Las batallas de la ciencia contra las enfermedades

Reportaje - 08.06.2020
Coronavirus vaccine vial in hospital

¿Habrá un antídoto pronto contra el mortífero Covid-19? La ciencia se ha ocupado de eliminar muchas enfermedades que a través del tiempo diezmaron a gran parte de la población mundial. Por desgracia, aún hay enfermedades que no tienen cura

Por Eduardo Cruz

Los científicos buscan con urgencia un antídoto para el Covid-19 que hasta mayo 2020 ha contagiado a más de 5.6 millones de personas y matado a más de 351 mil en todo el mundo. Es una carrera contra la muerte. Más de un centenar de investigaciones están en curso y en ocho de ellas ya se están haciendo pruebas con humanos, ha indicado la Organización Mundial de la Salud (OMS).

Esta batalla, entre la ciencia y las enfermedades, comenzó a estar del lado de la primera a partir del fin de la edad media, cuando el campo de la medicina dejó de ser exclusivo de religiosos. La ciencia ha ganado bastante terreno en esta lucha, tanto que a principios del siglo XX la esperanza de vida en todo el mundo era de menos de 40 años de edad y ahora es de 70, gracias a la capacidad que existe para curar enfermedades.

Sin embargo, aún existen muchas enfermedades que no tienen cura, resaltando el sida y el cáncer, además del ébola, la diabetes, la polio y el alzheimer. Ahora se les suma el Covid-19.

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Hace unos 4,000 años, cuando la gente se enfermaba la trataban principalmente con actos de magia, porque se creía que las enfermedades eran producto de espíritus malignos, a los cuales se les trataba de expulsar a través de conjuros o remedios de sabor desagradable.

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“Por instinto, y observando además a bestias, aves y animales domésticos, descubrieron que estos se trataban sus propias dolencias al comer tal o cual hierba; ellos siguieron su ejemplo, y por medio de un lento y doloroso proceso de ensayo y error, aprendieron a distinguir los venenos de los alimentos y de las plantas con poder curativo”, explica en un escrito el historiador de la medicina Alfredo Jácome Roca.

Aquí aparece el “padre de la medicina”, el griego Hipócrates, quien “tiene el enorme mérito de haber transformado la medicina mágica en científica”, explica Jácome.

Hipócrates observaba cuidadosamente al paciente, lo interrogaba y se centraba en cómo vivía la persona para determinar lo que repercutía en su salud. Su trabajo incluyó analizar los errores como le mejor forma de aprender y adquirir experiencia en el diagnóstico de las enfermedades y mostró que algunas enfermedades se asocian al clima y al ambiente, como las fiebres maláricas. También abordó la gripe, la tuberculosis, la epilepsia y otras enfermedades.

También dejó otro legado, de que había que proteger la salud del ser humano y atenderlo en su enfermedad.

Muchos otros griegos aportaron al avance de la medicina, pero esta última entró en decadencia entre los años 300 después de Cristo y el 1300, debido principalmente a que la Iglesia católica eliminó la lectura pagana de los textos griegos y la enseñanza de la medicina se trasladó solamente a los monasterios, en los que se curaba solamente “con la ayuda de Dios”.

Cerca del año 1000, los árabes retomaron los textos griegos y luego, cerca del 1530, comenzaron a aparecer indicios de avances en la medicina. En ese año, por ejemplo, el médico italiano Girolamo Fracastoro mostró que la sífilis era una enfermedad transmitida por contacto sexual, convirtiéndose la suya en la primera teoría correcta del contagio de una enfermedad de este tipo, explica el médico Juan Jaramillo-Antillón.

En 1775, se daría un gran salto en la lucha contra las enfermedades con el descubrimiento de las vacunas. En ese año la viruela atacaba a Europa con gran mortandad. El médico Edward Jenner observó que quienes ordeñaban las vacas contraían la viruela de las vacas y a esas personas ya no les daba la viruela humana. Esa fue su teoría. Tomó a un niño de ocho años y le inoculó pus proveniente de una lesión de una mujer contagiada de la viruela de las vacas. Tras mostrar leves síntomas de molestias, el niño se repuso rápidamente. Luego, Jenner le inoculó al niño pus de un enfermo de viruela humana pero la enfermedad no se desarrolló en el pequeño y de esa forma Jenner había creado la primera vacuna.

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Otros grandes avances se han logrado en el campo de la medicina, como el descubrimiento del ADN, de la penicilina, las inyecciones, la insulina, la aspirina, los equipos tecnológicos para detectar males, las radiaciones y el genoma humano, entre otros descubrimientos.

