Les decían “Paquetes”

Reportaje - 09.10.2016
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José  “Brillo” Gutiérrez es un boxeador que siempre ha lustrado zapatos. Ha perdido 18 de sus últimos 21 combates. Foto: Yader Flores.

Uno vende pasteles mientras otro lustra zapatos en un mercado de Managua. Ambos fueron buenos boxeadores, soñaron con una corona mundial y en algún momento se convirtieron en paquetes, o sea peleadores que suben al ring para perder

Por Julián Navarrete

 

Ahí cómo se ve, tan delgado, frágil y sonriente, el muchacho que carga la pana con pasteles fue prospecto de campeón mundial. Los pasos de Bismarck Alfaro son rápidos, cortos, entre tenderetes de carnes, verduras, abarrotes y el cuchicheo del mercado Iván Montenegro. Camina con un aire sereno y la mirada congelada, como quien lo dio todo a punta de golpes sobre el ring y ahora duerme feliz todas las noches.

A los 31 años de edad, Bismarck Alfaro, mejor conocido como “Pastelito” en los gimnasios de boxeo y mercados de Managua, vende pasteles cada mañana, cada tarde. Una rutina que tiene marcada desde que era un pequeño de 5 años de edad y su hermana lo llevaba de la mano.

“Pastelito” Alfaro es uno de varios boxeadores nicaragüenses que ha volado a Europa para buscar una mejor oportunidad. Actualmente, la Comisión Nicaragüense de Boxeo Profesional registra a más de diez boxeadores deambulando en el viejo continente. Todos, como “Pastelito”, sueñan con conquistar el título mundial. Sin embargo, muchos terminan sirviendo de escaleras y paquetes para engordar récords de boxeadores locales

“Más adelante, campeón, vos sabés que todo inicio es duro”, escuchaba “Pastelito” de su apoderado colombiano, quien lo llevó “por debajera” a Europa. “Si no confiara en vos, no te hubiera traído”, le repetía.

—Yo ahí dejo tranquila a la gente que me dice fracasado, solo porque me metí al boxeo y me miran que estoy nuevamente vendiendo pasteles —dice, mientras se encarama la pana—. Hago esto porque me da dinero. Fue lo que me enseñó mi familia y me ha dado de comer toda la vida.

El boxeo ofrece la oportunidad de ver a dos hombres que a punta de golpes luchan por sus sueños. Alfaro luchó en el cuadrilátero, pero siempre quedó alejado del triunfo memorable. En un deporte individual, las derrotas solo tienen un culpable. Ante el escrutinio público, “Pastelito” es un perdedor por excelencia.

—Yo pude terminar loco, drogadicto o muerto, pero aquí estoy ante ustedes —responde.

***

Es 12 de septiembre del año 2006. El gimnasio Alexis Argüello de Managua bulle. En el centro del ring, bañados por una luz amarillenta, Bismarck “Pastelito” Alfaro riega de golpes a José “Brillo” Gutiérrez. Ambos se recetan puñetazos desde que la campana anuncia el inicio del combate, hasta que lo finaliza. El ojo de Gutiérrez está completamente cerrado y al referí no le queda de otra que parar la pelea… “Pastelito, Pastelito, Pastelito”, se escucha en el público, cuando levanta la mano en señal de la victoria.

El triunfo contra “Brillo” Gutiérrez significó la venganza de “Pastelito”, de su primera derrota por nocaut. Su rival, hasta ese momento, llevaba 10 victorias, sin derrotas, con ocho nocauts propinados. Después de ese revés “Brillo” solo ganaría cuatro combates en los próximos nueve años. En ese periplo perdería 19 peleas y sobreviviría a su adicción al crack. Pero esta historia la conocerán más adelante.

Esa noche, después de saborear la victoria, “Pastelito” llegó al vestidor y levantó su pana de pasteles. Subió a la gradas, ofreciendo su repostería al auditorio que minutos antes celebraba su victoria.

“Pastelitos, Pastelitos. ¿Cuántos les doy?”, pregonaba, con el ojo derecho cerrado y la camisa sudorosa, mientras se abría paso entre el público, como lo hacía todas las noches que peleaba sobre el cuadrilátero.

