Los hijos de Walker

Reportaje - 12.08.2012
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Invadió Nicaragua. Se nombró presidente. Mandó a incendiar Granada. Huyó, quiso volver y fue fusilado. El filibustero norteamericano más famoso en la historia nacional también dejó descendientes que argumentan su parentesco en el país

Por Arlen Cerda y Dora Luz Romero

William Walker era un hombre pacifista. A él las ideas expansionistas de mediados del siglo XIX en Estados Unidos no le llamaban la atención ni se sumó al frenesí bélico que se vivió en Nueva Orleáns, cuando su país le declaró la guerra a México en 1846. Pero “Billy” —como le llamaban sus amigos de Nashville, Tennessee— cambió después de aquel miércoles 18 de abril de 1849, cuando Ellen Galt Martin, una hermosa joven de 23 años de quien él estaba enamorado y con quien había previsto casarse, murió víctima de la epidemia del cólera que ese año azotó la ciudad sureña de Estados Unidos.

“Los que conocieron a Walker antes de la muerte de Ellen, dicen que él era un hombre apacible, serio, benévolo y cortés. Pero que a partir de aquel momento su personalidad cambió radicalmente (…) Walker se volvió taciturno, a ratos casi un paranoico, obsesionado por la realización de actos osados y temerarios sin medir sus consecuencias, tal vez con el fin de ahogar en ellos su profunda pena”, asegura el escritor estadounidense Frederic Rosengarten Jr., autor del libro Freebooters must die!, de 1976.

Un año después de la muerte de Ellen, Walker se trasladó a San Francisco. Dos años más tarde salió por primera vez rumbo a Baja California, con el claro objetivo de conquistar la zona, declararse presidente y establecer la esclavitud sobre los nativos que consideraba inferiores. Inició así una expedición de conquistas que en poco tiempo lo convirtieron en uno de los filibusteros más famosos de Estados Unidos y protagonista de una de las épocas más sangrientas en la Nicaragua postcolonial.

Dicen que Walker nunca más se volvió a enamorar y, según algunos relatos recogidos durante su estadía en Nicaragua, nunca lo vieron tomar, reír o fijarse en alguna mujer, como sí lo hacían muchos que venían con él. Sin embargo, otros reclaman ser descendientes legítimos del filibustero. Dicen haber nacido de un hijo que William Walker dejó tras su paso por Nicaragua.

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En una casa oscura y con olor a cigarrillo viven dos mujeres que aseguran ser descendientes de William Walker. María Pasos y su hija Beatriz Fachinetti cuentan la historia de sus ancestros. En su casa, cerca de donde fue el cine Cabrera, en Managua, tienen su árbol genealógico y recuerdan con detalle todas esas historias que dicen han venido de generación en generación.

María Pasos habla como si dijera un secreto. Recostada sobre su cama enciende un cigarrillo para comenzar hablar. Es originaria de Granada. Hija única. Su padre, César Pasos, era empresario. Tenía varias gasolineras y también ventas de lubricantes, dice. Su madre, Mercedes Ortega, como la mayoría de mujeres de la época, era ama de casa.

De su niñez en La Gran Sultana recuerda cuando caminaba por las calles y mientras avanzaba escuchaba a quienes decían: “Ahí va la descendiente del filibustero”.

María Pasos es blanca, lleva los labios pintados de rojo y es coqueta, sube una ceja al hablar. Su tono de piel, insiste, se debe a la familia de su padre, no a la de su madre, no a la cepa de William Walker. Hay otros familiares “que son idénticos a Walker” dice entre risas, mientras echa una bocanada de humo.

María Pasos saca cuentas, recuerda, enumera. “Yo soy tataranieta de Walker”, dice. En las biografías que abundan sobre Walker no hay ninguna referencia a cualquier tipo de romance o aventura del filibustero en Nicaragua. Tampoco él hace alusión alguna en las memorias que escribió durante su breve regreso a Nueva Orleáns tras huir de este país. En su libro La guerra en Nicaragua, en el que Walker se refiere a él mismo en tercera persona, no habla de ningún amor.

María Pasos, sin embargo, está convencida de su descendencia. Esa que en Nicaragua también fue una historia de amor, asegura.

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William Walker (1824-1860)
William Walker (1824-1860) nació en Nashville, Tennessee, en el sur de Estados Unidos. Su padre, James, era un banquero escocés y su madre, Mary, era de Kentucky.

 

William Walker llegó a Nicaragua el 16 de junio de 1855. En León fue nombrado ciudadano nicaragüense y desde ahí intentó tomarse Rivas para controlar la ruta del tránsito. Luego se apoderó de Granada, donde el sacerdote Agustín Vijil lo llamó “ángel tutelar de la paz”, fue nombrado jefe del ejército y más tarde se proclamó presidente de la República tras unas elecciones calificadas como fraudulentas, incluso por medios estadounidenses que seguían de cerca la situación en Nicaragua.

