A lomo de la Bestia

Reportaje - 12.02.2017
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Avanza rápido y ellos corren a montarla. Tirarse y subir. Caer y subir. Ser tirados y subir. Una y otra vez.
La Bestia le dicen, pero no es una, sino muchas que serpentean por México llevando en su lomo cientos de miles de inmigrantes centroamericanos que buscan llegar a Estados Unidos. Trenes de carga que los devoran en el camino

Tammy Zoad Mendoza M.

Aquí la noche parece más espesa. El calor del día desaparece y el frío envuelve todo con el silbido de la brisa. Apenas se ven un par de luces en la oscurana, luminarias públicas en el centro del pueblo, a varias cuadras de aquí.
“¡Ahí viene, ahí viene, ahí viene!”, se escuchan los gritos. Nadie ve nada, pero se escucha un ruido, cada vez más fuerte, como un bufido. “¡Es La Bestia! ¡Ahí viene! ¡Corré!”.

A lo lejos se divisa una luz intensa en medio de la nada. Se acerca cada vez más rápido y hace vibrar el suelo. La luz parece el ojo gigante de un animal que se acerca furioso. El bufido se convierte en rugido, en un estruendo que se prolonga mientras La Bestia va pasando.

De día podría ser un gusano lento y cansado que avanza entre montañas, pero de noche se convierte en una enorme serpiente cíclope que se abre paso entre bosques y llanuras. Resopla anunciando su llegada. Alta, veloz y larguísima. Furiosa sacude su coraza y parece indomable.

La montan sin más. Corriendo tras ella, estirando los brazos para alcanzar lo que sea de dónde puedan sostenerse e impulsarse para subir. Caen en el intento y ella los jala, les quita una mano, una pierna, la cabeza. Los tritura. A veces los escupe. Desde arriba unos ven la tragedia de los que no lograron domarla, y desde abajo otros corren y siguen luchando por subir.

El Instituto Nacional de Migración (INM) de México calcula que anualmente 150 mil inmigrantes intentan cruzar este país usando trenes de carga, más del 90 por ciento centroamericanos. Las cifras se disparan en cálculos de organizaciones humanitarias.

Solo en el período de 2012-2014 el INM y el Comité Internacional de la Cruz Roja en México reportó 697 casos de personas secuestradas y 476 mutiladas por La Bestia. Pero el saldo negro de mutilados, desaparecidos y muertos que quedan perdidos en el camino podría duplicar o triplicar esos números, según organizaciones de derechos humanos.

La Bestia es el nombre que le dan a los trenes de carga que no paran, que aumentan la velocidad, que trituran al que cae. Pero también son los chacales que los atacan en el camino; delincuentes, violadores, secuestradores, asesinos, autoridades corruptas. La Bestia dicen otros, es también el camino brutal por el que pasan, el sol inclemente, el frío que los consume, el hambre que los devora y el sueño que los vence. El miedo y el valor para seguir son también bestiales.

La Bestia es un ser mitológico de la cultura migrante, cuentan que hay que enfrentar monstruos que se multiplican por caminos tortuosos con la esperanza que al final encontrarán su recompensa en el lugar que tanto añoran. Así la ven quienes la montaron y vivieron para contarlo.

Dimas Figueroa, migrante nicaragüense mutilado por La Bestia en diciembre de 2016.
Dimas Figueroa, migrante nicaragüense mutilado por La Bestia en diciembre de 2016.

“Ahora es más difícil ir en el tren, hay mucha gente de Migración siguiéndolo a uno. Va uno nervioso, cansado, con hambre y no te podés dormir. Yo por eso me caí. Todavía no sé si me desmayé o me dormí”.
Dimas Figueroa, 40 años.

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Al principio parece una excursión. Una mochila con un par de cambios de ropa, algo de dinero, zapatos cómodos, gorra y suéter. Taxis, buses, “combis”. Nicaragua, El Salvador, Honduras y Guatemala. Solo hace falta tener cédula de esos países para circular tranquilo, gracias al CA-4, el tratado regional de libre circulación de los ciudadanos centroamericanos.

Es el río Suchiate, frontera natural al occidente entre Guatemala y México, el que marca el inicio de la travesía. Aquí se paga la primera cuota por pasar sus agitadas aguas en balsas improvisadas con neumáticos y tablones. Al llegar, según quienes estén operando ese día, será el cobro o la experiencia.

