Las piernas de Juan Lanzas Maldonado

Reportaje - 10.06.2019
Al campesino Juan Lanzas la violencia perpetrada por la Policía Nacional le arrancó las piernas. Hoy trata de rehacer su vida. LA PRENSA/Oscar Navarrete

Antes de abril de 2018, Juan Lanzas conoció la brutalidad policial. Acusado de un crimen que no cometió, fue golpeado, lesionado y tirado a una celda inmunda. Perdió sus dos piernas. Ahora trata de rehacer su vida.

Por Abixael Mogollón G.

Antes de perder sus piernas Juan Lanzas se levantaba a las cuatro de la mañana para trabajar la tierra. Volvía a casa pasadas las dos de la tarde. Ahora se levanta cansado a las siete de la mañana. Cuando abre los ojos siempre se encuentra solo en el cuarto, abre su mosquitero, toma agua de un vaso que le deja su esposa, Maribel, y busca por costumbre las chinelas que ya no puede usar.

Su vida cambió brutalmente la madrugada del 28 de diciembre de 2017, cuando una patrulla de la Policía bajo el mando del oficial de Matiguás, Leónidas López, se adentró en la montaña para llegar hasta su rancho. En completo silencio y armados con fusiles AK, llegaron justo a las cuatro de la madrugada a la casa de los Lanzas.

—Están rodeados —gritó un policía desde la oscuridad—. Todos los hombres de la casa que se levanten.

La desgracia se ensañó con la familia Lanzas a partir de ese momento. Las cosechas se perdieron, el rancho fue saqueado, Juan fue golpeado salvajemente y junto con un sobrino fue llevado a prisión. Estuvo a punto de morir y finalmente perdió sus piernas como consecuencia de la golpiza. Todo por un crimen que, luego se supo, no cometió.

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Juan Lanzas regresó a su casa, en Cerro Bonito, hasta agosto de 2018. Cerro Bonito es una comunidad del municipio de Matiguás, Matagalpa, que se localiza a más de 200 kilómetros de Managua. Los monos congo aúllan con fuerza avisando que se está entrando en la montaña. Por ese delgado camino irregular avanzó la familia de Juan Rafael Lanzas Maldonado ese día.

Luego de que le amputaron las piernas, el campesino pensó que nunca volvería a caminar. LA PRENSA/Archivo
Luego de que le amputaron las piernas, el campesino pensó que nunca volvería a caminar. LA PRENSA/Archivo

Antes de subir la última cuesta, Lanzas y su familia se percataron de que algo no estaba bien en sus tierras. No había rastro del maíz, los frijoles y el cacao que habían sembrado a 200 metros de su casa, una construcción de madera y techo de zinc. Los niños aligeraron el paso y se adelantaron a sus padres. Cuando Juan y Maribel los alcanzaron, Yerling, de 15 años; Sergio, de 13; Anayanci, de 8, y Josué, de 3, estaban sentados sobre dos piedras, llorando. El lugar donde habían dejado su casa estaba vacío.

“Eso fue duro para mí. Perdí mi casita que tanto me había costado construir, perdí mis trastes, las camas de los niños, nuestra cocina, los animalitos”, recuerda Lanzas esta tarde, con voz entrecortada. “Y, peor aún, perdí mis piernas”.

La casa de la familia Lanzas fue saqueada por vecinos mientras Juan estuvo preso y convaleciente. Desaparecieron las láminas de zinc, las tablas que dividían los cuartos y hasta las cortinas floreadas que Maribel puso en las dos ventanas de la casa justo antes de marcharse rumbo a Matagalpa para buscar a su esposo.

“Es que arrasaron con todo”, dice Maribel con tono de tristeza y enfado. Solo pudieron recuperar un cerdo y un caballo que dejaron a resguardo de un primo en Cerro Colorado.

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Cerro Bonito es de esas comunidades campesinas de Nicaragua donde el vecino más cercano está a varios minutos a caballo. Pero fueron precisamente esos lejanos vecinos los que marcaron la vida de Juan Lanzas Maldonado.

En diciembre de 2017 Jorge Herrera Busthing, productor de la zona, lo acusó de haber robado cuatro bombas de fumigar, cuatro machetes y un panel solar. La denuncia se sustentaba en el testimonio de otros dos vecinos con quien Juan tenía problemas: Abraham y Misael López.