Un combate como el de “Pastelito” contra “Brillo” les dejaba bolsas de más de 10 mil córdobas a cada uno de los boxeadores, según Marcelo Sánchez, quien fue apoderado de ambos con la promotora Pinolero Boxing.

El boxeador recibe el 67% de toda la bolsa. El resto se reparte entre el entrenador (10%) y el apoderado (23%). En las peleas en Europa, “Pastelito” ganaba más de 2 mil dólares por combate, y a veces, sostenía dos en un solo mes. Lo que indica que Alfaro ganaba unos 1,500 dólares más en las peleas europeas.

—Yo sentía que estaba ganando bien, me daba para pagar mi cuarto y comía bien —dice muy serio y aclara—, además ganaba para mandar dinero a Nicaragua, a mi mujer y mi mamá.

***

Las apuestas estaban 42 a 1 a favor de Mike Tyson, antes de la pelea contra James “Buster” Douglas, en Japón. Era 1990 y Tyson era conocido como “Iron Man”, con un récord invicto de 37 victorias y 33 nocauts. En el público se encontraba Evander Holyfield, quien llegó a ver el combate que Tyson debía acabar en los primeros asaltos para poder pelear contra él.

No ocurrió.

Ante la inminente victoria que le esperaba, Tyson apenas pudo entrenar. Se dedicó a hacer compras y enamorar japonesas. Las consecuencias de sus fiestas las iba a mirar en la pelea. En el octavo round de aquella batalla, Tyson derribó a Douglas, quien se levantó segundos después. “Buster” regresó para golpear tan fuerte a su rival, que lo noqueó en los dos asaltos posteriores.

La imagen de Mike Tyson tratando de colocarse el protector bucal al revés fue una de las mayores sorpresas de la historia del boxeo. Douglas era considerado “un bulto” que le aventaron a Tyson, pero terminó por convertirse en un símbolo de superación personal. No obstante, en su primera defensa de título, “Buster” cayó noqueado en el tercer round contra Holyfield.

“Pastelito” no contó con la misma suerte. En la sala de su casita, de bloque sin pintar, apenas dividida por una pared en el centro, mira por YouTube los videos de sus peleas. Las imágenes son de los enfrentamientos contra los campeones mundiales, Ángel “El Tren” Ramírez, de Argentina, y Zsolt Bedak, de Polonia.

—Eran buenos esos majes, pero les di. Casi todos los boxeadores con los que pelee fueron campeones mundiales. Y algunas peleas me las robaban, porque ya estaban arregladas. Los promotores les pagaban a mi apoderado y no se podía hacer nada —dice, y sentencia— ya por último, yo sabía que me pagaban solo por ser un bulto, pero lo hacía porque de esa manera ganaba un poquito de dinero.

Para la pelea contra Zsolt Bedak, “Pastelito” debía bajar hasta las 118 libras. Semanas antes había subido hasta las 140 libras y el frío no le permitía quemar grasa. Alfaro se metía en un cuarto sauna, donde bajaba de peso, pero cuando salía abrigado tenía los huesos congelados. La nariz se le “trancaba” y padecía de gripe seguido. Por las noches sufría de calambres en las piernas.

Dos días antes de la pelea cruzó en carro la frontera entre Francia y España. Lo hizo sin probar bocado, porque todavía no había bajado de peso. A la ceremonia llegó como un cadáver: pálido, helado y hambriento. En Europa, Alfaro peleaba en distintas categorías: desde las 118 libras, hasta las 145 libras.

“Aquí todos los muchachos son grandes. No hay de tu peso (118). Rifate en otras categorías”, le decía José García, el entrenador nicaragüense que prepara a los muchachos que se van a España y les consigue las peleas. “Pastelito” aceptaba los combates para ganar dinero aunque, como ocurrió contra el polaco Zsolt Bedak, saliera noqueado.

Es justo señalar que esa fue la única ocasión que el nicaragüense perdió por la vía rápida, de los 10 combates que sostuvo en Francia, España, Austria, Italia e Inglaterra. “Pastelito” dice que peleó en Japón y Angola, aunque en la página boxrec no hay registros de esos combates.