“Los del Cártel del Golfo casi no se meten con nadie, están en sus negocios, todo es que uno no se meta donde no debe. Pero Los Zetas, esos sí son sicarios, criminales que no perdonan nada. Te cobran desde que entrás, cobran por subir al tren, asaltan, golpean, violan o te secuestran para extorsionar a la familia o para reclutarte”, cuenta Enrique Dávila, de 58 años, esteliano que realizó la travesía en 2011.

Hasta 2005 el primer encuentro con La Bestia era en Soconusco, región fronteriza con Guatemala, pero el paso del huracán Stan destruyó varios puentes y tramos de la vía. Ahora los inmigrantes deben caminar 275 kilómetros hasta Arriaga. Tres días y sus noches es el tiempo promedio que les toma.

Antes de llegar a Arriaga, donde las líneas del tren se borran y solo queda seguir los senderos que abrieron los pasos de anteriores viajeros, los inmigrantes llegan a La Arrocera, donde hubo silos para almacenar arroz que ahora son esqueletos en un tramo perdido.

Es la antesala del infierno. Entre la maleza que se va tragando lo que queda de las viejas vías del tren, divisan a lo lejos, como cadáveres de elefantes en medio de la nada, antiguos vagones de tren abandonados y carcomidos por el óxido. En su interior ocurren toda clase de vejámenes, ahí se negocia la vida y la muerte. A veces se escuchan los gritos de las víctimas de turno y no hay más opción que aligerar el paso o convertirse en los siguientes.

Según reportes de organizaciones humanitarias y testimonios de migrantes, La Arrocera es uno de los puntos de mayor peligro donde delincuentes comunes e integrantes de bandas de crimen organizado detienen, desnudan, asaltan, golpean, secuestran, violan y, depende el humor o la suerte, matan.

Es andar ese camino o arriesgarse a ser atrapados por Migración si toman la carretera. ¿Qué tan malo puede ser de lo que huyen o qué tan valioso lo que buscan para arriesgarse y soportar un trayecto así? Cada uno cuenta sus razones, que les pesan tanto como el cuerpo al final de una jornada bajando y subiendo trenes, huyendo en medio del monte bajo el sol, sin comer ni dormir, dejándose robar o violar.

“Te desnudan para que les des todo, creen que llevás el dinero hasta ¡donde usted ya sabe! Incluso te ponen a hacer sentadillas, a las mujeres les va peor”, cuenta Léster López Castellano, de 38 años. Él hizo el viaje en 2005. “No lo volvería a hacer. A Estados Unidos iría solo con papeles, en avión. Yo no volvería a pasar todo eso”, dice Léster, quien reside desde el 2016 en Costa Rica, donde migró también ante la poca paga y la falta de trabajo aquí en Nicaragua.

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A eso de la 1:00 de la madrugada se bajaron de un tren, estaban en Guanajuato. Llevaban dos días sin comer y casi lo mismo sin dormir. “Yo les dije que sin comer no nos íbamos a subir de nuevo al tren, que debíamos reponernos porque veníamos muy cansados”, cuenta Dimas Figueroa, de 40 años. Él sabía lo que les esperaba, era su quinto viaje por esta misma ruta, ahora junto a un amigo que por primera vez intentaría llegar a Estados Unidos.

Era el primer día de diciembre y el pueblo al que llegaron aún dormía. No había dónde comprar nada y solo consiguieron tomar un poco de café. Trataban de conciliar el sueño cuando escucharon que La Bestia se acercaba.

“¡Oe nica! ¿Te vas a quedar? ¡Dale nica, subite que te deja!” “¡Delen nicas!”, gritaban desde el tren otros viajeros con quienes habían compartido algunos tramos del camino. Era irse ahora o esperar dos, tres días, una semana. Nunca se sabe con exactitud cuándo pasará el siguiente tren.

Se levantaron y empezaron a correr. Corrieron con lo que les quedaba de fuerza, estirando los brazos y mano abierta lograron agarrarse de las escalerillas laterales, se impulsaron y pudieron montarse. Se acomodaron en las pequeñas plataformas de las góndolas, los vagones preferidos para estos viajeros. Los otros desde el techo vitoreaban a los nicas que habían logrado subir a pesar que en este tramo La Bestia pasa rápida y violenta, como corcoveándose para sacudirse a los pasajeros.

