La triste mirada del indio

Perfil, Reportaje - 23.03.2008
Leoncio Sáenz

Con su larga cabellera y una pluma sujeta en el cabello, Leoncio Sáenz pareció toda la vida un "apache". Pero era indio puro de Matagalpa. Chele y talentoso. De monaguillo se convirtió en uno de los mejores pintores de Nicaragua. Todos lo conocían, pero ahora nadie parece acordarse de él

Octavio Enríquez
Fotos de Carlos Laguna

La culminación del reconocimiento le llegó a Leoncio Sáenz con un corte de pelo. Y en él tuvo el efecto poderoso de la fuerza, contrario al de Sansón. Raquel Tibot, crítica de arte y secretaria de Frida Kahlo y Diego Rivera, visitaba Nicaragua y acarició la cabellera de indio de este pintor nicaragüense,
palpó la pluma que estaba ahí sujeta gracias a una cinta, y le musitó al oído: "Tú no necesitas estas extravagancias para ser grande". El pintor sonrió.

Maestro de generaciones, ese remoto pasado de gloria, en el que cocinaba espaguetis, bebía vino, bailaba mal y cantaba desafinado, ha quedado atrás. Vivía en aquel pasado con gallinas, pisotes y tucanes en su casa, pero ahora no queda nada. El guerrero de la pintura, al que muchos confundían con un apache al verlo, ya no pinta en el sentido estricto de la palabra.

En el barrio Rodolfo López, de Matagalpa, está una casa color verde menta. Allí viven dos viejos:
Leoncio, de 73 años, y su hermana Victorina, nueve años mayor que él. Y de allí sale jocoso, ayudado con un andarivel, cola de caballo, lentes, un gentleman en su vestir y bromea: "Si me veo bien es porque no he andado vagueando".

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Sus manos, delgadas y blancas, dibujaron a lo largo de 30 años, además de cuadros, una carrera. La de uno de los pintores más brillantes que ha tenido Nicaragua y el maestro por excelencia del dibujo, la mirada del indio viendo a su pasado precolombino.

Cualquiera se puede encontrar en el supermercado La Colonia, en Managua, con la obra que, según sus
amigos, es su Capilla Sixtina. Dos murales de dos metros y medio de altura por 15 de largo, en los que se plasma el tiangue indígena y seguidamente el colonial.

"A diferencia de otros artistas de su generación —la de Praxis, los pintores que empezaron con su obra a denunciar las barbaridades de la dinastía somocista— Sáenz reivindicó el dibujo, mientras otros se lanzaron al abstraccionismo", dice Morayma Sánchez.

¡Noticia! Esta experta de arte fue contratada por las autoridades del Instituto Nicaragüense de Cultura (INC) para hacer el expediente del artista. Ese documento servirá para empujar la candidatura del pintor como "tesoro vivo de la humanidad", promovido por la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO).

De lograrse el nombramiento, significaría que Sáenz tendría una pensión para vivir, pues actualmente sus hermanos dicen que el Estado sólo les da mil córdobas mensuales. Es más, desde hace seis años la noticia que parece disco rayado es la misma: Leoncio anda rodando –vivió en Managua, luego en Carazo y ahora en Matagalpa–, dormía en el suelo, no comía y lo más doloroso: la pintura es un recuerdo. Sólo hace bocetos que no pretende por ahora publicar, aunque promete que muy pronto volverá a hacerlo.

La voz quebradiza asoma rápido en la conversación. Luego llora. Y llorará de nuevo a lo largo de la entrevista hasta que su hermana Victorina, quien lo cuida, lo regañe a rajatabla con un suave y firme "cálmese", llamándolo al orden. No se puede sufrir tanto en la vida.

—¿Cuál es el momento más feliz de su vida, maestro?

—El momento en que despierto (lágrimas otra vez). Eso quiere decir que no he muerto.

La hermana lo queda viendo, celebra la frase. Leónidas, otro de sus hermanos, sonríe con timidez. Es él quien sostiene la casa donde viven sus parientes.

Ganador de la orden Rubén Darío, que le robaron años después en circunstancias no esclarecidas, ha gozado del reconocimiento de todos sus colegas. Su pintura ha sido variada. Desde los dibujos que retrataron las masacres de la dictadura hasta la última exposición que hizo sobre la Biblia, en la que mostró su visión de artista, caracterizada por mostrar el lado indígena que aprendió cuando era un niño. En esos años incipientes que siguieron a la fecha de su nacimiento, allá en 1935.

