Táctica y estrategia: las mentes detrás de la Contra

Reportaje - 16.12.2019
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Al frente de la guerrilla contrarrevolucionaria de los años 80 estuvieron exguardias de Somoza y algunos políticos que gestionaban fondos con organismos estadounidenses. Los jefes en los combates, sin embargo, eran en su mayoría campesinos alzados en armas

Por Julián Navarrete

“Mi comandante 3-80”, dicen los guerrilleros contrarrevolucionarios que sobreviven hasta hoy cuando se les pregunta quién era el jefe de ellos durante la guerra contra los sandinistas en los años ochenta. Enrique Bermúdez Varela, que llevaba el mote de 3-80 por el número de la graduación de la Academia Militar de Nicaragua, fue el máximo jefe, entre una decena de exguardias de Somoza Debayle, políticos nicaragüenses, militares argentinos, hondureños y estadounidenses; y cientos de campesinos de gran arrastre en sus comunidades.

El día que Luis Moreno, conocido como Mike Lima en la guerra, conoció a Bermúdez le impresionó ver que era un oficial “perfecto”: de buena estatura, con 40 años, “cordial, de buenas maneras y caballeroso, decidido, siempre dispuesto a dialogar e intercambiar impresiones e ideas con una objetividad única”.

Moreno, de poco más de 20 años de edad en 1982, era un exsubteniente de la Guardia Nacional. Acababa de aterrizar en Honduras, donde la Fuerza Democrática Nicaragüense (FDN) que luego se llamó Resistencia Nicaragüense, a la que se estaba integrando, tuvo sus bases en los 10 años de guerra. “El santuario”, como le gusta decir a Moreno. En ese lugar se enteró que los jefes de este movimiento eran exguardias de Somoza: Emilio Echeverri, segundo al mando; Edgard Hernández, jefe de personal; Francisco Rivera, jefe de logística; Alcibíades Espinales, de inteligencia; Ricardo Lau Castillo y Manuel Antonio Cáceres, de operaciones psicológicas, según el libro Gringos, Contras y Sandinistas, de Donald Castillo Rivas.

Dos años más tarde, Luis Moreno dice que la Central de Inteligencia (CIA) apoyó que todos los miembros de este Estado Mayor, excepto Bermúdez, fueran reemplazados porque eran “Inoperantes”. Mike Lima asegura que casi desde el principio él fue parte del nuevo Comando Estratégico, en el que estaban Harlie Duarte Pichardo, jefe de personal y Armando López, asistente de logística.

La guerra evolucionó y el comando estratégico sufrió varios cambios también. En el libro Crónicas de un Contra, de Adolfo Calero Portocarrero, quien fuera el jefe del FDN entre 1983 y 1989, menciona a Rodolfo Ampié, conocido como Invisible, en inteligencia, Mario Sacasa, de Suministros, y Denis Pineda Campos, asistente de operaciones.
Calero fue uno de los líderes más grandes de la Contra desde el terreno político, mientras Bermúdez y sus hombres se dedicaban a los enfrentamientos armados.

“Yo era el que manejaba los reales, el que manejaba los acuerdos con los gringos, el que manejaba todo, pues era yo”, dijo Calero Portocarrero en una entrevista a El Nuevo Diario publicada en junio de 2012, a raíz de su muerte.

Adolfo Calero, quien se unió al FDN a solicitud del jefe del Ejército de Honduras, Gustavo Álvarez Martínez y del comandante 3-80, era el director de un equipo político, conformado por Arístides Sánchez, Indalecio Rodríguez, Alfredo César, Alfonso Robelo, Arturo Cruz y Lucía Salazar, entre otros.

No obstante, el corazón de la Contra estuvo en el campesinado. De ahí surgieron decenas de líderes que formaron 17 comandos regionales con miles hombres en sus filas. Entre los más destacados se encuentran Rudy Zelaya Zeledón, conocido como Douglas, Freddy Montenegro Gadea, Coral y Pedro Joaquín González, Dimas, considerado el primer campesino alzado en armas contra los sandinistas.

