Los hijos de los comandantes

Reportaje - 22.04.2007
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Fueron guerrilleros primero y altos funcionarios después. Eran los comandantes de la revolución sandinista y tuvieron poder de vida y muerte en Nicaragua. “Nos creímos dioses del Olimpo”, dijo uno de ellos. Ahora sus hijos ven la vida de forma diferente; gozan o sufren la imagen o fortuna que acumularon sus padres en esos días de poder y gloria

Octavio Enríquez

Germán Pomares Herrera es hijo de Germán Pomares Ordóñez, el famoso guerrillero conocido como el Danto. Este Pomares es más grande de estatura que el guerrillero que se observa de verde olivo en las viejas fotos, con cara de pocos amigos. El Danto, asesinado en 1979, fue quien dirigió el primer golpe espectacular del FSLN en 1974, la toma de la casa de Chema Castillo. Su hijo tiene ahora 32 años y al hablar pone constantemente su mano sobre su cabello tipo afro. Se define como un escritor free lance y lo une con su padre, además del parentesco biológico, un humor negro que le viene de familia.

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“Nos parecemos en algunas cosas. El viejo paraba todo cuando escuchaba a Rafael, de España. A mí me pasa eso cuando escucho a Juan Gabriel, de México. Una vez en un taxi veníamos hablando el conductor y yo, escuchando a Juan Gabriel. ¡Qué maricón ese maje!, dijimos, y terminamos cantando juntos una canción que se llama Abrázame muy fuerte amor”, relata el hijo del Danto. Este hijo de Germán Pomares fue adoptado por el también comandante Tomás Borge, quien durante el gobierno sandinista dirigió el poderoso Ministerio del Interior.

Félix Lenín Cerna tiene 26 años y mide 1.85 metros. Al verlo bajarse de su carro, con su bluejeans y camisa blanca con rayas color rojo quemado, y sin guardaespaldas, pocos pensarían que es el hijo del coronel retirado Lenín Cerna, el hombre al que muchos de sus subalternos describieron como un fuera de serie en el tema de la seguridad y el espionaje, mientras sus enemigos lo llamaban a secas asesino. “No le pongo mente a esas cosas”, dice su hijo. Físicamente no se parece al padre. El coronel retirado es más bajo y moreno. El más blanco y alto.

Félix Lenín Cerna no parece consciente de la fama de su padre, o se confia de ella. Dice que no necesita escoltas ni armas y luego saca un dicho que puesto en su boca podría resultar como un buen anuncio para la Policía: “¿Y para qué quiero escoltas si este es el país más seguro de Centroamérica?”

Laureano Ortega, en cambio, tiene los ojos del presidente de la República, esa mirada fría que sus enemigos califican de calculadora. La mayor diferencia entre ambos son los intereses en la vida. Mientras el comandante Daniel Ortega se metió de lleno desde joven en las revueltas contra Somoza, el hijo se dedica al canto. Es tenor desde hace muchos años.

“Lo importante es el arte, la cultura, la música”, matizó Laureano Ortega en una entrevista hace varios años en el diario La Prensa, días después de cantar el Ave María ante una multitud de sandinistas que conmemoraban la caída de Somoza y se encontraron con la sorpresa de que el hijo del secretario general del partido ahora también hacía sus armas como cantante en los actos masivos del sandinismo.

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Germán Pomares Herrera anda en estos días haciendo un taller de cine. No tiene nada de la fama de duro de su padre, el guerrillero conocido como el Danto. El humor negro sin embargo es una característica en común. A la derecha Germán Pomares Ordóñez.

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Los hijos de los comandantes han sufrido o gozado la fama y la fortuna que sus padres se crearon en los años 80, cuando llegaron al poder barbudos y flacos para convertirse después en una suerte de dioses del Olimpo, como admitió una vez Henry Ruiz, el comandante Modesto.

Esos eran años de guerra, de un Gobierno que regía el país con mano dura. No se movía una hoja sin que ellos lo supieran. Los “comandantes de la revolución” y “comandantes guerrilleros” eran símbolos de un poder político militar todopoderoso, que derivó en una casta privilegiada en aquellos años de escasez y racionamiento. Los trabajadores eran abastecidos de alimentos básicos a través de paquetes conocidos como AFA, por las iniciales de arroz, frijoles y azúcar, y los ciudadanos conseguían productos para su subsistencia por medio de tarjetas de racionamiento en los comisariatos que creó el Gobierno en barrios y comunidades. Sin embargo, para los altos funcionarios sandinistas y sus familiares se dispuso una gran tienda por departamentos bautizada como “Diplotienda”, tan abastecida como cualquiera del extranjero.