Llevaban un día en la góndola turnándose el espacio en la escalerilla, sentándose y poniéndose de pie para no entumirse y no dormirse. “Agarrate duro que este tren va recio”, le había advertido Dimas a su amigo.
“Era mediodía y empecé a sentirme mareado, con ganas de vomitar, me puse de pie y vi que mi mochila daba vueltas, la escalera daba vueltas, estiré la mano para agarrarme”, recuerda Dimas. De repente estaba tendido en el suelo, aturdido. La Bestia seguía pasando frente a él a toda velocidad. Le parece haber escuchado gritos, pero tenía los oídos “como tapados”. Se impulsó con los brazos. Quiso levantarse.

“¡Mentira! Ya no tenía mis ‘pieses’. Me busqué mis piernas, agarré lo que me quedaba de ellas. ¡Ay Diosito santo, si me cortó las piernas el tren!, dije”, recuerda Dimas dos meses después del accidente en su casa en Mozonte, Nueva Segovia.

Estaba muy asustado y dice que no sentía dolor, solo un calor en todo el cuerpo. El amigo que viajaba con él se tiró del tren después de verlo caer. Corrió hacia él y al verlo se desmayó.
—¡Ideay! ¡Ya la cagaste vos! ¿Por qué te estás desmayando? —le reclamó Dimas a su amigo.
—No carnalito, es que se va a morir usted —le respondió el otro con el rostro desencajado.
—Vos sos loco. En tu mochila andás agua, regalame un poquito —pidió Dimas.
—Voy a ir a buscar ayuda. No te murás —le dijo antes de irse corriendo.

Todo fue que lo montaran a la camioneta de la Policía para que empezara el dolor demencial. En cada brinco por el mal camino él sentía que le arrancaban de nuevo las piernas. Lo trasladaron a una ambulancia y los paramédicos le dieron primeros auxilios. “Si este bato aguanta 15 minutos más, ya la hizo”, oyó Dimas.

El corte en su pierna derecha fue de un tajo, arriba de la rodilla. La izquierda parecía haber sido mordisqueada. Los huesos rotos, la carne molida y trenzada con las hilachas de los dos pantalones que llevaba puestos. Además, había perdido dos dedos de su mano izquierda y la esperanza de llegar a Texas, donde ya tenía opciones de trabajo.

Cuando despertó luego de la anestesia le habían realizado tres operaciones en el Hospital General de San Luis de la Paz, Guanajuato. Al día siguiente todo Mozonte ya sabía del accidente. Le había avisado a un amigo que vive en Estados Unidos y él avisó a la familia. Le aconsejaron que si quería recibir ayuda para volver a su país lo mejor era contar su desgracia en Facebook, y así fue. Compartieron la foto de Dimas y la petición de ayuda se difundió. Mientras, Dimas debía esperar.

“Cumplí años en el hospital. Las enfermeras me compraron un pastel y me lo celebraron. Un pastel chiquito, bien bonito”, cuenta Dimas. “Creyeron que yo iba a estar deprimido, pero yo no ando con esas cosas. Yo digo, si Dios me dejó vivo fue porque Él tiene planes para mí. Si Él hubiera querido ahí mismo me quita la vida. Al caer ese tren te jala, te traga, a mí me sacó, como que me escupió pues. Dios algo me tiene, solo en eso tengo la fe”.

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Los inmigrantes deben caminar 275 kilómetros desde la frontera con Guatemala hasta Arriaga, México, para tomar el primer tren.
Los inmigrantes deben caminar 275 kilómetros desde la frontera con Guatemala hasta Arriaga, México, para tomar el primer tren.

El primer oasis para los inmigrantes está en Arriaga, es el Hogar de la Misericordia. Luego de caminar los 275 kilómetros de la frontera hasta aquí llegan sin zapatos, con los pies llenos de ampollas o en carne viva luego de dejar la piel en el camino. Aquí pueden quedarse por tres días y dos noches. Tienen refugio, alimento, atenciones primarias, ropa y un cambio de zapatos recién reparados que alguien más dejó. Dejan los suyos para que un grupo de zapateros los repare y otros se los lleven.