Un especialista en la fabricación de prótesis le donó las dos extremidades artificiales que lo sostienen en la vida. LA PRENSA/Oscar Navarrete
Un especialista en la fabricación de prótesis le donó las dos extremidades artificiales que lo sostienen en la vida. LA PRENSA/Oscar Navarrete

Tres meses antes, Juan les había alquilado unas parcelas para que los López sembraran; estos no pagaron por el uso de la tierra y el arrendador les hizo el reclamo. “Desde entonces ellos quedaron de enemigos míos”, dice el campesino. Y asegura que, pese a todo, no guarda rencor a sus vecinos.

Cerro Colorado es otra comunidad y se encuentra a una hora a pie de Cerro Bonito. Son apenas un par de casas divididas por una trocha por donde puede circular sin problemas una camioneta. Sin embargo, para llegar hasta la casa de Juan Lanzas no hay camioneta ni jeep que valga. El camino es montañoso, apenas puede ser atravesado a pie o en bestia y por la espesa vegetación siempre parece que es una hora más tarde. En invierno los ríos se desbordan y dejan incomunicado a Cerro Bonito de Cerro Colorado.

Por ese camino accidentado, en completa oscuridad, llegaron los policías con lo que iniciaría la desgracia de los Lanzas.

Al primer grito de los policías, Juan Lanzas estaba despierto. Su esposa Maribel lo había sacado del sueño pesado para advertirle que afuera de la casa había unos hombres.

Medio se puso un pantalón y una camisa, y en la oscuridad, cuando estaba a punto de abrir la puerta, uno de los guardias la derribó de una patada. Juan retrocedió asustado. Un policía dio tres pasos al frente y lo golpeó con la punta del fusil en el estómago. El dolor fue tal que se desplomó sobre el piso de tierra de la casa.

El campesino no ha perdido su habilidad de buen jinete. A lomos de su caballo el “chingo” recorre sus tierras. LA PRENSA/O.Navarrete
El campesino no ha perdido su habilidad de buen jinete. A lomos de su caballo el “chingo” recorre sus tierras. LA PRENSA/O.Navarrete

Juan se llevó las manos al estómago pensando que había recibido un bayonetazo. Tenía las manos llenas de sangre y al intentar ponerse en pie recibió un culatazo en la espalda. Y otro y otro.

—No lo golpeen —pedía a gritos Maribel, mientras sus cuatro hijos lloraban asustados.

Jayson Alfaro, sobrino de Maribel, igualmente fue golpeado. Menos que Lanzas, pero fue puesto de rodillas y le apuntaron con fusiles de guerra en la cabeza y le pidieron que dijera sus últimas palabras.

Por más de una hora, Juan Lanzas sufrió las patadas, culatazos y punzadas con los cañones de las AK, que los policías le dieron.

Luego de sacar a los niños de la casa y registrarla de arriba abajo en búsqueda de las supuestas pertenencias robadas, los policías se llevaron tres bombas de fumigar, un panel solar y varios machetes. Dos de las bombas ni siquiera servían y Juan les aseguró en todo momento que eran de su propiedad. Pero los policías no lo escucharon, en lugar de eso lo siguieron golpeando.

El operativo terminó justo antes de las seis de la mañana, con los cantos de los gallos y el aullido de los monos congo que avisan la salida del sol. 28 días después Juan Lanzas perdería sus piernas.

Apenas podía caminar cuando se lo llevaron junto con Jayson. Los policías los encerraron en la estación policial de Matiguás, en Matagalpa.

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Cientos de cohetes explotan en Matiguás. Por las rejas de una de las celdas de la estación policial del pueblo se asoma Juan Lanzas. Es 31 de diciembre. Juan y Jayson son los únicos presos en la estación.

“Eso fue triste, yo escuchaba aquella alegría en las calles. Apenas y podía caminar por los golpes”, recuerda Lanzas. “Fantaseaba con caminar a esa hora, libre por el pueblo”.