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Las ubicaciones de las bases de la Contra siempre estuvieron en territorio hondureño, en la frontera con Nicaragua: Las Vegas, Capire y por último, Yamales. Los cambios se hicieron para evitar ser alcanzados por la artillería sandinistas que bombardeaba a pocos kilómetros de distancia, desde territorio nicaragüense.

El Comando Estratégico era un complejo militar donde funcionaba el cuerpo médico, integrado por unos 12 profesionales, las bodegas de alimentación, Operaciones, Inteligencia, el Centro de Comunicaciones y existía una policía militar.

Según el libro de Calro Portocarrero, al final de la guerra, la Contra llegó a tener un comando estratégico, que coordinaba y abastecía a 15 comandos regionales, un grupo independiente liderado por el comandante Griego, una fuerza aérea, dos fuerzas de tareas que aspiraban a ser comandos, una policía militar, un comando de operaciones especiales y una unidad de artillería. Cada uno de estos tenía a un comandante que jefeaba a cientos de hombres.

Doña Violeta Barrios de Chamorro recibe el fusil de Elida Galeano, comandante Chaparra, hoy aliada de Daniel Ortega. FOTO/ LA PRENSA/ ARCHIVO

Uno de los más grandes fue el comando regional Jorge Salazar, liderado por el exsargento de la Guardia Nacional, Juan Rivas Romero, alias Quiché, al frente de más de cinco mil hombres armados. Otro fue el comando Rafaela Herrera, jefeado por Encarnación Valdivia, Tigrillo, con más tres mil guerrilleros.

Luis Fley, alias comandante Johnson, al frente del comando regional 15 de Septiembre, operaba en la parte sur de Waslala, Muy Muy, Matiguás, Río Blanco hasta llegar a Mulukukú. Fley dice que el Estado Mayor cumplía una función prácticamente administrativa: proporcionar municiones, ropa, zapatos, avituallamientos; transmitir información de los enemigos y de las propias fuerzas. “El Estado mayor miraba la administración; los que dirigían eran los comandantes en el propio terreno con sus hombres”, agrega.

El comandante Mike Lima dice que en total hubo 57 fuerzas, pequeños batallones armados con morteros de 60 milímetros, ametralladoras M60, lanzagranadas M79 y un francotirador. La idea de hacer estas organizaciones fue de Justiniano Pérez, segundo jefe de la Escuela de Entrenamiento Básico de Infantería (EEBI), que la obtuvo del manual del Ejército de Israel.

“La mayoría de comandantes murieron en combates. La guerra así es”, dice Mike Lima, ahora desde Estados Unidos. Lima asegura que las decisiones de la guerra se hacían en consenso del Estado Mayor con los jefes de los comandos regionales.

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Mientras los líderes del Frente Sandinistas tachaban a la Contra como “mercenarios”, “bestias”, “invasores”, “genocidas”, “esbirros”, “guardias somocistas”, la realidad en la montaña era que el verdadero peso de la guerra cayó en manos de campesinos ultrajados por el nuevo gobierno de corte comunista instalado a partir del triunfo de la revolución contra Somoza.

Luis Fley, como campesino de El Cuá, colaboró con el Frente Sandinista para derrocar a la dictadura somocista. Tres de sus hermanos fueron guerrilleros y después miembros del Ejército Popular Sandinista (EPS). Fley, incluso, trabajó para el gobierno sandinista en 1979, comercializando café en una institución que centralizaba este grano. Sin embargo, desde ese momento miró las inconformidades del campesinado con la nueva administración.