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Durante la última década, los descubrimientos científicos y avances médicos han supuesto una revolución en determinadas enfermedades, mejorando la calidad de vida de los pacientes y creando un escenario para futuras innovaciones en investigación y atención.

Se han hecho avances en la lucha contra el cáncer, logrando inmunoterapias efectivas en algunos que eran considerados una “sentencia de muerte”.

En la cardiología, el desarrollo del reemplazo valvular aórtico transcatéter (TAVR) es uno de los avances más importantes en la enfermedad cardiovascular que ha cambiado notablemente la atención clínica, destaca la web Con Salud.

La misma página indica que “una de las mayores comprensiones científicas de la última década en la dieta y la nutrición es la comprensión más profunda de cuánto contribuyen el estilo de vida y los hábitos alimenticios a la gran cantidad de enfermedades crónicas en todo el mundo”.

Hoy en día se pueden hacer hasta trasplantes de rostros. La página Zinkinn destaca que se ha reducido la polio en un 99 por ciento y se han detectado nuevos tipos de diabetes. También se ha mejorado en los diagnósticos de las enfermedades.

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Tal vez el único obstáculo que existe es que quienes invierten en descubrir nuevas medicinas y tratamientos desean que los proyectos sean rentables, y de esa manera se pueden quedar sin investigar enfermedades que no son muy comunes y no las padecen muchas personas.

La penicilina

Uno de los grandes triunfos de la medicina se dio cuando por serendipia o un accidente feliz, sir Alexander Fleming, en 1929, descubrió el hongo que producía la penicilina y que destruía numerosas bacterias gracias a lo cual se salvaron millones de vidas durante 30 años, explica el médico Juan Jaramillo-Antillón.

Para algunos, su uso indiscriminado en personas y animales permitió la aparición de resistencias bacterianas. Para otros, solo se han cumplido los postulados de la Teoría de la evolución que señala que la aparición de mutaciones en los genes desde la más remota antigüedad al presente, es un hecho natural y forma parte del proceso de adaptación para sobrevivir de todos los seres vivos en la naturaleza.

La resistencia a los antibióticos de las bacterias es de dos tipos: la natural, grupos de bacterias nacen siendo resistentes a determinados antibióticos, y la adquirida. Al principio sensibles, las bacterias se vuelven resistentes por mutaciones espontáneas o por intercambio de fragmentos de ADN transferidos de un germen resistente a otro sensible.

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Lo que preocupa es que las mutaciones que dan resistencia a las bacterias y virus están sucediendo más rápidamente que la capacidad que tiene el organismo y sus mecanismos inmunológicos defensivos para hacerles frente, o que la ciencia tiene para descubrir antídotos.

De hecho, en los últimos 30 años no se han producido nuevos antibióticos sino variantes de los mismos. No es sino hasta hace pocos meses que en Estados Unidos se están probando dos nuevos contra el estafilococo y el enterococo llamados linezolyl y daptomycin. Las resistencias de los estafilococos estreptocos y del bacilo de la tuberculosos son el mejor ejemplo de esto.

Las enfermedades incurables

A pesar de los grandes avances científicos, y de que se supone que el hombre ya llegó a la Luna, todavía hay ciertas enfermedades para las cuales no hay cura aún.

Una de ellas es el cáncer, de la cual se dice que en realidad este mal son varias, más de 100, enfermedades clasificadas en una sola y por tanto se tendrían que encontrar tantas curas como tipos de cáncer existen.

Además, no todos los cánceres tienen la misma causa. Por ejemplo, un exceso de radiación solar puede causar cáncer de la piel mientras que el cáncer de cuello de útero es causado por el virus del papiloma humano.

El término cáncer engloba un grupo numeroso de enfermedades que se caracterizan por el desarrollo de células anormales, que se dividen, crecen y se diseminan sin control en cualquier parte del cuerpo.

Las células normales se dividen y mueren durante un periodo de tiempo programado. Sin embargo, la célula cancerosa o tumoral “pierde” la capacidad para morir y se divide casi sin límite. Tal multiplicación en el número de células llega a formar unas masas, denominadas “tumores” o “neoplasias”, que en su expansión pueden destruir y sustituir a los tejidos normales.

Conseguir que no aparezcan tumores es extremadamente difícil. De los miles de millones de células del cuerpo, más de una puede ser capaz de ignorar las medidas de control.