En Granada, El Nicaragüense, creado cómo órgano oficial de Walker, divulgaba y defendía los resultados electorales, pero un corresponsal de The New York Times informaba que “en algunas poblaciones le daban a Walker más votos que el cuádruple de los habitantes, contando a todos los hombres, mujeres, niños y bestias”.

Sin embargo, su conquista lo convirtió en la figura política con más poder en el país y en su primer discurso como presidente confirmó su objetivo expansionista y sus intenciones de restaurar la esclavitud para afrodescendientes y nativos.

El discurso alertó al resto de naciones centroamericanas, y cuando Costa Rica tomó la vía del tránsito que Walker deseaba asegurarse para traer más filibusteros a la región, él se vio desprovisto de armas y soldados, mientras crecían las tropas centroamericanas en su contra. El primero de mayo de 1857, William Walker tuvo que firmar la rendición.

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María Pasos
María Pasos creció escuchando la historia de amor entre William Walker y su tatarabuela Juana Bendaña, una joven de Granada que convivió con el filibustero y se embarazó de él. Según Pasos, Walker se iba llevar a Bendaña para Nueva Orleáns, pero su huida se complicó.

 

María Pasos, quien se identifica como tataranieta de Walker, asegura que la historia de amor entre el norteamericano y su tatarabuela fue en la década de 1850.

En Granada, relata, había una mujer llamada Juana Bendaña. Era hermosa, dice, o al menos eso fue lo que a ella le contaron.

Para escuchar esta historia, María Pasos asegura que no tuvo necesidad de esperar alguna edad. Según ella, conocer esta era algo natural al ser descendiente de Walker.

“Desde que yo abrí mis ojos escucho esto. Todo era normal, nada más que sabíamos que era famoso, pero nadie se avergonzaba de él”, dice Pasos.

“Parece que fue en los últimos tiempos de él. Ella sale embarazada y cuando él quema Granada quedaron de encontrarse en la hacienda San Francisco y ahí le da una parte grande de las alhajas que había saqueado en la ciudad. Él va en su huida y le dice a ella que vaya a San Carlos (Río San Juan). (Pero) no logró llegar y es capturado…”, asegura Pasos.

Más tarde, sin embargo, Bendaña conoció a Emilio Medina, un hombre adinerado. Medina le prometió hacerse cargo de ella y dar su apellido al hijo de William Walker. Cuando el niño nació le llamaron Emilio Medina y él se casó y tuvo varias hijas. “Mi abuela Amada. También tiene a Dianora, Emilio, Mercedes”, detalla Pasos.

Años más tarde, el hijo de Walker se involucró en la lucha contra el liberalismo y fue apresado por José Santos Zelaya. Ahí en la cárcel adquirió tuberculosis y solo lo liberaron para morir.

Amada, la abuela de Pasos, se casó con Alfredo Ortega y de su matrimonio nacieron Laureano, Julio y Mercedes, la madre de Pasos. Amada murió a los 27 años y su abuelo se casó con la hermana de su abuela, Dianora, con quien tuvo a Octavio, Carlos, Armando, Raúl y Diana. Los ocho son bisnietos de Walker y “Carlos Medina y Octavio Medina están vivos”, asegura Pasos.

Octavio Medina, a quien Magazine logró contactar vía telefónica, niega que él sea descendiente de Walker.

“Todos en la familia sabemos la historia (de la relación de Walker con Bendaña) y el que diga que no es cierto está mintiendo. Todos sabemos que venimos de él”, insiste Pasos.

 

Beatriz Fachinetti acompaña a su mamá María Pasos
Beatriz Fachinetti acompaña a su mamá María Pasos, en su casa de Managua. Ambas aseguran ser descendientes de William Walker. En la familia, dicen, nadie se avergonzaba de él.

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Cuando Walker regresó a Nueva Orleáns, el 27 de junio de 1857, fue recibido como un héroe. El historiador nicaragüense Alejandro Bolaños Geyer asegura en su obra William Walker: El predestinado de los ojos grises, que una multitud lo paseó en hombros hasta el hotel en donde se instaló y desde un balcón del mismo pronunció un discurso de victoria.

“Creo que mi deber es volver a Nicaragua. Os emplazo, hombres y mujeres, cuyos parientes y amigos han perecido allá, a prestar ayuda: a los hombres, que contribuyan con dinero; a las madres, que ciñan la espada a sus hijos; a las novias, que hagan que sus enamorados les prometan ir allá a cumplir su misión”, exclamó Walker, y en noviembre salió con 270 hombres para retomar su empresa.

El intento no resultó porque el presidente norteamericano James Buchanan ordenó a la Marina que interceptara el barco y menos de un mes después los filibusteros regresaron a su tierra como prisioneros.

A finales de 1859, Walker aprovechó para escribir su libro de memorias La Guerra en Nicaragua, dedicado a quienes, según él, sufrieron “los reproches de un pueblo por cuya felicidad estuvimos dispuestos a morir”.

