La vida de doña Violeta Barrios de Chamorro, la presidenta de la transición

Reportaje - 13.04.2019
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Directora de un periódico. Eterna esposa de Pedro Joaquín Chamorro. Campesina. Madre. Abuela.  Pianista. Alérgica a todo tipo de alimento conocido. Presidenta de una nación.
¿Quién es Violeta Barrios?

Por Amalia del Cid

Esta historia ya se ha contado antes, pero suele empezar en una plaza abarrotada de personas y banderas, odios y esperanzas, donde una señora vestida de blanco alza los brazos como abrazando al mundo, allá en abril de 1990. Harán 29 años desde entonces y 29 años es mucho tiempo. En 29 años, por ejemplo, se puede construir un país y también destruírsele. Sin embargo, un viaje de 29 años al pasado no es suficiente, porque la explicación de quién es Violeta Barrios y cómo llegó a ser quien fue se halla en la primera mitad del siglo XX.

Empieza exactamente en una casona estilo Alabama, a medio camino entre colonial español y griego norteamericano. La más hermosa de aquella ciudad de Rivas, una casa construida en 1929, el mismo año que Violeta nació.

Su padre era el terrateniente Carlos Barrios Sacasa y su madre, doña Amalia Torres, una señora alta, blanca y muy romántica que “se moría de tristeza” cada vez que su esposo se iba de viaje durante meses para atender los asuntos de las fincas. “Chale”, le decía, “¿por qué no vendemos Santa Rosa para que podás quedarte más cerca de nosotros?”, pero él no concebía la idea de abandonar sus tierras. Lo cuenta la propia doña Violeta en las memorias que escribió cuando tenía 67 años: “Sueños del corazón”, un libro que rebosa de sinceridad y de esa llaneza que la acompañó a lo largo de su vida.

De su madre aprendió que “se puede ser en el fondo fuerte, pero moderado en la forma de expresarse” y que “el convencimiento en las propias creencias debe expresarse con la mayor de las cortesías”; de su padre, que “la mejor forma de ejercer la autoridad es mediante la persuasión y solo adquiere carácter sagrado cuando se apoya con el ejemplo”.

Amalia Torres con sus hijos. De izquierda a derecha: Carlos José (Chale), Violeta, Manuel Joaquín (Maquín) y Ricardo.

Muchos años más tarde ambas enseñanzas le serían de gran ayuda en la tarea titánica de pacificar un país en guerra y totalmente polarizado. Pero entonces Violeta era solo una niña que disfrutaba de la familia y el campo; tocaba el enorme piano que su padre había importado de Nueva York para que ella tomara sus primeras lecciones y lo mismo se ocupaba del gallo y las seis gallinas ponedoras que todas las mañanas garantizaban el desayuno de la familia Barrios Torres.

También le gustaba ir a Amayo, una de las fincas de su padre, ubicada a cinco horas a caballo desde Rivas. Ahí montaba al potrillo Torpedo, arreaba ganado y pasaba casi todo el día nadando en el Gran Lago con sus hermanos. Amaba la vida del campo y cuando años después la dejó para establecerse en la capital y convertirse en Violeta Barrios de Chamorro, el campo se fue con ella. “Campechana” es la palabra que la define mejor, según el mayor de sus cuatro hijos, Pedro Joaquín Chamorro Barrios.

Violeta Barrios Torres era “una niña rica”, proveniente de una familia “dueña de Rivas y más allá”, latifundistas, gente de tierras y de plata, cuenta su hija Claudia Lucía. Todo lo contrario de los Chamorro, que eran “una familia ciertamente de abolengo, pero más volcada en el tema de los valores sociales”. “Para mi mamá tuvo que haber sido un shock salir de su palacetito en la casa de mis abuelos, fue un cambio de vida muy brusco”, considera.