“A pesar que fui una privilegiada porque mi papá tenía un cargo importante, desde pequeños nos inculcó la austeridad, el respeto a los demás. Si yo le faltaba el respeto a las personas que trabajaban en la casa, aunque fuera de la limpieza, era castigada y regañada. No podía dejar nada en el plato de comida y en cuanto a los lápices de grafito si no entregaba el cabito no me daban otro lápiz”, cuenta la comunicadora social Eliett Cabezas, hija del comandante guerrillero Omar Cabezas, actualmente procurador de Derechos Humanos. Su hija se dedica a promocionar una revista de eventos, cultura y cine.

“Nuestros hijos en general pasaron menos privaciones que el resto de la sociedad; pero también pienso que es una generación que sufrió un estrés mayor que el de la sociedad en su conjunto”, admite Cabezas.

Los más jóvenes de esta nueva generación, los hijos de los comandantes, crecieron en la Nicaragua en que se empezaba a comer McDonald’s y se podían mirar muñequitos gringos, y se hicieron con el paso del tiempo comunicadores, estudiantes de Derecho, tenores, dueños de radio, modelos, gerentes de perfumerías…

Un afiche de la Academia Eleganza muestra a una muchacha blanca, ojos café oscuros, de un metro 70 centímetros de estatura. La modelo se llama Camila Ortega y es la hija del presidente. “Ella está comenzando su carrera de modelo. Participó el año pasado en el desfile de la revista Nosotras Navidad (de 22 de abril del 2007 La Prensa) celebrado en el Centro de Convenciones Crowne Plaza”, dijo alguien que le ha dado seguimiento a su carrera.

En este tiempo, los hijos de Daniel Ortega tienen diferentes oficios. Laureano Ortega, el tenor, dice que se inició primero como rockero y luego se volvió cantante de lírica. “No es que me gustara esa música (lírica), pero mi profesor comenzó a llevarme obras de canto barroco y por allí comenzó el asunto. Al inicio mi hermano Juan Carlos y yo teníamos un grupo de rock llamado Ciclo de Luna, en el que yo tocaba la batería. Pero también recibía clases de música en mi casa, de allí que poco a poco me fuera interesando en la música lírica hasta que un día empecé a tomar clases para afinar mi voz con el profesor Alberto San José, quien al escucharme por primera vez me dijo que tenía potencial”, contó Laureano en el 2002.

El resto de sus hermanos está manejando empresas que una parte del sandinismo acusa a su padre de habérselas apropiado. Y si es el caso de Humberto Ortega, el poderoso general del Ejército Sandinista durante los años 80, tiene una hija modelo, llamada Mariana, quien participó en Miss Nicaragua en el 2004. “De militar solo tengo la disciplina”, dijo entonces.

Un hijo del general Ortega, llamado Oscar Humberto, dirige una radio en FM. Se llama Futura y en Carretera a Masaya se puede ver una cantidad enorme de anuncios publicitándola, generalmente al lado del último libro de su padre: Epopeya de la Insurrección.

“Hay dos visiones en esto de los hijos de los comandantes. Si nacieron en los 80 son distintos a los que nacimos en los 70. Yo viví muchas cosas y nací en los 70. Me siento en un lugar. Son las seis, siete de la noche, y escucho un carro y tengo miedo, porque me parece que viene la Guardia. Eso me quedó para siempre. La gente nacida en los 80 tiene una mirada distinta. Tiene más confianza”, asegura Germán Pomares.

A esta generación anterior a los 80 pertenece un hijo del comandante Bayardo Arce y la comandante Mónica Baltodano. Lo bautizaron con el nombre de un cerro y llegó a tener en la clandestinidad cinco partidas de nacimiento, de distintos lugares, para evitar que la Guardia lo identificara como hijo de dos comandantes. Pancasán Arce lleva el nombre del sitio adonde la Guardia Nacional masacró a muchos de los dirigentes del FSLN en 1967.

