Las guerras de Mike Lima

Reportaje - 16.10.2011
Luis Moreno  (Mike Lima).

Nunca llevó la cuenta de cuántos hombres mató ni quiso saber sus nombres. En cambio recuerda cada uno de los que murieron bajo su mando. 349 hombres. Luis Moreno peleó en dos guerras y sobrevivió. Varias heridas testimonian sus combates. Su nombre de combate fue Mike Lima

Por Fabián Medina

La noche del 18 de abril de 1984, Luis Moreno se preparó para morir. La pierna derecha le guindaba de un hilo, quebrada en tres partes. Tenía los tímpanos reventados y temblaba, pálido y desangrado.

—¿Cómo lo ves? —pregunta Murriña al paramédico.

No creo que amanezca —contesta aquel creyendo que Moreno no puede oírlos.

Pero los oye. Y siente miedo. “Me voy a morir” se dice y en ese rincón de lucidez que le quedaba trata de reconfortarse: “Si yo les pedí a mis hombres que murieran por qué no puedo morir yo. Que Dios me acompañe”

La mañana de ese día, Luis Moreno, conocido como Mike Lima, fue emboscado junto con sus hombres en un lugar llamado Corral de Piedra, cerca de Pita El Carmen, mientras trataban de llegar a Jinotega “Una granada me levantó por los aires. Me golpeó el pecho y yo sentí que me fui para abajo. Un fuego encachimbado. Mis soldados se corrieron. Yo me preparé para matarme”

—No comandante, ¿qué está haciendo? —reclama Murriña al verlo con la pistola montada bajo su quijada.

—Vos sabés que hay cosas que se tienen que hacer.

Murriña le quita la pistola y logra detener a uno de los soldados que huye.

—Macho de Monte, si vos te corres te mato —le dice apuntándolo con su fusil—.¡Aquí salimos los tres o no sale nadie!

Y así comenzó uno de los rescates más memorables de la contrarrevolución en la guerra que sostuvieron con los sandinistas en la década de los ochenta. Primero fue arrastrado bajo la lluvia de balas, después montado en una mula y finalmente en un helicóptero Cayuse de la Fuerza de Seguridad Pública hondureña. Fueron ocho días intensos.

Del otro lado, un comandante sandinista seguía los acontecimientos por radio. “Había indicios cuando un jefe era herido. Porque se notaba en los medios de comunicación, se notaba en la táctica de las fuerzas que tenían que replegar, había movimiento hacia Honduras, llamadas de contacto y abaste-cimiento médico. De Mike Lima tuvimos información pero tuvimos que esperar mayores confir-maciones, hasta que tuvimos la información desde Honduras que había salido herido” relata el general en retiro Javier Carrión, quien para entonces era el jefe de la Tercera Zona Militar del Ejército Popular Sandinista.

Ese día murieron 17 contras y 43 fueron heridos, entre ellos Mike Lima.

El ahora diputado Maximino Rodríguez participó en las acciones y el rescate de quien entonces era su jefe: Mike Lima. “Ese día caímos en una emboscada tipo cajón. Nos mataron una buena cantidad de los que llamábamos Tropa Loca, que dirigía Dimas Negro, de los Sagitario. Mike Lima cae herido. Murriña, que era uno de sus cercanos, lo carga y a mí me toca cargarlo también. No creí que se fuera a morir. Hubo zozobra porque era el jefe del grupo Diriangén, pero es una guerra y si cae el jefe otros deben tomar la batuta, y la tomamos los cuadros intermedios” dice Maximino quien para entonces era conocido como Comandante Wilmer.

Mike Lima recuerda que Wilmer mandó a su rescate a 20 soldados al mando de Chaquetón, un hombre gigante de Jinotega. “Llega Chaquetón con hombres más organizados porque los 20 que estaban conmigo se corrieron. Me logran sacar de la línea de fuego y me ponen en un palito. La tierra se movía como si había terremoto por las granadas que caían. Ese fue el día más largo de mi vida”

Esa sería una de las principales heridas de guerra que sufriera Mike Lima, pero no la primera ni la última. El 23 de noviembre de 1983 un accidente con una granada de mortero le arrancó la mano derecha y le desbarató una pierna. Tiene otra herida de bala en la espalda, recibida cuando fue Guardia Nacional, y otra en la nalga, en Cerro Blanco, Quilalí. Es el registro de una intensa vida de guerra de un hombre que aún así se considera afortunado. “349 de mis hombres no podrán abrazar a sus nietos como lo hago yo” dice ahora, a sus 52 años, cuando lleva una vida apacible de oficinista y padre de familia en Jacksonville, Estados Unidos.