A juicio de Claudia Lucía, la principal característica de su madre fue “su capacidad de entrega” a la persona que más la estuviera necesitando. Durante mucho tiempo esa persona fue su esposo Pedro Joaquín Chamorro Cardenal, pero también lo fueron sus hijos y finalmente Nicaragua entera.
“Renuncié a toda esa belleza sencilla y honesta para vivir con Pedro, un hombre al que no conocía en su totalidad”, señala doña Violeta en sus memorias. “Solo la fuerza del invencible amor que sentía hacia él me permitió superar lo que sufrí por Pedro”.

Violeta Barrios en su juventud.

***

“¿Querés que me ponga de rodillas y te ruegue que me aceptés?”, preguntó Pedro Joaquín. Llevaba muchos meses cortejando a la hermana de su amigo Chale, pero por más que insistía solo recibía rechazos.

La había conocido durante una graduación en el Colegio Centro América, a la que Violeta asistió para acompañar a su hermano Maquín en la ceremonia de entrega de diplomas; pues hacía poco don Carlos había muerto de un fulminante cáncer de pulmón y su viuda, doña Amalia, se negaba a salir del cuarto donde instaló un altar para su esposo, con una vela permanentemente encendida.

Esa noche Chale le presentó a su hermana algunos de sus antiguos compañeros de clase, entre ellos Pedro Joaquín Chamorro Cardenal. Y ella lo encontró “un muchacho atractivo, inteligente y agradable, pero no más que cualquiera de los otros” a quienes conoció en esa velada, narra en su libro. Después de ese encuentro, Violeta no volvió a pensar en él; pero Pedro Joaquín se quedó maquinando una estrategia para poder volver a verla y pronto la encontró: le dijo a su amigo que tenía ganas de ir a cazar conejos y venados y Chale lo invitó a la hacienda Amayo.

“Mi hermano me sugirió que lo acompañara a él y a su amigo en el viaje a tirar que iban a hacer. Acepté la propuesta. No había ido a Amayo desde hacía semanas. Después de cargar el carro con la provisión necesaria, se fue a recoger a Pedro dejándome instrucciones explícitas: ‘Cuando toque el claxon del carro, salís de inmediato. Se está haciendo tarde y quiero llegar a Amayo antes de que oscurezca’”, relata doña Violeta en “Sueños del corazón”.

Pedro Joaquín Chamorro y Violeta Barrios de Chamorro.

Sucedió que antes de que su hermano volviera, su mamá le pidió que fuera al patio a escoger un pollo para la cena. Vestía pantalones negros, blusa blanca, llevaba el cabello atado en una cola de caballo y cuando escuchó la bocina del carro salió corriendo con una gallina gorda en una mano y un bote de repelente para insectos en la otra. Según doña Violeta, aquella divertida escena convirtió el interés que sentía Pedro Joaquín en un auténtico enamoramiento adolescente.

Lamentablemente, para el joven pretendiente, ella no sintió lo mismo.

En los siguientes meses lo rechazó de todas las formas posibles. “No perdás tu tiempo conmigo, Pedro. Nuestra familia está todavía de luto. No he salido de esta casa desde que murió mi papá. No conozco bien ni Managua. ¿Cómo se te ocurre pensar que quisiera casarme con vos e instalarme con tu familia durante el resto de mi vida? Además, aunque yo tengo edad para enamorarme, no estoy enamorada de vos”, le dijo cuando le declaró su amor la primera vez. “¡No vengás. No tengo ningún interés en vos”, le respondía cuando Pedro Joaquín llamaba al único teléfono del pueblo, ubicado en el hospital, para preguntar a través de un mensajero si podía llegar a visitar a la niña Violeta y a ella no le quedaba más opción que ir al hospital, furiosa, a recibir la llamada.

Utilizando su red de contactos, el pretendiente estaba al tanto de las actividades de la muchacha, que no eran muchas: levantarse con los primeros cantos de los gallos, ir a misa y luego al mercado para comprar las verduras del día y pasar el resto de la tarde dedicada al piano y la mecanografía. Los sábados llegaba a la casa sin que Violeta lo hubiera invitado y los domingos pasaba el día entero sentado en una banca frente a la iglesia porque no sabía a cuál de las misas iba a asistir ella. Pero mientras más desesperadas eran sus propuestas, más fuerte era el repudio que ella le demostraba. Así fue hasta que un día dejó de insistir. No hubo más cartas ni llamadas, ni palabras febriles, ni miradas expectantes. Entonces Violeta comenzó a extrañarlo.