Pablo Fletes, especialista en periodismo boxístico, dice que el problema con los boxeadores que se van a Europa es que allá los hacen pelear en distintos pesos. Por ejemplo, a un boxeador de peso de pluma (122 libras) lo hacen subir hasta welter (147 libras). Y aunque sean buenos peleadores, el peso les termina pasando factura al final. “La mayoría se ve perjudicado por la categoría y el peso. Y eso es una gran desventaja por muy bueno que sea el peleador”.

En el caso de los boxeadores que se han ido a Europa, como “Pastelito”, Fletes dice que muchos son buenos, pero el problema es que no tienen protección: mánager, promotor u organismo de boxeo. “Entonces son llevados para hacerle carrera a otro”.

La única pelea que ganó “Pastelito” en Europa fue una decisión contra el inglés Gavin Reid. “El cambio de peso me mataba”, dice. Por ejemplo, contra “El Tren” Ramírez marcó las 135 libras, y para muestra se le puede ver “empacado”, fibroso y fuerte. Mientras que para el combate contra Bedak, en las 118 libras, su cuerpo se miraba apenas hidratado, como para no desmoronarse sobre las cuerdas.

Marcelo Sánchez fue apoderado de Alfaro. Él dice que para montar una pelea existen muchos trucos. Por ejemplo, cuando tiene a un boxeador que quiere proyectar y viene de perder, le busca un boxeador suave. “Eso es parte del manejo”. De esta manera han llegado apoderados a la casa de “Pastelito” para ofrecer combates dos días antes de las veladas.

Fletes dice que el mánager inteligente calibra a sus prospectos y no los enfrenta con el mejor. “De entrada un boxeador no se va a enfrentar con el campeón. El boxeo es duro y los boxeadores necesitan desarrollarse físicamente. Por muy prospecto que sea lo tienen que ir midiendo al suave”.

La Comisión Nicaragüense de Boxeo Profesional suspendió a Alfaro por pelear en artes marciales mixtas. Ya había recibido un jalón de orejas cuando vino de Europa, pero meterse a esta nueva disciplina nunca le ha sido perdonado.

El presidente de la Comisión, Juan Alberto Molinares, dice que actualmente hay 200 boxeadores profesionales en Nicaragua. Los pugilistas que quieran pelear en el extranjero deben sacar una licencia, chequeo médico, certificado de preparación y al menos tener 10 peleas ganadas.

“Yo estoy suspendido en Nicaragua, pero en los demás países no. Me han ofrecido pelear en el extranjero otra vez, pero ¿para qué? No fui campeón en mi apogeo, menos ahora”, dice “Pastelito”.

Las leyes de la Comisión de Boxeo establecen que cuando un boxeador es noqueado, se le permite pelear dos meses después. Pero si es noqueado cinco veces seguidas, se le suspende la licencia de por vida.

—Yo creo que me retiré a tiempo. Antes de terminar loco y pobre. Preferí seguir vendiendo pasteles, que exponiéndome a más castigo —dice “Pastelito”.

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En ocasiones, cuando el cielo se pone gris y empieza a gotear, a José Gutiérrez le salen lágrimas. Las personas no se lustran los zapatos cuando llueve, y él, un lustrador de calzado, llega sin un centavo a su casa. A este boxeador se le conoce con el apodo de “Brillo”. El día que iba a debutar, Eddy Gazo, su entrenador, le había puesto  “Lustrador”. De inmediato, Gutiérrez intervino y argumentó que: “Todos los lustradores hacen brillar los zapatos, pero ninguno va a brillar tanto en el firmamento como yo”.

El “Brillo” ya tiene un año de no pelear. Ha perdido las últimas nueve batallas, ocho de ellas por nocaut. A los 36 años de edad posee una foja de 14 victorias y 20 derrotas. Iba a pelear en mayo de este año, pero “se enfermó” un día antes del combate. No se presentó a la pelea y se quedó con la bolsa de seis mil córdobas que le pagaron, “porque las necesidades en la casa son muchas”, dice.

Para su edad, “Brillo” no tiene muchas peleas. Agarró unos guantes hasta los 23 años de edad e hizo una carrera flash en amateur para saltar al profesionalismo, donde su vida económica mejoró.

Una noche, mientras regresaba a su casa con la caja de lustrar se detuvo en una cancha de basquetbol. Había un tipo charlatán a quien no le hizo gracia que el lustrador tirara libres y comenzó a ofender.
—No te quités esa camisa blanca, porque te la voy a dejar llena de sangre —sentenció el “Brillo”, cuando el hombre trataba de impresionarlo.

