Las calaveras del Mombacho

Reportaje - 09.08.2009
Geoffrey McCafferty Arqueólogo canadiense

Un cementerio indígena desenterrado a orillas del gran lago se convierte en una revelación de nuestro pasado. ¿Son los restos de sacrificios humanos?

Luis E. Duarte
Fotos de Orlando Valenzuela

El camino termina donde empieza el lago en un valle de agricultores, ahí sobrevuelan el agua un par de garzas entre isletas deshabitadas. Atrás quedan campos llenos de guanacastes, jocotes y piedra volcánica, parcelas cercadas con maíz y banano, más allá parece que uno con un par de pasos puede llegar a la ladera del Mombacho, ahora nublado en la copa.

El paisaje es idílico. Colgados de las ramas de una ceibas los nidos de oropéndolas simulaban un árbol de Navidad, pero los también llamados orioles no estaban en casa porque salen a buscar comida. A mediodía sólo los zanates están cruzando el cielo.

Varios campesinos pasan en bicicleta por este lugar escondido del ruido de la ciudad, mientras una pequeña tortuga intenta salir de los maizales por el camino de tierra.

Quizá no ha cambiado mucho después de mil años cuando una colonia importante de indígenas pobló estas tierras. Aquí tenían suficiente comida, es decir frutas, venados, tortugas y peces del lago, eso al menos conocemos por los relatos españoles. Según las crónicas, los primeros conquistadores advirtieron la presencia de indios chorotegas que venían del norte donde hoy es México, probablemente a partir del año 800 hasta el 1350 después de Cristo se vincularon con tribus ya asentadas durante los siglos anteriores, período conocido como Sapoá.

Buscando evidencia del pasado un grupo de más de 20 arqueólogos nicaragüenses, canadienses, salvadoreños y costarricenses, empezó a excavar en diferentes puntos de esta zona. Encontraron una pared de piedra que pudo formar una especie de terraza indígena, también cerámica y artefactos de caza y sobre todo de pesca, así como rastros de antiguas chozas.

Sin embargo, la gran sorpresa estaba en un promontorio donde desenterraron una decena de calaveras humanas y restos de ollas fúnebres, es la cantidad más grande de este tipo de entierros.

En su sepulcro los antepasados estaban descansando desde hace varios siglos, sin cuerpos, ni extremidades, a partir de ahí surgen varias teorías sobre las calaveras descubiertas.

Los restos aún útiles para la investigación serán enviados a la Universidad de Calgary en Canadá para determinar la edad exacta de los restos encontrados y en Costa Rica realizarán pruebas de ADN para compararlos con los hallazgos de otras aldeas, así determinarán la etnicidad de los habitantes de esta comunidad.

Los arqueólogos saben que cada descubrimiento revela más preguntas que respuestas. Ahora se cuestionan: ¿hay aún posibilidades de encontrar los restos de esas calaveras del Mombacho como si fuera un rompecabezas?, ¿qué pasó hace mil años en esta plácida aldea de pescadores?, ¿hubo una matanza?, ¿había una ceremonia religiosa hasta hoy desconocida por los historiadores?

Foto de Orlando Valenzuela***

Geoffrey McCafferty, profesor de Arquelogía de la Universidad de Calgary, expresa que “ya conocemos mucho más sobre los tipos de asentamientos que existían, (pero) ésta es la primera vez que encontramos vestigios del período Bagaces”.

Se trata de una fase que comienza en el año 300 y termina en el 800, período marcado por la influencia de la cultura chibcha proveniente del sur y que concluyó según la arqueología con la llegada de los primeros migrantes del actual sur de México.

En la excavación del Mombacho hay cerámica, anzuelos y semillas del período anterior a las supuestas migraciones “mexicanas” y se nota el cambio cultural que hubo en los dos períodos precolombinos.

McCafferty señala que la evidencia es débil para demostrar la teoría de las migraciones del norte en el
período conocido como Sapoá (800-1200 d.C.), pero hay objetos excavados a mayor profundidad que reflejan figuras menos elaboradas como anzuelos, puntas de lanzas pintadas en rosado y blanco, herramientas para cortar carne o plantas que corresponden al Bagaces, mientras los de menor profundidad representan a jaguares, serpientes emplumadas, igual cerámica tripié, característicos de la cronología Sapoá.

Sin embargo, hay muchas dudas sobre la influencia que pudieron haber tenido los migrantes del norte. En la dieta básica mexicana el maíz era central y formaba parte ineludible de su cultura, pero ni ahora ni antes de esta expedición arqueológica se han encontrado comales en la cerámica recuperada de las excavaciones.

