Los muchachos del Bremen

Reportaje - 26.07.2009
Los muchachos del Bremen

A comienzos de los ochenta, un grupo de muchachos recibe la misión de proteger un barco que había llegado desde Alemania para Solentiname. A continuación una crónica de las peripecias que pasaron durante el ataque Contra

Texto y fotos de Orlando Valenzuela

La noche estaba más oscura, negrísima. Era el momento de cruzar el río. No había alternativa; o los diez escapaban de la isla o morían hasta disparar el último tiro en el combate del día siguiente, porque ellos ya habían jurado nunca rendirse. Y ya habían demostrado que estaban dispuestos a vender caro el pellejo al resistir durante cinco días una verdadera lluvia de balas y morteros.

Los jóvenes estudiantes de secundaria, metidos a milicianos por su convicción política, estaban asediados por unos ochenta “contras” de la facción liderada por Edén Pastora, Comandante “Cero“, que desde territorio costarricense iniciaba su ofensiva militar contra el primer gobierno sandinista de Daniel Ortega.

Los milicianos, en su mayoría afiliados y militantes de la Juventud Sandinista 19 de Julio, organización afín al gobernante FSLN, habían sido enviados a cuidar el barco donado por los habitantes de la ciudad alemana de Bremen a los pobladores de Solentiname, y sólo esperaban que subiera el nivel del río para pasarlo por los raudales y llevarlo a su destino. Por precaución, cuidaban la nave desde una islita que partía en dos la corriente del nicaragüense río San Juan.

Enrique Gutiérrez (Kike), Javier Monge (Kaki), Manuel Meléndez, Mario Paz, Rigoberto Pérez, Erick Vargas, Felipe Valdivia, Guillermo Gómez, Elizardo (Tarzán) y Varillas (El Socorrista), habían decidido cruzar el caudaloso río San Juan al terminárseles los pocos tiros que andaban y porque sentían que si después de cinco días de intenso combate nadie había llegado en su ayuda, era porque tal vez ya los daban por muertos. Además, durante todo ese tiempo nadie había tomado agua ni probado bocado alguno.

De todos, sólo Varillas sabía nadar bien porque había sido salvavidas de la Cruz Roja, otros apenas podían medio flotar y la mayoría le guardaba mucho respeto al agua. Por eso todos estuvieron de acuerdo con quitarse las camisas y pantalones para amarrarlos entre sí y hacer una cuerda para entregársela al cruzrojista que los llevaría a tierra firme.

Fue una decisión dificil para algunos porque la mayoría no usaba calzoncillos y quedaron completamente desnudos, pero por salvar la vida bien valía la pena. Sólo Mario, quien usaba una calzoneta y “Kaki”, que no quiso quedar desnudo, estaban medio vestidos. Varillas se metió a la corriente con la punta de la cuerda de pantalones y camisas alzada sobre su cabeza, lista para halar a los compañeros que no sabían nadar, pero cuando quiso amarrarla a una gran piedra, el peso de la ropa mojada soltó los amarres y varias piezas se perdieron río abajo, por lo que tuvieron que suspender el cruce para intentarlo la noche siguiente.

Y esa noche, como las anteriores, nadie pudo dormir, peor ahora que estaban desnudos y tenían que estar matando enormes zancudos. A pesar de todo, la llegada de la noche era lo mejor que podía pasarles porque se sentían seguros en la oscuridad, ya que la “Contra” sólo atacaba de día. Por eso al caer el sol sentían que era un día más que habían sobrevivido. Sin embargo, el amanecer traía consigo combates y ya no tenían municiones para resistir más.

Foto: Orlando Valenzuela
Rigoberto Pérez, recuperándose en el puesto médico del batallón.

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EI día llegó con la misma rutina de los anteriores: primero una voz chillona amplificada por megáfono instando a la rendición, seguida de halagos y promesas de becas de estudio si desertaban. Después, ante el silencio como única respuesta, venía la lluvia de morteros que caían en el agua, entre los árboles o al otro lado del río.

La guerra estaba estancada y era tan predecible que los contras parecían combatir sólo en horarios laborales, pues atacaban después de las siete de la mañana y suspendían las acciones al mediodía, al parecer para ir a almorzar, para luego reanudar la refriega después de las dos de la tarde hasta que caía el sol, que era cuando se retiraban, probablemente a cenar y descansar para continuar al día siguiente.

En cambio, los muchachos no podían hacer nada más que continuar escondidos en sus trincheras porque de todos modos no tenían nada que comer, ya que su provisión estaba dentro del barco, que desde el primer día fue saqueado y destruido por los atacantes.

Cada quien, desde su oculta trinchera defendía la posición asignada por “Kike”, el compañero de clases convertido en jefe militar. La isla, de unos cien metros de largo por unos quince de ancho, estaba inviolable por el enemigo desde el primer ataque, justo el primero de mayo de aquel 1982, cuando Rigoberto Pérez, que estaba en la punta sur, le dejó ir todo el magazín de su AK 47 a una de las pangas de motor cargada de contras que intentó desembarcar frente a su posición. En la escaramuza, tres hombres cayeron heridos al agua y no se les vio salir más.

Desde sus lanchas rápidas, los contras “peinaban” a balazos las arboledas de la isla, mientras desde tierra firme lanzaban esporádicos morteros. Pero antes de la lluvia de plomo matutino, el grupo de milicianos había discutido la forma de burlar al enemigo, y fue allí donde “Kike”, el jefe de escuadra, dijo que hacía años había visto una película de guerra en la que un soldado estaba en una situación similar y lo que hizo fue esconderse en el agua y cubrirse con la misma vegetación de la orilla del río. Y eso fue lo que hicieron.

De dos en dos y a una distancia de unos diez metros entres

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