Locos por el cielo

Reportaje - 10.08.2014
Fotografía cortesía de Pablo Sánchez. Los por el cielo. Magazine

Ser astrónomos es casi como su identidad secreta. Siempre les preguntan sobre ovnis. Odian las noches nubladas y se ríen de los horóscopos. Para ellos la diversión está en el cielo, no en el suelo

Por Anagilmara Vílchez Zeledón

Les dicen “nerds” o “cerebritos”. Les preguntan sobre marcianos y ovnis. Les cuestionan acerca de horóscopos, del fin del mundo, del mal de ojo… Son ingenieros, odontólogos, biólogos, médicos, e incluso niños que en sus tiempos libres escapan al monte, lejos de las bujías y el ruido, para escudriñar el firmamento. Aguantan frío, hambre, piquetes de insectos. Saben los nombres de las estrellas, las historias detrás de las constelaciones. Ahorran durante años para comprar telescopios, libros, mapas… Se desvelan para contemplar por unos segundos cometas, eclipses o planetas…

Así es la vida de los pocos, muy pocos, astrónomos aficionados en Nicaragua. Magazine conversó con algunos de ellos y les presenta sus historias en esta edición.

***

Galileo Galilei a los 69 años dobló sus rodillas ante un inquisidor del Santo Oficio para no arder en la hoguera por hereje. El hoy llamado “padre de la astronomía moderna” abjuró hace 400 años de su doctrina para salvar su pellejo del calor de las brasas.

En esa época el crimen de Galilei fue aseverar que la Tierra no era el centro del universo como se creía.

Mucho antes de que él naciera, los indígenas nicaragüenses ya cuestionaban a los conquistadores sobre los astros. El 5 de abril de 1523 el español Gil González Dávila se reunió con el cacique Nicaragua. Según la crónica de Francisco López de Gomara, mencionada en un escrito del científico nicaragüense Jaime Íncer Barquero, Nicaragua le preguntó al colonizador vasco “cómo y cuándo perderían su claridad las estrellas y su curso el Sol y la Luna, por qué eran tan grandes, cómo se movían y se sostenían en el cielo”.

Los cometas, que no son más que un cóctel de hielo, piedras, polvo y gases, eran para las antiguas civilizaciones sinónimo de muerte y desgracias. Lo fue para el emperador Moctezuma, para los indios de León Viejo…

La superstición incluso —según Íncer Barquero—, supuso la muerte de dos frailes franciscanos que en 1612 se internaron en las selvas de Totogalpa para evangelizar a los nativos. Sucedió en ese tiempo un eclipse total de Sol que los religiosos no pudieron explicar a los indios Tawakas quienes reconocieron en el fenómeno un mal presagio y por temor asesinaron a los religiosos, como en el Medievo, la Inquisición, por las razones opuestas, castigaba a los “blasfemos”.

***

“El científico loco” fue el mote que David Castillo se ganó en su época de universitario. Su crimen —asegura el hoy presidente de la Asociación Científica de Astrónomos y Astrofísicos de Nicaragua (Astronic)—, fue ser siempre curioso y tratar de buscarle una explicación a todo. Así fue desde niño.

¿Por qué la Luna sale de día? ¿Por qué si las estrellas están arriba no nos caen encima? ¿Por qué?

De los “adultos” la única respuesta que recibía era: “Hijo, las cosas de arriba solo Dios las sabe, centrate en lo de abajo que eso es lo que más te interesa”.

Décadas atrás, algo similar vivió el científico nicaragüense Jaime Íncer Barquero a quien su padre le decía que por “encaramarse” en los tejados ajenos a medianoche lo podían confundir con un ladrón y le “iban a pegar un balazo”.

A él no le importaba el peligro. Sus intereses no eran los de un niño de su edad en esa época. Él prefería ver los cráteres de la Luna. Contar los anillos de Saturno. Aprenderse los nombres de las constelaciones… ¿Cuál de ese grupo de estrellas era Andrómeda? ¿Cuál es la historia detrás de Casiopea?…

Hoy, a sus 80 años, Íncer Barquero admite que guiado por esa curiosidad llegó a conocer el cielo mejor que el suelo.

Diego Valle, es 56 años menor que él, pero comparte la misma pasión. Este odontólogo de 24 años prefiere comprar cámaras para fotografiar el cielo en vez de ropa. “Yo priorizo”, dice.

Encontrar personas afines a ellos es una tarea difícil, admiten, pero cuando las hallan, conversar resulta tan natural para ellos, como a otros les es sencillo hablar de música, de chismes, de farándula o de deportes.

“Sí éramos animales raros”, dice entre risas uno de ellos. “De pronto empiezo a descubrir que hay otros ‘animales raros’ y empezamos a hablar en el mismo idioma. De conceptos matemáticos, físicos que los demás ignoran”.

***

Ciento cincuenta dólares o más podría pagar un astrónomo aficionado por un telescopio de calidad que le permita iniciarse en esta ciencia. Hay instrumentos ópticos cuyos precios van desde 35 hasta 50,000 dólares. Costos que fácilmente se pueden duplicar al sumar los gastos de importación y el pago de impuestos.