La paliza que le dio al hombre dejó anonadado a un señor mecánico del barrio. “Tenés buen jab, chavalo”, le dijo. El “Brillo” cogió su caja de lustrar sin decir nada, pero se quedó con la espinita. Al día siguiente fue al gimnasio del mercado Iván Montenegro y miró a un hombre gordo, calvo y bonachón, que luego se daría cuenta que se trataba de Eddy Gazo, uno de los 12 campeones mundiales en la historia de Nicaragua.

—Quiero pelear —dijo el “Brillo”.
—¿De verdad? ¿Te aventás con este chavalo? —contestó Gazo, señalando a un muchacho que tiraba golpes secos a un saco.

El “Brillo” aceptó y minutos después su rival bajaría del ring llorando de la golpiza . “Tenés talento, chavalo, pegás fuerte. Quedate a entrenar”, le dijo Gazo. Y así fue como el boxeo se volvió su pasión. Tiempo después conocería al “ángel y demonio” de su vida: su expareja. Ángel, porque fue por ella y el nacimiento de su única hija que se alejó de las piedras de crack. Demonio, porque ella se quedó con la casa que construyó a punta de puñetazos.

“Así tenía que ser. Yo estaba con ella y tenía que dejarle algo a mi hija. Ahora solo tengo esto”, dice y señala un cuartito pequeño, de madera gastada y piso de tierra, por donde se filtra el agua cada vez que llueve.

“Brillo” habla pausado y alto. A primera impresión pareciera que tiene un tic nervioso con sus ojos. Los huesos de la cara están pronunciados. La cara demacrada es constancia de los estragos que sufrió con las drogas, las peleas y la mala alimentación.

Gutiérrez jura que se ha alejado del crack. Antes de cumplir la mayoría de edad eran su calvario. Inhalaba tantas piedras que estuvo un año internado en el Hospital Psiquiátrico. Esa época la tiene un poco nebulosa, pero supone que fue cuando conoció a su expareja, con quien estuvo 10 años, “y por quien subía al ring y daba la vida si me lo hubiera pedido”, dice. “Porque yo no la quise, yo la amé”.

Desde hace cinco años está soltero. Él asegura que ya superó la ruptura, pero le duele que cada vez que solicita el récord de Policía, tengan un antecedente de agresión contra ella. Aunque nunca fue apresado, es una de las razones por las que no le dan trabajo. “Quisiera trabajar en cualquier cosa”, dice. “Incluso, si a mí me ofrecen una pelea, yo lo hago, porque no me he retirado”, dice, mientras el cielo se oscurece, empieza a rugir y a él se le opacan los ojos.

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Bismarck “Pastelito” Alfaro se metió a pelear para defender su pana de pasteles. En esa época era un chavalito con los zapatos rotos, que en su tiempo libre vendía en los mercados. Para que nadie tratara de abusar de él, buscó un gimnasio y aprendió a tirar golpes.

La tradición pastelera viene desde hace 50 años. Su mamá les enseñó el oficio a todos sus nueve hijos. Con los pasteles, tres de ellos pudieron costear sus estudios universitarios. Ahora, Bismarck tiene una hermana médico, otra enfermera y un contador. “Y todos pasaron por la pana de pasteles”, dice.

Hace dos años la señora sufrió un derrame cerebral que la tiene postrada en una cama. Ninguno de sus hermanos o sobrinos siguieron con la tradición de vender pasteles. “Hay un sobrino que lo quiero meter, pero me dice que le da pena por la jaña”, dice Bismarck.

“A mí no me da pena. Con tal de tener un trabajo que es rentable”, señala, y afirma que diario vende 400 pasteles y le saca más de 600 córdobas de ganancia. Los días que va a las galleras y veladas de boxeo gana hasta mil córdobas.

Él los elabora y los distribuye. Termina a las 11:00 de la noche de freír centenares de pasteles y se levanta temprano para venderlos. Regresa a mediodía para almorzar y comienza a cocinar la otra ronda que venderá hasta las 7:00 de la noche. El ciclo se repite todos los días del año. Las deudas en la casa son muchas “y no hay tiempo para descansar”, dice.

