquier criminal, nos tuvieron casi dos días detenidas ahí, nos tomaron las huellas, nos hicieron hacer sentadillas como que era por droga que nos estaban llevando. No les importó si en casa nos esperaban hijos, maridos, madres (…) Les decíamos ¿por qué estamos? Y no nos respondían”, contó una trabajadora sexual de la vía pública.

“Pasó un juez (…), ‘yo soy juez, yo me di cuenta de su caso’. Después él me dijo que le gustaba mi compañera, que quería salir con ella y que nos iba a sacar del problema”, dijo otra en el informe.
Les piden que se desnuden. Las tocan. Les hacen propuestas sexuales y hasta piden rebajas por ser policías. Cuando logran salir de las estaciones o se resuelven sus casos, les piden sus números o el contacto de sus compañeras. Les ofrecen cuidarlas o dejarlas trabajar tranquilas a cambio de sexo o si les dan un porcentaje de su ganancia. Que por ellos, les dicen, quedan libres y que les deben un cariñito.

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Estaba nerviosa. No sabía ni qué vestido ponerse. Debía ser algo que la hiciera sentir lo que era, la estrella de la noche. Se enfundó en un vestido negro de lunares blancos que estilizaba su figura bien proporcionada, se subió en un par de tacones negros, se maquilló y tendió su cabello.

Johana Sequeira desfiló junto a Yamileth, Yessenia y María Elena en la premier de la película documental Girasoles de Nicaragua, que ellas mismas protagonizaron.

La cineasta francesa Florence Jaugey llevó a la pantalla grande la historia de las trabajadoras sexuales acreditadas como facilitadoras judiciales. “Son mujeres extraordinarias, trabajadoras, llenas de convicción y que están aportando a una sociedad que las ha invisibilizado por ser trabajadoras sexuales”, dijo Jaugey la noche del preestreno. La sala de cine se colmó con donantes, invitados y por supuesto, trabajadoras sexuales que formaron parte del proyecto.

“También trabajo en un bufete y le conté a esas compañeras que estaba nerviosa antes del estreno, que no sabía qué ponerme, que no tenía idea a lo que me había metido. Mamita linda, después de esas cámaras detrás de uno ahora verme en la pantalla. No había visto la película antes”, cuenta Johana.

Sus compañeras del comedor no le creían. ¿Por qué ella protagonizaría una película? Entonces les contó todo. “Me senté y empecé. No me avergüenza decirlo, soy trabajadora sexual desde los 18 años y ya tengo 37. Tengo tres hijos, una de ellas universitaria, uno en secundaria y el otro en primaria. Nunca en mi vida esperé llegar hasta aquí. Soy girasol, tengo un diplomado, me están ofreciendo continuar mis estudios y ahora soy actriz”, les dijo y sonrió.

Le creyeron hasta que vieron los afiches y el avance de la película. Ochenta horas de grabación. Cámaras siguiéndolas en sus gestiones diarias, colándose en reuniones, acompañándolas en la atención de casos. Una hora y media con escenas espontáneas, reveladoras e interesantes sobre lo que casi nadie conoce de las trabajadoras sexuales.

Johana dice que este año ha sido una locura para ella, pero que está contenta. Entre el trabajo de campo con Girasoles, los casos que lleva como facilitadora judicial y su trabajo de medio tiempo en el comedor, se hace un ocho, pero nunca se despega de su celular. No puede descuidar a sus clientes. Es su trabajo. Es eso que ha mantenido a sus hijos.

Trabajadora sexual, Girasoles Nicaragua

“Es posible que algún día me retire del trabajo sexual, pero ese es un asunto mío. Lo que nunca voy a dejar es de ser una girasol. La discriminación la viví en carne propia, sufrí violencia y hasta mis hijos y sobrinos han sido discriminados en el colegio por ‘tener una madre puta’, pero ellos no se avergüenzan de mí, y yo me siento orgullosa porque sé que son chavalos de bien” dice Johana  Sequeira.

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“Siempre he defendido mis derechos como mujer, eso es básico. Yo Yamileth soy una mujer libre y autónoma. Luego están los derechos laborales, el respeto que pedimos. Antes nos defendíamos de manera empírica, luego aprendimos de leyes, sabemos cómo expresarnos correctamente y cuáles son los procedimientos judiciales”, expone Yamileth García.

