La trampa de Wanawás

Reportaje - 09.07.2017
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En 1983 un avión contra es derribado en Río Blanco por fuerzas antiaéreas del EPS. Protagonistas de ambos bandos cuentan detalles de lo que en realidad fue una celada planificada por el Ministerio del Interior

Por Julián Navarrete

A las ocho de la mañana del tres de octubre de 1983, un avión despegó de la pista El Aguacate, Honduras, con dirección a Wanawás, una comarca de Río Blanco. Su misión era entregar un abastecimiento para unos 160 hombres que recién habían sido reclutados por el comandante José Francisco Ruiz Gutiérrez, alias “Renato”, quien desde hace semanas comandaba una tropa de la contra en la zona.

Los pilotos del avión, Hugo Aguilar y Roberto Amador, miraron la señal: treinta capotes militares en forma de cruz en medio de una plazoleta en Wanawás. Aguilar pilotaba la nave, mientras que Amador coordinaba la operación por el radiocomunicador.

—¿Listos, muchachos? –preguntó Amador.

—Déjelo caer, capitán –contestó el radista desde abajo.

El avión volaba a unos 200 o 400 metros de altura. Amador desde el aire pudo ver a una tropa de contras con el uniforme de combate, de color celeste, con el emblema y la tela especial del traje de las Fuerzas Democráticas Nicaragüenses.

Los cuatro kickers —así se le decían a los contras que se encargaban de tirar las cajas a través de polines desde el avión— lanzaron el primer cajón de abastecimiento. El avión sobrevolaba la zona y volvía a pasar otra vez por la plazoleta, hasta bordear el cerro Musún, casi escondiéndose.

Abajo, escondida bajo un frondoso árbol estaba una tropa del Ministerio del Interior. Ni Amador ni Aguilar los podían ver. Fausto Palacios, único soldado del Ejército Popular Sandinista en la misión, tenía en la mira al avión con un misil tierra-aire Sam 7.

Se hicieron las nueve de la mañana y el avión seguía sobrevolando. Ya casi iba a un kilómetro de distancia y estaba tapado por el cerro. Pasó dos veces. En ese instante los hombres de abajo se imaginaron dos panoramas: o ya dejó todo el abastecimiento o todavía puede regresar para lanzar más. Se trataba de asegurar la misión o la nave podía escapar.

¡Boom! salió el “flechazo”.

El misil penetró en el motor izquierdo del avión pero no explotó. La cabina se llenó de humo. Hugo Aguilar y Roberto Amador planearon un aterrizaje forzoso. Los soldados de abajo miraban que desde el avión se lanzaban paracaídas. Podían ser cajas u hombres que se tiraban. Todos los detalles los sabrían más tarde.

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A la izquierda, Lenín Cerna, jefe de la Seguridad del Estado, dirigiendo la operación un día después del derribo del avión de la contra.
Foto: Cortesía IHNCA-UCA, Fotógrafo Claudia Gordillo, Barricada.

El 5 de octubre de 1983 el periódico oficialista sandinista Barricada tituló en portada: “Derribamos otro avión somocista”. La información indicaba que el avión había despegado de una pista hondureña “mejorada” por los yanquis, traía cuatro mil libras de carga y pertrechos para la contra, y que se le estaba dando persecución a dos contras que se lanzaron en paracaídas y huyeron.

“Fue derribado por el fuego antiaéreo de las tropas del Ejército Popular Sandinista, un avión bimotor militar tipo DC-3C con capacidad de 5 mil libras de carga, cuando realizaba actividades de apoyo y abastecimiento a grupos contrarrevolucionarios que asediados por nuestras tropas se profundizan en dirección a su santuario en territorio hondureño”, cita parte del comunicado del Ministerio del Interior

El documento agrega: “El avión enemigo al impactar en tierra abatido por el fuego antiaéreo de nuestras tropas, fue rápidamente rodeado por las Milicias Populares Sandinistas de Los Cedros, quienes capturaron heridos al piloto, copiloto, y al mecánico de vuelo. Los milicianos localizaron también a dos tripulantes de la aeronave que estaban muertos”.