Foto de Carlos Laguna
Junto a su hermana Victoria, quien lo cuida en la casa donde viven en Matagalpa. "Cálmese", le dijo cuando vio que lloraba sin parar.

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Desde las colinas de la comunidad de Pacsila, una legua al norte de la casa donde reposa ahora enfermo, se respira un aire tan limpio que a cualquiera le gustaría conservarlo en los pulmones.

Es aquella una mirada de paraíso: varias casas a la orilla de un valle comparten la naturaleza. Allí los campesinos siembran para subsistir y se ganan la vida sin pretender la vida de lujo que otros quisieran. La felicidad está dada por una suma de detalles que alguien muy chic, muy citadino, no alcanza a ver aunque se pasee varios días por allí.

De ese sitio verde son los Sáenz. Los cheles. Una rareza para lo que en el Pacífico se llama indios, pero ellos y el resto de habitantes de esta comunidad pertenecen a los indios matagalpas y son, claro está, de los 95 mil registrados en la etnia.

A ellos, los matagalpa, pertenece esta comunidad de cheles, pelos rojizos y ojos claros que se ven caminar distraídamente o apurados por estas sendas.

Leoncio Sáenz tiene tiempo de no llegar allí, pero en Pacsila –escaso en frijoles en español– su hermano Secundino, que ya tiene 70 años, se dedica a sembrar papas y a otras labores de tierra con las que se gana la vida y con las que botó la vieja casa familiar, de aleros cómodos y techo de tejas, muy usual en los recónditos sitios del país marcados por un lejano pasado colonial.

Por esas tierras vivieron felices sus primeros años de casados Leoncia y Víctor Sáenz, que no son primos como otros que se han casado para mantener la raza de cheles. Ellos son lejanos. Así lo dice Leónidas, otro de sus hijos y el actual benefactor de su hermano.

Vivieron felices después de engendrar 11 hijos a lo largo de una relación de más de 13 años que terminó cuando ella murió de cáncer de mamas. El padre jamás se volvió a casar.

"Fue tanta su fijación por la figura de su madre que un día se perdió en el monte, buscando a su mamá y la encontró en un árbol, una visión que tuvo de niño", cuenta Luis Morales, amigo personal del pintor y actual director del Instituto Nicaragüense de Cultura.

La muerte de la madre afectó a Leoncio, un chele que desde chiquito daba muestras de sus inclinaciones al dibujo. Hacía en el papel pájaros, frutas y luego se las vendía al resto de niños, con lo que le alcanzaba para comprar todo el confite que quisiera, y que le daba para llenarse los bolsillos.

Víctor Sáenz supo que su hijo era especial y buscó ayuda con el Obispo de Matagalpa, Octavio Calderón y Padilla, cuando la maestra de la comunidad de indios le dijo que "ya no podía enseñarle nada al niño, que era demasiado inteligente".

"Yo me aprendía unos papelitos pequeños y él unos papelones. Era muy inteligente", cuenta Secundino, uno de los hijos menores de los Sáenz y hermano coetáneo de Leoncio. Bajo la tutela de Calderón y Padilla, el niño entró al colegio San Luis, de Matagalpa, en compañía de Leónidas. Leoncio era muy bueno dibujando según Eddy Kühl, uno de sus compañeros de clases.

"Recuerdo que para un final de año hubo una exposición de dibujos de los chavalos de la escuela, recuerdo que en un cuadro pintó una escena de los soldados romanos capturando a Jesús, pero en vez de espadas y lanzas les dibujó rifles y bayonetas, y en vez de pulseras les puso relojes de mano, pero estaban tan bien hechos que Leoncio ganó el primer premio", cuenta Kühl.

En ese tiempo también fue monaguillo, el líder del grupo de acólitos de la Catedral, pues les leía el periódico todos los días a petición del prelado. Gracias a esas tareas dejó un rastro de su afición por el dibujo que un día encontró el pintor Rodrigo Peñalba cuando decidió becario para estudiar en la escuela de Bellas Artes.

"Ve Rodrigo aquí tengo un monaguillo que le gusta el dibujo, mirá como me deja los periódicos con dibujos de frutas y pájaros en los bordes", dijo el religioso.