Yamileth impone su presencia donde llega. Morena y de curvas pronunciadas, se agrega varios centímetros de altura con un par de tacones. Cabello claro recogido en moña, maquillaje delineado y si va a algún evento especial siempre usa blazer. Su mirada profunda y altiva es desafiante.

Trabajadora sexual, Girasoles Nicaragua

“Quieren tapar el sol con un dedo, como que nadie tuviera relaciones sexuales, la diferencia es que nosotras cobramos por el sexo como un servicio. Eso incomoda a algunos, nos ven de menos, pero solo ofrecemos lo que alguien solicita”, dice Yamileth García.

Un servicio, explican, que incluye compañía, conversación, un masaje, aunque en ocasiones ni hay contacto físico, se vuelven las confidentes de sus clientes dentro o fuera de una cama. Yamilet asegura que su trabajo como Girasol y su faceta como facilitadora judicial son de tiempo completo. Ya le ha tocado aleccionar a algún cliente que agitado por el alcohol empieza a gritar e insultar a compañeras en algún bar. Saluda amablemente, se sienta y conversa. “Algunos me han dado las gracias porque dicen que con mi trabajo han aprendido a reconocer el valor de la mujer y sus derechos. Nos respetan”, dice con un tono de satisfacción.

Ahora las respetan. Hace un par de años las cosas eran bastante diferentes. Podían llegar con un fuerte dolor de cabeza a un centro de salud y pedir una consulta general, pero al mencionar a qué se dedicaban, inmediatamente las hacían pasar a Ginecología.

“Directo a la camilla. Abra las piernas. ¿Por qué? En lugar de atenderte como a cualquier otro paciente te interrogaban y hasta regañada podías salir, sin mencionar que la atención en salud sexual era insensible. ¿Acaso no nos puede doler la cabeza, no nos da gripe, no podemos tener un padecimiento cualquiera. Todo lo relacionaban al sexo e iban directo a revisarnos la vagina”, reclama María Elena.

Si alguna quería interponer una demanda por maltrato o por robo en alguna delegación, bastaba con que dijera que era trabajadora sexual para que pasara de víctima a sospechosa o acusada.

“Una vez una compañera me pidió que interviniera en un caso de agresión, cuando llegamos le dije: ‘No me presente, quiero ver cómo la tratan a usted’”, recuerda Johana Sequeira.

Estaban citadas ambas partes, pero el demandado no llegó. El policía entró, arrogante y empezó el interrogatorio. “Ajá, sos trabajadora sexual”. Johana esperó un momento y de pronto intervino. “Mire, me va a disculpar, me le baja el tono de voz a ella. Me presento: soy Johana García, trabajadora sexual, miembro de Girasoles y facilitadora judicial de la Corte Suprema de Justicia”. El hombre cambió de color y actitud. Llamó por teléfono al demandado y en dos días tenían resuelto el caso en favor de la víctima.

Eso es lo que demandan. Respeto, sus derechos y justicia. La regulación del trabajo sexual. Eso es lo que ofrecen a todas las trabajadoras sexuales que visitan en los diferentes puntos donde trabajan, en las calles, en los clubes nocturnos y casas de citas. De paso les abastecen de condones y lubricantes. Es una red nacional, pero los puntos de acción están en Managua, Jinotega, León, Granada y Masaya.

El registro actual de las que han sido atendidas de manera directa o indirecta por Girasoles Nicaragua es de 2,300. Participan en capacitaciones en temas como violencia, derechos de la mujer, niñez o temas laborales. Las más jóvenes tienen 18 años y la mayor en la lista 65. El único requisito para ser una girasol es ser trabajadora sexual autónoma.

Eso sí, ya saben, ellas las apoyan, les dan información y acompañamiento, las defienden siempre y cuando no se metan en problemas con la ley. Nada de lío con drogas, nada de robos, nada de redes de trata de personas. Ellas no promueven la prostitución —dicen— defienden a las trabajadoras sexuales. La que anda en malos pasos queda sola ante la ley.

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Tiene 32 años y ojos café que parecen colibríes cuando agita el par de pestañas postizas que ella pinta con rimel azul tornasol. Alta, de piel lechosa, hoy lleva el cabello negro tendido en la espalda y el fleco siempre cubriendo una vieja cicatriz “de guerra”, dice ella. Es trabajadora sexual y su familia no lo sabe. “O sí lo saben, pero no me dicen nada porque les da vergüenza, pero a mí no, lo que no quiero es que haya pleito en la casa o que le dé un infarto a mi mamá”, dice “La Lola”, como la llaman sus viejos clientes. Prefiere no dar su nombre.