—¿Te gusta tu nombre, Pancasán?

—Sí me gusta, me querían poner incluso Bayardo Pancasán en una de las partidas de nacimiento y fui bautizado por el cardenal Miguel Obando —cuenta este muchacho, de seis pies de estatura, camiseta roja, quien desde hace poco es el gerente de una distribuidora de perfumes.

“Creo que los hijos que nacieron en esta etapa de la lucha, en plena clandestinidad como ocurrió con Pancasán, sufrieron nuestra ausencia, sintieron las tensiones de una vida clandestina, de persecuciones y muerte. Nació en el 76 en Estelí. Tuve que mandar a mi hijo a vivir con mi madre, cuando apenas tenía tres meses y era apenas una pelotita de came. Sus primeros tres años, que son fundamentales para la formación emocional de los niños lo llevé varias veces a casas clandestinas, pero él no me conocía. Lloraba al principio hasta que se adaptaba a mí. Luego me visitaba en la cárcel, nueve meses visitándome en la cárcel”, admite la comandante Mónica Baltodano.

Eliett Cabezas, hija de Omar Cabezas. Abajo Federico Tirado, hijo de Víctor Tirado.

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Cuando la hija de Omar Cabezas, Eliett, era niña y le gustaba un muchacho, la primera que lo sabía era la empleada. La ausencia de los padres fue común a lo largo de los años 80. Así que las nanas y los escoltas fueron la principal compañía de esta generación.

El niño Germán Pomares jugaba al pegue congelado con sus guardaespaldas y, si es el hijo de la comandante Baltodano, esperaba ansioso los fines de semana para ver a su padre y subirse al techo de la casa para bajar mangos en los llamados “paseos del mango”.

La realidad es que los hijos de los comandantes fueron mimados. “En los 80 era distinto, ahora hasta me han corrido por ser hijo de quien soy. Pero antes no. Los empresarios si sabían que yo era hijo de Tomás (Borge) me chinchineaban sin ninguna razón y eso le molestaba a mi mamá. Lo molestaba a él. Me malcriaban”, dice Pomares Herrera.

La educación que todos recibieron fue partidaria. Casi todos estudiaron en el Colegio Doris María Morales, en Las Colinas, a donde recibían clases de ruso y se les preparaba para ser los futuros dirigentes de la revolución. “Era el semillero”, asegura la profesora Lilliam Tijerino, quien aún imparte clases allí.

Pero las semillas a veces no entendían las reglas. Ana Patricia Carrión, una de las hijas del comandante Luis Carrión, aún recuerda cuando la expulsaron durante tres días por dañar la propiedad del pueblo, después de hacerse una falda hawaiana con una palma de coco. Y si es su hermana Laura, según Ana Patricia, la atormentaba la idea de ir a la guerra cada vez que leía el libro Los Carlitos.

“Cada hijo de comandante tenía su carácter. Los hijos de Daniel Ortega eran apartados y meditabundos. A una hija de Henry Ruiz le gustaba mostrar que tenía chocolates, muy difíciles de conseguir en aquellos años, pero no le gustaba compartir con sus amigos y uno de los preceptos educativos del centro era la solidaridad. También conocí a Laureano Ortega, se miraba callado, yo pensé que era apartado, pero lo escuché cantar. Sus canciones favoritas son las románticas, testimoniales. Le gustaba la canción El Elegido de Silvio Rodríguez”, recuerda la profesora Tijerino.

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Mariana Ortega, hija del general Ortega. A la derecha Camila y Laureano Ortega, hijos del presidente de la República Daniel Ortega.

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Veintiocho años después mucha agua ha corrido bajo el puente. La revolución se quedó en un puro discurso para la mayoría y, según algunos de los hijos de estos comandantes, no tuvo sentido.

“En aquel momento fue un sueño muy bonito tratar de alcanzar la igualdad, pero conforme  te vas dando cuenta los políticos jalan el agua para su molino. No valió la pena la revolución. Los muertos fueron traicionados por todos lados. Lo que queda ahora es esperar que Daniel (Ortega) haga sus cambios sociales en paz y con todos”, sostiene Álvaro Pastora, de 43 años, agente aduanero, que siendo un muchacho fue a la guerra; primero con el FSLN y luego con ARDE, el movimiento que lideró su papá, el comandante Edén Pastora, en contra del Gobierno cuando ya no pertenecía a las filas del FSLN.