Aún más llamativo es la ausencia de granos de maíz en las excavaciones en Nicaragua, sobre todo si en los relatos y las narraciones históricas se conoce la importancia de éste en la dieta indígena. En el Mombacho se recuperaron semillas de jocote, pero no del “xilotl”.

La mayor cantidad de muestras vegetales son las de frijoles. Es decir, ¿no somos realmente hijos del maíz? ¿Sería más correcto decir desde ahora que somos frijoleros, en lugar de pinoleros?

“Aunque la historia dice que habían indígenas aquí comiendo maíz, la arqueología dice que no… por el momento. Al menos hasta el año 1200 no”, sostiene McCafferty.

Tampoco hay evidencia de animales domésticos, cuando las crónicas españolas aseguran que las comunidades se alimentaban del chompipe y perros que criaban en las aldeas, pero hasta la fecha no hay restos encontrados en ninguna excavación, sostiene el arqueólogo.

En el basurero de la aldea descubierta en el valle, un pozo donde los indígenas echaban los desperdicios se encontró una gran cantidad de huesos de pescado, se puede deducir que la pesca era una de las principales actividades de la aldea.

Por otra parte, las urnas fúnebres excavadas, por lo general rotas con el crecimiento de los árboles y sus
raíces, indican que en los diferentes tipos de entierros se manifiestan cambios en los ritos religiosos de la comunidad, asegura McCafferty.

Uno de los cambios radicales es la jerarquización de la sociedad indígena, aquí los patrones de entierro podrían demostrar diferencias entre algunos grupos de la élite, mujeres y niños.

Sin embargo, el misterio hasta ahora es por el destino de los individuos cuyas cabezas fueron sepultadas en el lugar. Por lo general los indígenas enterraban a sus deudos en los patios o en la choza, el arqueólogo Mario Solano explica que en la cosmovisión indígena las familias querían tener cerca a los muertos porque así mantenían sus conocimientos.

Aunque en Ometepe hay un sitio con más de cien esqueletos, ésta es la mayor cantidad de calaveras sin cuerpo encontrados en un sitio. “De los 20 individuos que hemos encontrado, casi la mitad está sin cuerpo asociado, una interpretación sencilla es que son evidencia de guerra o sacrificio, por el momento no quiero hacer una interpretación porque los datos están en proceso”, dice McCafferty. Aunque el arqueólogo canadiense no gusta de la hipótesis de guerra porque no hay muchos artefactos encontrados en otras investigaciones, admite que en las historias de la conquista se revelan conflictos y sacrificios humanos.

El jefe de investigaciones antropológicas del Museo Nacional, Ramiro García, indica que no es la primera vez que se encuentran cabezas sin cuerpo en las excavaciones. Hay pruebas en Malacatoya, Los Placeres y Las Torres en la costa del Lago de Managua y en el barrio La Cruz, de San Marcos, donde se encontraron restos de un adulto, un joven y un niño.

Por eso el antropólogo considera que la presencia de las calaveras es una prueba clara de los sacrificios humanos y en el caso de los cuerpos de tres individuos en San Marcos, hay evidencia irrefutable del culto a Tlaloc, dios de la lluvia.

Igual en los hallazgos en la antigua finca Los Placeres, hay un paquete de huesos similares a los que se han encontrado de los ritos de decapitación.

Mario Solano sostiene que en esta excavación del Mombacho hay una gran cantidad de calaveras mayor a ninguna otra excavación y que la orientación de las tumbas hacia el noroeste, más las piedras líticas usadas en las puntas de lanza y el uso de obsidiana revelan una relación con las culturas del norte. Los materiales de muchos instrumentos sólo se encuentran en regiones mexicanas.

Jorge Zambrana, con bastante experiencia arqueológica, sostiene que lo encontrado es parte de un cementerio con entierros secundarios, la mayoría de huesos están en sus urnas cerámicas o cerca de ellas.

Explica que están excavando en una zona ya habitada desde antes de la llegada de los primeros chorotegas y al parecer hubo una mezcla entre ellos y los residentes, pero sobre los posibles sacrificios humanos considera que no tienen suficiente evidencia para asegurarlo.

Foto de Orlando Valenzuela
Grupo de arqueólogos buscando restos de cerámica precolombina.