Así nació la carrera artística de Sáenz quien a los 14 años viajó a Managua y empezó con lo suyo: pintar y pintar, dibujar y dibujar.

En una gira, con su gorro rojo. Según Luis Morales, su amigo, Leoncio siempre fue la atención. Era raro encontrarse con un indio chele, ojos claros. En ese viaje, en el aeropuerto al revisarle la maleta salió una lagartija.

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La imagen sin embargo que el pintor Luis Morales tiene clavada en la cabeza tiene que ver más con el personaje. Se relaciona con la oportunidad cuando la secretaria de Diego Rivera y Frida Kahlo le cortó el cabello en la galería Josefina, en Managua. O la vez que el gran poeta Carlos Martínez

Rivas insultó a Sáenz cuando fueron a Granada invitados por el Ministerio de Cultura.

Había un evento de la Casa de los Tres Mundos y Martínez Rivas se encontró con muchos amigos. Estaba cómodo. El poeta y el pintor ya se conocían, porque el primero le había dado clases de arte en la escuela dirigida por Peñalba.

Leoncio Sáenz siempre fue un tipo que le gustaba acostarse temprano y levantarse al alba, una costumbre campesina que chocó con Martínez Rivas, feliz con sus amigos en la ciudad colonial. Sáenz quería regresar temprano ese día, acostarse a las siete y media de la noche en su casa, y el otro quería seguir bebiendo.

"A usted, yo le pido que no me vuelva a sacar con la serpiente emplumada", le ordenó a Morales, funcionario del ministerio y encargado del traslado.

Fue así como el panida comparó la facha de su antiguo alumno con la deidad indígena. El resto del viaje fue sepulcral. No se hablaron.

En lo personal, Leoncio Sáenz fue toda la vida un mal bailarín, le gustaba la buena comida y era experto cocinando espaguetis, lo más barato que podía comprar.

Le gustaba el vino y, cuando niño, comía frijoles parados en la mañana y fritos de noche. Su hermana Victorina dice en la casa de Matagalpa, donde vive actualmente, que ahora debe hacerle comida muy sana, con poca grasa. Alimento de diabético.

"Leoncio es bien ingenuo, ganó muy buen dinero en sus tiempos, pero jamás pensó en tener un carro. Siempre andaba a pie, comía bien, ocupaba el dinero para comprar sus materiales y antigüedades. Nicaragua está en deuda con él. Leoncio es el maestro del dibujo, así como Peñalba es el maestro de la pintura", dice Morales.

Según la autoridad gubernamental, a él le causa mucha gracia que ahora los artistas se creen informados por el uso del Internet. Leoncio, sin muchos aspavientos, siempre se mantuvo bien enterado de su oficio. ¿Quién le enseñó a Morales, por ejemplo, el museo de arte moderno de Nueva York y lo recorrió como si anduviese en su casa? Leoncio. ¿Cuál fue el primer pintor, antes que Armando Morales, cuyas obras entraron al museo de la Organización de Estados Americanos? La respuesta es la misma.

En 1998. En un acto cultural, entre ellos Luis Morales, el primero a izquierda a derecha, y en el centro Leoncio Sáenz, con su pluma. En el retrato está acompañado de Genaro Lugo, Efraín Medina, entre otros.

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El mes pasado Leoncio Sáenz tenía años sin leer un periódico. Años sin escuchar bien —se ayuda con un audífono— y años también de no pintar. Ni un reportaje se ha hecho de él desde el 7 de junio de 2003 cuando le dijo a la poeta Martha Leonor González, editora de La Prensa Literaria, que Praxis le dio impulso a la pintura en toda la modernidad.

Desde entonces ya era criticado por su trabajo. Alejandro Aróstegui, compañero de su generación, decía que no miraba una obra de Sáenz que le dijera que su colega estaba retomando o alcanzando "esas alturas que alcanzó en un tiempo, más bien lo noto como dormido".

A Sáenz lo han criticado no sólo por eso. El pintor no tiene hijos, nunca ha tenido mujer y hay quienes dicen que es homosexual.

"No fue mi nota", dijo cuando se le preguntó por qué no había tenido descendientes, sin embargo hay pintores que lo han tratado de manera despiadada. Que lo han insultado y maltratado. Antes de hacer este reportaje, un pintor me cuestionó con soma: "¿Para qué vas a ir a entrevistar a la leona? Está bien, entrevistalo pues el pobre está tirado en una cama", concedió.

