Las siete vidas de Calandraca

Reportaje - 07.06.2021
Roberto Hernandez

Esta es la increíble historia de un hombre que ha vivido al filo de la muerte, conoció el infierno y sobrevivió después que le clavaran 16 centímetros de una bayoneta en la cabeza en medio de una violenta vendetta entre dos familias

Por Hans Lawrence Ramírez

Los fines de semanas son “feyucos” para Roberto Castillo Hernández. Prefiere no salir de la casita minifalda, mitad tablas y mitad piedra cantera, que comparte con su mamá inválida y su chocoyo en una jaula improvisada con panas plásticas. Tiene miedo de sus verdugos, los primos Luis Daniel Chavarría Jirón, alias el Chele Jirón, y Napoleón Jirón Duarte, quienes hace quince años le ensartaron una bayoneta en la cabeza y “de milagro” aún vive para contar la historia.

Después de que le sacaran los 16 centímetros del artefacto que cruzaba desde la parte superior de su oreja izquierda, rozando la parte inferior del cerebro, hasta el orificio derecho de sus fosas nasales, Roberto quedó con un hueco en su cabeza. Asegura tener platino porque el arma le desbarató parte del cráneo. Aún le dan dolores de cabeza si hace mucha fuerza o se agita demasiado. No puede asolearse. Y se le dificulta la visión del ojo izquierdo.

Según lo que le explicaron los médicos a Roberto, la bayoneta se le incrustó en el hueso del pómulo izquierdo y fue muy complicado sacarla. Después de ensartarla en la cabeza, Napoleón Jirón hasta presionó con su bota contra el suelo la cara de Roberto y jaló el cuchillo para sacarlo, pero no pudo. El hombre tuvo que dejar el arma en la cabeza de su enemigo.

Roberto ahora se tapa la cabeza. Ocupa un trapo o una gorra, pero nunca anda descubierto. Así llega al culto evangélico, cuando sale a buscar leña para cocinar o si tiene que hacer un mandado, siempre cubierto y siempre en día de semana, porque en sábado y domingo los primos Jirón pueden andar por ahí queriendo rematarlo, dice.

Roberto Castillo en una cama del Hospital Antonio Lenín Fonseca con la bayoneta en su cabeza. REPRODUCCIÓN/LA PRENSA

A Roberto Castillo no solo le han metido un cuchillo en la cabeza. Lo han macheteado, han tratado de apuñarlo y hasta lo han metido preso en tres ocasiones. Los intentos de asesinarlo y las encarceladas han sido obra de los primos Jirón, aseguran Roberto y su madre Consuelo Hernández, que hace cinco años sufrió una trombosis y perdió sus dos manos y sus dos pies por todo el estrés que le ha causado el martirio que ha vivido su hijo los últimos años.

Jhony Castillo Hernández, hermano de Roberto, también ha sido víctima. En 2007, una persona que se juntaba con los primos Jirón le rompió la clavícula derecha de un machetazo y le dejó el brazo colgando. Jhony pudo conservar su brazo gracias a una malla que ayudó a conseguir su patrona, y hoy continúa dedicándose a la jardinería en condominios de Managua. Es el único sustento de la familia porque Roberto está dedicado al cuidado de su madre, que permanece en silla de ruedas.

De vez en cuando a Roberto le salen trabajos pequeños de pintura que le sirven para tener un ingreso extra, pero no puede estar ocupado todo el tiempo. Su madre de 66 años necesita ayuda para ir al baño, comer y vestirse, entre otras necesidades.

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Calandraca, a como le llaman a Roberto en la comarca San Isidro de la Cruz Verde, donde habita, es un tipo alto de 39 años, delgado y moreno con el pelo corto. Tiene varios tatuajes en su cuerpo repartidos en sus brazos, manos y pecho, pero tiene más cicatrices de machetazos y puñaladas que otra cosa.

Asegura haber recibido cerca de 40 cuchilladas en distintos momentos de su vida, como la vez que fue a una pelea de gallos, y cuando uno de los animales estaba perdiendo él dijo “muerto ese gallo”, sin darse cuenta que tenía al dueño del animal a la par, quien optó por machetearlo para que aprendiera a respetar a su ave.

Pero la más grave fue, sin duda, el cuchillazo que recibió en la cabeza hace 15 años mientras se tomaba unas cervezas en un chinamo que se armó para las fiestas patronales de su comunidad, en el cuadro que queda a unos 80 metros de su casa.