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¿Y no le tienen miedo a alguna maldición por desenterrar un cementerio indígena? –preguntamos a Mario Solano mientras desenterraba un esqueleto casi completo en uno de los pozos.

—Ya estamos viendo cosas raras. Ayer nos salió un alacrán y después un montón de hormigas –bromea.

No hay que creer todo en las películas. Unos 25 arqueólogos y estudiantes de diferentes países estuvieron más o menos un mes en Nicaragua para excavar en el campo.

La mayoría son jóvenes estudiantes y por eso sobresale la figura del profesor McCafferty, un tipo blanco de barba cerrada, saludable y alto que parece el abuelo del grupo.

Como su esposa también es arqueóloga aprovecharon juntos las “vacaciones” de verano para venir a Nicaragua y desenterrar el pasado mesoamericano, con todo y huesos.

Son como dos sacerdotes modernos de una tribu de científicos buscando el arca perdida, en este caso, algún comal despedazado por los siglos o un grano de maíz en estado carbónico que demuestre finalmente esas leyendas de la historia a través de pruebas científicas.

Por la radio llaman desde la tercera excavación a varios kilómetros del sitio, alejados de las dos principales áreas de pozos donde nos ubicamos, donde está otro equipo que ha encontrado una ofrenda funeraria nueva.

Queremos ir allá pero los colegas le piden a McCafferty que evite a la prensa porque hay huaqueros que podrían reconocer el lugar y limpiarlo. Se trata de cazadores de tesoros indígenas dispuestos a saquear el sitio si se enteran.

Podemos conformarnos con ver la mitad de un cráneo que está desenterrando Mario Solano en compañía de una rubia canadiense llamada Katherine Fisher.

Foto de Orlando Valenzuela
Estudiantes canadienses y salvadoreños se unieron a la investigación donde participaron arqueólogos de sus países, al igual que nicaragüenses y costarricenses.

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Hace dos años un ingeniero costarricense reconoció una pieza cerámica en la pared de un camino rural que estaban abriendo. Llamó a las autoridades culturales y decidieron catalogar el sitio, así llegaron los canadienses con un proyecto donde excavaron primero unos 80 pozos.

Un poco más cerca de la orilla del lago está el pozo de las calaveras indígenas. La esposa de McCafferty saca en ese momento una cabeza en forma de jaguar, probablemente parte de alguna pieza más grande.

La mayoría de las calaveras han sido enviadas al laboratorio, estaban en un estado muy delicado y sólo podrán revelar información básica. Las piezas cerámicas nuevas van quedando en una bolsa de plástico transparente. Los canadienses dicen que las entregarán al Museo Nacional, después de hacer las pruebas en Calgary.

La única prueba arquitectónica es un muro de varios metros de largo con un piso que parecería una terraza o plaza. Es dificil saber qué uso tuvo la construcción, por lo general las aldeas indígenas de este tipo eran caseríos con ranchos sin paredes y techos de paja sostenidos con pilotes de madera. Los tatarabuelos dormían en hamacas al aire libre.

Una de las ciudades más desarrolladas de Nicaragua precolonial era la antigua Villa Tepetate al norte de Granada, pero la urbanización ha crecido encima de ella, tanto que el año pasado se excavó la zona pero no encontraron muchas evidencias.

—¿Qué tipo de vida hubo aquí en esta excavación?

—En sí fue un asentamiento, hablar de aldea sería como un caserío, pero desde que existe la cerámica podemos decir que era una sociedad no nómada, tenían un desarrollo tecnológico en la práctica de agricultura y alfarería –responde Oscar Pavón, codirector del proyecto.

—¿Cómo son los entierros?

—Muchos están enterrados con sus ofrendas, instrumentos que usaron para caza y algunos entierros están dentro de las casas.

Ariana Pleitez y Armando Torres han participado en las excavaciones, enviados por el departamento de Antropología Sociocultural de la Universidad de El Salvador. La oportunidad podrá establecer los vínculos que existen entre las culturas antiguas de ambos países.

Torres expresa que en algunos sitios salvadoreños hay cierta evidencia de la existencia de comales, que en Nicaragua nunca se han encontrado, pero allá también la zona oriental es la menos estudiada y sería interesante investigar un poco la zona del Golfo de Fonseca donde se unen tres países y establecerían mejor los vínculos históricos y antropológicos.

Foto de Orlando Valenzuela
Pozo donde se encontraron la mayoría de calaveras junto con ofrendas en urnas y cerámicas en forma de jaguar, como esta que sostiene una de las investigadoras.

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