Julio Vannini, presidente de la Asociación de Astrónomos Aficionados de Nicaragua (Anasa), ahorró dos años para comprar su primer telescopio al que bautizó como Chunchescopio para no llamarlo por su engorroso nombre técnico: telescopio reflector newtoniano de tres pulgadas de apertura con montura ecuatorial manual. Otros también los nombran según la forma o el tamaño: “Cafeteras”, “Monstruo”, “Wall-E”, etc.

David Castillo, por su parte, no solo ha comprado telescopios. Del techo de su oficina cuelga un Sistema Solar. Tiene fotos de la Luna, de Marte, de la Tierra. Figuras de acción de Yoda y otros personajes de la Guerra de las Galaxias. Cientos de libros de ciencia, binoculares y cámaras.

No sabe exactamente cuánto dinero ha invertido en eso, pero admite que todo ha salido de su bolsillo. Es ingeniero mecánico de profesión y reconoce que en el país no hay apoyo gubernamental a la Astronomía. Algo que Castillo, al igual que otros astrónomos, lamenta.

Ellos están claros que en Nicaragua no se vive de esta ciencia.

Es por eso que el día en que a Jaime Íncer Barquero le llegó la oportunidad de elegir, no la escogió como profesión. “Viajé a Estados Unidos donde tuve la opción de estudiar Astronomía, pero ya estando en el lugar dije: Bueno y ¿qué hace un astrónomo en Nicaragua en 1960 y pico? No, no, no, voy a buscar algo nuevo”.

Foto de Osiris Castillo.
La constelación de Escorpio, con la rojiza estrella Antares en la parte central derecha, la constelación de Sagitario en la parte central izquierda y entre ambas constelaciones el centro de la Vía Láctea. Eso es lo que se aprecia en esta foto tomada por el astrónomo aficionado Osiris Castillo, en un punto entre Jinotepe y Nandaime.

***

Durante las observaciones que han organizado lejos de las bujías y su contaminación lumínica los astrónomos aficionados comparten los telescopios, también el frío, el hambre y el sueño. La frustración y la alegría. Se han sentado sobre hormigueros, los han picado zancudos y otros insectos y han tenido accidentes de tránsito. Todo lo que salga mal, según ellos se compensa con la “jodedera” y la camaradería.

Antes de salir, pasan horas organizando las expediciones para las que viajan cientos de kilómetros con todos sus “chunches a tuto”. Eligen el lugar perfecto, tienen todo calculado, pero al llegar al sitio descubren que al cielo ese día se le antojó vestirse de nubes. Suele pasar, dicen.

Se reúnen al menos una vez al mes. El verano, por sus diáfanos cielos, es para ellos la época más intensa del año. El invierno, en cambio, rara vez les permite organizar observaciones en grupo.

Estelí y Nueva Segovia, son sus sitios predilectos para contemplar el firmamento. Pero como cada viaje implica gastos en transporte y alimentos, en algunas ocasiones procuran ir a sitios más cercanos como Masaya, Granada o Managua.

Llevan sillas, medicamentos, cobijas… Todo lo que haga falta. Una vez en el lugar comparten las provisiones y se encargan de limpiar el sitio de observación.

Aunque la Asociación Nicaragüense de Astrónomos Aficionados tiene al menos 40 miembros inscritos, solo unos 15 son constantes.

Cuando se encuentran bromean y se carcajean. Aunque todos son astrónomos aficionados cada uno tiene un área de interés específica. Están aquellos como Pablo Sánchez, un ingeniero civil de 28 años, que se pasa horas observando y calculando la variación en el brillo de las estrellas. Osiris Castillo, en cambio, prefiere fotografiar los cuerpos celestes. La espera vale la pena cuando logra capturar con su cámara un fenómeno que dura apenas unos segundos. Otros como Julio Vannini, disfrutan enseñando sobre Astronomía, ciencia que al fin y al cabo es lo que los une.

Ellos, además de las expediciones que realizan con miembros de la asociación, anualmente imparten cursos de Astronomía y organizan observaciones públicas en parques, colegios, plazas, para que las personas interesadas se acerquen a escudriñar el firmamento. La asistencia suele ser masiva. Mujeres con canastos de palomitas en la cadera, señores con algodones de azúcar a tuto, niños, chavalos, todos se detienen a ver por primera vez de cerca la Luna.

Para estos astrónomos esa es la mayor recompensa. Sin embargo, no siempre les sale todo bien. En una de esas observaciones públicas estuvieron a punto de caer presos cuando un policía confundió sus telescopios con armas.

—¿Y ese lanza misil que tienen allí. Ustedes tienen permiso de portación para eso? —les preguntó el oficial a quien le explicaron que no había nada peligroso en ese instrumento científico.

El incidente, después del susto, quedó solo como una anécdota curiosa.

Foto de Osiris Castillo.
Tener un telescopio no es requisito para ser astrónomo aficionado, aseveran los amantes de esta ciencia, pues hay fenómenos astronómicos que se pueden contemplar a simple vista.