Antes de que le ensartaran el cuchillo en la cabeza, Roberto estuvo con unos amigos en la barrera de toros que se arma cada 15 de mayo como parte de las fiestas patronales de la comarca, ubicada a unos 20 minutos al suroeste de Managua. Los primos Jirón también llegaron a la barrera y un amigo de ellos empezó a pelear con un amigo de Roberto por montarse al mismo toro.

Empezaron los empujones y cuando el conflicto estaba subiendo de tono, Roberto intervino y se llevó a su amigo. Siguieron tomando hasta que cayó un aguacero y se suspendió la montada de las bestias, pero Roberto no suspendió la bebedera. Se fue a sentar solo a uno de los chinamos improvisados y ahí pidió sus cervezas, que pacientemente estaba disfrutando hasta que llegaron los primos Jirón.

“Y vos, ¿por qué te fuiste a meter en el pleito? (de los dos tipos por montar el toro)”, le preguntó uno de ellos. Roberto se levantó y solamente sintió un botellazo que le reventaron en la cabeza. Cayó sobre la mesa, derramando su cerveza al suelo, y cuando se volvió a poner de pie, le pegaron otro botellazo que lo mandó al suelo.

Fue en el suelo lodoso que los primos Jirón le ensartaron 26 puñaladas en la axila, brazos, cuello, mentón, tórax, y un último cuchillazo en la cabeza. Y fue el último porque ya no pudieron sacarle el arma. Un familiar de Roberto que iba pasando por el lugar vio a los Jirón masacrando al hombre, así que corrió, agarró una silla plástica y se las tiró. Los dos primos salieron corriendo y Roberto quedó con la bayoneta incrustada en la cabeza sobre un gran charco de sangre y lodo.

Roberto Castillo tiene cicatrices de machetazos y cuchilladas en casi todo su cuerpo. Oscar Navarrete/ LA PRENSA

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Roberto está bajando unas gradas hacia una laguna, “como la de Tiscapa”, describe. Es un lugar oscuro y lo único que ilumina es el ardiente fuego que hay al final de las gradas. En medio del centenar de personas que están ardiendo en ese lago infernal, logra reconocer a dos primos de él que se habían suicidado años atrás “por loquera de mujeres”, y también a un conocido suyo de la comarca que le decían Joaquín y que había sido asesinado con cuatro balazos.

Un bulto blanco con forma de persona le va explicando a Roberto lo que está viendo. “Te vengo a mostrar a los que conocés, a donde podés quedar y lo que te va a pasar si no regresás por el camino del bien”, recuerda que le dijo el bulto blanco, que se presentó como un enviado de Dios.

El recorrido de Roberto por la laguna de fuego finaliza y de repente despierta en la sala de cuidados intensivos del Hospital Antonio Lenín Fonseca. Su conclusión es que su alma fue la que se reunió con el enviado de Dios para decirle que iba a vivir, pero que debía seguir el camino religioso.

Mientras al alma de Roberto estaba en el recorrido por la laguna de fuego, su cuerpo pasó 21 horas en un quirófano con médicos tratando de extraerle la bayoneta. Hoy, el hombre muestra el orificio que le quedó después de la operación que califica como exitosa, porque desde el primer momento le advirtieron a su madre que podía quedar vegetal o hasta perder la vida durante la cirugía.

El 15 de mayo de 2006, a doña Consuelo Hernández unos vecinos la llegaron a despertar a medianoche. “Me dijeron que me levantara, que mi hijo estaba muerto”, cuenta hoy desde su silla de ruedas, aunque para aquellos días todavía podía caminar y valerse por sí misma. Cuando llegó al hospital, vio a Roberto ensangrentado y con el cuchillo en la cabeza.

Lo más sorprendente es que Roberto estaba consciente. Se desmayó después del segundo botellazo, pero en el hospital se despertó y no se sentía el cuchillo en la cabeza. Nadie le quería decir que tenía un puñal que le salía sobre la oreja izquierda, solo le decían que se calmara, que no hablara y que no se moviera mucho. Los médicos temían que la reacción de Roberto al saber que tenía una bayoneta en la cabeza empeorara las cosas.

Entonces, Roberto sintió algo que le incomodaba, se tocó la cabeza y notó algo extraño. “¿Y qué es esto?, dice, y se comienza a agarrar el cuchillo de aquí y para allá”, recuerda su madre. Una enfermera le agarró la mano y le dijo que no se tocara, pero a él le valió. Se arrancó la canalización que le habían puesto, tiró la sábana y salió corriendo con el cuchillo en la cabeza por los pasillos del hospital.