FOTO/ARCHIVO/LA PRENSA/MAGAZINE
Con el general John Galvin (de civil). del Comando Sur de Estados Unidos, en Honduras.

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A sus 15 años Luis Moreno no : quería ser contador, como , sus hermanos, que estudiaban en la Escuela Nacional de Comercio. Era un chavalo que vagabundeaba por el barrio San Judas, Managua, hijo de un campesino que se volvió chofer en uno de los ingenios de Somoza. Para ese tiempo fue que oyó a un primo hablar de la Academia Militar y vio en ella la oportunidad de “salir adelante”

“Entré en 1976 a la Academia Militar de Nicaragua. Gracias a Dios tuve la suerte que mis compañeros eran un poco menos capaces que yo, por lo que sobresalí siempre. Fui enviado en 1978 al intercambio de cadetes en West Point. Primera vez que salía del país. Y cuando llegué a West Point fue un cambio muy brusco”.

West Point le desbarató la imagen idealizada que tenía de la Guardia Nacional. Viendo lo que vio el guardia dejó de ser “el mejor y más valiente soldado del mundo” “En Nicaragua 170 cadetes formábamos en 15 minutos. En West Point, 4,500 hombres formaban en cinco minutos” dice. “Me sentí engañado por todo el sistema nicaragüense”.

La guerra se le vino encima. La guerrilla sandinista había insurreccionado varias ciudades. Su promoción, la número 35 de la Academia, no fue enviada a terminar su preparación a Panamá como se acostumbraba sino que fue destinada a la Escuela de Entrenamiento Básico de Infantería (EEBI) que dirigía el mayor Anastasio Somoza Portocarrero (El Chigüín). “La guerra se puso muy difícil. Estaban exterminando a la Guardia Nacional. Yo miré en la Academia Militar una noche a cinco oficiales muertos. Según ellos el entrenamiento de un muchacho que salía de cualquier barrio hasta que se convertía en oficial costaba 200 mil dólares en el transcurso de cuatro años. Si la Guardia gradúa de 15 a 20 oficiales anualmente, ¿cómo le está yendo si están matando a cinco oficiales el día de hoy?” se preguntaba.

Por primera vez participó en un combate real frente al Teatro Rubén Darío, cuando ya como subteniente GN comandaba una compañía que patrullaba la Avenida Roosevelt. “Un muchacho que estaba ahí con ganas de matar a algún guardia me disparó. No me lo pegó. Pero dio cerquita. Me quedé paralizado. No hallaba qué hacer. Ningún libro de infantería te enseña qué vas a hacer cuando te pegan un tiro cerca”.

Sin embargo, los primeros combates “de verdad” fueron casi al final de la guerra en la pista Larreynaga y el puente El Edén. Ahí dice haber visto “como los perros se comían ala gente, encontrabas gente muerta en su casa, gente quemada, niños quemados”.

Asegura nunca haber ejecutado a nadie. “Vi ejecutar, que es casi lo mismo” Al primero fue un mu-chacho de unos 17 años del colegio Ramírez Goyena, a quien un teniente Medrano había soltado una vez y vuelto a capturar.

—Ajá… Vos creés que nosotros estamos jugando —dijo y le quitó el rifle Garand a uno de los guardias y le disparó.

—Ay mamita —gritó el muchacho antes que el balazo le desbaratara la cabeza.

En el primer mes de servicio, de los 23 miembros de la promoción de Moreno, 15 habían sido heridos y tres muertos.

El 17 de julio se percatan que todos los altos oficiales están desaparecidos. “Hagan lo que quieran. La Guardia desapareció” les dijo el capitán Justiniano Pérez, segundo al mando de la EEBI cuando los jefes de patrulla le pidieron una explicación.

Todavía faltaba, sin embargo, una patrulla más. Los últimos 120 guardias se agrupan y deciden recuperar la zona del Autocinema, en la Colonia Centroamérica, donde se habían levantado varias barricadas. Ya era imposible. Tomaban una barricada y aparecían tres más. Deciden retirarse y en la retirada caen en una emboscada frente a donde hoy es El Quetzal. “En lo que yo salto del camión y trato de disparar, me pegan en la espalda Ahí terminó la guerra para mí. No sé la magnitud de la herida, pero te acobardás. Sos humano. Tenés 20 años y no querés morirte”

La patrulla logra salir de la trampa y deciden dejar a Moreno en el Hospital Militar que ya para entonces es un hospital de la Cruz Roja. “Ahí te paso buscando a las seis de la mañana y te vas con nosotros” le dice un oficial de apellido Aguilar. Paradójicamente esa herida salvó la vida de Moreno. Todos los hombres que lo acompañaban en esa última patrulla murieron en las horas siguientes, mientras trataban de salir de Nicaragua, y Moreno solo lo logró después de caer prisionero, engañar a sus captores, refugiarse en la Cruz Roja primero y en la embajada de España después. “Gracias a Dios y a mi madre, me sacó el embajador de España El 24 de julio antes de que nos entregaran a los sandinistas y nos llevaron a la embajada de España De la embajada de España me escapé con un amigo que me consiguió papeles sandinistas y me trasladaron a Costa Rica Bienvenido al exilio. Me fui, pero sabía que iba a regresar”.