Su infierno inició pocas horas después. El 1 de enero ambos fueron llevados a la estación policial de Matagalpa, pero Jayson Alfaro fue separado de Juan, a quien enviaron a una celda que estaba sobrepoblada de reos. El único lugar donde había espacio para él fue el baño.

“Pasé 17 días entre el agua sucia, los orines y la mierda”, relata Juan, quien en todo momento tuvo los pies mojados y las heridas abiertas sin recibir atención médica. “Yo me estaba muriendo y pedía que me sacaran, pero nadie me hacía caso”.

La nueva casa de los Lanzas fue levantada con mucho esfuerzo en un mes, ahora la familia campesina vive de lo que siembran y tratan de salir adelante luego de que lo perdieron todo. Juan sueña con poder trabajar más de una hora al día. LA PRENSA/O.Navarrete
La nueva casa de los Lanzas fue levantada con mucho esfuerzo en un mes, ahora la familia campesina vive de lo que siembran y tratan de salir adelante luego de que lo perdieron todo. Juan sueña con poder trabajar más de una hora al día. LA PRENSA/O.Navarrete

Las piernas se le comenzaron a poner frías y negras, la gangrena se le empezó a comer los dedos lentamente, al igual que las heridas de las piernas, y las nalgas se le infectaron. Finalmente fue llevado ante el juez y era tan grave su estado de salud que se desmayó en la audiencia inicial.

“Yo estaba fuera de mi cuerpo, sentía un fuego por dentro y un dolor terrible”, relata. Los médicos le dijeron que debían amputarle las piernas lo antes posible. “Si dejás pasar el tiempo te vamos a tener que cortar arriba de las rodillas y va a ser peor”, le advirtieron. Juan aceptó que le cortaran las piernas. Se las amputaron el 25 de enero.

Al despertarse de la cirugía no sintió dolor, ni miedo, ni ganas de llorar. “Yo sentía que no quería seguir viviendo”, cuenta con los ojos brillantes y al borde de las lágrimas.

Se quiso suicidar en el hospital, pero no encontró con qué quitarse la vida. “Ni siquiera me podía mover de la cama”, dice.

En el hospital le prometieron fabricarle unas prótesis, pero nunca cumplieron. Al ser dado de alta se trasladó con toda su familia a la casa de su suegra, en San Isidro, también municipio de Matagalpa, para recuperarse.

Pasó casi todo 2018 acostado boca abajo. Las llagas de las piernas subían hasta su espalda y no le permitían sentarse.

Un día un amigo que lo visitó le dejó un papel con un número de celular. “A ese celular debés llamar cuando sintás que estás listo para volver a caminar”. Era el celular de un especialista en fabricación de prótesis, el que según Lanzas nunca ha querido que se sepa su identidad.

“Eso para mí fue una alegría”, dice el campesino. Cuando se sintió mejor y pudo sentarse llamó a ese número telefónico para avisar: “Ya estoy listo, doctor”.

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Juan Lanzas Maldonado y su familia tardaron un mes en construir su nueva casa. Con mucho esfuerzo y la ayuda de amigos y familiares compró ocho láminas de zinc, mandó a sacar varios tablones y pilares de madera de los árboles de su propiedad, compró plástico negro para hacer una especie de “cielo raso” para la cocina y compró cuatro camas.

La nueva casa es casi igual a la que le robaron, tiene un solo cuarto que hace de habitación para toda la familia. La sala es pequeña, casi vacía y sin adornos. A la par de unas muletas hay una repisa con un Cristo negro crucificado, una imagen de un Divino Niño al que le enrollaron un rosario en el cuello y al lado un pequeño radio.

La familia de Maribel apoyó en todo momento a Lanzas, los primeros meses de convalencía solo se pudo mover en una silla de ruedas. LA PRENSA/Oscar Navarrete
La familia de Maribel apoyó en todo momento a Lanzas, los primeros meses de convalencía solo se pudo mover en una silla de ruedas. LA PRENSA/Oscar Navarrete

Hay una hamaca remendada de lona plástica de tijera, al otro extremo otra repisa llena de insecticidas; en un rincón, sobre el suelo de tierra hay una bomba de fumigar, dos hachas, medio quintal de arroz y sobre un saco duerme la gata Misifú que acaba de parir cuatro gatitos blanco con negro como ella.