“Por suerte, estaban cerrados los portones del hospital, porque si no quién sabe si me agarran”, rememora el hombre que en aquel momento tenía 24 años. Los guardias de seguridad del hospital y un grupo de camilleros tuvieron que agarrar a Roberto para llevarlo de vuelta a su cama, donde lo sedaron y despertó dos días después, cuando ya le habían sacado el cuchillo de la cabeza y su alma había hecho el recorrido por la laguna de fuego.

Roberto Castillo y su madre Consuelo Hernández. Oscar Navarrete/ LA PRENSA.

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Los primos Jirón nunca comparecieron ante la justicia por el intento de asesinato en contra de Roberto, a pesar de que este los denunció ante  las autoridades policiales. Más bien, fue Roberto quien estuvo detenido en tres ocasiones por los Jirón. La primera fue una denuncia hecha por un cuñado de los Jirón, que acusó a Roberto de supuestamente haberlo asaltado. En esa ocasión estuvo tres años en La Modelo

Salió en 2012 de la cárcel, y el día en que volvió a su casa el mismo cuñado de los Jirón tuvo un accidente en motocicleta y acusó nuevamente a Roberto por intento de homicidio. Estuvo detenido unos días, pero la acusación no pasó a más.

Años más tarde, un sobrino de los Jirón lo acusó de supuestamente haberlo secuestrado, “y es un chavalo grandote, más alto que yo”. Por esa razón, tuvo que irse un tiempo a Guatemala con su mamá. Luego regresaron al país y en mayo de 2016, la Policía le mandó una citatoria para que se entrevistara con el inspector Luis Mendoza de Auxilio Judicial, pero no hubo ninguna entrevista, solo lo dejaron detenido y los Jirón lo acusaron nuevamente por robo y estuvo otros tres años detenido en La Modelo. Salió en junio de 2019.

Roberto asegura que le ha explicado hasta el cansancio a los agentes policiales que los primos Jirón se tienen algo contra él y que no es cierto que ha cometido delitos en su contra, pero ha sido inútil. El hombre supone que es porque los Jirón tienen familiares en la Policía, incluso en la Dirección de Operaciones Especiales Policiales.

El conflicto entre los Jirón y la familia de Roberto se origina desde que doña Consuelo estaba en el vientre de su madre, y por un chisme. Un tío de doña Consuelo tenía parentesco con el abuelo de los Jirón y un tipo le dijo a este que el tío de doña Consuelo decía que andaba en sus “ancas”, porque vivía en su casa y andaba en su camioneta. “Hoy lo macheteo a este hijo de puta”, respondió el hombre.

El primer machetazo le arrancó tres dedos de la mano izquierda al tío de doña Consuelo, el segundo le abrió la cabeza “como sandía” y el tercero le hirió el brazo izquierdo. Antes de recibir otro machetazo, el hombre sacó su pistola y le disparó al abuelo de los Jirón. Así fue como empezó la trifulca entre las familias, y lo cierto es que el tío de doña Consuelo no había dicho ni una sola palabra de lo que le dijeron al abuelo de los Jirón, cuenta la señora 66 años después.

Desde entonces es que las generaciones de ambas familias han estado enfrentadas y Roberto asegura vivir esa rivalidad día a día. Su recuperación fue larga, le dieron el alta nueve días después de la operación y le costó retomar la movilidad de la parte derecha de su cuerpo. Dos años después, mientras iba saliendo de su casa, uno de los Jirón pasó corriendo en un caballo y le lanzó un machetazo a la cabeza.

“Me pude capear, pero le metí la mano y ahí me voló estos dos dedos”, cuenta, mostrando el dedo índice y el de en medio de su mano derecha, que pudo recuperar después de que le rogara a los doctores en el Hospital Lenín Fonseca que no se los cortaran, y le pusieran clavos y platino. Lo que no pudo recuperar es la sensibilidad y de vez en cuando se le traban los dedos.

Roberto teme que sus hijos también se vean involucrados en el conflicto. Los primos Jirón aún llegan todos los fines de semana a jugar al cuadro que queda frente a la casa de Roberto. Hace unos meses, Roberto andaba vendiendo tomates con su hijo de 16 años y se toparon con el Chele Jirón. “Me lo quedó viendo (al hijo) y solo me cabeceó”.

Roberto se dio cuenta de que no podía exponer a sus cuatro hijos. Así que prefiere que sigan viviendo con sus madres y él llegar a visitarlos de vez en cuando.

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