Al llegar aquí más de la mitad ha gastado o perdido todo el dinero, así que les regalan el derecho a una llamada de cinco minutos a sus casas y pedir dinero para continuar el viaje de tres mil kilómetros.
Los depósitos son a nombre de algún trabajador social de los albergues. Sin documentos no pueden retirarlo y se expondrían más a los asaltos o extorsiones.

“Una de las cosas que me impresionó más es el silencio y el miedo que hay en los albergues”, cuenta Yessenia López, psicóloga y miembro del Servicio Jesuita para Migrantes (SJM). “Prefieren no hablar de eso, temen denunciar y van guardando en su mochila todos los episodios traumáticos. Las familias nunca llegan a saber todo lo que tuvieron que pasar los inmigrantes para llegar a su destino y poder enviarles dinero”, comenta López quien participó en el 2016 en la Caravana de Madres de Inmigrantes Desaparecidos que organiza anualmente el Movimiento Migrante Mesoamericano.

Recorren algunas de las rutas que atraviesan los migrantes, visitan cárceles, hospitales y albergues con fotografías de familiares desaparecidos en México luego de emprender el viaje rumbo a Estados Unidos.

“Al tren le llaman La Bestia pero le van perdiendo el miedo en el camino, de tanto subir y bajar, de tanto huir de las autoridades que en lugar de protegerlos abusan de ellos, pero no solo pierden el miedo, pierden también la noción de que son personas con derechos aunque no estén en sus países”, comenta Maritza Vanegas, del SJM.

No cuentan, no denuncian, no buscan ayuda por miedo a que les pueda pasar algo peor o por miedo a no llegar a su destino.

“Los migrantes somos negocio para las autoridades y para los delincuentes. La Bestia es solo una parte de los peligros, lo peor es lo que se sube a ella. Las mafias que roban, golpean y violan”, declaró Silvio José Blanco, inmigrante nicaragüense, en el documental La Bestia, del periodista mexicano Pedro Ultreras. Blanco cuenta que hizo su primer viaje al lomo de La Bestia en 1997. “Uno pasa y ve de todo en estos caminos. En el mismo tren te asaltan, te golpean, te tiran. Una vez una pandilla se subió a asaltar y encontraron a una muchacha. La metieron en una tolva y cuando se fueron la buscamos dentro. La violaron entre todos. Aquello era un desastre. Casi me vuelvo loco yo”, relata Blanco.

Aunque se mencionen menos, o no aparezcan en los grandes registros, miles de nicaragüenses han emprendido este viaje una y otra vez. Hombres, mujeres y niños.

“En Guatemala, Honduras y El Salvador el principal motor de la migración es la violencia, pero en Nicaragua es la pobreza, la falta de oportunidades y de perspectivas. La gente que se va porque no tiene con qué comer, venden lo poco que les queda y se endeudan para pagar el viaje, un viaje brutal que muchos no acaban”, expone López.

Pagar los buses para llegar hasta México, pagar para cruzar el río Suchiate, pagar hasta 100 dólares por el derecho a montar La Bestia. Cuando no hay dinero deben entregar lo que llevan, en las mujeres los delincuentes ven la violación como moneda corriente. “Lo agarran a uno donde sea y te violan. ¿Qué vas a hacer? Si te resistís te va peor. Uno solo quiere llegar”, contó en el documental una inmigrante salvadoreña que había logrado llegar a Nuevo Laredo, frontera con Estados Unidos. “Sobrevivimos por la voluntad de Dios y por la ayuda que recibimos en los albergues del camino”.

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Tenía 27 años la primera vez que hice el viaje a Estados Unidos y cumplí los cuarenta en México, el 5 de diciembre, en mi quinto viaje hacia allá.

En el 2004 logré llegar. Tenía un mes trabajando en Laredo, Texas, cuando me agarraron. Fue la primera vez que me monté en un avión. Vine deportado. Decepcionado.

Esperé seis meses y me volví a ir. Ahí sí me quedé cinco años trabajando. Anduve en varios estados, pero pasé más tiempo en Atlanta, Georgia. Trabajé en lo mío, que es construcción. Reuní dinero para comprar mi terreno y me vine a hacer mi casa aquí en Mozonte. Estuve un rato aquí pero es mentira, somos muchos albañiles, hay poco trabajo y la paga es poca.