De uno de los cuartones de madera del techo pende una guitarrita de seis cuerdas, y una marimba pequeña. Son los juguetes de Josué, el menor de sus hijos que acaba de cumplir cuatro años y no va a la escuela.

“Me siento en el patio a mirar la montaña y a tomar un poquito de café”, cuenta Lanzas sobre su nueva vida, sin piernas.

Se baña sentado en una silla de plástico, con agua caliente a la que Maribel le pone manzanilla. Su hijo Sergio Rafael le ayuda a moverse. Juan se viste solo, se pone unas gruesas calcetas en los muñones y se mete a presión primero la prótesis derecha y luego la izquierda, se las acomoda poniendo primero el talón de las botas, se amarra bien los cordones, respira profundo y se impulsa con todas sus fuerzas con los ojos bien abiertos.

Luego de que le amputaron las piernas a Lanzas, el obispo de Matagalpa, Rolando Álvarez, visitó a la familia y señaló que tras el acto brutal contra este campesino “el pueblo debe de alzar su voz y pedir justicia. LA PRENSA/O. Navarrete
Luego de que le amputaron las piernas a Lanzas, el obispo de Matagalpa, Rolando Álvarez, visitó a la familia y señaló que tras el acto brutal contra este campesino “el pueblo debe de alzar su voz y pedir justicia. LA PRENSA/O. Navarrete

Dentro de poco cumplirá nueve meses de tener las prótesis, pero asegura que siempre es extraño caminar con ellas o amarrarse los cordones. “Siento como que estoy caminando en el aire, como que estuviera montado en unos zancos”, dice tocando la parte posterior de las extremidades artificiales.

Sergio Lanzas es delgado como su padre, su mirada es infantil pero las venas resaltadas de sus brazos revelan que a sus 14 años ya trabaja la tierra. Está en cuarto grado y sabe leer y escribir muy bien.

“Yo le pido permiso a mi profesor para faltar algunos días para ayudarle a sembrar a mi papá”, comenta en voz baja. Desde que volvieron a Cerro Bonito en agosto de 2018, Sergio se hace cargo de la mayor parte del trabajo de la casa.

Juan Lanzas apenas puede chapodar una hora, luego se tiene que dejar caer al suelo para descansar. Las prótesis le aprietan, pero él no se da por vencido y se levanta de nuevo a seguir trabajando la tierra. Ha ido a visitar al fabricante de sus prótesis hasta siete veces para que se las arregle, nunca le ha cobrado un centavo por estos trabajos.

Se mueve a lomo de su caballo, el Chingo. No ha perdido su destreza de buen jinete. A veces llegan a visitarlo sus cuñados y sobrinos y le ayudan con la siembra, pero asegura que hay semanas en las que se siente fracasado.

Sergio Rafael Lanzas de 14 años ha asumido gran parte del trabajo en el campo. Anayanci va a escuela de Cerro Bonito, Josué se queda en la casa acompañando a sus padres. LA PRENSA/O.Navarrete
Sergio Rafael Lanzas de 14 años ha asumido gran parte del trabajo en el campo. Anayanci va a escuela de Cerro Bonito, Josué se queda en la casa acompañando a sus padres. LA PRENSA/O.Navarrete

Los días de Juan Lanzas se mueven lentos, con almuerzos silenciosos de arroz y frijoles. Con la radio sonando mientras Maribel lava los trastes y esperando a la una de la tarde a que vuelvan de la escuela Sergio y su hermanita Anayanci.

Por las tardes, si no puede ir a trabajar “aunque sea una hora”, busca como ordenar la casa. Lucha por sentirse útil en su familia. Cuando el sol comienza a esconderse tras el enorme Cerro Bonito, Juan se sienta con Sergio, Anayanci y el pequeño Josué a escuchar el canto de los congos que ya se marchan a dormir.

“Voy a seguir aprendiendo a caminar, algún día voy a trabajar más de una hora”, dice con determinación. Su hija mayor, Yerling, está embarazada y Juan está contento por la noticia. Dice que ya quiere conocer a su nieto. De nuevo la vida se abre paso en medio de las desgracias y Juan Lanzas sigue intentando abrirse paso en la vida.

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