Después de separarse de su primera pareja regresó a la casa de su mamá. Instaló un gimnasio de boxeo. En la sala todavía se miran las señas de los sacos, las peras, los guantes y el olor a sudor mezclado con vaselina. “Hay gente que se mata por una decepción amorosa. Yo me puse a trabajar”, dice.

***

Mientras descansaba sin camisa afuera de su casa, a “Pastelito” le gustaba ver pasar a Nubia González, su actual pareja. Le hablaba pero ella lo rechazaba. “Me le fui metiendo como purgante”, dice. Hasta que ella aceptó una salida.

—Yo soy “Pastelito” Alfaro, ¿no me conocés? —preguntó Bismarck.
—Claro que no. Nunca había escuchado de vos —dijo Nubia—. ¿De verdad peleabas?

“Pastelito” dice que después entendió que a ella no le gustaba el boxeo, y es por eso que no sabía que él era más famoso que José “Quiebra Jícara” Alfaro, quien fue campeón mundial. Aunque tal vez exagera, lo cierto es que Bismarck fue campeón centroamericano de boxeo amateur y asistió a unos Juegos Panamericanos. En 2005 fue electo atleta amateur del año y se vislumbraba que una vez saltara al profesionalismo, la vida le seguiría sonriendo.

El día que “Pastelito” se fue a Europa tenía un buen récord: 10 victorias y dos derrotas. Y a los dos que lo vencieron, los había noqueado luego en peleas de revancha. Su última pelea antes de partir fue detenida porque recibió un cabezazo de Reynaldo Cajina y no dejaba de chorrear sangre de la ceja izquierda.

Mes y medio después haría su debut en Italia contra Simone Maludrottu, quien había sido campeón mundial. Durante la revisión técnica para esa pelea tuvo que maquillarse la herida porque todavía estaba fresca.

Cuando “Pastelito” regresó a Nicaragua se matriculó en una universidad. Solo asistió a clases unos cuantos domingos, porque “los conocimientos no se me pegaban”. Bismarck se sentaba en el aula y sentía que el profesor hablaba en chino. “Algunos boxeadores dicen que no, pero la verdad es que después de tantos golpes, uno queda mal de la cabeza y le cuesta aprender”, dice.

Alejado del boxeo y la universidad, regresó a vender pasteles. Pero a su esposa no le gustaba. “Los problemas empezaron porque le daba pena que yo vendiera pasteles. Hasta que nos separamos”.

Su mujer se quedó con todo el patrimonio que habían hecho juntos, dice. Él abrió el gimnasio, se enamoró de nuevo, pero una carta de la Comisaría de la Mujer llegaría hasta su puerta. Bismarck Alfaro fue demandado por pensión alimenticia.

—Yo gano 300 córdobas diarios y de esa cantidad es que le puedo dar a mi niña —dijo Bismarck, mientras debatían la demanda.
—No es cierto, él gana hasta mil córdobas diarios por la venta de pasteles —contestaba su exmujer.
—Si es cierto, había días que yo ganaba eso ¿sabe por qué? yo pasaba todo el día vendiendo pasteles para que a ella no le faltara nada, y mire cómo me pagó —lamenta “Pastelito”.

Después que vino de Europa incursionó en las artes marciales mixta, donde ganó una pelea y perdió otra. En los últimos combates que hizo en Nicaragua se preparó en el gimnasio improvisado de su casa. No tenía entrenador, ni esquina. Solo le pagaba a otro boxeador para que lo vendara, lo subiera al ring, y le pasara agua durante la pelea. “Algunas peleas las gané a la cara de barro”, dice, con una carcajada.

El periodista deportivo, Pablo Fletes, dice que los “paquetes” son aquellos boxeadores viejos o jóvenes que no tienen talento ni condiciones. “Son usados como escaleras para ascender a otros boxeadores. Entre los paquetes hay algunos que sabés que van a terminar en menos de tres rounds. Pero hay otros que son más duraderos y extienden la peleas y pueden irse a decisión”.

Fletes dice que los “paquetes” son los que se mantienen entrenando en los gimnasios, a la espera de oportunidades imprevistas. Los casos de “Pastelito” y “Brillo” son diferentes. Ambos han trabajado toda su vida y solo entrenan cuando les toca pelear.