Pedro Joaquín Chamorro y Violeta Barrios se casaron el 8 de diciembre de 1950.

“¿Querés que me ponga de rodillas y te ruegue que me aceptés?”, le preguntó Pedro Joaquín cuando reapareció, semanas después. Había entrado a la misa de las 8:00 de la mañana caminando por el pasillo central del templo hasta sentarse a la par de la joven. Ella no respondió y él dibujó un corazón en el banco de enfrente, usando la llave del cuarto donde se hospedaba. “¿Me querés o no me querés?”

Esa misma tarde fueron a Amayo y, en la costa del Cocibolca, Violeta al fin pudo responderle que sí, que sí lo quería. Se comprometieron el 19 de marzo de 1949 y se casaron el 8 de diciembre de 1950. Así “inició una relación en la que habríamos de compartir veintisiete años de vida y todos los años de separación que Dios decidió”, dice la expresidenta en sus memorias. “Nunca volveré a casarme. No creo que un amor tan hermoso como el nuestro pueda repetirse jamás”.

En adelante, su destino estaría irremediablemente unido al de su esposo, quien en 1978 habría de convertirse en el Mártir de las Libertades Públicas al morir asesinado en una calle de Managua. Doña Violeta hizo suyos los ideales del periodista y su incursión en la política fue una consecuencia de las actividades de él. Incluso cuando, en 1989, dudaba si sería capaz de cargar sola el peso de una campaña presidencial contra el gobernante Frente Sandinista, el recuerdo de Pedro Joaquín estuvo presente. “Hacelo por Pedro, Violeta”, la exhortó su suegra, doña Margarita.

Desde las páginas de su diario, el director de La Prensa emprendió una lucha contra la dictadura somocista y a su lado, apoyándolo, siempre estuvo doña Violeta. “Siempre le acompañó en las prisiones visitándolo constantemente, (...) siempre protestando con energía por las injusticias que se cometían con Pedro Joaquín (…)”, sostiene Edmundo Jarquín, yerno de doña Violeta y esposo de Claudia Lucía, en un reportaje del programa televisivo Mi Vida. Mi Historia.

Lo acompañó también en el exilio y a la cárcel le llevaba papelitos que luego él le entregaba para que ella pasara sus notas a máquina, recuerda Pedro Joaquín (hijo). “Fue su eterna compañera”, dice, y afirma que la relación de sus padres fue “excelente” y llena de amor.

“Ella se entregó enteramente a mi papá. Se dedicó a protegerlo y tuvo que darse más a él que a nosotros”, señala Claudia Lucía. Su mamá —afirma— era una persona de mucha entrega y se ocupaba de los asuntos operativos del hogar, pero las normas las establecía Pedro Joaquín. Para pedir un permiso o tomar una decisión sus hijos se entendían con él.

Para comprender eso hay que ubicarse en la época en la que doña Violeta creció. Su madre se había entregado en cuerpo y alma a su esposo y hay quienes opinan que ella hizo lo mismo. Hasta enero de 1978 su vida era Pedro Joaquín y para ella la muerte del periodista fue una tragedia de magnitudes insondables, a pesar de que ya habían platicado sobre las amenazas de muerte que él recibía y ella ya había comprado un terreno en el cementerio para cuando lo mataran. Fue como si a la Tierra de pronto le apagaran el Sol.

“El único consejo que mi madre me dio antes de casarme fue lo que ella hizo toda su vida, un consejo que por supuesto nada tenía que ver conmigo: ‘Hay que ser sumisa’. Eso fue lo que me dijo y lo podés poner porque esa es mi madre”, dice Claudia Lucía, la segunda de los cuatro hijos de Pedro Joaquín y doña Violeta. Sin embargo, señala, a la larga esa misma capacidad de entrega la hizo asumir tareas mucho más importantes.