Si hay ganas de trabajar entonces hay que buscar dónde. Me volví a ir en el 2012, esta vez con mi señora, Elvia. Era diferente, iba acompañado y ya sabía cómo eran las cosas, pero a ella la agarró uno de Migración en México. Yo me entregué para venirme con ella.

Uno hace sus rumbitos, pero la cosa está cada vez más dura. Yo tengo familia, mi esposa, dos hijos. Todas las veces que me fui fue por necesidad. Por eso salí otra vez en enero del 2016.

Una semana tenía trabajando, me iba a cruzar de un estado a otro y me agarraron. Estuve preso seis meses en una cárcel federal, hasta que completaron un vuelo con puros nicas. Esa fue la segunda vez que me monté a un avión.

El 13 de noviembre estaba saliendo de nuevo de Mozonte rumbo a Guatemala. Cédula en mano, en bus hasta la frontera de Las Manos, de ahí un taxi a El Paraíso, Honduras, luego un “rapidito” a Tegucigalpa para tomar otro “rapidito” a Aguas Calientes, frontera con Guatemala. Todo ese trayecto en bus. Pasar el primer río, caminar, montar el tren. Caer del tren.

El 6 de enero del 2017 estaba de regreso. Un día después de mi cumpleaños. La tercera vez que me he montado en un avión, pero esta vez sin mis piernas.

“Regresa el nicaragüense que perdió sus piernas al caer del tren La Bestia-Dimas Figueroa Castellanos cayó del tren el pasado 1 de diciembre producto de un mareo por la falta de ingesta de alimentos”. “Perdió sus piernas en busca del sueño americano”, decían las notas en los periódicos a su llegada.

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Léster López Castellano, de 38 años, inmigrante nicaragüense.
Léster López Castellano, de 38 años, inmigrante nicaragüense.

“Estuve ahí una única vez y yo dije no vuelvo más”,
Léster López, de 38 años.

“Vivimos con eso de que en Estados Unidos se gana mejor, que hay trabajo para todo el que sepa un oficio y quiera trabajar, que vivís mejor. Y te ves aquí, sin trabajo o ganando con costo para comer, entonces decidís arriesgarte a hacer el viaje. Pero ese es un viaje durísimo, nadie sabe a lo que se mete hasta que está ahí y solo queda seguir”, expone Léster López quien emprendió su viaje en febrero de 2005.

Iba solo e hizo grupo con dos hondureños y un salvadoreño. En Tenosique no se pudo montar porque el tren iba demasiado rápido y habían coyotes cobrando para subir. “Algunos tienen contactos con los maquinistas para que bajen la velocidad y se pueda montar su gente, al resto lo golpean o le disparan”, recuerda López.

Estuvieron cuatro días queriendo “cazar” el tren, pero decidieron regresarse para tomarlo en Candelaria, Campeche. Ahí arrestaron a un grupo, incluyendo sus compañeros. Él se salvó porque saltó un muro y se escondió debajo de la basura. Buscó trabajo como mecánico y se quedó en Candelaria cuatro meses ahorrando para seguir el viaje.
Todos esos meses le permitieron a Léster estudiar la situación. En Candelaria había una estación donde le daban mantenimiento a los trenes, pero casi nadie se arriesgaba a tomarlo aquí por la extrema vigilancia, privada y del Estado, para impedir que los inmigrantes se subieran.

“Me metí en un agujero que traen algunas góndolas en la parte de abajo. Sentí un bulto y me asusté. Era un tipo, me quiso pegar pero lo frené. Le dije que yo iba viajando, que afuera estaba la migra y empecé mi viaje ahí”, explica Léster. En ese hueco caben hasta tres personas enrolladas.

No fue el único susto que se llevó en el camino. Lo intentaron asaltar y se envalentonó, porque no estaba solo y los atacantes no andaban armados. Tuvo suerte, reconoce. En Orizaba, Veracruz, casi muere de hipotermia. “Primero me quedé sin voz y luego empecé a descompensarme. Me puse morado, no podía ni moverme. ‘Se nos muere el nica’, decían los que iban conmigo, y me abrigaron con lo que encontraron”, recuerda Léster.