El corazón de la Contra estuvo en el campesinado. De ahí surgieron decenas de líderes que formaron 17 comandos regionales. LA PRENSA/ARCHIVO

El conocido comandante Johnson dijo que en El Cuá vivía tranquilo con un negocio próspero, “hasta que estos salvajes traicionaron al pueblo con su tal ‘robolución’ sandinista”. Él se hizo contra después que fue echado preso por participar en una manifestación convocada por Alfonso Robelo en Matiguás. Salió por la influencia que tenían sus hermanos miembros del EPS y fue así que se huyó y se unió a la guerrilla contrarrevolucionaria en Honduras el 13 de junio de 1981.

Así como Fley, miles de campesinos tomaron las armas después de ser ultrajados por las nuevas políticas del Frente Sandinista. Por ejemplo, dice Fley, la creación de la Asociación de los Trabajadores del Campo (ATC) para invadir propiedades campesinas. “En el afán de imponer la revolución, empezaron a asesinar a los que no asistían a las reuniones sandinistas y no comulgaban con las políticas”.

Solo Fley puede decir varios nombres de sus amigos asesinados de esa forma: Justiniano Cano, Augusto Torres Zeas, Tránsito Granados, Carmen Rizo, Emilio Méndez, José María Gutiérrez y Tomás González. A este último, por ejemplo, lo sacaron de su casa y lo ahorcaron a 100 metros de su casa. Y a otro señor, Juan Hernández, murió despellejado tras ser atado y arrastrado por un vehículo. “La Contra nació de los abusos de los gobiernos sandinistas”, agrega Fley.

Roberto Amador, sin embargo, fue reclutado de otra forma. Él era un exguardia somocista que fue llamado por Enrique Bermúdez para organizar la Legión 15 de Septiembre en Guatemala, que después se trasladó a Honduras.
De modo que la Contra se dividía entre los campesinos ultrajados por el nuevo régimen y los guardias derrotados en 1979. Mike Lima, en su libro Principio y fin de la guerra de los contras, admite que la “aportación más grande la harían los campesinos”. La antigua Guardia Nacional aportó solamente 427 miembros, de los más de 6 mil registrados, y 44 oficiales, de los más de 1,200, que fueron los encargados de entrenar y liderar a los miles de campesinos.

En sus inicios, la Contra tenía 241 hombres en cinco bases operacionales que eran abastecidas por 17 oficiales argentinos que administraban el dinero de Estados Unidos. Desde luego que la presencia extranjera fue fundamental para mantener esta guerrilla, en la que desde un inicio estuvo involucrado, Gustavo Álvarez Martínez, jefe del Ejército de Honduras. Sin embargo, los que tomaban las decisiones que ejecutaban los mandos superiores eran los organismos estadounidenses, como la CIA, el Consejo de Seguridad o el Departamento de Estado.

Según Luis Fley, Bermúdez tenía un sueldo de unos dos mil dólares mensuales, que les otorgaba el Gobierno de Estados Unidos a los comandantes en concepto de “ayuda familiar”. Él dice haber recibido 700 dólares mensuales que los retiraba directamente su esposa en Miami. ¿Eso no justificaba el mote de mercenarios que les endilgaban los sandinistas? “Y que autoridad tenían los sandinistas para descalificarnos a nosotros cuando ellos estaba actuando igual que Somoza. Yo tenía 1,500 hombres y solo recibía comida, un par de botas, uniforme y la munición para luchar”, dice.

Los altos mandos estadounidenses promovieron cambios o golpes de timón en la contra. Expulsaron a guardias somocistas, fundaron una comisión de derechos humanos para investigar y purgar a comandantes acusados de torturas y ejecuciones a los prisioneros de guerra y quitaron a líderes, como Adolfo Calero Portocarrero. “Los gringos nos zafaron el hombro”, dijo en vida Calero Portocarrero.

Roberto Amador coincide en que la guerra acabó cuando las potencias detrás de los grupos nicaragüenses, Estados Unidos, detrás de la Contra, y la Unión Soviética, del Frente Sandinista, se arreglaron. “Muchos contras no querían entregar las armas: tuvieron que hacerlo porque ya no hubo apoyo de Estados Unidos”, agrega Amador.