Tampoco debe pensarse que era sencillamente un ama de casa. “La encuentro y la recuerdo una persona muy hogareña, muy pendiente de atender a las visitas en su casa, ya fuera en Managua o en una casa muy rústica que tenían Pedro Joaquín y ella en San Juan del Sur. (Pero) fue una persona con fuertes convicciones políticas y no necesariamente sumándose a Pedro Joaquín. Tenía su propio criterio, su propia valoración de la situación política”, afirma Edmundo Jarquín en el reportaje sobre la vida de doña Violeta.

Hay un archivo histórico donde se le ve, joven y enérgica, ante las cámaras de los medios, acusando de “corruptos” a los Somoza y a todos los que estaban en el Gobierno, y de “cobardes” a quienes se plegaban a sus órdenes. “Yo ya estoy curtida de gestiones. A Pedro lo han acusado cantidades de veces en consejos de guerra, y ahí se ven todas, cómo le quiero decir yo... las injusticias, la hipocresía, la flojedad, los cobardes principalmente”, exclama con su acento de campo y su estilo libre de florituras.

Jamás abandonó a Pedro. Ni siquiera después de que él murió. Tras su asesinato, ocurrido el 10 de enero de 1978, convirtió su casa en un museo, casi un altar, en honor al mártir. La foto que ella le mandó a la cárcel para que pudiera ver a sus hijos, la motocicleta en la que él andaba “todas las mañanitas, desde las 5:00, por toda Managua”; su brocha de afeitarse; el “barril viejísimo donde hacía su guaro”, que luego regalaba a sus amigos; la ropa ensangrentada, los zapatos, los lentes usados ese último día; el carro que conducía cuando le dispararon y que ella guardaba como “reliquia”, porque confiaba en que algún día “el pueblo de Nicaragua” se daría cuenta de quién fue Pedro Joaquín Chamorro y por qué murió. La biblioteca tal como él la dejó, con dos paredes cubiertas por los libros que ella le compró para que los leyera en la cárcel. Y el piano que ella tocaba en sus momentos de soledad.

Al morir Pedro Joaquín, ella recogió “su bandera” para cumplir el sueño de que “Nicaragua volviera a ser República”. Doña Violeta reconocía que su candidatura “fue producto de las circunstancias”. “Yo me entregué a ella para que Pedro y Nicaragua pudieran triunfar a través de mí”, afirma en “Sueños del corazón”.

Sin embargo, en sus memorias, también deja claro que como ciudadana y directora del Diario La Prensa estaba muy consciente de que Nicaragua se encontraba bajo un régimen totalitario y que había que conducirla hacia la paz y la libertad.

Doña Violeta no era la única candidata para representar a la Unión Nacional Opositora (UNO) en el duelo electoral contra Daniel Ortega, el Gallo Ennavajado. Antes de que la eligieran a ella, se barajaban otros tres nombres: el doctor Emilio Álvarez Montalván, político y oftalmólogo; Enrique Bolaños Geyer, presidente del Cosep que había sido perseguido, encarcelado y calumniado, y Virgilio Godoy, político de la vieja escuela y economista a cargo del Partido Liberal Independiente.

La elección se hizo el 2 de septiembre de 1989 con un método poco ortodoxo, pues el tiempo apremiaba. Los cuatro aspirantes a la candidatura debían presentarse ante un comité seleccionador compuesto por un dirigente de cada uno de los catorce partidos que conformaban la UNO. Esperaron en una diminuta sala mientras llegaba su turno de ser analizados por esa suerte de tribunal.

Los líderes de la UNO estaban sentados detrás de mesas colocadas en forma de herradura y discutían solemnemente cuando doña Violeta entró al salón. Catorce pares de ojos se posaron sobre ella. Alguien le pidió que se sentara en una silla ubicada al centro del grupo. Luego le preguntaron cuál sería su plataforma de gobierno en caso de que triunfara en las elecciones del 25 de febrero.