Sin embargo, los hechos no fueron tan casuales según la versión de los hombres que estuvieron en ambos bandos: en el avión derribado y en la tropa del Ministerio del Interior a cargo de la misión. Los dos coinciden en que fue en una emboscada que tendió el Mint, como parte de un trabajo de contrainteligencia.

Para entender cómo se planificó el derribo del avión hay que trasladarse unas semanas antes del hecho, más o menos a finales de septiembre de 1983. En esos días se arreciaban los combates entre la contra y los sandinistas.

El comandante “Renato” penetraba por el río Bocay desde Honduras con una fuerza de tarea denominada San Jacinto. Su finalidad era tener presencia y controlar las profundidades del territorio nacional. Sin embargo, cuando llegaron a la ribera del Río Grande de Matagalpa, en uno de los enfrentamientos, las fuerzas sandinistas capturaron al radista de la contra.

El alias del radista es “Oscar Mike”, quien fue trasladado a la base del Mint en Río Blanco. Ahí fue interrogado por el teniente sandinista Julio Rugama, a quien se le ocurrió poner la celada a la contra para derribar el avión, pues durante el interrogatorio el capturado aseguró que era el único que se comunicaba con la base de Honduras y que el comandante “Renato” nunca hablaba por el radiocomunicador.

“Se llegó a la conclusión de que se podía pedir un abastecimiento, haciéndonos pasar por ‘Renato’, como la fuerza de tarea campesina. Se pidió abastecimiento para 160 hombres que habían sido reclutados recientemente”, dice Agustín Montoya, quien estuvo en la tropa del Ministerio del Interior durante la operación.

“Inicialmente se acordó que iba a ser en una zona llamada La Sirena, de Bocana de Paiwas. Ahí no se pudo porque ellos planteaban que estábamos muy cerca de donde se movilizaba el Ejército. Entonces acordamos que nos íbamos a movilizar a Wanawás, que queda a la par del cerro Musún, del otro lado de Río Blanco”, recuerda Montoya.

El radista se comunicó con el estado mayor de la contra para solicitar el abastecimiento. Y es por eso que el dos de octubre, un día antes del derribo, el entonces jefe de la Fuerza Aérea de la contra, mayor de la Guardia Nacional, Roberto Amador, recibió una llamada del comandante Enrique Bermúdez, quien le solicitaba la misión con carácter de urgencia para auxiliar a “Renato”.

Amador despegó con el avión el dos de octubre. Era domingo y llovía. En ese tiempo no existía GPS, “todo era puro tacto y conocimiento del terreno”. El piloto se comunicaba con “Óscar Mike”, el radista, pero sentía que algo no andaba bien.

—¿Quién es el líder de la patrulla? –preguntó Amador de improvisto.
—Renato –respondió el radista.
—Pásemelo –solicitó el piloto.
—No está –respondió.
—¿Quién es el segundo? –replicó Amador.
— “Chaco”, comandante “Chaco” –le dijo “Oscar Mike”.
—Pásemelo –volvió a pedir.
—No está tampoco, no está –respondió el radista.
—Esto es una trampa –dijo el piloto, y tomó los controles para regresarse a la base de Honduras.
—¿Qué le pasa? –insistió el radista.
—Pasa que ustedes son sandinistas, piricuacos, a mí no me engañan.

Amador tenía razón. En ese momento la tropa del Ministerio del Interior había ubicado a Fausto Palacios, el “flechero”, en una loma a 300 metros de distancia de donde ellos estaban, bajo la sombra de un árbol de una finca aledaña.

El avión se aproximaba al lugar al momento de la conversación entre el radista y el piloto. Palacios lo tenía en la mira a buena distancia, aunque el avión no estaba tan cerca como lo estuvo al día siguiente. El “flechero” no disparó porque la tropa no le envió nunca la señal: un disparo de fusil.

“Lo que pasa es que nosotros mirábamos que el avión estaba lejos. Pero el muchacho, flechero, nos dijo que siempre lo tuvo al alcance. Nosotros no sabíamos que el alcance de un misil de esos es 4 mil metros de distancia y por eso no mandamos a que disparara ese día”, dice Montoya.

