La tragedia de 1993 en las fiestas de Santo Domingo de Guzmán

Reportaje - 09.08.2021
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Una avalancha humana en plena dejada de la imagen de Santo Domingo de Guzmán provocó muertos y heridos el 10 de agosto de 1993. Así sucedió la mayor tragedia registrada en las fiestas patronales de Managua. Una historia de promesas y pandillas

Por Amalia del Cid

Aquel martes 10 de agosto la procesión de Santo Domingo de Guzmán había avanzado con total normalidad. Los mismos diablitos de siempre, las mismas vacas culonas. Promesantes y bebedores codeándose en las calles de Managua, rumbo a Las Sierritas, para ir a dejar al santo. En aquel tumulto de gente las condiciones para una tragedia estaban servidas, pero ocurriría hasta el final de la tarde, cuando la fiesta estaba a punto de terminar.

Era 1993. El fotoperiodista Manuel Esquivel tenía 30 años y se hallaba cubriendo la procesión como enviado del diario La Prensa. Llegó temprano, con varios rollos fotográficos de reserva y la intención de no desperdiciarlos en tomas ordinarias. No quería hacer únicamente la típica fotografía de la minúscula imagen de Mingo en su peaña.

“Todos los años se hacen las mismas fotos, lo único que cambia es el color de las flores de la peaña y la ropa de los cargadores”, pensaba antes de treparse al muro desde el que, minutos después, sería testigo de una avalancha humana que dejó tres muertos por asfixia y uno por apuñalamiento, además de cincuenta heridos.
Solo buscaba una toma en picada, pero consiguió fotografías históricas.

El periodista Manuel Esquivel. Foto/ Cortesía

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Veintiocho años después Manuel Esquivel todavía tiene fresca en la memoria la imagen de una de las señoras muertas en la avalancha. Cuando llegaron los Bomberos y la Cruz Roja y empezaron a retirar a la gente para disolver el “molote” humano del atrio, pudo verse la verdadera dimensión de la tragedia. Abajo, tirados en el piso, iban quedando heridos y muertos.

La señora tenía el cráneo pegado a la espalda y la cara contra el pavimento. Era una promesante que andaba pagándole un “milagro” a Santo Domingo de Guzmán.

Los devotos del santo fueron los primeros en entrar al templo. Algunos incluso lo hicieron de rodillas, para pagar sus promesas. Por eso fueron los principales afectados.

De acuerdo con el reporte publicado al día siguiente por La Prensa, “el tumulto fue provocado por pandilleros, que enloquecidos se tiraban encima de los humildes promesantes que caminaban de rodillas hacia el Santuario de Santo Domingo”.

Esquivel hizo algunas tomas de los promesantes que avanzaban de rodillas y decidió subirse a un murito de bloques “decorados”, con huecos, que se alzaba a un lado de la entrada a la iglesia, para desde ahí obtener una fotografía “diferente”. El muro tenía poco más de un metro de alto y ya había gente sentada en él, recuerda.

Todavía estaba subiéndose, cuando un desconocido le tocó la espalda y le dijo: “¿Qué venís haciendo aquí? Mirá allá”.

El fotógrafo se giró en 180 grados. Un “molotito” de gente acababa de formarse en el atrio del templo y comenzaban a verse empujones y a escucharse gritos desesperados. “La gente empezaba a salir de la iglesia, pero en molote y cayendo y el que caía ya no se levantaba y el que intentaba levantarse se agarraba de otro y también se lo llevaba”.

“Hombres, niños, mujeres y ancianos gritaban incesantemente por aquel apretujamiento, que provocaron elementos antisociales, que luego se marcharon tranquilamente sin que la Policía lograra capturarlos”, reportó LA PRENSA el miércoles 11 de agosto. “Fue dramático observar cómo los ancianos, mujeres y niños clamaban auxilio por el excesivo calor que producía la masa humana, tendida sobre el atrio de la pequeña ermita de Las Sierritas”.

Es necesario situarse en la época. En ese momento surgían en Managua numerosas pandillas juveniles que solían entablar batallas campales, armadas con piedras, en barrios “calientes” de la capital.

Estos grupos eran mucho más violentos que los nacidos a finales ochenta, cuyo propósito primordial era “romper en el área urbana el férreo monopolio estatal de la violencia y de la organización militar”, señala la Revista Envío en su edición de junio de 2018.