Subió y bajó una docena de trenes, 22 días en el recorrido. De tren en tren llegó hasta Nuevo Laredo, frontera con Estados Unidos. “Ahí busqué trabajo, yo vendo hasta a mi madre si es necesario, les dije bromeando y una familia me dio un carrito de hot dog que trabajé por quince días”, cuenta Léster. Vendió comida en el parque de Nuevo Laredo, conoció a unos mexicanos que trabajaban pasando migrantes en balsas por el río Bravo y luego se enteró que uno de ellos era sicario. “Si me encuentro con un tigre, platico con el tigre y le termino rascando la cabeza, eso sí, no me gusta meterme en problemas. Tampoco hablé de mi familia. Yo soy solo, vengo solo, allá voy a trabajar solo”, les decía.

Finalmente reunió dinero y valor para cruzar el río Bravo por un trecho que no era tan hondo. Caminó ocho días, pero se perdió. Debían ir rumbo a San Antonio, Texas, pero caminaron en sentido contrario y fueron a parar a Corpus Christi. “Yo tenía los pies llenos de llagas, ensangrentados, no podía seguir caminando y decidí entregarme a Migración”, cuenta.

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Dimas no es el primero ni el último que ha tomado la ruta terrestre por México para intentar llegar a Estados Unidos en busca de trabajo. Al menos seis hombres de esta familia lo han hecho.

“Hay muchas razones por las cuales una persona elige este camino, la principal sigue siendo la razón económica: creen que este destino garantiza un ingreso mucho mayor, en dólares, que otras opciones como Costa Rica por ejemplo. Pero en esta zona también influye la ubicación geográfica y, por supuesto, el desconocimiento de lo que implica emprender el viaje y todos los peligros a los que se exponen en el camino”, expone Yessenia López, del Servicio Jesuita para Migrantes de Nicaragua.

Dimas es el único varón de los cinco hijos de doña Alicia Castellanos. Tiene dos hijos con Elvia Pérez, una niña de 13 años y un niño de 11. Elvia trabajaba vendiendo verduras en el mercado de Ocotal, pero ahora debe quedarse en casa al cuidado de Dimas quien empieza su recuperación tras las cirugías reconstructivas en lo que le quedó de ambas piernas tras caer del tren.

“Así no puedo decir que voy a salir a trabajar. Para empezar quiero que se me quite este dolor feo que tengo y curarme pronto para ver qué hago”, dice Dimas. Doña Alicia y Elvia lo miran con sorpresa y se muestran apesaradas.
Dimas es terco, siempre lo ha sido. Por eso se fue una quinta vez a pesar que Elvia le pidió que no lo hiciera, él mismo le había confesado que no estaba del todo convencido, pero ya le había dado su palabra al amigo que por primera vez haría la ruta. Se fueron juntos el 13 de noviembre. Fue su amigo quien se tiró del tren para auxiliarlo y pedir ayuda, el mismo que lo cuidó en el hospital y que se quedó en México reuniendo dinero para volver por su cuenta a Mozonte.

“Está en San Luis, Potosí, más para allá que para acá, yo le dije que lo que tiene que hacer es aventarse y probar pasar a Estados Unidos, pero él está asustado con lo que me pasó a mí. No quiere volver a tomar el tren. Pobrecito”, dice Dimas, mientras se soba el muñón de la pierna izquierda.

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Niños inmigrantes
En 2014 Estados Unidos dio la alerta de una crisis humanitaria por inmigración masiva de niños que viajaban solos. El Departamento de Seguridad Nacional reportó más de 68 mil niños indocumentados detenidos en la zona fronteriza estadounidense. Más del 50 por ciento eran centroamericanos.

La ola migratoria se disparó luego de interpretaciones del Programa de Acción Diferida (DACA) que el presidente Barack Obama instauró en 2012 y que permitía a los inmigrantes que llegaron al país siendo niños fueran eximidos de la deportación inmediata, que se recepcionara el caso para una audiencia posterior y mientras tanto quedaran bajo tutela de algún familiar en Estados Unidos.

Ese “efecto llamada” hizo entrar en crisis la seguridad fronteriza, abarrotó albergues de menores en México y Estados Unidos y agitó la política internacional.

Los republicanos exigían la modificación de la ley para acelerar las deportaciones de los menores, pero los demócratas solicitaron fondos extraordinarios para manejar la crisis y tratar de proteger los derechos de los menores según la Ley.