Para Luis Morales, la orientación sexual del artista no importa: "Se han dicho muchas cosas de su homosexualidad. Groserías. Pero es intrascendente para lo que él ha hecho como artista. Lo que ha dado a la Patria sin pedir nada a cambio".

El pintor retrató las acuarelas de la dinastía somocista y lo hizo con el dibujo.

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El 31 de agosto de 2002 apareció esta carta en la sección de Opinión de La Prensa:

"Los trabajadores en distintos ámbitos de la cultura nacional por medio de LA PRENSA nos dirigimos al presidente Enrique Bolaños para llamar su atención sobre la situación que sufre el maestro Leoncio Sáenz en el pueblo El Rosario donde él vive. Como producto de la violencia Sáenz se encuentra internado en el hospital público de Jinotepe, con fracturas de fémur y herida en la cara a la espera de que le realicen una intervención quirúrgica". Firman: Gustavo Adolfo Hernández Lara, Arnulfo Agüero y cuatro más.

Según Sáenz, la fractura ocurrió por una riña que tuvo con un beodo a la entrada de la casa en Carazo. Ese sujeto lo empujó y él cayó sobre una cuneta.

Pero en el fondo, la noticia sólo fue el reflejo de los vaivenes de la vida de este pintor andariego. El desorden lo estaba matando.

A esa altura de su vida había vivido en la famosa casa de las princesas de dólar en la Avenida Bolívar y en otra en Ciudad Jardín en Managua. También estuvo un tiempo en Matagalpa a raíz del terremoto.

En la actualidad, su hermano Leónidas Sáenz se queja que la plata no alcanza, que su hermano es el artista olvidado y que ellos debieron trasladarlo a esta vivienda porque estaba "como perro en Carazo". Nombres como Peñalba (su maestro) o Carlos Garzón (su mecenas y dueño de una joyería hasta su muerte) lo hacen llorar y claro que reconoce que sus parientes le dan muchos cuidados.

Pero él está en su mundo. Leoncio Sáenz no sabía que su otrora amiga, la poeta Rosario Murillo, había vuelto al poder, que quita y pone ministros. Y cuando se entera, luce sorprendido.

—¿Siente que lo apoyan lo suficiente?

—(El pintor ve fijo) No, qué va, no saben que existo. Dicen que soy uno de los grandes, pero hay más grandes. Están (Alejandro) Aróstegui, Morales. Existen siempre los más grandes y los pequeñotes. Así vamos. Aquí no veo ni alcaldito, ni alcaldote visitándome.

—Usted trabajó con Rosario Murillo en los años 80, ¿no se ha comunicado con usted?

—Sí era su amiga —interviene su hermana Victorina, no lo deja responder.

—¿Sabía que Daniel Ortega ganó hace poco las elecciones y ella es primera dama? —le pregunto.

—¿Cómo es eso? —interroga con ojos de sorpresa.

—Ortega volvió al poder hace un año, ¿no se dio cuenta?

—Es que esos chavalos jodidos (los voceadores) ya no me traen el periódico.

—¿Cómo era la Primera Dama con usted cuando la conoció?

—Era amable. Nos apoyaba a la Asociación de Trabajadores de la Cultura. Fue buena.

—¿Qué le parece que haya vuelto al poder?

—Bueno (arruga la cara). Hay que disfrute de sus primeras damas. Nosotros los artistas no tenemos primeras damos.

Ríen sus hermanos, después dirá que los periodistas tampoco lo visitan. La casa, su casa ésta de Matagalpa con un par de pinturas ajenas en las paredes, es la más solariega de su barrio. Su hermana Victorina, flaca, mirada tierna, dice que él se queda atento a la calle, callado. Le hace falta platicar con alguien sobre el oficio. Pronto viene el reclamo.

—¡Ya me hiciste haragán! —replica en su asiento con una sonrisa y agrega—: Los periodistas no saben quién soy tampoco. Si yo fuera un asesino de ésos que han matado (risotadas al fondo), aquí estuvieran el montón de periodistas, estarían tomando fotos.

El cuadro la mano creadora elaborada por Leoncio en el año 2002.

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