Las guacas de la Moralona

Reportaje - 15.05.2011

En la Granada del siglo XIX vivió una de las mujeres más adineradas y conocidas del lugar: Encarnación Hurtado. Una rivense a la que el amor llevó a vivir a La Gran Sultana donde se convirtió en un ícono de poder y temor. Su mezquindad y agrio carácter hicieron que, aún después de su muerte, los granadinos recuerden su historia y la hayan convertido en una leyenda

Tammy Zoad Mendoza M.
Fotos La Prensa/ Miguel Lorío

Hay quienes creen haber visto a su espíritu pasear por las que fueron sus propiedades, arrastrando los pasos pesados por los grilletes y haciendo sonar las cadenas en toda la casa.

Dicen que busca su vieja fortuna enterrada en los patios de sus mansiones. Joyas, oro y dinero en guacales de barro. Dicen que pide que entreguen sus tesoros a la caridad o a lo que queda de su lejana familia.

La Moralona es un personaje que se ha convertido en el espanto que pasa de generación en generación, del que casi nadie recuerda su nombre, pero todos en Granada conocen al menos una parte de la historia convertida en leyenda urbana.

El cuento de Ceferino, el temerario vigilante que logró entrar pero no salir del mausoleo de la Moralona, es uno de los tantos en la lista de este espanto. Luego que Ceferino intentara cumplir un reto, lo encontraron desmayado la mañana siguiente. Al despertar juró que jamás hablaría de lo ocurrido esa noche. Ceferino murió años después y nunca contó nada de ese misterioso episodio. Es don Dionisio Montiel, de 82 años, quien cuenta la historia con cierta gracia. Se ríe, él no le tiene miedo a nada.

Encarnación Hurtado no solo existió, sino que perteneció a la familia más rica y adinerada de su época. Una mujer realmente dura, si se considera el único "obsequio" que dio a la ciudad: las cadenas, cerrojos y grilletes para La Pólvora, fortaleza que en ese entonces era utilizada como prisión.

Casada con Santiago Morales, un importante comerciante de esta ciudad a finales del siglo XIX, se llenó de poder y riquezas. Murió sola y fue enterrada rodeada de los lujos con los que vivió, en el corazón del cementerio de Granada.

Fotos La Prensa/ Miguel Lorío
Esta es la propiedad principal del matrimonio Morales-Hurtado. La casa de la Moralona fue vendida por la familia Vargas a canadienses que están haciendo modificaciones en su interior.

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Sus picos góticos se alzan sobre los demás mausoleos y desde lejos impone su pomposa arquitectura. Una capilla de mármol con estilo gótico único, resguardada por una pequeña verja negra y sellada con un portón claro y una malla fina por la que apenas se deja entrever el interior. Dos ventanas circulares de cristal irrompible dejan colarse un poco de luz. Dentro, un par de asientos en los costados están solos frente a la imagen de una virgen al centro que es custodiada por dos ramos de flores marchitas.

"Es una de las cosas más bellas aquí y de las más caras también. Mármol carrara", dice Nicho.

Sí. Un mármol importado desde los Alpes italianos. El material predilecto de Miguel Ángel para sus famosas esculturas, el mismo que está en el púlpito gótico de la Catedral de Siena o con el que se edificó el Panteón de Agripa.

Un excéntrico lujo ahora y un necesario lujo antes. A finales de 1800 cuando fue construido para guardar los restos de los hermanos más adinerados de la Granada de la época: Santiago y Tránsito Morales. Eran dos hermanos, socios y empresarios capitalistas que fueron parte de la economía pujante que sacudió Nicaragua durante los 30 años de gobierno conservador. Considerada una de las épocas de bonanza y privilegios. Un país, que producía, exportaba y servía de canal comercial.