Las verdaderas pandillas aparecieron en los años noventa, “cuando tocó a su fin la guerra y muchos jóvenes integrantes del ejército retornaron a sus barrios y a un desempleo en acelerada expansión”, señala el investigador José Luis Rocha en su texto “Pandilleros: armados sin utopía”, publicado en mayo de 1990. “El conocimiento del manejo de armas y de tácticas militares adquirido durante el servicio militar, y el afán de recuperar el estatus social que les dio ser defensores de la patria, se conjugaron, en muchos casos, para convertir a bastantes de ellos en una suerte de defensores del barrio, con un sesgo cada vez más delincuencial en sus actividades”.

La pandilla, dice, “fue la forma que encontraron para imponerse a una sociedad que los excluía, después de haber demandado de ellos los mayores sacrificios”.

De esa forma surgieron los Cancheros, los Comemuertos, los Rampleros y los Raperos, las primeras cuatro pandillas del Reparto Schick en los noventa, con un arsenal de piedras, tubos, lanzamorteros, garrotes, machetes, navajas, puñales, punzones, verduguillas y cuchillos de cocina.

Esto sin contar las pandillas aparecidas en otros barrios de Managua y otros departamentos del país. En 1998, dice Rocha en otro texto, la Policía Nacional registraba actividad de pandillas en siete departamentos del país: 102 pandillas y 1,370 miembros. Solo en Managua se habían detectado sesenta grupos y 753 integrantes.

En esa efervescencia delincuencial ocurrió la mayor tragedia registrada en Managua durante una celebración de Santo Domingo de Guzmán.

Horas antes de la tragedia de 1993. FOTO/ Archivo/ Manuel Esquivel

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El objetivo de crear el tumulto era aprovechar el caos para asaltar a los promesantes. “Era gente beata la que estaba adelante, en primera fila, y la estaban sacando a empellones de la iglesia y había una robadera”, relata Manuel Esquivel.

Lo que comenzó como un “motetito” se fue haciendo más y más grande. La gente era empujada hacia afuera desde el interior de templo y unos caían sobre otros. Los que estaban cerca de los muros intentaban subirse, pero eran jalados hacia el interior de la marabunta.

“La gente se agarraba de mi pantalón, pero si yo intentaba ayudarles, me llevaban también”, recuerda con tristeza, Esquivel. “Alguien tenía que vivir para contar el cuento”.

Guardó la calma suficiente para sostener la cámara y enfocar la escena terrible que estaba presenciando. La viva imagen del terror y la desesperación. “Eso fue horrible”, resume ahora.

Las víctimas fueron identificadas como Bertina del Carmen Alvarado Calderón, de 69 años, fallecida por asfixia y paro cardíaco; Martha García, de 36, y Socorro Fajardo Cruz, de 56, también por asfixia. Las tres fueron trasladadas a la morgue del Hospital Bertha Calderón. Un hombre no identificado murió de una puñalada en el abdomen y sus familiares se lo llevaron a su casa.

La Cruz Roja también reportó 50 personas lesionadas: quince con arma blanca, seis con politraumatismos, quince desmayadas, cinco quemadas, cuatro intoxicadas y dos con mordiscos en orejas y brazos. Además, sesenta personas fueron detenidas en el trayecto del casco viejo de Managua a Las Sierritas de Santo Domingo.

“Esto fue una locura, una verdadera sodomía provocada por grupos de pandilleros que no pueden ser controlados por la Policía”, comentó entonces don Lázaro Cano, sobreviviente y fiel devoto de Mingo.

Desde entonces aumentó la supervisión policial en la procesión del santo, afirma Esquivel, hoy de 58 años. Aunque nada de eso ha evitado que cada agosto las fiestas de Santo Domingo causen aglomeraciones en estrechas calles de la capital.

Todavía le conmueven las fotografías que tomó esa tarde. En una de ellas aparece una señora a la que se le ve el sostén, porque en el tumulto se le desabotonó la blusa, y él sospecha que puede tratarse de la misma mujer a la que vio muerta en el atrio de la iglesia.

Luego de tantos años, todavía no logra confirmar la identidad de la víctima que vive en su cabeza, ni localizar a los sobrevivientes de la tragedia. Quisiera conocer a algunos, dice. Le gustaría platicar con ellos y regalarles una sesión fotográfica muy distinta de la que hizo ese fatídico 10 de agosto.

La gente se empujaba y gritaba desesperada por los golpes y el calor producido por la masa humana.
FOTO/ ARCHIVO/ MANUEL ESQUIVEL

El secuestro de 1961

Todo comenzó con un decreto de la Curia. En un edicto firmado por el arzobispado de Managua el 3 de mayo de 1961 y publicado por LA PRENSA al día siguiente, en el que escuetamente se explica por qué ya no sería posible realizar la procesión de la “traída” del santo. Resultaba que en abril la iglesia Santo Domingo de Las Sierritas había sido elevada a categoría de parroquia y de esa manera quedaba desligada de la iglesia Santo Domingo de la capital.