Ese mismo día “Óscar Mike” se comunicó con el comandante Bermúdez, a quien se le comunicó que “Renato” estaba decepcionado, enojado y que la fuerza de tarea iba a desaparecer porque no mandaron los pertrechos.

Bermúdez pidió cordura al radista y llamó otra vez a la base de Honduras para que la misión se llevara a cabo. Esta vez solicitó más botas para los 160 hombres supuestamente reclutados. Amador volvió a acatar la orden y llenó el avión con más cajas para despegar en la madrugada del tres de octubre de 1983, el día que lo derribaron.

Según la información que brindó Javier Carrión, jefe de la Sexta Zona militar, al día siguiente del derribo, el avión traía 70 mil tiros de FAL, 300 granadas M-79, pertrechos para 160 hombres: arneses, capotes, botas, sábanas, fajones y un caja de medicina que contenía sueros, gasas, drogas para el dolor, medicamentos contra el paludismo, antibióticos y ungüentos contra los hongos.

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Roberto Amador, piloto del avión, es llevado por miembros del EPS. Luego sería transportado al Chipote, en Managua.
Foto: Cortesía IHNCA-UCA, Fotógrafo Claudia Gordillo, Barricada.

Después del impacto del misil, el avión siguió volando durante 10 minutos, hasta que aterrizó sobre unos maizales de una comarca llamada Los Cedros, a 15 kilómetros del impacto inicial. El avión se partió a la mitad y el interior se llenó de sangre.

Antes de aterrizar, un adolescente de 14 años de edad de las milicias campesinas hacía posta y le tiró una ráfaga con una ametralladora al avión cuando miró que venía en picada. “Me lo bajé, me lo bajé”, gritó el muchacho.

“¡Rómpale la madre, bájese a ese hijueputa! Péguele compa y deje ir el riendazo”, le dijeron a Fausto Palacios, al momento de soltar el misil, según una nota de Barricada. “Solo vimos que echó un humazón y se fue bajito bajito hasta que desapareció. Me sofocaron demasiado pero les di”, dijo Palacios un día después.

Los milicianos de Los Cedros acordonaron el lugar y capturaron a la tripulación del avión. Durante el aterrizaje la carga se separó de los polines y golpeó a todos los tripulantes. “Algunos quedaron prensados”, dice Agustín Montoya. “A 3 o 4 kilómetros estaba un batallón de reservistas donde habían estudiantes de Medicina y se juntaron para ver el avión y asistieron a los heridos”.

Sin embargo, Amador niega que hayan recibido alguna asistencia médica. “El capitán Hugo Aguilar tenías los tobillos doblados a noventa grados. Todos estábamos golpeados pero no de muerte”.

El comunicado oficial afirma que dos de los tripulantes murieron durante el aterrizaje y que otros dos se lanzaron en paracaídas antes de impactar en tierra. “A dos de ellos los prensó la carga. Uno de ellos se murió en el camino. No me explico cómo todavía hablaba, porque todo el cráneo lo traía desprendido. Lo traíamos en una hamaca y se murió en el camino”, dice Montoya.

El piloto Roberto Amador niega estas dos versiones. Él recuerda que de los siete hombres que iban en el avión dos estaban sanos. Entonces él les ordenó buscar ayuda. “De los cinco que quedamos, a dos los mataron ahí. No aparecieron. Yo doy por sentado que los mataron porque nunca aparecieron. Uno de ellos era “Cordón Detonante” y el otro “Chivito Robles”, dice Amador.

El piloto del avión, Hugo Aguilar, murió días después del accidente, a causa de una gangrena en sus pies. En las fotos se ve a Aguilar cargado por los milicianos, con ambos pies vendados e inflamados en exceso.

Roberto Amador aparece apoyado sobre los hombros de los milicianos, con el rostro amoratado e hinchado. “Su rostro descomunal nos pareció grotesco en primer momento, con dos grandes hematomas en la parte inferior de los ojos. Se quejaba como a propósito, se mostró apacible y solidario pero también… arrepentido”, dice parte de la crónica de Barricada del 6 de octubre.

