La sinfonía del Tae Kwon Do

Perfil, Reportaje - 06.04.2008
Jairo Silva

Tuvo sus dos piernas hasta los 30 años, pero perdió una. A pesar de eso, conducir su carro, canta, toca la guitarra, porque fue tenor antes que maestro de artes marciales y lleva una vida, hasta cierto modo, normal

Revista Octavio Enríquez

Jairo Silva es cinta negra tercer dan y tiene un año en que está muerto, porque algunos de sus amigos declaran que no hay nada para nada cuando se pierde una pierna. Lo expulsaron de la escuela de artes marciales a la que perteneció a una vida y también a otros que les faltó poco para escribirle un epitafio.

Un año después de aquel entierro en vida su agenda luce cargada. Debe ser de los muertos más útiles del mundo. Practica Tae Kwon Do todos los días, toca guitarra a veces y flauta también. Viva como puede hacerlo, cualquiera que sea, y los insultos de los conductores que se encuentran en las calles de Managua, desesperados por cualquier punto. Conduce un carro automático.

Tiene apenas 31 años.

Carolina del Norte y la abogada Carolina Martínez a quien conoció en una iglesia donde se cruzaban miradas, usaban interlocutores, y nunca se han pasado “papelitos entre cantos gregorianos”.

Por ahora, él confiesa que no pueden tener hijos. Los médicos han recomendado que no lo haga, porque puede perjudicar al bebé. Tiene un lugar en su cuerpo de la quimioterapia, una vez que se produce cuando se tiene un cáncer hace dos años, la causa de una junta de médicos se redacta la pierna después de varios esfuerzos para evitarlo.

En el gimnasio donde trabaja, en el que entrena en Tae Kwon Do, hay muchos espejos. La gente necesita ver cómo hacer el ejercicio con su gordura o cómo fortalecer sus músculos, pero el maestro le sirve para el verso al levantar una pierna apoyada en sus muletas y gritarles a sus jóvenes.

No lo hace nada mal. Tiene voz de mando.

“Los seis meses de la operación se centran en las clases de Tae Kwon Do. La gente que me critica se me preguntó:” ¿Cómo vas a tener un papel pegado? ” No tengo un pastel, pero tengo dos manos. Tengo el espíritu, que es lo más importante. O quizás sea mejor decir: de ánimo.

Acompaña con datos que aseveración. Desde que se dedica al deporte ha ganado seis campeonatos dirigiendo a su equipo en los llamados torneos selectivos, en los cuales pelean los mejores de Tae Kwon Do de todas las escuelas del país. Y tiene otros seis campeonatos en torneos en que las escuelas pueden inscribir a todo el que quieran. Son llamados abiertos.

La esposa se ha mantenido desde aquel día con él, igual que siempre.

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Es de tarde. La temperatura del calor de Managua se adhiere a la cara del viandante, fácilmente a más de 37 grados centígrados y los más friolentos que se pueden decir, como la Comala de Juan Rulfo, que cuando la gente de aquí está en el futuro, debe regresar a buscar cobijas para no perecer de frío.

La fila de vehículos es interminable. Siempre es así en esta vía por donde se sale de Managua para entrar en la Carretera a Masaya. El gimnasio Altamira es un edificio poco vistoso, blanco, adonde llega Jairo manejando su propio carro, con el que salió rápido y furioso a los meses de la operación bajo la protesta de su esposa preocupada.

Su fiel escudero en el Tae Kwon Do es su hermano Eddy, maestro destacado en este mundo de combate que la esposa de Jairo llama de masoquistas “porque se rompen la nariz y yo no permitiría que a mi hijo le rompan la suya. Hace poco lo vi (a Jairo) en televisión, en una exhibición que dio en Canal 23, pegando patadas y dije a qué hora se cae”.

Pero esta tarde, la del gimnasio, Jairo empieza el entrenamiento. Tres muchachos lo siguen: uno con
una camiseta de Los Raptors y un short blanco, delgado pero fuerte. Otro moreno todo de blanco, Luis Romero, quien viaja todos los días desde Diriamba hasta Managua para asistir a esta clase. Y el otro luce una cola a lo Raúl Di Blassio y es el más callado de los tres.

Parecen unos personajes de película siguiendo las instrucciones del señor Miyagi. A Jairo, cargando sus
muletas, no le queda mal el papel y pega patadas con su única pierna. Exige a los estudiantes. Se escucha a Maná y un extraordinario “me vale todo”. Media hora después llega Eddy, su hermano y experto también en Tae Kwon Do. Entra, se cambia y el hermano tiene a más de seis que se han incorporado al grupo de tres, los alumnos de este Miyagi nicaragüense.

El único que está en el otro salón es Luis Romero, que habla de la personalidad de su maestro. “Es una persona paciente con sus alumnos. Es serio con sus entrenamientos. El nos da su amistad. Nosotros lo llamábamos para apoyarlo cuando la operación. Los alumnos lo miramos con mucho respeto, los viejos y los nuevos”, explica el estudiante.

Jairo Silva entrena con firmeza a sus alumnos en un gimnasio de Managua. Lo hace todos los días, pese a que perdió una pierna el año pasado.