Ahora, en su nuevo nivel de parroquia, el templo de Las Sierritas asumiría la función patronal y la celebración de Mingo se realizaría “el día asignado al calendario ritual, o sea el 4 de agosto”, en la iglesia parroquial. En el mismo documento la Curia de Managua advertía que los fieles debían “tomar debida nota de no hacer más promesas de concurrir a una procesión que ya no podrá haber” y sugería que “los que ya las hubieren hecho” pidieran a su correspondiente párroco que las cambiara “por otra buena”.

Además, a fin de que ningún devoto quedara insatisfecho en “anhelo fervoroso”, el párroco de Las Sierritas abriría una “misión piadosa, en los días de fiesta patronal, con predicación, misa y administración de sacramentos”.

El resultado fue que en la víspera del inicio de las fiestas ya había amenazas de secuestro de la imagen y en la madrugada del 1 de agosto hubo “dos intentos menores de sustraer al santo” de su morada.

El secuestro finalmente ocurrió cuando iba a comenzar la misa, a las 5:35 de la mañana. De pronto la gente que se encontraba en el interior de la parroquia avanzó en una sola masa hacia el altar mayor y arrancó la pequeña imagen de la peaña donde precavida pero infructuosamente había sido clavada.

De acuerdo con la crónica periodística de la época, los guardias nacionales estratégicamente colocados para evitar el rapto del santo opusieron una “resistencia mínima” y “vieron alejarse la imagen hacia la puerta principal, en medio de un mar de cabezas y brazos agitados”.

De nada valieron las advertencias de excomunión que el párroco lanzó sobre los promesantes. A las 6:00 de la mañana la multitud emprendió el viaje hacia la ciudad en una procesión que los periodistas llamaron “la marcha de los excomulgados”. Allí iba Lisímaco Chávez, ayudando a cargar al santo, que esa vez viajó a Managua acompañado por unas cinco mil personas y precedido por tres o cuatro hombres que hacían sonar viejas latas.

No faltaron ni la pólvora ni el guaro ni los verdaderos devotos. En el camino familias enteras se unieron a la procesión y faltando veinte minutos para las 4:00 de la tarde, los sacerdotes abrieron suavemente las puertas de la parroquia de Managua para dar paso a la inmensa muchedumbre.

Las fiestas, a pesar de todo, se desarrollaron en orden y en los días siguientes los devotos visitaron al santo en la parroquia que cada año le da posada durante diez días. El 2 de agosto el arzobispo de Managua emitió un decreto de excomunión para los rebeldes que habían “conspirado directa o indirectamente contra la autoridad eclesiástica y sus legítimos mandatos” y para “quienes por sí o en complicad con otros provocaron a la desobediencia y a la rebelión”.

Lisímaco fue uno de los excomulgados, pero hasta el final de sus días no dejó de subrayar que de no haber sido por ese secuestro, tal vez allí habría muerto la tradición de las procesiones de Santo Domingo de Guzmán.

Después del terremoto

Había transcurrido menos de un año desde el terremoto del 23 de diciembre de 1972 y Managua seguía en ruinas. Por órdenes del gobierno una parte de la ciudad, la más derruida, se encontraba cercada y hacía siete meses que ningún vehículo civil circulaba por ahí. Justo en esa zona estaba (y todavía está) la parroquia de Santo Domingo; de modo que la Iglesia católica dispuso que por una vez, dadas las circunstancias y para ahorrarse tragedias, la imagen del santo no pasaría sus fiestas hospedada en la iglesia homónima, sino en la de Santa Ana.

Hasta las 2:00 y pico de la tarde de ese miércoles uno de agosto todo pintaba normal, pero unos minutos antes de las 3:00 la multitud aguardentosa arribó al Gancho de Caminos, sin previo aviso rompió la alambrada y enardecida llevó al santo por su ruta tradicional hasta meterse en la parroquia, haciendo saltar las puertas del templo.

Esa tarde varios vieron en la iglesia al ya famoso Lisímaco Chávez y su presencia les pareció sospechosa. No era para menos. Lisímaco había sido el autor intelectual del célebre y, para algunos, sacrílego secuestro ocurrido 12 años antes, en 1961, cuando la muchedumbre arrancó la imagen de Mingo de su iglesia en Las Sierritas y la trasladó chineada a Managua, con todo y pedestal.