“Trabajaré a favor de la paz y la libertad”, contestó. “Para alcanzar la paz pondré fin al Servicio Militar Obligatorio y me esforzaré por reconciliar a la familia nicaragüense, que lleva tanto tiempo polarizada. Devolveré al pueblo el derecho a elegir a sus dirigentes mediante elecciones justas y abiertas. Y, sobre todo, ofreceré honradez, no solo en apariencia sino también en la práctica. Serviré a mi pueblo y no haré que este me sirva a mí”.

Doña Violeta con su yerno Antonio Lacayo (q.e.p.d.).

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Nada fue miel sobre hojuelas durante su gestión presidencial. En los primeros años las asonadas promovidas por el Frente Sandinista estaban a la orden del día, la polarización persistía y en las zonas más remotas del país aparecieron brotes de nuevos grupos armados, “recontras” y “recompas”. Además, muchos consideraban que la presidenta no era más que una figura decorativa y bonachona, y que quien movía los hilos del Gobierno era en realidad su yerno: el ministro de la Presidencia, Antonio Lacayo Oyanguren (q.e.p.d.).

En resumen, al principio se decía “que era una dunda”, admitió la propia doña Violeta en una entrevista concedida al periodista Fabián Medina para El Semanario, en 1996. Ese era su estilo. Franco, llano y a menudo ingenuo. De campesina solo tenía eso: “Una aplastante simpleza”, considera la periodista María Lourdes Pallais en su reportaje “Violeta Barrios de Chamorro: La reina-madre de la nación”, publicado en 1992 en la revista Nueva Sociedad.

Día histórico. El 25 de abril de 1990 Violeta Barrios de Chamorro tomó posesión de la Presidencia, bajo la atenta mirada de Daniel Ortega Saavedra.

En el texto de Pallais, el periodista Danilo Aguirre Solís (q.e.p.d.), entonces diputado sandinista, describe a doña Violeta como “inmune a las intrigas”. Para él, “su primitivismo y su llaneza la ayudaron muchísimo”, recibía “los golpes estoicamente” y era “como una campesina a quien le enseñaron a bordar”. Esa llaneza la acompañó siempre, en sus discursos y entrevistas, ante periodistas y frente a embajadores.

Durante su campaña electoral recorrió Nicaragua hablando de perdón y de hermandad, y de la promesa de finalizar la guerra y eliminar el Servicio Militar Patriótico, que finalmente cumplió. Y aunque “la gran mayoría sandinista” estaba convencida de que la UNO no tenía esperanzas de ganar, se inició “una campaña violenta” contra su candidata, relata Pallais.

La “asociaban con la muerte, con la guerra, con la CIA, con los contras, con Somoza (...). Se burlaban de su condición de ama de casa, se mofaban de su discurso simple e ingenuo. Incluso le disputaban el patrimonio del pensamiento de Pedro Joaquín Chamorro, figura clave para ella como símbolo”.

Pero doña Violeta, quizás por ese estoicismo del que hablaba Aguirre Solís, decidió ir “hasta el final”, ya fuera sentada en silla de ruedas o apoyada en bastón o muletas, porque 55 días antes de las elecciones se fracturó la rodilla derecha al resbalarse y caerse en la sala-oficina de su casa en Las Palmas, cuando recibía la visita de Año Nuevo de Pablo Antonio Cuadra. Su yerno Antonio Lacayo Oyanguren lo cuenta en el libro “La difícil transición nicaragüense”.

El 25 de abril de 1990 despertó al amanecer y desayunó té y pan. La casa estaba desierta y el silencio la sumió en un estado de ánimo pensativo. “Reflexioné sobre la importancia del momento. Por primera vez en nuestra historia, un presidente civil legítimamente electo iba a recibir el traspaso de poderes de un grupo militar que lo había alcanzado mediante una revuelta armada. Aquel día estábamos aceptando devolver al pueblo el poder de elegir a sus líderes”, recordó años más tarde en sus memorias.