Principales contras
Donald Torres Fletes, alias Jacobo: jefe de la contrainteligencia. En la Guardia Nacional alcanzó el grado de mayor. Fue entrenado en escuelas norteamericanas del Canal de Panamá.

Ricardo Lau Castillo, alias Ruperto, nació en Estelí en 1936. Alcanzó el grado de teniente coronel en la Guardia Nacional. Era parte de la contrainteligencia, subordinado por Bermúdez.

Justiniano Pérez Salas. Fue representante del FDN en la organización indígena Misurasata. Fue el segundo de la EEBI, donde alcanzó el grado de coronel.

Armando López Ibarguen, alias Policía López, jefe de logística. Nació en Granada en 1936. Fue entrenado militarmente en Panamá y estudió Mecánica de Aviación. En la Contra fue jefe de suministros y responsable de la pista de aterrizaje en la zona de San Andrés de Bocay.

Steadman Fagoth Muller, jefe de la agrupación indígena Misurasata, vinculado a las FDN.

Emilio Echaverry, alias Fierro, jefe del estado mayor del comando estratégico. En la Guardia Nacional alcanzó grados de mayor. Fue compañero en la escuela militar de Argentina de Gustavo Álvarez, quien para ese tiempo era jefe del Ejército de Honduras. En 1983 salió de la organización y se marchó a Buenos Aires, Argentina.

Encarnación Valdivia, alias Tigrillo, jefe del comando regional Rafaela Herrera. Se inició como pequeño propietario agrícola en la región norteña de Wiwilí. Con el triunfo de la Revolución sandinista huyó hacia Honduras y se unió al FDN, donde sería uno de los jefes de tropas más combativos.

Israel Galeano, alias Franklyn, de procedencia campesina, se alzó en armas al inicio de los años ochenta. Fue jefe del comando regional Jorge Salazar que actuaba en los departamentos de las Segovias y Jinotega. También fue jefe de operaciones del comando estratégico. Tras la muerte de Bermúdez, asumió el mando de la Contra.

Juan Francisco Castellón, alias Renato, jefe del comando regional San Jacinto. En la EEBI obtuvo el grado de subteniente. En 1982 ingresó a la Contra y fue asignado al comando de tropas.

Mario Morales Núñez, alias el Diablo, jefe del personal del estado mayor. En la escuela militar nicaragüense recibió cursos de investigación criminal, paracaidismo, fuerzas especiales, artillería, infantería y ranger. Con el triunfo del Frente Sandinista se exilió en varias agrupaciones contras, hasta que llegó a las FDN.
José Efrén Martínez Mondragón, alias Moisés, fue jefe del comando regional José Dolores Estrada. En la EEBI cursó estudios de la escuela de Policía e Investigación Judicial.

Rodolfo Ampié, alias Invisible, fue jefe de la sección de inteligencia y después responsable de la fuerza de tarea Independiente. En la Guardia Nacional alcanzó grados de teniente. Era hombre de confianza de Enrique Bermúdez.

Luis Alfonso Moreno Payán, alias Mike Lima, fue jefe del comando regional Diriangén. En la Guardia Nacional, muy joven alcanzó el grado de subteniente.

Denis Díaz Alfaro, alias Isaac, fue segundo comandante del comando de Operaciones Tácticas. También perteneció a la EEBI.

Hugo Villagra Gutiérrez, alias Góngora, fue jefe de operaciones del Estado Mayor. En 1983 se insubordinó a Enrique Bermúdez, por lo que tuvo que exiliarse en Miami y abandonar la guerra.

Pedro Pablo Ortiz Centeno, alias Suicida. Fue jefe del comando regional Pino 1. En la Guardia Nacional fue soldado raso. Combatió en el Frente Sur contra los sandinistas y huyó a El Salvador. Fue ejecutado en 1983 por insubordinarse al comandante 3-80.

 

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