Sin embargo, esta vez el propio Chávez fue a limpiar su nombre ante el párroco de Santa Ana, Ricardo Chavarría. Al mediodía del jueves se apareció en el templo para explicarle que ahora sí él no había tenido nada que ver en el rapto de la imagen, relató el Diario La Prensa en su edición del 3 de agosto.

Tumulto y muertos en el Gancho de Caminos

1991 fue un mal año para Minguito. El 1 de agosto una turba, que los testigos identificaron como sandinista, armada con palos, piedras, botellas de vidrio y varillas de hierro, arremetió contra la procesión. El entonces párroco de la iglesia de Santo Domingo, Jesús Hergueta, afirmó que aquello tenía “raíces políticas y con doble propósito, reflejados en agredir al alcalde de Managua y estropear la fiesta”.

Ese año el mayordomo era el liberal Arnoldo Alemán Lacayo, entonces alcalde de Managua, y los medios de comunicación en ese momento afines al Frente Sandinista, recién derrotado en las elecciones generales de 1990, comunicaron con gran regocijo la agresión sufrida por el alcalde. “Palos y piedras contra el nefasto alcalde”, tituló El Nuevo Diario. Y Barricada destacó: “Rescatan a Alemán de furia popular, Policía salva a alcalde ante enojo de capitalinos”.

Sin embargo, de acuerdo con los promesantes y los cargadores del santo, no fue “el pueblo” quien agredió la marcha, sino “turbas jefeadas por el hijo de Lisímaco Chávez”. Unas trescientas personas, “entre hombres, mujeres y pandilleros del barrio San Judas” que empezaron a tirar piedras en el trayecto del Gancho de Caminos hacia los escombros de Managua.

Arnoldo Alemán escapó ileso; pero al padre Hergueta recibió una pedrada en la espalda, a su monaguillo le quebraron la nariz con una piedra y luego la imagen del santo fue profanada y parcialmente destruida.

La procesión logró llegar al templo y estando ahí corrió el rumor de que “unas gentes querían robar la imagen” para llevarla al barrio San Judas. Entonces los cargadores buscaron cómo proteger al santo, pero unos “cien vagos lograron quitárselos” y lo llevaron a recorrer los alrededores del templo.

Los disturbios dejaron dos muertos, cincuenta heridos y ningún alcalde lesionado. La limosna desapareció del templo y al Cacique Mayor le robaron una flecha.

Años más tarde, en 2004, el polémico Lisímaco admitió en entrevista con El Nuevo Diario que efectivamente había estado detrás del suceso, pero lo atribuyó a razones no políticas. “Yo me he peleado con todos los poderes de este país: con la Guardia, con la Iglesia y con un presidente, con Arnoldo Alemán, que, cuando era alcalde a inicios de los 90, dijo que no me quería ver en las fiestas. Por ese atrevimiento lo bajamos a pedradas ahí por el Gancho de Caminos”, afirmó.

Lisímico Chávez. Foto/ Archivo

¿Quién era Lisímaco Chávez?

Lisímaco Chávez fue uno de los personajes más populares de Managua y gran protagonista de las fiestas patronales de Santo Domingo de Guzmán. Nacido en Diriamba, a los dos años de edad se mudó con su familia a la capital, donde murió el 6 de enero de 2006, a los 77 años.

Se hizo famoso en 1961, cuando se robó la imagen de Santo Domingo, oponiéndose así al decreto de la Iglesia, que había decidido descontinuar la tradición de las procesiones entre Las Sierritas y Managua. En julio de 1963 la volvió a secuestrar y, de acuerdo con el periodista Pablo Emilio Barreto, la tuvo escondida en Diriamba, “dejando a todo mundo a la expectativa de lo que podría pasar”. Minutos antes de las 6:00 de la mañana del 1 de agosto el santo fue llevado a la iglesia de Las Sierritas, asegura Barreto en su texto: “Santo Domingo de Guzmán: datos biográficos esenciales”.

Por sus diferencias con el poder eclesiástico y el político, estuvo preso tres veces: 1961, 1963 y 1964. Y en la última se perdió las únicas fiestas de su vida. Se dijo en aquel momento que se le había encarcelado para evitar que volviera a robarse al santo; él sostuvo después que la verdadera razón había sido que se opuso a la mayordomía de un personaje somocista.

Aunque tuvo que luchar contra numerosos detractores, Lisímaco logró instalar la tradición de la Vela del Barco en San Judas, donde repartía abundante comida y su antihigiénica “chicha de las siete quebradas”, que según él preparaba con el agua que usaba para enjuagarse siete partes secretas del cuerpo luego de cuatro días de no bañarse.

 

 

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