Otra enfermedad hasta ahora incurable es el sida. Fue la enfermedad del siglo XX. Causada por el virus de inmunodeficiencia humana (VIH), es una enfermedad infecciosa de consecuencias graves. Se han logrado grandes avances en la medicina pero aún no se conoce la cura.

Al menos sí que se ha conseguido que la enfermedad sea crónica. Las probabilidades de una cura son ciertamente remotas, así que los esfuerzos de la investigación actual se centran más en conseguir algún tipo de vacuna que evite nuevos contagios.

La diabetes, el alzheimer, el lupus, el ébola, el asma, la polio, el tétanos, la rabia, la gripe, el resfriado común y ahora el Covid-19 son otras de las enfermedades para las cuales aún se necesita una cura.

La Organización Mundial de la Salud declara que una zona está libre de una enfermedad cuando transcurren tres años sin que se dé ningún caso.

El cólera

En el siglo XIX, una enfermedad saltó de Asia a Europa: el cólera. Esta pandemia bacteriológica puso en jaque a muchos países europeos y ayudó a crear los primeros esfuerzos internacionales en materia de salud, indica el portal Infomed.

El cólera es una enfermedad intestinal aguda, provocada por una bacteria que se llama Vibrio cholerae y que puede producir vómitos y diarrea que, en su forma grave, pueden llevar rápidamente a la deshidratación del organismo. La enfermedad se transmite por la ingesta de agua o alimentos contaminados con el bacilo del cólera y por contacto directo con superficies infectadas, aunque también pueden propagarlo las personas contagiadas.

FOTO/ ISTOCK

Aunque con la aparición de vacunas y el avance en la gestión urbana del agua y los residuos, el cólera dejó de ser un problema en los países industrializados, sigue siendo una realidad para muchos países, ya que la enfermedad es especialmente frecuente en entornos densamente poblados con malas condiciones de salubridad y fuentes de agua no potable.

Desde su primer escape, el cólera le ha dado la vuelta al mundo en siete ciclos pandémicos que han causado la muerte de decenas de millones de personas.

El médico español Jaime Ferrán creó la vacuna contra el cólera en 1892. Su vacuna fue la primera en inmunizar a los humanos contra una enfermedad bacteriana.

Ferrán había trabajado en vacunas veterinarias en España después de haber leído las publicaciones de Luis Pasteur sobre la atenuación de microbios. Creó la vacuna contra el cólera cultivando bacterias tomadas del desecho de una persona enferma de cólera, y haciendo crecer la bacteria en un cultivo de nutrientes a temperatura ambiente. Posteriormente, ese material se aplicó a algunas personas por medio de una a tres inyecciones en el brazo.

Los vectores

Mamíferos, pájaros, artrópodos e insectos tienen el potencial de transmitir enfermedades a los humanos. Las plagas que transmiten enfermedades se denominan vectores.

Los vectores son organismos vivos que pueden transmitir enfermedades infecciosas entre personas, o de animales a personas. La transferencia ocurre directamente por mordiscos, picaduras o infección de tejidos, o indirectamente a través de transmisión de enfermedad. Los mosquitos y las garrapatas son los vectores de enfermedades más notables ya que el modo de transmisión más importante es a través de alimentación sanguínea.

Los siguientes son algunos de los vectores más importantes con las enfermedades que son capaces de transmitir:

Mosquito (chikungunya, virus del dengue, virus del Nilo Occidental, fiebre amarilla)

Mosquito anopheles (malaria)

Aves (gripe aviar)

Pulgas (peste bubónica)

Moscas comunes (tifus, disentería, cólera)

Ratas (leptospirosis, peste bubónica, por medio de las pulgas).

Jején (leishmaniasis).

Garrapatas del género Ixodes (enfermedad de Lyme).

Insectos triatomine (enfermedad de chagas).

Mosca tse-tsé (Tripanosomiasis humana africana, enfermedad del sueño).

En su conjunto, las enfermedades transmitidas por vectores representan aproximadamente un 17 por ciento de las enfermedades infecciosas. La mayor carga de estas enfermedades, que afectan de forma desproporcionada a las poblaciones más pobres, corresponde a las zonas tropicales y subtropicales.

La lepra

En la Edad Media, ninguna enfermedad como la lepra generó tanto miedo social y estigma. Se prohibió el contacto con los enfermos y se procedió, conforme a decretos levíticos, a brutales y sistemáticos rituales de exclusión. Los enfermos eran “muertos entre los vivos”, explica la médica española Natalia Fernández Díaz.