Apoyada en un bastón, Violeta dirigió el desarme de Nicaragua. FOTO/ ARCHIVO

Ese 25 de abril fue un miércoles. Doña Violeta leyó los periódicos y vio que todos, menos La Prensa, pronosticaban que su gobierno no duraría mucho. A las 9:00 de la mañana todavía no había decidido qué ropa usaría para asistir a la toma de poder. Eligió un vestido blanco, “el color de la ropa que se suele llevar para recibir los sacramentos”, pero no fue ninguno de los que le habían mandado, a modo de regalo, diseñadores tan famosos como Oscar de la Renta. Seleccionó el vestido “sencillo, bonito y barato” enviado por su amiga Aurorita Cárdenas y como único adorno se colocó la cruz que le heredó su abuela. Después se fue al estadio a recibir la banda presidencial de manos de Daniel Ortega, frente a unas 20 mil personas. Una parte gritaba “¡Daniel!” y el resto: “¡Violeta, Victoria!”

Le habían recomendado que no pasara por el lado donde estaban los sandinistas, pero ella igual lo hizo, y le tiraron hasta bolsas con orines. Subió al estrado con la ropa manchada y ahí se encontró a Ortega, enojado y quejándose porque los de la UNO le habían arrojado palos y piedras. “Mirame a mí cómo estoy, con mi ropa manchada”, replicó ella. “Así que estamos a mano”.

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Los primeros signos del Alzheimer comenzaron en el año 2000, recuerda Claudia Lucía. Doña Violeta tenía 71 años y a menudo repetía cosas que ya había dicho. La llevaron a consulta y el médico dijo que efectivamente pasaba algo extraño, pero que no podía afirmarse que se tratara de esa enfermedad, pues el cerebro de la expresidenta mostraba un envejecimiento propio de una persona de su edad. Sin embargo, le recetaron un medicamento que probablemente hizo que el desarrollo del Alzheimer se ralentizara.

Se la diagnosticaron en el año 2007 y esa fue la primera enfermedad grave en su vida, afirma su hija. Antes de eso no tuvo mayores complicaciones de salud: solo algún problema en la columna, que resultó ser osteomielitis, y una extraña alergia a todo tipo de alimento conocido, que resultó ser mentira. Una mentira que la propia doña Violeta había terminado creyendo verdad. En realidad era una gran “cutufera”, dicen sus hijos. Melindrosa para comer.

La trombosis que sufrió a finales de 2018 no tuvo nada que ver con el Alzheimer. Para entonces su enfermedad se encontraba ya en una etapa severa y doña Violeta, la antaño imparable doña Violeta, no podía caminar, no hablaba y estaba empezando a tener problemas para tragar, cuenta su hija Claudia Lucía. Con la parálisis, naturalmente, su salud se debilitó más pero no ha necesitado que le suministren oxígeno; ella solita ha estado respirando y, al momento en que este reportaje fue escrito, dos enfermeras la cuidaban a tiempo completo.

Antes de caer en cama, hace unos siete años, su hijo Pedro Joaquín le gastó una broma para ver cómo reaccionaría la mujer que durante su mandato presidencial manejaba su propio carrito y llamaba “Juan Carlos” al rey de España y “don Boris” a Boris Yeltsin.

Iban a un chequeo médico y, cuando se detuvieron en un semáforo, Pedro Joaquín le dijo: “Mirá mamá, mirá como te queda viendo la gente, todo mundo sabe que sos la presidenta de Nicaragua. ¡Vamos a sacar la sirena para pedir vía libre y pasar los semáforos!”

“¡Por ningún punto! ¡Por ningún punto!”, exclamó ella de inmediato. Y entonces su hijo supo que ni siquiera el Alzheimer había podido llevarse la esencia de doña Violeta.

Violeta Barrios fue la presidenta de la transición. Del totalitarismo a la democracia; de la guerra a la paz.