A media cuadra de su casa está un gimnasio de pesas donde “Pastelito” está ejercitando los bíceps.

—¿Cuándo vas a volver abrir tu gimnasio? ¿A mí me hiciste bajar rápido de peso? —le pregunta una muchacha, morena, gordita.

“Pastelito” sonríe y dice: “Ahí vamos a ver”. Después de bajar de peso drásticamente, Bismarck se convirtió en un experto. A sus alumnas las embarraba de vaselina en el cuerpo, les ponía un traje sauna, más los ejercicios cardiovasculares. El método es infalible, dice. “Yo bajé hasta 10 libras en un solo día. No comía. Por eso, después padecí de bulimia”.

El pequeño gimnasio lo quitó cuando se fue a vivir con su actual pareja. Ya no había espacio y mejor se dedicó a la venta de pasteles. Porque Bismarck sabe hacer pizzas, donas y tortas, pero los pastelitos dan más “reales”.

Los “paquetes” que sorprendieron

Nocaut en 21 asaltos de James J. Corbet contra John L. Sullivan

Sullivan fue el último campeón de boxeo sin guantes, y el primer campeón peso pesado bajo las reglas del Marqués de Queensbury, que conocemos ahora. El 7 de septiembre de 1892, enfrentaría a Corbet, a quien superó por 25 libras. Sin embargo, en el 21er round del combate, logró enviar a Sullivan a la lona. El campeonato de peso pesado cambió de manos por primera vez en la historia.

Max Schmeling derriba a Joe Louis

Joe Louis tenía una marca invicta de 27 victorias. Se perfilaba como el retador número uno para el título peso pesado. Schmeling, era un excampeón, lejos de su mejor forma y que no representaba una amenaza para desviar al estadounidense en su camino a la cima. Schmeling estudió intensamente a Louis, y notó que dejaba caer su izquierda antes de lanzar un gancho. Esa fue la clave para la pelea del 19 de junio de 1936. Schmeling lo derribó por primera vez en su carrera y lo noqueó en el duodécimo round. Louis noqueó a Schmeling en el primer asalto de la revancha.

Kirkland Laing derrota a Roberto “Manos de Piedra” Durán

El apodo del británico Laing era “El Dotado”, pero a pesar de todas sus dotes parecía desinteresado en el ring, dos peleas después de su derrota ante un boxeador con marca de 9 victorias y 7 derrotas, como Reggie Ford, parecía listo para ser aplastado por “Manos de Piedra”. El 4 de septiembre de 1982, Laing superó a Durán por puntos. En su combate siguiente, fue noqueado por el desconocido Hutchings.

Antonio Tarver destrona a Roy Jones Jr

Los expertos consideran que Jones ni siquiera había perdido un round como campeón mediano y semipesado. Catorce meses antes, había estado impecable en su dominio del campeón peso pesado, John Ruiz. Pero el 15 de mayo de 2004, bajó hasta las 175 libras y con mucha dificultad pudo ganar una decisión mayoritaria. En la revancha, Tarver le conectó una izquierda a Jones que lo dejó tirado en la lona. En la siguiente pelea, Jones también fue noqueado por Glen Johnson, y desde entonces no ha sido el mismo peleador.

El boxeador que no se rinde

Jairo Páramo fue un boxeador que logró ganar una sola vez en el boxeo profesional. Perdió 29 peleas y lo noquearon nueve veces. La Comisión Nacional de Boxeo lo suspendió por temor a que los golpes pudieran ocasionar un daño físico irreversible. Según Renzo Bagnariol, entonces de la Comisión de Boxeo nicaragüense, Páramo fue siempre un hombre que le gustaba a la gente como peleaba. “Vendía cara su derrota. Era un espectáculo a su manera, el público le tomaba cariño porque hacía maromas en el ring”, dijo en un reportaje a la revista Magazine, en el año 2008.

Los cronistas deportivos de la época consideraron a Páramo como uno de los más malos boxeadores de la historia. Pero él se resistía a tirar la toalla, y se mostraba entusiasmado para hacer aunque sea “dos peleas” más. A pesar del récord con el que se retiró, se ganaba la vida entrenando niños y adultos a domicilio y prospectos en los gimnasios de Granada.

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Reportaje