Los años de la reserva

Reportaje - 11.09.2016
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Por Tammy Zoad Mendoza M.

Hombres y mujeres, adolescentes, adultos y ancianos, se entrenaron en el manejo de las armas. Algunos integraron los célebres Batallones de Reserva y combatieron a la contrarrevolución. Eran los años 80 y Nicaragua llegó a tener medio millón de ciudadanos armados

Para los años 80 Nicaragua se convirtió en un gigantesco campo de entrenamiento militar. Desde el funcionario gordito que atendía en un escritorio estatal, la señora que servía café, hasta el muchacho que por el día se le veía llevando mensajes, por la tarde estaba practicando arme y desarme, tiro al blanco, el pelotón a la ofensiva o el arte de camuflaje. Como Rosa Aguilera, quien se pasaba el día entero desempacando productos, acomodándolos en anaqueles, yendo y viniendo entre los pasillos del “Supermercado del pueblo” donde trabajaba y a las cuatro de la tarde se quitaba el uniforme, se reunía con un grupo de compañeros, salían a un campo cercano donde cargaba un arma y ejercitaba junto a su tropa. Le llamaban “Aguilera”.

Eran los tiempos en que el gobierno sandinista se impuso como tarea militarizar a la mayor cantidad de ciudadanos posible con el propósito de ganarlos para “la defensa de la revolución”.

Rosa tenía 34 años, cuatro hijos pequeños, ningún tipo de vínculo político, ni interés en la vida castrense.
Esta masa de ciudadanos en entrenamiento servía como cantera para la formación de los Batallones de Reserva, estructura militar cuasiformal, que recibía preparación en una escuela militar y se movilizaba en jornadas de varios meses, en muchas ocasiones a zonas de guerra donde se enfrentaba a la naciente contrarrevolución.

Eran estructuras generalmente integradas por trabajadores voluntarios y muy ideologizadas. Luis Moreno, el famoso “Comandante Mike Lima” de la contrarrevolución, reconoce que estos primeros reservistas aunque con escasa preparación militar se enfrentaban con convicción y a veces “morían gritando consignas”.

En octubre del 83, la Junta de Gobierno de Reconstrucción Nacional decretó la Ley del Servicio Militar Patriótico que, además de establecer que los jóvenes entre los 18 y 25 años debían prestar dos años de servicio militar activo por obligatoriedad, estipulaba ya por ley el Servicio Militar de Reserva.

A partir de entonces todo ciudadano entre los 25 y 40 años debía recibir entrenamiento militar, enfocado en infantería, para formar parte de los Batallones de Reserva, grupos de refuerzo dispuestos para ser enviados a diferentes zonas del país en tareas de seguridad, protección y, en algunos casos, misiones de combate.

“Luego de los primeros ataques contrarrevolucionarios los altos mandos se dan cuenta que el EPS (Ejército Popular Sandinista) no tiene suficientes soldados para hacerles frente”, expone Roberto Sánchez, periodista e historiador, quien fue vocero del EPS. “Había muchas bajas, los contras seguían reclutando y se debía preparar formalmente a la población para la defensa del país, era la política en un estado de guerra”.

Según Sánchez Ramírez, inicialmente solo movilizarían hombres, pero luego vieron la necesidad de reclutar también mujeres. En un punto llegaron a tener muchos más reservistas que armas, y para los entrenamientos en seco (sin disparos) utilizaban armas de palo. En las fotos se ven muchos corriendo, serios o entre risas, cargando fusiles tallados en madera.

En todo el país había campos de entrenamiento militar, y en Managua los predios vacíos se convirtieron en eso. Se veían reservistas asomándose como topos desde las zanjas que eran sus trincheras durante los ejercicios. Otros tendidos en el piso apuntaban con sus rifles, reales y de mentira, hacia un enemigo imaginario. Flacos, panzones, altas y bajitas, hay de todo en las fotos. Mujeres y hombres vestidos de civil. Cruzaban cercos, corrían, armaban y rompían filas según la indicación del militar del EPS a cargo del entrenamiento.

Había incluso sesiones matutinas que se realizaban en los parqueos o patios de los puestos de trabajo. Para entonces no era raro pasar por alguna casa comercial y ver a los trabajadores bien vestiditos y peinaditos, marchando, haciendo pechadas, abdominales o sentadillas. Quedaron congelados en el intento. Las fotos los muestran con gestos de enojo, sobreesfuerzo, otros con carcajadas ante su torpeza o la de algún compañero que trataba de seguir el ritmo de un ejercicio y realizar alguna flexión.

Al cumplir sus tres meses de entrenamiento quedaban en lista y eran llamados según los requerimientos del EPS. Había cuotas por cada centro de trabajo y todo el que se iba a entrenamiento y misión seguía recibiendo su salario mientras cumpliera el servicio. Al volver se les daba tres días libres como descanso.

Las tareas más comunes eran la protección de áreas productivas (cafetales), puntos económicos (plantas eléctricas) y zonas estratégicas como puentes hacia ciudades y comunidades importantes en el plan revolucionario.

Tres meses era el período reglamentario, pero frecuentemente el tiempo de misión se prolongaba. Muchos murieron en alguna emboscada o un combate. Francisco Vega, de 58 años, fue reservista, y prestó sus servicios en tres misiones, que sumaron año y medio. Recuerda a muchos compañeros que murieron, pero dice que era un sacrificio necesario en tiempo de guerra.

“Estuve movilizado en El Rama, en el Puerto Arlen Siu, donde desembarcaba el armamento que llegaba de Rusia. Nosotros debíamos resguardar la zona, era nuestra misión como reservistas”, cuenta Vega. Tenía conocimientos militares básicos, había pertenecido a las milicias populares en el 79 y fue parte de los insurrectos de Managua. Pero como trabajador del antiguo Ministerio de la Construcción fue convocado al servicio de reserva e internado por tres meses en un campo de entrenamiento en Las Banderas.

Todos debían pasar por el entrenamiento. Dependiendo de la profesión y conocimiento también se les asignaba en proyectos específicos. Si había un ingeniero civil como reservista se enviaba con un equipo a abrir caminos de penetración, a reparar algún puente o construir uno de emergencia, lo más común eran la vigilancia en cafetales.

“Pero cuando la guerra recrudeció hubo que integrarlos en batallones de combate”, expone Sánchez Ramírez. “No hay cifras exactas en el ejército, pero fueron alrededor de 25,000 reservistas movilizados según libros de historia militar. Lamentablemente murieron muchos profesionales calificados, pero la guerra te plantea grandes necesidades y tenés que hacer frente a eso”, dice Roberto Sánchez Ramírez.

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