"Él (Santiago) era un rico negociante, tenía fincas ganaderas y de siembra. Comerciaba granadillo, raicillas, añil y cuero. Hacía viajes constantes a Río San Juan donde compraba y vendía mercadería, también adquiría propiedades para alquilarlas o revenderlas", cuenta Fernando López Gutiérrez, director de Cultura, Biblioteca y Archivos de la Alcaldía de Granada.

Fue en uno de sus viajes en los que probablemente conocería a Encarnación Hurtado. La mujer que años más tarde sería su esposa. Un hombre alto, fornido y apuesto. Una mujer pequeña, de menuda figura y agraciada. No tuvieron hijos.

"Dicen que era una mujer arrecha", "ella aunque chiquita tenía un carácter implacable, mandaba al gran hombrón", "no era de apellido Morales, pero la gente se lo encajó porque era ella la verdadera dueña de todo", son algunas de las especulaciones que se han hecho a través del tiempo con respecto al mote que ha popularizado la historia de esta mujer.

Cualquiera de ellas podría ser válida basada en los empolvados recuerdos de los únicos descendientes lejanos de los Morales. Una mujer astuta, ambiciosa y desconfiada.

Doña Encarnación Hurtado fue una de las mujeres más ricas de Granada entre 1860 y 1900. Según granadinos después de su muerte la Moralona aparece en sus propiedades para reclamar sus guacas, los tesoros enterrados en los patios de sus casas.

El dinero que por atesorar no gozó ni compartió en vida y que después de muerta la mantienen atada a los grilletes y cadenas, que según algunos viejos granadinos es lo único que se conoce como un "regalo" que ella hiciera a La Pólvora, antigua cárcel de la ciudad.

La rala descendencia de los Morales son solo los hijos que procreó su hermano Tránsito con María Josefa Espinoza. A pesar de que muchas de las casas en la zona céntrica de Granada son mencionadas por algunos como antiguas propiedades de la familia Morales-Hurtado o Morales-Espinoza, solamente de dos se tienen registros catastrales que autentiquen que fueron de su pertenencia. La casa que está en el costado sur de la iglesia San Francisco y el llamado Palacio de Acoyapa. Este último es de las construcciones más lujosas y populares de la época, un verdadero centro de reunión social.

Santiago murió primero y Encarnación se encargó de hacer las honras fúnebres y de sepultarlo casi con las mismas glorias con las que vivió. En la capilla de mármol carrara que se alza casi al centro del cementerio. Ella vivió un par de años más, llena de dinero y sola. Como era costumbre asistía a la iglesia, pero nunca donó nada, nunca apoyó alguna causa, nunca regaló su fortuna. Cuentan que toda fue quedando enterrada en guacales de barro al fondo de los patios de su casa. La propiedad que está a un costado de la iglesia San Francisco.

"Después del centro y la iglesia la Merced, San Francisco fue tercer polo de asentamiento importante durante la época colonial, incluso hasta ahora son las propiedades que mantienen un mejor precio de inmuebles", asegura Fernando López.

"Aquí muy pocos se preocupan por investigar la historia de sus antecesores, eso sí, la tumba estuvo en pleito hace muchos años y ahora parientes políticos y lejanos de los Hurtado son los que se encargan del lugar. De sus tesoros nadie sabe nada, se cree que como las propiedades pasaron de mano en mano, fueron vendidas o subastadas, la gente que las habitó saqueó todo. Un señor de apellido Offman heredó la casa a unos sobrinos adoptivos y estos la vendieron a unos canadienses. Hasta ahí llegó la historia".

Fotos La Prensa/ Miguel Lorío
El Palacio de Acoyapa es actualmente propiedad de la fundación católica Corpus Christi. Según datos del Catálogo de Bienes Patrimoniales de Granada fue construido en el último tercio del siglo XIX y reconstruido posterior a la Guerra Nacional en 1856. Está siendo parcialmente utilizado por el avanzado deterioro de la estructura.

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Quizá el único lado amable que tuviera lo conoció solamente Santiago Morales. Su esposo, un hombre que es recordado además de por su inmenso caudal, por una particular generosidad.