En abril de 1860, Walker se propuso conquistar Honduras y desde ahí crear una federación centroamericana bajo su mando.

Dos meses después asaltó el puerto de Trujillo, pero sus hombres no tenían alimentos para la batalla.

Atrincherado y con bajas, se rindió ante el capitán británico Norvell Salmon, que lo entregó a las autoridades hondureñas.

Un miércoles de septiembre, a las ocho de la mañana, un pelotón de soldados descalzos disparó contra el filibustero. Sobre su tumba, en el cementerio de Trujillo, hay una vieja grabación en la que aún se puede distinguir su nombre. Más abajo, en otra placa de metal más reciente, se lee: “William Walker. Fusilado. 12 de septiembre de 1860”.

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Sin dejar el cigarrillo a un lado, María Pasos asegura que a ella “nunca” le ha incomodado su descendencia de Walker. “(Yo) no tengo nada que ver con los pecados que él cometió”, dice.

Lo que a María Pasos le han contado es que quien asegura que fue su tatarabuelo era un hombre “cruel, frío”. Alguien que “se descompuso” después de la muerte de su novia de Nueva Orleáns y que ya no se casó más.

“Era testarudo. Él podía haberse salvado la vida con solo haber dicho soy norteamericano, pero no. Él dijo: ‘Soy nicaragüense y soy el presidente de Nicaragua’ y los ingleses lo entregaron a los hondureños”. Cuando alguien en la familia sacaba mal carácter —recuerda Pasos— siempre decían: “Este es nieto de Walker”.

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 “De maneras recatadas y hablar suave, como se le conoció durante el tiempo que cortejó a Ellen, nadie hubiera podido leer en su comportamiento la fuerza de su agresividad latente”, dice Rosengarten sobre Walker.

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LO QUE DICE SU ESCRITURA

Rebelde, rígido, retraído, frustrado y poco comunicativo. Pero a la vez seguro, orgulloso, con deseos de sobresalir y hacer notar de la familia que desciende. Así era William Walker. O al menos esas son algunas de las características dibujadas en su escritura.
La psicóloga Josefina Murillo, quien ha realizado estudios de grafología y analizó la firma de Walker y de otros personajes para Magazine explicó que los trazos de su firma muestran dos personalidades. Su nombre enseña a un Walker tímido, pero su apellido resalta todo lo contrario: un hombre rebelde, seguro y orgulloso.
En 1988 la grafóloga profesional Jean Wells estudió 277 manuscritos de Walker. Sus trazos, la inclinación de su letra, el grosor, el espacio entre palabras y elaboró un psicograma grafológico, que no es más que retratar y analizar a alguien desde su escritura.
Una carta escrita a los 6 años lo muestra como un niño motivado, inteligente, de emociones volátiles y un tanto reprimido. Sus trazos de adolescente, sin embargo, muestran una escritura ambivalente. “Una acción progresiva, moviéndose hacia la gente y el futuro, pero acompañada de aislamiento emocional”. A los 14 años —escribió Wells— “William tiene un libido activo, normal para su edad. Hay señales de que gran parte de su energía psicosexual se canaliza a otras áreas de su vida, reforzando con ello su capacidad para actuar con éxito”.
Los escritos de veinteañero —continúa— muestran cambios en su personalidad. Tiene trazos más rígidos y hay un aislamiento. Los conflictos de personalidad van en aumento.
En una carta de 1860, la grafóloga advierte que ya existía un deterioro en su escritura. Letras débiles, rígidas, fragmentadas. “Es el retrato de un hombre que lucha por realizar su misión y darle sentido a su vida; el retrato de un individuo con graves problemas emocionales que fueron reprimidos y nunca reconocidos”.

 

EL “EMBRUJO” DE ELLEN

William Walker medía 1.60 metros de altura, pesaba 120 libras y era pecoso y rubio. La voz suave y las manos delicadas le daban un aspecto afeminado. Según diversos historiadores, lo único fuerte en él era su penetrante mirada de ojos grises.
“Billy”, como aún le decían entonces, llegó a Nueva Orleáns para estudiar Derecho. Ahí un abogado de Virginia le presentó una “encantadora morena”, un año menor que él, “linda e inteligente”, “de cabellos café claro y expresión vivácea”. Y también sordomuda, por una fiebre escarlatina que la atacó a los 5 años de edad.
Su nombre era Ellen Galt Martin. Hija de una de las familias más distinguidas de Charleston, California del Sur. Ambos se comprometieron, pero ella murió antes de la boda. Después de eso, Walker se declaró abanderado de la doctrina expansionista. El historiador Alejandro Bolaños Geyer, en su obra William Walker: El predestinado de los ojos grises, asegura que “el embrujo de Ellen parecía haber cedido”.

 

Un retrato de un pintor italiano Riboni. Ellen Galt Martin
Un retrato de un pintor italiano Riboni, por el que sus padres pagaron 2,500 dólares, es lo que queda de Ellen Galt Martin, el gran amor de Walker.

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Reportaje

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