Germán Pomares cree que la revolución es un proceso que sigue. Para él, se debe agradecer que muchos pobres pudieran estudiar gracias a ella.

Para Ana Patricia Carrión y Pancasán Arce, los principales errores fueron la reforma agraria y el Servicio Militar Patriótico, respectivamente.

“Esta es una generación moderna. En ningún momento están pensando ni queriendo compararse con sus padres, han superado a sus padres porque han tomado la experiencia de ellos para ocuparla en su crecimiento personal. No los veo como políticos”, sostiene la profesora Lilliam Tijerino.

Un comentario de Pancasán Arce parece confirmarlo: “Tengo amigos que son de la Alianza Liberal, liberales del PLC, sandinistas. Hay momentos en que hablamos de política. No nos vamos a pelear por esa paja, que se peleen los políticos, los diputados, al fin y al cabo no somos nosotros los que vamos a tomar las decisiones. Tratamos de ser deportistas, chupamos, bacanaleamos y no mezclamos la política con nada de esto”.

“Antes me molestaba que criticaran a mi padre (Bayardo Arce) en los diarios. Ahora me río. Últimamente nadie le ha podido dar vuelta a mi papá en las entrevistas. Mi esposa estudió Comunicación Social en la UCA y dice que cuando estaba allá le habían puesto un apodo porque nadie le podía dar vuelta. Todos les tenían miedo. Le decían Tapas de Caimán”, afirma Pancasán riéndose.

A Federico Tirado, el administrador de un café para poetas, propiedad de su familia, más bien le mandan saludos a su padre, el viejo comandante Víctor Tirado, a quien acompaña en el Movimiento Renovador Sandinista.

“Mi papá tiene buena imagen. Cuando me ven, como somos pocos Tirado, le mandan saludos. Yo creo que actualmente no estamos en una época muy buena para el país, porque vemos que todo es pacto. Estamos volviendo al pasado, por lo que se luchó en contra de una dictadura”, agrega Federico frente a una pared rodeada de cuadros con fotos de vates nicaragüenses.

Álvaro Pastora piensa que su papá es romántico. “Es idealista, pragmático, si mi papá (Edén Pastora) dice ‘esto voy a hacer’, eso hace. Yo me pongo a pensar mi papá tiene nombre, la personalidad y el carácter para hacer las cosas que quiere hacer. Los políticos aquí es con billete. El primer político palmado que conozco es mi papá. Jejejee”.

Germán Pomares Herrera recuerda a sus padres como si fuese hoy. “También me siento orgulloso de ser Herrera”, dice y cuenta que no a todo el mundo le agrada la idea de que sea hijo de quien es.

Una vez en la universidad este muchacho, que cita a Freud para describir sus miedos, fue criticado duramente cuando apareció en un programa de humor televisivo saltando y gritando, alzando las manos, mostrando su pelo afro de siempre con una diferencia singular: en lugar del copete andaba un corazón que algún barbero le hizo. Ese 30 de mayo quería rendirle homenaje a su mamá asesinada. En las calles, según él, muchos dirigentes se preguntaron si este hijo de comandante estaba a la altura de la memoria de su padre: el legendario Danto. En este caso las rayas del tigre afectaron al tigrito.

Los dibujos de los hijos de Lenín

Los llaman como un día lo hicieron con su padre en la guerra. Los dos seudónimos del coronel retirado Lenín Cerna fueron Félix y Ernesto.

Félix Lenín y Ernesto Lenín Cerna Baldovinos nacieron en 1981 y 1983, respectivamente.

Hubo algo que impresionó a los padres de sus muchachos. Alba Maral Baldovinos miró con enojo que un día los niños empezaron a rayar las paredes. No era cualquier garabato. Era una fiesta de colores, según la madre, que recordó la faceta del papá que cuando estuvo preso, en la época de Somoza, también pintaba.

“Nos reímos al recordar eso”, cuenta ahora la exesposa de Cerna.Y así sus hijos empezaron a dibujar helicópteros, a su mamá o papá, y todo lo del contexto revolucionario.