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En la vida de este luchador hay espacio para la música. Ni a sus padres ni sus amigos se les ocurrió que a Jairo, alias “Pichinga” —le decían así por gordo y chiquito— le podía gustar la música y menos que se iba a dedicar de cierta forma a ella.

El hombre que ahora está sentado en el gimnasio Altamira dice que ya no va a coros de iglesias como antes, ni imparte clases, porque ha perdido movilidad.

Le gusta la música clásica, las melodías instrumentales y asegura que le encantan los cantos de Handel como El Aleluya. Jairo Silva es el tercer hijo del panadero Luis Silva y la modista Aidalila Largaespada, y el único músico.

Este muchacho creció entonces entre los cortes de la madre y el poderoso olor a pan del oficio de don Luis, pero fue un amigo quien lo invitó a participar en el coro del barrio Batahola.

Según sus parientes, llegó a ser tenor. Viajó a Estados Unidos, tocaba flauta, guitarra y una vez les llevó de regalo de aniversario de bodas a sus padres un concierto.

“Me tocó las mañanitas. Hizo una fiestecita cuando cumplimos 25 años de casados”, dice la madre Aidalila Largaespada, de 60 años. También el joven enseñó lo bello de la música a niños del Reparto Schick, donde impartía clases gratuitas. El grupo llegó a ser de 70 niños.

Pero al final se decidió por el deporte, una pasión que también lo marcó desde niño cuando miró a su hermano Eddy y se dijo: “Yo también puedo lanzar esa patada”. Gracias al arte marcial impidió dos veces que le robaran, aunque lo hirieron en un brazo. La vida era normal, aunque a veces se quejaba de un dolor en la pierna que al resto le resultaba explicable sólo en los golpes que recibía en los entrenamientos.

Pero no. El origen del mal hay que buscarlo cuando él tenía diez años. Andaba un día en el cine León, en Monseñor Lezcano, y se golpeó la ingle al querer subir a una banca. Esa tontería le provocó un tumulto canceroso, que años después se convirtió en la causa para que se quedara sin su pierna derecha antes de los 30, cuando la vida aún no ha dejado de ser un reggaeton.

“No nos había dicho nada. Sólo decía que le dolía la pierna. Ya andaba en el Tae Kwon Do y yo le decía `sos un masoquista’. Te gusta que te den golpes”, explica la madre. El masoquismo resultó ser cáncer, lo que supo en septiembre del 2006. Dice que su creencia en Dios lo ayudó a sobrevivir a la depresión, el asco que provocan los medicamentos.

El 16 de julio de 2007, el médico dijo que el cáncer lo tenía regado en la pierna. Entró a las siete de la mañana a la sala de operación. Salió a las dos y media de la tarde. Le pusieron siete veces sangre y en la sexta oportunidad se brotó en alergia. Así se lo explicaron los médicos después de la intervención. Después empezaría otra vida, distinta a la del joven serio que sus padres debieron llevar al psicólogo tres veces para que les explicara por qué era tan callado.

Jairo y sus hermanos Jorge Luis y Eddy, junto a su madre Aidalila Largaespada.

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Desde su casa en una residencial cercana al cerro Motastepe, en las afueras de Managua, se ve ese cerro pelado y triste en pleno verano. La otra mirada es hacia esas casas ordenadas a la perfección. De allí sale Carolina Martínez y Jairo, marido y mujer, todos los días a las siete de la mañana. Escuchan música instrumental, de vez en cuando le canta “son tus perjúmenes mujer” de Carlos Mejía Godoy y la lleva a Bolonia.

Cada uno hace lo suyo y el regreso está previsto a las cinco de la tarde.

“El entró un viernes —recuerda ella—, yo no pude entrar. Lo operaron hasta el lunes. A las cinco de la mañana me dijo ya voy para el quirófano. Pero cuando llegué no estaba. Me puse a llorar. Me sentí horrible y luego fue una incertidumbre cuando me dijeron que empezarían con la operación. Había una virgen al lado de consulta externa y yo empecé a rezar el rosario”.

No es extraño. Ambos son religiosos empedernidos. Tienen toda la casa tapizada de imágenes de
Jesucristo, son catecúmenos de la iglesia Las Palmas. Así los formaron desde niños. Con toda esa fe encima, casi como una declaración de principios, el hombre dudó.

—Jairo, Dios y la Virgen estuvieron con nosotros, con vos en la cirugía —le dijo ella después de la operación.

—Si la Virgen y Dios hubieran estado no me hubieran cortado la pierna —respondió.

Carolina lo lamentó. Pero lograron superar esa historia. Él volvió a creer en Dios con más vehemencia.

Según Eddy Silva, próximamente a Jairo le tocará hacer pruebas para el cuarto de la cinta negra y está obligado a diez rompimientos de madera y otras pruebas igual de fuertes. Dice que no quiere que se regalan, que se debe seguir para obtener y que se preparará duramente después de que se cierre la herida aún abierta de la operación. Para su hermano Eddy, él es un héroe. Él dice que es un tipo normal.

En San Pedro Sula, en los Juegos Centroamericanos. Jairo fue entrenador de la selección nacional femenina.

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