La vida de las Marías Cucalón, las cuatrillizas más famosas de Boaco

Reportaje - 08.02.2021
Cuatrillizas Cucalon

María Dolores. María Fernanda. María Alexandra. María Isabel. Esta es la tercera vez que Magazine visita a las hermanas Cucalón, para enterarnos de cómo viven las cuatrillizas más famosas de Boaco. Pronto cumplirán 21 años

Por Amalia del Cid

Veinte años después a su madre todavía le cuesta distinguirlas. María Fernanda y María Isabel son las más parecidas. Para un ojo inexperto, el único detalle que las diferencia es el lunar que una de ellas tiene en la mandíbula, debajo de la oreja izquierda. María Dolores es la que más habla. Es la líder del grupo, aunque no quiera reconocerlo. En cambio, María Alexandra es la más tímida. Se esconde al fondo de la sala, detrás de una de sus hermanas.

Son cuatrillizas, sietemesinas, hijas de una pareja de campesinos que habita en la zona rural boaqueña y vive de lo que siembra. Nacieron el 31 de mayo de 2000 en el Hospital José Nieborowski, de la ciudad de Boaco, y causaron tremendo revuelo en el país.

Cuando se conoció la noticia muchos querían ayudar a sus padres, que para entonces ya tenían cuatro chavalos. El gobierno de Arnoldo Alemán les dio una casita a través del Banco de la Vivienda de Nicaragua; una presentadora de televisión les consiguió canastas con pachas y ropa para bebés y les llovieron regalos enviados por los televidentes de un programa nacional.

Por un tiempo fueron las cuatrillizas más famosas del país. Todos querían saber cómo estaban haciendo Isabel Reyes y José Ramón Cucalón para criar a tres niños y cinco bebés, porque Eyner, el cuarto hijo del matrimonio, apenas tenía un año de edad.

Magazine visitó a la familia cuando las niñas tenían seis años y volvimos seis años después, en 2012, cuando María Alexandra quería ser monja; María Fernanda, abogada; María Isabel, ingeniera en computación y María Dolores, doctora. Ahora hemos regresado una tercera vez, con las cuatrillizas a tres meses de cumplir 21 años.

Ya no tienen muy claro lo que quieren ser y están más tímidas que de costumbre. Ninguna se ha casado. Ninguna tiene hijos. Los domingos van juntas a la iglesia del caserío y leen la Biblia todas las noches. Duermen en el mismo cuarto, van juntas a traer agua del pozo comunal, juntas preparan la comida y juntas se bañan. Nada ha logrado separar a las Marías Cucalón.

 

Las Marías Cucalón con su madre, cuando tenían 6 años.

 

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“Nacieron cuatrillizas en Boaco”, decía la nota de La Prensa, publicada el 1 de junio de 2000. A las 9:00 de la mañana del día anterior una campesina de 35 años llamada Isabel Reyes había dado a luz a cuatro criaturas idénticas.

“Aunque la madre y el padre expresan y demuestran la alegría y satisfacción que les embarga, las bebés, nacidas en vísperas del Día Internacional del Niño, vienen a sumarse a la población que en Nicaragua vive en la extrema pobreza”, subrayaba la noticia.

Las niñas nacieron prematuras, a las 34 semanas de gestación y pesando de tres a cuatro libras. Para entonces a la madre ya le costaba caminar. Su barriga era un globo gigantesco que no paraba de crecer. Le creció tanto que cuando tenía poco más de seis meses de embarazo decidió ir al hospital de El Papayal y ahí le dijeron que no esperaba un bebé, sino cuatro. Entonces pensó que se iba a morir. Ella solo había escuchado sobre partos de “tres niños de un solo”, nunca más que eso.

Poco después la enviaron al hospital de Boaco, para ser sometida a cesárea. Y cuando pudo dar declaraciones les dijo a los periodistas que se sentía alegre, pero que había estado nerviosa porque antes de parir se desmayó varias veces. “Usted sabe que el pobre come cuando puede”, expresó desde la cama del hospital.

A su lado estaba Juan Ramón. Pequeñito, alegre, asustado, ahora padre de ocho chavalos, tres hombres y cinco mujeres. “Uno se asusta al saber que le viene un buen ejército de pronto”, confesó.

En la comarca El Chagüite les esperaba un rancho ruinoso y diminuto, en el que tendrían que vivir hacinados. Solo contaban con dos banquitos, un taburete y tres tijeras donde se acomodaban Isabel, Juan Ramón y sus cuatro hijos mayores.

Magazine las visitó cuando tenían 12 años de edad.

En ese entonces, igual que ahora, el padre de los niños era jornalero de campo y machete y alquilaba una parcela donde sembraba maíz y frijoles para el autoconsumo. Su familia sobrevivía gracias a los trabajitos que le salían y de los granos básicos que cultivaba. “Cualquier cosa que nos puedan dar es útil para nosotros, que somos pobres”, pidió a la población nicaragüense cuando le nacieron cuatro hijas más.

La gente se deshizo en ayudas; pero cuatro años después las niñas estaban en el olvido y celosas por la noticia de que una campesina jinotegana acababa de parir cuatrillizos. Rosa Laguna Obregón, de 34 años, dio a luz a tres niñas y un niño, fruto de la violación que sufrió de parte de un desconocido.

Esos niños también necesitaban ayuda. Rosa ya era madre soltera de otras cuatro criaturas cuando fue abusada sexualmente y vivía en un desvencijado rancho construido con tablas y palos, haciendo un solo tiempo de comida en los días más críticos.