Una muestra de ello está en la sala de la casa de don Bosco Chamorro Carazo.

Un busto de mármol blanco sobre una base de mármol azulado de más de un metro. El rostro de un hombre de rasgos finos y agradables se perfila en la piedra y en la base reza la leyenda: "Para tanto gran hombre, toda alabanza es pequeña" "Para Santiago Morales de Ángel Calligari".

La historia solo don Bosco la puede contar. Él, a sus 75 años, es de los últimos y más jóvenes bisnietos de Tránsito Morales.

Santiago Morales le prestaba plata a los grandes, pero hubo uno que se ahogó en sus deudas. Ángel Calligari estaba desesperado porque no tenía cómo saldar la deuda con Morales y un día llegó a Granada con varias escrituras de sus propiedades para dárselas en concepto de pago.

"Santiago le dijo que no. Le propuso financiarle un nuevo negocio para recuperar capital y que Calligari saldara sus deudas sin deshacerse de sus bienes", cuenta don Bosco.

Y así fue. El dinero le fue entregado a Ángel Calligari, pero este no tuvo tiempo de pagar.

Santiago murió tiempo después del trato y en agradecimiento Calligari entregó el busto a la viuda.

Encarnación Hurtado quedó al mando de todos los negocios, con toda la riqueza, pero sin saber qué hacer. Aún así continuó atesorando la fortuna.

La porción conyugal establece que la cuarta parte de los bienes del difunto son cedidos al cónyuge vivo y todo lo demás es distribuido entre los parientes inmediatos o cercanos.

"Ella se quedó con todo, luego entre sus sobrinas y parientes se repartieron todo y ahora poco o nada queda de la fortuna de Santiago Morales, solo las referencias de su poder", cuenta Chamorro.

"Aunque en el mausoleo estaban los dos y era entonces de ambas familias al ser construido por las dos viudas, José María Hurtado cinceló el apellido Morales de una de las paredes. Mi abuela se enfureció y mandó a sacar todos sus muertos de ese mausoleo".

Santiago y Tránsito Morales descansan en la cripta que reza "Familia Morales-Carazo y Carazo-Morales", vecinos del mausoleo de la Moralona en el cementerio de Granada.

Fotos La Prensa/ Miguel Lorío
"Para tanto gran hombre, toda alabanza es pequeña", reza la inscripción en el busto de mármol que fue entregado por Ángel Calligari a Encarnación Hurtado, luego de la muerte de Santiago Morales. Es ahora un recuerdo preciado para don Bosco Chamorro.

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Son pocos y casi desconocidos los que hayan estado muy cerca de la famosa fortuna de este matrimonio. Sofía Vargas es una de ellas. Habitó por muchos años en la que fue la casa principal de Encarnación y Santiago, y donde se supone que nace la historia de su espanto.

"Yo sé lo que saben todos los granadinos. Que era una de las mujeres más ricas del lugar y que después de que murió su alma penaba. No era Morales, ella se hizo del nombre por él, de hecho se adueñó de todo", cuenta Sofía Vargas.

Luis Offman llegó a Granada con mucho dinero y solo. Al tiempo se encariñó del joven Alejandro Vargas al que consideró su hijo. Offman adquirió una inmensa casa lujosa, en el centro de una ciudad colonial a un precio de regalo. La oferta solo podría tener una explicación sobrenatural, nadie quería comprarla porque todos decían que habitaba el fantasma de la Moralona. Offman no creía en cuentos y hace más de 50 años que hizo esa compra.

Alejandro se casó con Sofia y tuvieron seis hijos. Pero él murió antes que su padre adoptivo y la herencia que este le tenía destinada pasó a manos de sus hijos.

En principio una parte de la casa fue alquilada al Liceo Agrícola, un centro que contaba con un internado para estudiantes, en la otra mitad rentaban normalmente familias que no duraban más de un par de meses en el lugar.