Los niños mexicanos fueron deportados inmediatamente, mientras los menores centroamericanos debieron pasar en albergues mientras las autoridades gestionaban su deportación, una minoría de casos consiguió quedarse.

Nicas en Estados Unidos

Datos de la Oficina del Censo de Encuestas de la Comunidad Americana señalan que en 2013 residían 381 mil hispanos de origen nicaragüense en Estados Unidos, incluye inmigrantes nicas y ciudadanos estadounidenses de ascendencia nicaragüense.
El Pew Research Center analizó los datos y la población nicaragüense ocupa el puesto número 12 en población hispana más grande que vive en Estados Unidos.
Desde 1990 la población nicaragüense se duplicó de 203,000 a 381,000 en 2013. Los hijos de nicaragüenses nacidos en Estados Unidos eran 164 mil en 1990 y 222 mil en 2013.

Cacería de inmigrantes

En 2014 el presidente Enrique Peña Nieto anunció la implementación del Plan Frontera Sur, como un programa de acción para la protección de los inmigrantes.

Según las denuncias de organizaciones humanitarias se trataba realmente de un esquema de seguridad fronterizo y en las rutas de migrantes que violentaba sus derechos.

A finales de 2014 la vigilancia fronteriza se duplicó, la policía federal realizaba patrullajes en zonas de migración y agentes de Migración empezaron a seguir o esperar el paso de La Bestia para exigir que los migrantes bajaran.

Empezó el acoso, cacería y deportación masiva de inmigrantes centroamericanos en la ruta de La Bestia. Drones, brigadas de seguridad privada, sistemas de geolocalización y cámaras de vigilancia en los trenes y puntos estratégicos. Se construyeron bardas y equipos de alarma y movimiento alrededor de las vías y además se activaron los Grupos Beta como “ayuda humanitaria”, que denuncian a los migrantes.

En agosto de 2016 el Gobierno mexicano canceló la concesión a la compañía Chiapas-Mayab, para “transformar la infraestructura y mejorar la calidad del servicios”, pero organizaciones expusieron que la verdadera razón era tener más control migratorio en esta zona, donde inicia la ruta de los inmigrantes.
En 2016 México reportó la deportación de 23,000 migrantes más que EE.UU., cuyo promedio anual es de 400 mil.

Los que se van

  • 55.2 millones de hispanoamericanos viven en Estados Unidos, según datos del Pew Hispanic Center del 2014. Conforman el 17 por ciento de la población total del país. Millones de indocumentados, más del 50 por ciento mexicanos y centroamericanos, han entrado a Estados Unidos por las fronteras terrestres con México en la últimas dos décadas luego a montar La Bestia.
  • 11.1 millones de inmigrantes indocumentados viven en Estados Unidos, de acuerdo con el Pew Hispanic Center, cifras que coinciden con estimaciones del Gobierno Federal y el Center for Migration Studies.
  • 1.1 millón aproximadamente son centroamericanos, el segundo grupo más grande después de los 5.9 millones de mexicanos con el mismo estatus.
  • 68,541 niños inmigrantes indocumentados llegaron a Estados Unidos en 2014. En 2016 hubo 59,692 detenciones de menores que están en proceso de deportación.
  • 400 mil inmigrantes indocumentados fueron arrestados en 2016 por autoridades migratorias estadounidenses, la cifra se ha mantenido en los últimos años según reportes del Departamento de Seguridad Nacional.

Las Patronas

Todo el trayecto se hace a la intemperie. En los albergues para migrantes van recibiendo ropa y alimentos, además de refugio.
Hace 20 años en la comunidad Las Patronas, Veracruz, un grupo de mujeres empezó a cocinar para ellos y a hacer gajos de botellas con agua que les lanzaban desde abajo como provisiones. Actualmente el colectivo Las Patronas está conformado por donantes y voluntarios que preparan alimentos, los empacan y los entregan a diario a los inmigrantes que van a bordo de La Bestia.
Aliños de comida —arroz, frijoles y algún complemento—, agua en botellitas plásticas recicladas que son amarradas en “gajos” y bolas de ropa es lo que entregan en una suerte de “pasamanos” a los viajeros que estiran el brazo para recibir la ayuda mientras el tren sigue su marcha.

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