El derribo de este avión fue el primero en la guerra entre los contras y los sandinistas, según Roberto Amador. “En ese momento solo teníamos dos aviones, pero los dos estaban malos y les teníamos que dar mantenimiento. Eventualmente la contra llegó a tener hasta ocho aviones abasteciendo desde tres bases diferentes en Honduras y El Salvador”, dice Amador.

No obstante, el editorial de Barricada del 6 de octubre de 1983 señala que era “el cuarto avión” derribado por el EPS. “No solo cayó en la zona norte del departamento de Matagalpa, sino también en la mitad de las insostenibles acusaciones que pretenden convertir a Nicaragua, de agredido, en agresor”.

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Agustin Montoya era miembro de la tropa del Ministerio del Interior que bajo el mando de Julio Rugama planeó la emboscada al avión de la contra.
Foto:Óscar Navarrete

Los tripulantes del avión pasaron a manos del Ministerio del Interior. Al día siguiente del impacto, dos helicópteros aterrizaron en la zona. En uno arribó una batería de periodistas y fotógrafos. En el otro llegó Javier Carrión, jefe de la Sexta Zona Militar, y Lenín Cerna, jefe de la Seguridad del Estado.

El jefe de la zona de Río Blanco, Carlos Nájar, y el encargado de la misión, Julio Rugama, no aparecen mencionados en los registros de los medios de comunicación. Amador afirma que Rugama llegó hasta la capilla donde estaban neutralizados y le puso una pistola en la cabeza.

—Te voy a matar hijueputa –le dijo Rugama.

No fue la única amenaza de muerte que Amador recibiría.

—Amador, a ustedes los teníamos localizados. Te estábamos esperando. Hasta les habíamos tomado fotografía y los hubiéramos podido cazar allá en Honduras, pero queríamos agarrarlos aquí –le dijo Lenín Cerna.

Cuando fue trasladado en helicóptero a El Chipote en Managua, llegó el comandante guerrillero, Juan José Úbeda, montado en un jeep rojo. Úbeda llevó a Amador detrás de unos árboles y lo tiró colocándole una pistola en la cabeza.

—¿Qué estás haciendo? –le gritó Cerna a Úbeda.
—Voy a matar a este hijueputa somocista –le contestó.
—Todavía no lo matés, aguántate –le dijo Cerna.

Montoya afirma que a Amador “no lo matan porque es un prisionero de guerra y a ellos se les respeta. El que murió en combate ni modo”. “El objetivo de nosotros, el Ministerio del Interior, era derribar el avión, nada más”.

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Hugo Aguilar, copiloto del avión, mientras era cargado por los milicianos. Aguilar murió días después a causa de una gangrena en sus pies.
Foto: Cortesía IHNCA-UCA, Fotógrafo Claudia Gordillo, Barricada.

De regreso al momento que impacta del misil, Montoya recuerda que tras el cohetazo se escuchó una algarabía de toda la tropa. “Claro que nos alegramos. La guerra es la guerra y el objetivo es ganarla”, dice Montoya.

El hombre de 61 años explica que el Ministerio del Interior era un brazo armado aparte del Ejército, pero trabajaban coordinados. “Siempre que se da este tipo de acciones militares se mandaban oficiales que anduvieran con las tropas del Ejército. Nosotros éramos la parte de inteligencia, manejábamos la información y coordinábamos con el Ejército las acciones que se debían tomar”, explica.

El trato que hizo el Mint con el Ejército para este caso fue que el abastecimiento se entregaría al Ejército, a cambio de que ellos le suministraran al “flechero y la flecha”. “Es por eso que yo ni conocía el nombre del muchacho que bajó el avión ni tampoco tenía idea de cómo funcionaban los misiles Sam 7”, dice Montoya.

Montoya ingresó a las filas sandinistas en 1979, meses antes del triunfo, y se retiró en el año de 1986. Fueron siete años de guerra, “pero de guerra”, dice Montoya. Estuvo movilizado en Río Blanco, Matiguás y Waslala. “Nunca me recetaron un lugar pacífico y me hastié de la guerra”.