"Mientras viví en esa casa nunca sentí, ni vi, ni escuché nada raro", recuerda Vargas. "Pero eso sí, los muchachos del Liceo pegaban unos gritos de susto y me preguntaba que qué pasaba o había pasado en mi casa porque a ellos los asustaban. Solo una vez me pareció escuchar el rechinar de unas cadenas, pero seguí el sonido y no encontré nada raro".

Además de vivir en la casa de Encarnación, Sofia dice haber conocido a una sobrina política lejana de la difunta. Una mujer que se quejaba porque juraba que una médium le había robado la herencia de su pariente.

"Lo único que recuerdo es que la mujer era de apellido Guerrero", sostiene Sofía Vargas, mientras hace un esfuerzo por traer de vuelta su guía mental de nombres.

"Doña María me decía que la mujer era clarividente y que se había logrado comunicar con la Moralona y que esta le había ofrecido revelar la ubicación de las guacas si al sacar el dinero pintaba la iglesia y repartía el dinero con su familia. Pero la mujer se les fue arriba, dicen que sí halló el entierro, pero que se lo quedó todo. El problema es que vivió atormentada, iba de casa en casa porque según decía, la Moralona no la dejaba en paz. Ya por último se fue a los Estados Unidos, allá murió sola y dicen que loca".

Hace más de 20 años que ni Sofía Vargas ni sus hijos habitan la casa. Más de media manzana de terreno, unas 8 piezas de dormitorios, cuatro corredores, dos patios, una sala inmensa y un lujoso comedor. Ella no podía hacerle modificaciones para alquiler y tampoco pudo reparar en su totalidad los agujeros que habían dejado en las paredes y patios los curiosos o ambiciosos inquilinos anteriores en busca de la fortuna de la Moralona. 70 mil dólares fue el precio de venta.

"¿Pero usted sabe por qué es que ella supuestamente vive penando?", pregunta en tono de querer decir la repuesta. "Ella era de las más ricas, pero nunca dio nada. Cuando se le ocurrió donar algo, entregó unos grilletes y cadenas a La Pólvora. La gente que la ha escuchado dice que saben que es ella porque se oye como arrastran el hierro de los únicos regalos que dio".

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La ambición no solo visitó la casa, estuvo también en el mausoleo. Además de los malandrines que rondaban por las noches las tumbas más caras para buscar como saquear su interior, según don Nicho Montiel, algunos familiares llegaban a destapar el mausoleo con la disfrazada intención de saber si era ahí el verdadero lugar de la fortuna.

La última vez fue hace 20 años, cuando le pidieron exhumar 12 cadáveres para guardarlos en nuevos depósitos y hacer espacio. Era uno de los Hurtado menores en ese entonces quien lo contrató para el trabajo, mientras él se sentó en una silla para esperar afuera. Cuando don Nicho logró desmontar las cuatro piezas principales de mármol en el piso y descendió en la bóveda, el otro se asomó para revisar el lugar antes de que abriera las cajas.

"Él recorrió el lugar, se fijó hasta en el último rincón, me preguntó si yo nunca había visto ninguna caja o algún guacal cuando hacía las excavaciones. Jamás vi nada. Yo seguí con mi trabajo y en eso cuando destapé una tumba se salió un tufo a pudrición terrible, con todo y máscara casi me vomito. Esa gente tenía más de 50 años de estar ahí, eran solo huesos", recuerda Montiel.

"La verdad que no creo que ninguno de ellos se acuerde que aquí está enterrada la Moralona, doña Encarnación Hurtado".

Fotos La Prensa/ Miguel Lorío
El mausoleo de la Moralona, según Nicho Montiel, es uno de los más visitados. Los que no saben la historia la aprenden ahí mismo, frente a la imponente capilla de mármol que muestra el poder y la fortuna del matrimonio más adinerado de su tiempo.

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