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“El día 18 de octubre de 1983 una fuerza de tarea contrarrevolucionaria de más de 500 hombres, dirigida por el somocista Mike Lima, entró en el Valle de Pantasma (Jinotega) y destruyó el poblado campesino, las instalaciones de dos cooperativas, la escuela, el banco… El balance de la desigual lucha de resistencia —tan solo 20 hombres estaban armados— y de la masacre fue de 47 campesinos muertos”, reportaba la revista Envío en su edición de enero de 1984.

Un equipo enviado por la revista semanas después del ataque describe los daños: oficinas de la Reforma Agraria y ocho tractores quemados, destrucción y robo del Banco Nacional de Desarrollo, un aserradero privado, valorado en 8 millones de córdobas, también fue reducido a escombros. La revista calculó en 30 millones de córdobas las pérdidas económicas de ese ataque.

El general Javier Carrión, ya desde su retiro, recuerda el ataque a Pantasma como una de las principales victorias de la Contrarrevolución que combatían en los años ochenta “Ese fue uno de los ataques más grandes que tuvimos. Estuvimos desinformados y tuvimos bastante bajas. Fue uno de los ataques más memorables que ellos realizaron. Eran bases milicianas, había una unidad permanente muy pequeña y se pudo responder hasta dos días después de ese ataque”

¿Qué falló? “Fue una operación muy bien montada de parte de la Contrarrevolución. Ellos lograron concentrar fuerzas. Las tropas principales nuestras no estaban muy cerca del lugar, de tal forma que llegamos hasta el día siguiente” explica Carrión.

Mike Lima, dice que para la toma de Pantasma lograron engañar al ejército sandinista. Lo hicieron creer que atacarían Yalí y a marcha forzada avanzaron hacia Pantasma. “Yo ataco a Pantasma con cuatro compañías. Cachimbeados y malmatados, pero con ganas de tener una victoria y conseguir algo de reales porque andábamos cortos de dinero”

Ahí reconoce que fusiló a dos hombres.

“En los primeros momentos de combate logro capturar a 25 sandinistas. El jefe de plana de batallón 36-44 y al segundo de la Seguridad del Estado, ‘El Venado’. A ese yo lo iba a fusilar de todas maneras porque ellos nos habían fusilado a 200 colaboradores por esos días”.

Según su relato, puso a los 25 capturados por orden de rango frente a unos 600 campesinos que sacaron de sus casas. “En los cateos es que agarramos a estos oficiales, los soldados la mayor parte era rendidos. Otro era un policía, un sargento que andaba de permiso. Estoy peleando contra un cachimbo y no sé cómo voy salir. Procedimiento operativo normal en un combate es o fusilarlos o hacerlos que obedezcan. Si logro que estos sandinistas hablen de sus compañeros los perdono y los dejo en el área porque no tengo hombres para guardarlos. O la otra solución era agarrar la ametralladora y fusilarlos. De todos modos a ‘El Venado’ yo lo quiero fusilar. Merece morir. Necesito dar un ejemplo. Pero le voy a dar un chance”.

“Venado” levantate —le dice—. Tenés un chance para sobrevivir. No me gusta matar, pero no tengo tiempo para guardar gente. O ustedes colaboran conmigo o vos te despedís de este mundo. Dame la ubicación y cuántos hombres tiene el batallón 36-44.

—Mirá hombre, es que yo no te puedo decir porque yo…

Te dije que no contestaras más que dislocación… —lo sentencia al tiempo que uno de sus hombres lo agarra, lo lleva contra la pared y otro lo mata a tiros. Teniente, mire lo que le pasó al “Venado”

Vuelve Mike Lima, esta vez dirigiéndose al oficial capturado: “Vos me das la dislocación, armamento, cuántos hombres y equipo tiene el batallón… Si no me lo decís te vas con `El Venado”‘

—Mirá hombre Mike Lima, yo no puedo…

No lo dejaron terminar. Con el mismo procedimiento lo fusilaron.

—Quieren seguir en esta fiesta —dice dirigiéndose al resto de los capturados. -Sargento, sos vos…

—Parala —dice el policía en la versión de Mike Lima— Yo cuando salí había 17 hombres en la Policía, somos 20 y tantos, nos quedábamos tantos afuera. Eso es lo que vos querés saber y yo te lo digo. Eso es lo que yo sé.