Sobre doña Violeta

Doña Violeta no escuchaba la radio, dejó de oírla en los tiempos de la lucha de Pedro Joaquín Chamorro, para no atormentarse con las noticias. Tampoco miraba noticieros en la televisión. Sin embargo, cuando aún gozaba de buena salud, no se perdía los periódicos, aunque a veces le aburrían mucho, según decía. Los esperaba desde las 5:30 de la mañana y cuando llegaban los leía sentada en su cama.

De joven jugaba beisbol con sus hijos, tocaba el piano y era devota de la Virgen de Guadalupe.
Le gustaba tomar gaseosa y tenía un enorme vaso de plástico con agarradera al que llamaba “mi porrón”. El detalle aparece en una entrevista que brindó a El Semanario, en 1996.

Usaba muchas palabras de campo y lenguaje cariñoso y coloquial para hablar con los demás. Decía, por ejemplo, “Papachú”, y a los periodistas los trataba de “amorcito”, “amor”, “papacito”, “mis muchachos” y, su expresión favorita, “mi alma”.

Carlos Fernando, entonces director de Barricada, saluda a su madre tras las elecciones de 1990.

Formó parte de la primera Junta de Gobierno tras la caída de los Somoza, junto con Daniel Ortega, Sergio Ramírez, Moisés Hassan y Alfonso Robelo. Pero, alegando motivos personales, renunció el 19 de abril de 1980 por considerar que el Frente Sandinista se estaba alejando de su programa original de gobierno y de los ideales de Pedro Joaquín Chamorro, como la democracia y la libertad. Se dedicó a dirigir LA PRENSA cuando el diario estaba bajo la censura sandinista y al día siguiente de la oficialización de su renuncia comenzaron los ataques del Frente Sandinista a este rotativo.

En los años ochenta la relación entre los hijos de doña Violeta estaba tan polarizada como Nicaragua. Pedro Joaquín era miembro del directorio político de la Contra; Claudia, embajadora del gobierno sandinista; Cristiana, editora en el Diario LA PRENSA y Carlos Fernando estaba a cargo del diario oficialista Barricada, que atacó la campaña electoral de doña Violeta. Ella se las arregló para conservar la armonía entre los hermanos. Ese ejercicio previo le ayudó en su tarea de pacificar el país. “La diversidad y unidad que alcanzamos en el núcleo de nuestro hogar se traduciría a nivel nacional en pluralismo y democracia”, escribió en el libro “Sueños del corazón”.

Estaba fuera de Nicaragua cuando murió su padre y también cuando murió Pedro Joaquín Chamorro. La primera vez se hallaba estudiando en Estados Unidos y la segunda estaba acompañando a su hija Cristiana en las compras previas a su boda con Antonio Lacayo. En ambas ocasiones presintió la tragedia.

El día que Violeta lloró

Doña Violeta y el entonces jefe del Ejército, Humberto Ortega Saavedra.

Doña Violeta se describía como una “mujer fuerte”, de pocas lágrimas. No quería que la vieran llorando cuando murió su esposo Pedro Joaquín Chamorro y tampoco cuando falleció su padre, Carlos Barrios Sacasa. Sin embargo, lloró mucho el 2 de septiembre de 1993, cuando vivió lo que ella consideraba “el peor momento de su mandato”.

Ese día anunció públicamente el retiro de Humberto Ortega, hasta entonces jefe del Ejército, y a la salida del Centro de Convenciones Olof Palme, fue rodeada por los hermanos Ortega. “Cuál es mi susto, cuando al salir me encuentro a Daniel por delante y a Humberto por detrás, y sentí que me iban a malmatar, pero me defendieron otras personas”, relató en entrevista con El Semanario en 1996.

Después del incidente, la presidenta pensó en renunciar, pero sus ministros la convencieron de que debía quedarse. Después lloró en el baño y en el cuarto, sola, “para no hacer sufrir al resto” de su gente.

Presidenta Violeta Barrios de Chamorro.

 

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Reportaje