Hace doce años vino a Managua buscando independencia. Era una chavala de 20 años, bachillera y estaba estudiando mecánica como carrera técnica, pero quería ganar dinero. Empezó a salir con un hombre mayor que pagaba sus cuentas, sus salidas y le quedaba para comprarse algunas cosas que quería.

Su primer amigo, como ella le llama, debía irse del país y la dejó “recomendada”. Uno, dos, tres amigos del amigo la llamaron y salía con ellos. “Querían mi compañía, además del sexo. Yo los hacía sentir a gusto y ellos me pagaban por eso. Ahí vi que podía dedicarme a esto. Ser prostituta pues”, cuenta. Empezó a ganar entre 500 y mil córdobas por salida.

Estuvo en Managua un par de años y la clientela floreció. Trabajaba únicamente por citas, pero de un día a otro el teléfono dejó de sonar. Ella empezó a escribirle a sus clientes y le decían que querían verla, pero que no tenían dinero. Ella también se había quedado sin plata.

Se fue a Granada a trabajar como mesera en un bar, pero pronto recibió ofrecimientos para ser dama de compañía y propuestas más explícitas: sexo por dinero. “Eran extranjeros que pagaban entre 20 y 50 dólares por sexo. Algunos me llevaban a sus viajes por el país, otros querían una noche y ya”, cuenta.

Pero después la oferta creció casi tanto como la demanda. “Había mucha competencia, además aunque paguen más, algunos también quieren cosas raras. No les entendés y si están ebrios se molestan, unos se ponían agresivos. Siempre andaba algo con qué defenderme en la cartera, pero hay momentos en los que no tenés nada a mano y buscás como zafarte”, cuenta.

Son las ocho de la noche de un sábado cualquiera y por esta calle transitada de Managua ningún carro ha querido detenerse. “La Lola” va por su tercer cigarrillo en menos de una hora. Piernas cruzadas, mece el pie derecho con desespero. No se queja porque aún gana para pagar sus gastos y gustos, pero admite que tuvo tiempos mejores.

No tiene novio, ni esposo, ni hijos. Maneja su horario y sus tarifas, y aunque dice no tener planes de retiro del trabajo sexual, se ha interesado por terminar su carrera técnica y eventualmente le gustaría trabajar en un taller automotriz.

Dice que aunque tenga conocidas este es un trabajo bastante solitario. Ella no permanece más de dos años en la misma ciudad, tampoco pasa más de un mes en el mismo punto. Volvió a Managua pero dice que no se quedará aquí mucho tiempo. Rivas, Estelí, Masaya, Granada o León.

“Las trabajadoras sexuales somos migrantes”, asegura Yamileth García, jinotegana, de 30 años. “En Estelí por ejemplo hay bastantes de Managua. Una local elige moverse y trabajar en otro territorio que no es el de su origen, en su mayoría porque les da pena o miedo que su familia se dé cuenta a lo que se dedican, pero como en todo trabajo también hay migración buscando las mejores ofertas”, expone García.

Trabajadoras sexuales, Girasoles Nicaragua
Yessenia Alston, trabajadora sexual y facilitadora judicial. Foto de la película Girasoles de Nicaragua.

Girasoles de Nicaragua está por cumplir diez años en el país, pero “La Lola” nunca ha oído hablar de ellas. Ella es parte del “subregistro” del que habla Yamileth. “Un estudio dice que somos casi quince mil trabajadoras sexuales en el país, pero el número es mucho mayor. De ese grupo hay 2,300 asociadas con Girasoles, por ahora, nos queda mucho trabajo por hacer”, reconoce Yamileth.

“A nosotras nos dicen mujeres de la vida alegre, de la vida fácil, pero yo te voy a decir algo”, dice “La Lola” y señala su pecho con la larga uña de su dedo índice, “este trabajo es cierto, yo lo hago porque quiero hacerlo, porque me da dinero todavía, pero uno también la pasa mal”. Calla.

Luego de permanecer en silencio por unos minutos, con la vista clavada en el horizonte de luces nocturnas, cuenta la historia de la cicatriz en su frente. Un cliente se enfureció cuando ella no quiso hacer lo que él quería, fuera del pago por sus servicios, y le metió un puñetazo en la cabeza. El anillo que llevaba le partió la frente y ella apenas se incorporó salió como pudo huyendo de la habitación.