“Rubén y Denis que eran mis segundos se tomaron la Policía. En los próximos minutos barrieron con los sandinistas. Yo creo que fue la decisión más acertada. Fui regañado. Cuando llegué a Honduras los CIA me trataron duro. Que esa decisión no era aceptable. Que nosotros no podíamos fusilar sandinistas porque lo que hacíamos era ponerlos a resistir hasta el último y que nos convenía más soltarlos. A los 23 aquellos los solté, pero los dos ahí quedaron”

1987. Yamales, Honduras. Debido a sus múltiples heridas, le adaptaron una silla de montar a sus características para que se se movilizara a caballo en la dirección de las tropas.

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Ya no es Mike Lima. Prefiere que le llamen Luis Moreno. Es contador general de una empresa en Jacksonville, Florida, Estados Unidos. Le falta la mano derecha y ha aprendido a valerse con la mano izquierda. Es un hombre más bien pequeño, recio y locuaz. Habla rápido, gesticula y teatraliza las historias.

A pesar de sus heridas y mutilaciones, llegó hasta el final de la guerra. Golpeó y lo golpearon. No se arrepiente de ninguno de sus actos, dice. “Tal vez de haber peleado toda la guerra. Me he arrepentido a veces. A veces la justifiqué. A veces me sentí mal”.

El mayor en retiro Santiago Fajardo, jefe del Batallón de Lucha Irregular (BLD Juan Pablo Umanzor, que algunas veces combatió contra las tropas de Mike Lima, dice que para ese tiempo se le consideraba “un criminal, porque incluso masacraba a la gente de él”.

“Todo lo que yo hice fue en acciones de guerra” rechaza Mike Lima. “Nunca he matado a nadie por venganza, a nadie le he violado una hija, una mujer o algo así. Todo lo que yo hice fueron acciones de guerra: espías, gente que dañaba gente, aún soldados de nosotros que hicieron daño. Yo pienso que no merecían vivir. Nunca ejecuté a nadie, pero sí en consejos de guerra muchas veces aprobé la ejecución o eliminación de personas, que desgraciadamente es un acto que se debía hacer. No te puedo decir más nada. Yo vivo tranquilo con mis hijos”.

—¿Cuántas personas ha matado?

—Nunca las conté. Yo conté los hombres míos muertos: 349. Pero no conté los daños que hice. Eran unidades militares. No eran civiles.

—¿Qué piensa usted cuando alguien lo califica de asesino?

—Sé que es un sandinista. La última vez que yo fui a San José de Bocay llegaron como dos mil y pico de personas y que me agarraron a tomarse fotos conmigo desde las diez de la mañana hasta las dos de la tarde.

Para la gente de ese lado yo soy como su dios. Fui su jefe. Fui el comandante Mike Lima. Depende con quién hablés. Los soldados tenemos eso, enemigos y amigos.

Al terminar la guerra, cuando ya todos estaban buscando qué hacer, Enrique Bermúdez le dijo a Mike Lima. “Tenemos dos opciones, o morir asesinados en nuestro país o morir pobres en el exilio” Mike Lima decidió vivir pobre en el exilio. Del gobierno de Estados Unidos dice no haber recibido ninguna ayuda. “Lo único que le agradezco es que a 44 miembros de mi familia se les dio asilo político” dice.

Ahora es Luis Moreno, un pacífico ciudadano que se pasea por las calles de Jacksonville con su esposa Lilly, con sus hijos y su nieto, que lleva las cuentas de la empresa Viztek LLC y que asistió como cualquier otro estudiante a las clases de Universidad Internacional de Florida, donde se graduó de contador. “Yo sobreviví” dice.

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La contrarevolución encontró simpatía entre la población campesina de Nicaragua. Los reclutamientos eran tantos en ocasiones se dificultaba su manejo, dice Luis Moreno.

Lucha sicológica

El general en retiro Javier Carrión, quien llegara a ser jefe del Ejército de Nicaragua, dice que en los años ochenta hubo una estrategia de la CIA para “sembrar el terror” Se diseñó un manual de lucha sicológica, que orientaba “liquidar a todo el que era líder sandinista en el territorio y desarrollar acciones terroristas”.

“Eso se estuvo cumpliendo toda la guerra. Toño y Renato entraron de Honduras con una lista de personas que tenían que liquidar en el territorio”.

“Nosotros respondimos con una estrategia de asentamiento de las bases sandinistas que no podíamos sostener en algunos territorios. O incrementar el accionar con la presencia de reservistas armados en las zonas donde éramos débiles, de tal forma que hubiese enfrentamiento militar por la base social campesina”

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