“Ellos plasmaban la situación del país, una épica, la revolución, ponían un sol, muchos colores”, recuerda Baldovinos. Félix Lenín es hoy estudiante de Derecho y su hermano también. Ambos continúan pintando.

A su madre le encantan los retratos que hace su hijo Ernesto Lenín y los paisajes primitivistas que hace Félix Lenín. Varios conocedores de la obra de sus hijos, dice la madre, le han pedido que haga exposiciones.

Los hijos de Lenín Cerna son pintores desde niños. En este retrato hecho por Félix Lenín —el mayor de sus hijos varones— está su padre, una mariposa y una flor que representa a su mamá, Alba Mara Baldovinos. En el cuadro, junto a Félix Lenín, está el coronel retirado junto a sus dos hijos. El otro se llama Ernesto Lenín.

Comandante Omar Cabezas: “Teníamos horror que nos secuestraran a nuestros hijos”

El comandante Omar Cabezas suelta una bocanada de humo, después de un par de chistes en su oficina en la Procuraduría de Derechos Humanos.“Esta generación fue marcada por la época en que nacieron. Fue una etapa de victoria, alegría y profundas transformaciones políticas, económicas y sociales, pero también de guerra, dolor y muerte”.

—¿Cuál es la diferencia entre cómo marcó la revolución a la gente de afuera y a sus hijos?

Nuestros hijos en general pasaron menos privaciones que el resto de la sociedad; pero también pienso que es una generación que sufrió un estrés mayor que el de la sociedad en su conjunto. Nosotros, nuestras mujeres que no eran armas de casa, también tenían ese estrés. Así que nuestros hijos guardan una dosis hereditaria, genética, en su formación, de los miedos, temores, de la audacia, arrojo, imaginación y creatividad.

En el hogar vivías lo épico y lo trágico, lo sublime y lo mundano, vivíamos las alegrías y las penas. Nuestros hijos son producto de la falta de tiempo de nosotros.

—¿Cómo se ve en sus hijos ese estrés del que habla?

Posiblemente en sus temores, en sus fuentes de angustia ocultas, a pesar de los empujes y del vigor de Eliett (su hija) que es una muchacha creativa y muy tierna, noble. Creo que ella alberga un pocito de frustración, vacío, no solamente por la separación de su mamá y mía, sino por déficit de atención, aunque honradamente traté de ser un papá responsable durante y después de la revolución. Esta tristeza que pueda tener escondida mi hija es producto de esas carencias (…)

Efectivamente hubo un cuido especial con ellos. Estábamos en guerra. El enemigo de aquel entonces nunca mostró un apego a los derechos humanos y piedad. Recordá que incendiaban, quemaban, violaban, torturaban. Con fundada razón teníamos miedo que nos secuestraran un hijo. Ese miedo era de una camada de dirigentes políticos, protagonistas de la revolución. Esto es difícil imaginárselo ahora que no hay guerra

Yo andaba con escoltas, pero me daba miedo que me secuestraran a los niños en el colegio, circo, cine, parque…

—He escuchado críticas que dicen que los comandantes protegían tanto a sus hijos que los mantenían escondidos para que no fueran a la montaña o iban como de paseo a los cortes de café.

Los hijos nuestros se hicieron grandes después de la guerra. Yo soy de los comandantes más viejos junto con Humberto, Bayardo, Tomás Borge, Edén y cuando perdimos las elecciones en el 90 mi hija mayor tenía 13 años. Los hijos nuestros en general son jóvenes. Si hubieran tenido edad de ir a la guerra allí sí la crítica vale, porque significaría que los muy deaverga mandamos a los otros y no a nuestros hijos.

—Dicen que para los que estaban en edad eran un paseo las actividades de la revolución.

Si hubo casos fue de los más viejos. Pero entre Tomás y yo hay 25 años de diferencia, entre Daniel y Tomás hay 20 años. Esa crítica no tiene asidero. Los hijos nuestros eran muy jóvenes. Tal vez Edén y Tomás… Tomás tenía como diez hijas mujeres. La crítica creo que viene de la bandidencia.

Magazine/LaPrensa/Jorge Cabrera
Pancasán Arce, hijo de Bayardo Arce. Abajo Ana Patricia Carrión, hija del comandante Luis Carrión.

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