El hombre que derribó el avión, Fausto Palacios, desde hace años es taxista, mientras que el jefe de la operación, Julio Rugama, murió el 18 de abril de 2017. Carlos Nájar, jefe de la zona de Río Blanco, hasta 2015 trabajaba como viceministro de Gobernación.

Amador, en cambio, estuvo preso cinco años. Salió libre el 27 de marzo de 1988, entre los primero 100 presos políticos liberados, con el Acuerdo de Sapoá. Había sido condenado, primero a 84 años y después 30 años de cárcel por los Tribunales Antisomocistas.

“Recibí un asilo político de Ronald Reagan y me mandaron un salvoconducto para entrar a Estados Unidos, como refugiado. Me vine a Miami donde estaba mi esposa que murió hace tres años”, dice Amador.

En Miami se dedicó a pilotar aviones comerciales y visitó Nicaragua en diferentes ocasiones, cuando ganó la presidencia Violeta Barrios de Chamorro. La mayoría de veces ingresó al país como piloto comercial, pero desde hace 10 años, cuando Daniel Ortega llegó al poder, no volvió a pisar su tierra.

Roberto Amador salió de prisión en 1988. Se fue a Estados Unidos y trabajó en líneas aéreas comerciales.
Foto: Cortesía Roberto Amador.

Infierno en El Chipote

A Roberto Amador le afecta recordar cuando estuvo encarcelado. Los días en El Chipote fueron los más duros para él . “Me fueron a tirar a una celda que no se miraba absolutamente nada, sin ventanas, todo oscuro, no tenía más que un hueco en medio de la celda para hacer las necesidades. No había agua. Fue triste, violento, tremendo. Había gritos de gente llorando y mujeres gritando”, dice Amador.

El piloto dice que Óscar Loza, hombre de confianza de Lenín Cerna en la Seguridad del Estado, lo torturó y golpeó. Como Amador no podía caminar lo arrastraban y lo metían a una celda en donde no podía hacer más que estar de pie o sentado.

“Ellos querían que les dijera más cosas, pero la verdad es que no sabía nada porque yo lo único que hacía era abastecer a los contras. Yo no sabía cuánta gente teníamos. Ellos querían que les dijera cuándo los gringos iban a invadir Nicaragua y cuántos aviones teníamos”.

Un día fue llevado a la casa de Tomás Borge, en Bello Horizonte. “Tú eres el que quieres tumbar la revolución”, le preguntó. “Por eso estoy aquí”, contestó Amador. “Qué atrevido que eres”, zanjó la discusión el comandante sandinista.

Apoyo de la CIA

En diciembre de 1981, el presidente Reagan firmó una Directiva de Seguridad Nacional secreta que aprobaba la labor de la CIA para organizar en secreto un ejército para pelear contra los sandinistas en Nicaragua. En agosto de 1981, el coronel Enrique Bermúdez (quien fue el contacto de Somoza con el Pentágono en Washington) anunció la formación de la Fuerza Democrática Nicaragüense (FDN).

El periodista Gary Webb, del periódico Mercury News de San José, California, documenta que la directiva secreta de Reagan solo asignó a la CIA US$19.9 millones de fondos directos.

Eso era suficiente para formar la contra, pero no para mantener su funcionamiento militar. No había necesidad de asignarle más dinero: esta operación secreta se autofinanciaría para que fuera más difícil conectarla con Washington. Cuando Reagan firmó la directiva, los agentes de la contra ya estaban comprando y vendiendo cantidades industriales de cocaína.

Webb escribe que Blandón, “quien empezó a trabajar para la narco-operación de la FDN a fines de 1981, declaró que dicha operación vendió casi una tonelada de cocaína en Estados Unidos ese año por un valor de 54 millones de dólares al precio de mayoreo del momento”. No está claro cuánto del dinero regresó al ejército de la CIA, pero Blandón declaró que “de lo que vendíamos en Los Ángeles, la ganancia iba para la contrarrevolución”

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