“Perdí mis reales, mis zapatos, pero no perdí la vida. Volví a esto porque uno tiene que trabajar. Aquí estoy, no sé cuándo me iré. Ahora me cuido más”, dice “La Lola” sin despegar la vista de las luces.

“La Lola” tuvo más suerte que “Paloma” y sus otras tres compañeras. En 2016 Girasoles Nicaragua contabilizó a cuatro trabajadoras sexuales asesinadas. Solo en dos casos se está llevando un proceso judicial y los asesinos fueron arrestados.
“Paloma” fue encontrada muerta en una habitación la madrugada del 22 de noviembre de 2016. Elvira Terry López, de 29 años, fue asfixiada, según las investigaciones de la Fiscalía. Era una trabajadora sexual originaria de Rivas, tenía una hija de seis años que quedó en orfandad. El femicida no ha sido capturado porque no hubo testigos oculares que dieran información a la Policía y la organización ha luchado para que las investigaciones continúen, el caso no quede engavetado y el o los culpables libres.

“Las Girasoles somos las únicas en dar la cara por nuestro gremio, pero aquí no estamos en peligro como trabajadoras sexuales, en Nicaragua todas las mujeres estamos en peligro”, apunta Yamileth.

Ley vs. moral

En Nicaragua la Constitución no penaliza el trabajo sexual, pero tampoco existe una normativa que reconozca los derechos de las trabajadoras del sexo. Este vacío legal, según Girasoles Nicaragua, expone a las mujeres que lo ejercen de manera autónoma al estigma, discriminación, explotación laboral e incluso violencia institucional.
En un informe de Girasoles Nicaragua señalan que los artículos del Código Penal no están ligados al trabajo sexual autónomo, pero que algunos son utilizados por oficiales para cometer arrestos ilegales. El artículo 537 – Escándalo público, el 540 – Exhibicionismo y el 541 – Actos sexuales en forma pública son los más citados, aunque en las investigaciones posteriores de la organización no hayan pruebas reales contra sus compañeras.
“A veces es solo por verlas paradas en una esquina, por andar con minifaldas, como si muchas mujeres no las usaran en la libertad de hacerlo, incluso pobladores que denuncian que ellas están en la calle, si es vía pública y no están alterando el orden ¿por qué no las dejan en paz?”, reclama María Elena Dávila, presidenta de Girasoles de Nicaragua.

Casa Xochiquetzal

Una noche, cuando Carmen Muñoz levantó una lona, encontró a tres ancianas abrazadas. Habían sido trabajadoras sexuales como ella.
¿Qué pasa cuando algunas prostitutas se jubilan en la tercera edad? Nada. En la Ciudad de México, como en la mayoría de los países, las trabajadoras sexuales no cuentan con un seguro, mucho menos una pensión. Las que han quedado sin familia quedan en la calle, como las ancianas de la plaza histórica Plaza Loreto, en la capital mexicana.
A Carmen Muñoz se le ocurrió crear una residencia para trabajadoras sexuales jubiladas, y por años presionó a las autoridades locales. Finalmente la comuna donó un edificio grande y viejo del siglo XVIII, cerca de la Plaza Loreto. “Ese día lloramos y gritamos de alegría”, contó Muñoz a BBC Mundo.
La residencia fue bautizada como Casa Xochiquetzal, en honor a la diosa azteca de la belleza y poder sexual de las mujeres. Durante los últimos 11 años ha recibido a más de 250 extrabajadoras del sexo. Aunque con apuros económicos y pocos donantes, la casa permanece con las puertas abiertas para las prostitutas jubiladas que no tienen casa. Este es ahora su hogar.

  • 14,486 trabajadoras sexuales había en el país en 2014, según el último censo del Ministerio de Salud.
  • 2,300 es la cantidad de trabajadoras sexuales que forman parte de la red Girasoles Nicaragua.
  • 18 trabajadoras sexuales fueron acreditadas como facilitadoras judiciales por la Corte Suprema de Justicia en abril de 2015.
  • 412 casos de mediación atendieron entre abril de 2015 y abril de 2016.
  • 102 de los casos resueltos eran de trabajadoras sexuales.

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Reportaje