Las Marías Cucalón apenas tenían cuatro años y no les gustaba sentirse desplazadas. “Cuatrillizas como nosotras, somos únicas, mita”, expresó la pequeña María Fernanda. Eran demasiado jóvenes para comprender lo que significa tener cuatro hijos en un solo parto, en un país como Nicaragua, y sobre todo en la zona rural.

Isabel Reyes y Ramón Cucalón con las cuatrillizas recién nacidas.

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Doña Isabel se arrepiente de haber pedido que le construyeran la casa en El Chagüite, un caserío donde incluso ahora casi no hay señal telefónica. Es necesario caminar hasta ciertos puntos (el lavandero junto al pozo, la esquina a tres cuadras de la casa, el árbol de jícaro en el patio) para poder “agarrar” unas cuantas barritas. Solo se sintonizan dos canales televisivos (el 2 y el 4) y las mejores adquisiciones que una familia puede hacer son un radio para escuchar música y un reproductor de DVD para ver películas.

Debió solicitar que le hicieran una casa en la ciudad de Boaco, en aquel momento de revuelo en el que podía pedir casi cualquier cosa, reflexiona. Hace tres años las cuatrillizas se graduaron en la escuela secundaria ubicada al otro lado de la casa (María Dolores con excelencia académica) y desde entonces no saben qué hacer.

Conocieron el mar hace poco y en Managua solo han estado un par de veces, para visitar el Puerto Salvador Allende y el Paseo Xolotlán. Quieren seguir estudiando, pero les asusta la idea de dejar su casa para vivir en un internado.

Su madre desea que salgan de ese fin de mundo al que se llega por una árida trocha cubierta de piedras y rodeada de matorrales secos. Pero las hermanas no quieren separarse de su familia y, más que nada, temen que las separen a ellas. Van juntas hasta a la pulpería y tienen la costumbre de tomarse de la mano. Antes querían estudiar carreras distintas, ahora se inclinan por elegir la misma.

María Dolores se desmarca del grupo para decir que le atrae el periodismo. Sus hermanas solo ríen y hacen comentarios en voz baja, como niñas que acaban de hacer una travesura. Han establecido un vínculo al que nadie más puede entrar.

Su madre les puso aretes con las iniciales de sus segundos nombres a fin de distinguirlas viéndoles las orejas; pero solo María Dolores y María Alexandra los conservan. Cuando eran pequeñas se parecían más y doña Isabel le daba de comer dos veces a la misma o las llamaba a todas para “varejonearlas” por igual, porque nunca sabía cuál de las cuatro era la autora de las vagancias.

Se despiertan a las 3:30 de la madrugada para preparar la comida que su padre y sus hermanos llevarán al campo y a las 7:00 de la mañana ya están vestidas y peinadas, con la casa limpia. Se peinan con trenzas idénticas y siempre eligen atuendos similares para el día: falda y camiseta con chinelas; blusa y pantalón jeans con zapatos deportivos.

Su hermana mayor, Berenice, sí las distingue. Aunque ninguna debe medir más de un metro y medio, María Dolores parece ser la más grande, María Alexandra la más chiquita y algunos detalles mínimos hacen la diferencia entre María Fernanda y María Isabel. Pero a ellas les divierte mucho que las confundan.

Les mostramos las fotos que Magazine les hizo cuando tenían 6 y 12 años para que cada una se señale en la imagen. Ríen y murmuran. Se secretean al oído. Después empiezan a apuntar con el dedo el sitio en el que se encuentran y se prestan alegremente a la recreación de las viejas fotografías.

Lo tímidas no les quita lo amables. Y el hecho de que rara vez salgan de su casa no impide que sean conocidas en varios kilómetros a la redonda. Todo mundo sabe dónde viven las cuatrillizas Cucalón.

De azul Isabel (arriba) y Fernanda. De rosado Dolores (arriba) y Alexandra.

Gustos y aventuras

  • A las Marías Cucalón no les gustan los gatos. De hecho, no hay mascotas en la casa porque a la familia le agrada mantenerla impoluta. En el patio solo habitan una gallina y nueve pollitos. Eran catorce, pero “se los ha llevado el gavilán”.
  • Les gusta escuchar música, ver novelas y platicar en la sala con su mamá y su hermana (Berenice, que tampoco se ha casado).
  • Pocas cosas las distinguen, pero al menos tienen colores favoritos. A unas les gusta el blanco y a las otras el celeste y el rosado.
  • Son muy tímidas, pero la lengua se les suelta un poco cuando hablan del día que conocieron el mar o de sus aventuras en Managua. Para ellas la capital es bonita y sueñan con entrar a un cine.
  • También tienen ganas de estudiar, pero debe ser en una universidad cercana a la casa, porque no quieren dejar a su familia. O bien, que toda la familia se traslade a un lugar más accesible, menos remoto.
  • Nunca han probado la pizza y hace tres años vieron el mar por primera vez.
  • Cuando eran niñas fueron invitadas a varios programas de televisión. En uno de ellos les cambiaron la ropa para engañar a su madre y tuvieron éxito: doña Isabel no pudo distinguirlas.
  • Vecinos en más de veinte kilómetros a la redonda saben de ellas y les tienen cariño. Cuando cumplieron quince años incluso hubo una recolecta para celebrárselos.
  • Cuando las Marías Cucalón eran niñas, en la casa de sus padres había cinco bebés, porque su hermano Eyner tenía solo un año. Doña Isabel se pasaba todo el día haciendo pachas, sacando cólicos y lavando pañales, limpiando la casa y haciendo la comida, mientras su esposo iba al campo.
La foto de los quince años.

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