***

A los hombres la corbata se les enrollaba en el pescuezo. Las mujeres, en cambio, usaban zapatos de tacón y vestidos con lunares ceñidos a la cintura. En la azotea del antiguo Instituto Ramírez Goyena, solo tenían un pequeño telescopio blanco. Había que hacer fila para poder mirar a través del aparato. Era 1956. El año en el que Jaime Íncer Barquero fundó la primera Asociación Astronómica de Aficionados de Nicaragua. Oscar Vannini perteneció a ella.

Él en 1979, desde las gradas de su casa le mostró a su hijo de 5 años la constelación de la Osa Mayor.

Hasta ese día Julio Vannini se percató que en el cielo había estrellas.

Hoy Vannini es el presidente de la Asociación Nicaragüense de Astrónomos Aficionados (Anasa), que se formaría hace diez años aproximadamente y que también tiene como piedra angular a Íncer Barquero. Anasa es por decirlo así, la versión moderna de la asociación de la que hace 58 años se hizo miembro su padre.

Mucho ha cambiado desde entonces. Para las observaciones ya no se usa saco y corbata, pero sí softwares y computadoras.

A pesar de que en los años 60 la astronomía fue descartada del pensum escolar en Nicaragua, bajo la excusa que tal asignatura no tenía “ninguna importancia para la educación nacional”, en el año 2012 basados en fotografías del espacio un grupo de estudiantes del colegio Pierre y Marie Curie descubrieron un asteroide a 230 millones de kilómetros de la Tierra.

Fue bautizado con el código FE522012 y se espera que en unos años, al definirse la órbita del mismo, podrá ser renombrado por aquellos que lo encontraron.

Nicaragua, un año después se convirtió en el único país en América Latina con un observatorio escolar, ubicado también en este colegio. En ese año también 31 alumnos y cinco docentes del Pierre y Marie Curie viajaron a Houston, Texas, para compartir con científicos de la NASA. Fueron el primer grupo de estudiantes de Centroamérica que lo lograron y el tercero de Latinoamérica.

“En mi tiempo todavía se preguntaba uno ¿cómo será la otra cara de la Luna? La gente decía ‘esta cara es toda seca, pero allá del otro lado hay árboles. Está el paraíso terrenal’”.

Jaime Incer Barquero, científico nicaragüense.

***

Jaime Íncer Barquero, en sus años de universitario podía calcular la hora exacta solo con ver el cielo, pero en asuntos de amor no tenía mucho éxito

Se sabía 360 nombres de estrellas y a él le interesaba, más que las parrandas o las novias, conseguir libros de Astronomía. Tanto que la cuota que su papá le daba para ir al cine la ahorraba para importar textos sobre esta ciencia.

Muy poco ha variado desde entonces. Para los muchachos que actualmente son astrónomos, esta ciencia tampoco suele hacer de celestina. A las observaciones no siempre los acompañan las novias, esposas, citas…

“Es que es difícil imaginate le decís a la muchacha vamos al monte a ver las estrellas…”, bromea Osiris Castillo, un ingeniero civil de 28 años.

Algunos, como Julio Vannini, comparten su pasión con la familia. En Anasa también hay mujeres y niños que hablan sobre cometas, eclipses, constelaciones…

De ahí parten los aficionados para afirmar que esta ciencia es “para todos” y niegan que en el país los astrónomos aficionados sean una versión “nica” del ególatra Sheldon Cooper (personaje de ficción de la serie estadounidense The Big Bang Theory) o del reconocido Mr. Spock de Star Trek.

“Somos personas normales, nada más que en vez de ir a una fiesta a hartarnos guaro o ver un partido de futbol nos vamos al monte a observar las estrellas”, asevera Pablo Sánchez.

Simplemente se rehúsan —dicen ellos—, a “darle cuerda” a las supersticiones de la gente. De ahí que rechazan los horóscopos y niegan haber tenido encuentros cercanos del tercer tipo.

“Nos ha salido gente que nos asegura que han visto platillos voladores hasta en la sopa… En la medida que vos te vas metiendo en el estudio de la Astronomía te vas dando cuenta de cómo separar la ficción, los mitos, de la realidad y eso te hace ver un poco como nerds, como cerebritos”, concluye.

Jaime Incer Barquero y Julio Vanini, miembros de ANASA asociación de astrología. Uriel Molina /LA PRENSA
Anualmente, Anasa da charlas básicas de astronomía a los amantes de esta ciencia. La edad mínima para participar es diez años. Los cursos que se llevan a cabo desde enero hasta marzo están abiertos al público y son impartidos por el científico Jaime Íncer Barquero y Julio Vannini, presidente de Anasa.

Curiosidades astronómicas…

• El nacimiento y la muerte del escritor norteamericano Mark Twain ocurrieron muy próximos a las apariciones del cometa Halley. Que es conocido por ser visto en la Tierra cada 76 años en promedio.

• La abuelita de Jaime Íncer Barquero, su papá, él y sus hijas han visto el paso de este cometa cuyo próximo perihelio está previsto para julio de 2061.

• Se estima que hay al menos unos 200 mil millones de estrellas en la Galaxia, de estas, el ojo humano puede percibir en una noche oscura aproximadamente tres mil.

Sección
Reportaje