El miedo le dio forma decisiva a la aceptación de la enfermedad como espacio de reclusión. Había que aislar el mal, aislar, en definitiva, a quienes eran sus portadores y emisarios. Por eso se concentraban esfuerzos en algunas prácticas con el objetivo de expulsar el mal o, en su defecto, traspasarlo.

En 1873, el médico noruego Gerhard Hansen vio el bacilo de lepra bajo el microscopio y probó que la lepra era una enfermedad infecciosa y no una maldición. Como tributo a este gran investigador, la enfermedad ahora se nombra después como él.

La gente leporsa sufría mucho estigma en la edad media. LA PRENSA/ISTOCK

A pesar de este descubrimiento, los leprosos continuaron siendo tratados sobre todo por el aislamiento, en campamentos de leprosos, lejos de habitaciones humanas establecidas.

La importancia del ADN

La búsqueda para entender cómo funcionan nuestros genes comenzó seriamente a mediados del siglo XIX cuando un biólogo y monje llamado Gregor Mendel llegó a una sorprendente conclusión sobre las características de las plantas, explica la BBC.

Después de cruzar una planta de guisante de flores púrpuras con una de flores blancas, encontró que todos los descendientes resultantes eran de color púrpura. Sin embargo, notó que la tercera generación produjo descendientes de ambos colores.

A través del ADN, los genetistas pueden descubrir valiosa información sobre los individuos. FOTO/ ISTOCK

Esto reveló que una característica como el color puede ser heredada, con un rasgo más dominante que el otro. De cierta forma, Mendel descubrió lo que los genes hacían, pero no supo lo que eran ni qué aspecto tenían.

Este conocimiento llegó mucho más tarde, indica BBC. Fue en el siguiente siglo cuando se descubrió la estructura del ADN. Basándose en el trabajo de Rosalind Franklin y Maurice Wilkins, en 1953 James Watson y Francis Crick concluyeron que nuestro ADN se forma en una doble hélice.

Este fue un enorme avance. Conocer esta estructura ayudó a desvelar más secretos. Cuando el ADN se replica, esta hélice se divide en dos, se “descomprime”.

Esto significa que pueden introducirse mutaciones a medida que nuestras células se dividen. Incluso un pequeño error genético puede causar una enfermedad devastadora.

En otras palabras, el exclusivo libro de las letras que nos forma puede ser impreso o reescrito con errores. Pero ahora tenemos las herramientas —incluida la capacidad para analizar grandes series de datos— tanto para leer nuestro libro de forma más rápida y barata como para corregirlo.

A través del ADN se puede hacer una edición genética y los científicos están entusiasmados porque a través de la misma están buscando soluciones para enfermedades aún incurables.

El caso del Canal de Panamá

El Canal de Panamá no solo es una gran obra de ingeniería, sino que también tiene su papel en el desarrollo de la medicina. Los franceses lo comenzaron a construir en 1879, pero se calcula que se murieron entre 20 mil y 22 mil trabajadores debido a diferentes enfermedades, especialmente la fiebre amarilla y la malaria.

Muchos enfermos evitaban los hospitales debido a su reputación de propagar enfermedades. Al desconocer la conexión entre los mosquitos y las principales enfermedades de la zona, los franceses cometieron muchos errores en su asistencia hospitalaria, especialmente en su principal hospital: L'Hôpital Central de Panamá en el Cerro Ancón. Por ejemplo, para mantener alejados a los insectos de las camas del hospital, las patas de estas se colocaban en palanganas con agua: un buen método para criar los mosquitos transmisores de la fiebre amarilla y la malaria.

 

Mientras los franceses intentaron construir el canal en Panamá, murieron 22 mil personas aquejadas principalmente por fiebre amarilla y malaria. FOTO/ ISTOCK

Los estadounidenses retomaron la construcción del canal y gracias a la lección del fracaso francés, llegaron a entender que la construcción de una gran zanja era solo una parte de una empresa mucho mayor, una que incluía el avance en la lucha contra la enfermedad.

Los norteamericanos llevaron a cabo una intensa y compleja campaña médica de higienización, mejora de condiciones de vida con alcantarillado, pavimentación, agua corriente y lucha contra los mosquitos responsables de la transmisión de las enfermedades Aedes y Anófeles, mediante el desecado de zonas pantanosas y campañas de fumigación.

Dentro de la misma campaña, se construyó un hospital en Ancón con capacidad para 1,500 enfermos, se erradicó la fiebre amarilla y se redujo enormemente la malaria, las dos enfermedades que mayor número de muertes producían.

Las vacunas

El término “vacuna” proviene precisamente de las vacas. Como ya relatábamos en la introducción a este artículo, el médico británico Edward Jenner descubrió este importante avance médico cuando observaba a ordeñadoras de vacas volverse inmune a la viruela humana tras ser infectados sin consecuencias mayores por la viruela de la vaca.

Edward Jenner fue el descubridor de las vacunas al crear la primera vacuna contra la viruela humana. FOTO/ ISTOCK

Pero, como muchos grandes inventores, Jenner tuvo que sufrir primero el escarnio y la burla de sus colegas, explica el portal “el Ágora”. La Royal Society de Londres rechazó sus escritos y los científicos de la época, e incluso la Asociación Médica de Londres, se opusieron al tratamiento, tildándolo de “anticristiano” por sugerir que podía existir parentesco entre humanos y animales. Pero los espectaculares resultados de la vacuna acabaron por imponerse y para 1802 Jenner era una celebridad nacional y un precursor de la epidemiología moderna.

La vacuna de la viruela tuvo un gran éxito, aunque la enfermedad se mantuvo todavía durante un siglo y medio en zonas pobres de Asia y África, un problema al que se intentó poner remedio en 1966 con el Programa de Erradicación de la Viruela de la OMS. En 1980, 24 años después de comenzar las vacunaciones masivas, la viruela se declaró oficialmente erradicada, convirtiéndose así en la primera enfermedad oficialmente fuera de circulación de la historia humana.

FOTO/ ISTOCK

Las vacunas son soluciones de antígenos que se inyectan en la sangre para provocar la reacción inmunológica del organismo, es decir, una inyección de virus o bacterias muertos o muy débiles de modo que no puedan afectar al organismo. Su presencia en la sangre activa los mecanismos de defensa del cuerpo humano. Para cada enfermedad se debe desarrollar una vacuna diferente.

Hasta el momento protegen de 26 enfermedades y evitan de entre dos y tres millones de muertes al año. Antes de que una vacuna salga al mercado son sometidas a cientos de pruebas por lo que su uso es seguro.

La peste negra

En el transcurso de la historia muchas epidemias o verdaderas pandemias implantaron el terror en el mundo conocido, de las cuales el principal jinete apocalíptico fue la peste o “muerte negra”, entre 1347 y 1353.

La muerte negra o peste bubónica, causada según se sabe ahora por la Yersinia pestis, acabó con la mitad de la población europea, y contra ella la medicina fracasó rotundamente. De todas maneras, el hacinamiento y las malas condiciones higiénicas diseminaron esta enfermedad que transmitían las ratas. Una de las recomendaciones era huir lejos.

Se calcula que la peste negra ocasionó la muerte de unos 20 millones de personas en tres años, durante el siglo XIV. Cuando la muerte se extendió entre los tártaros, empezaron a sepultar los cuerpos fuera de los muros de la ciudad, con lo cual la peste se extendía a otras áreas.

Al tratar de escapar de ella, se la llevaban con ellos a otros asentamientos por el Mediterráneo. Ciudades enteras se despoblaron y en algunas, como en el caso de Florencia, el descenso de la población llegó al 60 por ciento.

Las primeras explicaciones a esta catástrofe demográfica son de índole religiosa: Dios había enviado esa peste para castigar a los humanos por sus pecados. Por lo tanto, las soluciones dependían del rezo y de la magnitud de la fe. A esos actos además se podían sumar otros de naturaleza más higiénica, como las hierbas aromáticas para “limpiar” el ambiente y otro tipo de ungüentos olorosos que parecían exorcizar los fatales efectos del bacilo Yersinia Pestis.

La enfermedad azotó de igual manera a ricos y pobres. Durante los cuatro siglos que permaneció tan activa, en Europa el índice de mortalidad rondó el 60 por ciento.

La peste estuvo presente en el Viejo Continente hasta después del siglo XIX. Aunque, hoy en día, sigue habiendo contagios por otras partes del mundo. De hecho, entre 2010 y 2015 se notificaron 3,248 casos, según datos de la Organización Mundial de la Salud (OMS).

Aunque en el periodo de la Edad Media no existió una cura específica, los métodos más efectivos para combatirla fueron las medidas fitosanitarias como la cal viva, el fuego y un mejor saneamiento.

El actual tratamiento es con antibióticos, pues la OMS no recomienda vacunación al respecto.

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