Los niños de plomo

Reportaje - 10.04.2005
Los niños de plomo

Por las venas de 11 niños de La Chureca corre el plomo, un metal que les envenena la sangre.
No los mata, pero les disminuye su calidad de vida tanto como el basurero en el que crecen

Amalia Morales
Fotos de Orlando Valenzuela

Juan Carlos Alvarado tiene 10 años, pesa 36 libras y respira un aire envenenado. Sus fosas nasales absorben cada dos segundos tufo revuelto a perro muerto, a sobras de comida podrida, a papel usado, a chatarra, a trapos viejos... en fin, a 1,400 toneladas de residuos que producen millón y medio de personas y que a diario se tiran en La Chureca, el botadero municipal, creado hace 40 años y que ocupa 60 hectáreas.

Allí vive Juan Carlos y de allí salió el polvo azulado que inoculó la nariz y la sangre del niño hace algún tiempo. Su papá, que sobrevive de separar plástico y vidrio en el botadero, llevó un día hasta el rancho traslapado de zinc y cartón donde vive con el niño y su esposa unos pedazos de baterías de carros que halló arando en las montañas de desperdicios. Quería hacer unas pesas que le permitieran mejorar su sistema de pesca en el lago que se ve al fondo del relleno, así que abrió las pilas oxidadas y les sacó las placas metálicas que tenían para fundirlas. En la fundición debió quemar el polvo azulado que luego su familia inhaló, y que en algún momento, el niño, que anda todo el tiempo en el patio —cuando no en la calle— medio descalzo y jugando tierra, tocó con sus dedos y se lo llevó a la boca. Probablemente su papá y su mamá también hayan manipulado el polvo envenenado.

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Ésas son las formas básicas a través de las que pudieron contaminarse con plomo Juan Carlos y diez niños más que viven y llegan al botadero, los cuales dieron positivo en la prueba de ese metal que les practicó hace dos años el Ministerio de Salud (Minsa), por iniciativa de la Asociación Pastoral Penitenciaria, una Organización No Gubernamental (ONG) que trabaja con los niños del botadero y que hizo un diagnóstico sobre la salud de los niños. La médica María Bohórquez, de la Asociación Pastoral, cuenta que esperaban hallar mercurio en lugar de plomo, pero fue al revés. Los niveles de mercurio que se supone afectan a un 37 por ciento de los peces del lago y que, en consecuencia, podrían estar también alojados entre los habitantes del basurero, no aparecieron en ninguno de los 90 niños de entre tres y diez años considerados en el estudio. En cambio, sí se reflejó el plomo en 11 niños; un metal que alcanza niveles preocupantes en las mujeres embarazadas y en los niños cuando va más allá de los 10 microgramos por decilitros (u.g/dl). Otra investigación de la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua (UNAN-Managua) y la organización Dos Generaciones coincidió con el hallazgo de plomo en la sangre en un 25 por ciento de los 103 examinados. Ninguno de los contaminados presentó un nivel alarmante que ameritara hospitalización, pero sí un estado preocupante que requiere un seguimiento médico. Los médicos aseguran que con el plomo controlado se puede vivir mucho, no se puede determinar cuál es la esperanza de vida, todo depende de la atención que se les dé a los afectados.

En Juan Carlos el nivel de plomo es de 24 u.g/d1, y aunque no se ve muy distinto al resto de niños de La Chureca los médicos opinan que tiene el suficiente grado de contaminación para tener un desarrollo deficiente. Pese a haber cumplido los 10 años, su peso es menor que el de un niño de siete, edad que, física e intelectualmente, aparenta. Todavía más pequeño que Juan Carlos es Miguel López Vargas, al que todos llaman "Miguelito". Él es huérfano. Vive en la casa de unos vecinos que lo mandan a la escuela y lo crían como a un hijo, y se caracteriza por unos ojos café muy claros y un silencio sepulcral. Igual que su vecino de infortunio ha repetido el grado, y por cualquier cosa se altera. "Es bien coleriento", dice Guadalupe Morales, la vecina que lo cuida. Miguelito enseña los dientes con pena y sus ojos se le ponen vidriosos.

Juan Carlos Alvarado y Miguel López
Juan Carlos Alvarado y Miguel López tienen plomo en la sangre, ellos se contaminaron en el botadero de La Chureca.

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El estudio de la Asociación Pastoral arrojó que el 44 por ciento de los niños que tienen contacto con La Chureca padece desnutrición crónica y aguda. Además, cuatro de cada diez presentan un cuadro anémico, y casi seis de cada diez conviven con Infecciones Respiratorias Agudas (IRA). La doctora María Bohórquez dice que los 11 niños con plomo sufren de todos estos males, pero además tienen un sistema nervioso frágil y tienden a tener un coeficiente intelectual deficiente. Con esta caracterización coincide Steven Cuadra, médico investigador de la UNAN, quien sostiene que, además de trastornos en el cerebro, que disminuyen la capacidad de memoria, los afectados pierden agudeza visual.

Juan Carlos está repitiendo segundo grado por tercera vez. "Es que no entiende las letras", dice su mamá Blanca Hernández, de 29 años. El niño, que va en pantalón corto, con chinelas de hule y una camisa a rayas desabotonada, escucha cómo su mamá responde todas las preguntas por él. Él sólo contesta alguno que otro monosílabo y todo el tiempo permanece sonriente. "Je da pena?", le recrimina la madre y seguido le ordena: "¡Contestá! No ves que te están preguntando". El niño se nota impaciente. Quiere irse a jugar con los dos socios que lo acompañan y con la hulera que lleva en la mano izquierda, con la que ha estado ensayando unos tiros de piedra sin acertarle a los pájaros que vuelan sobre sus cabezas. "¡Allá va una lagartija!", grita señalando Francisco, uno de los amigos, y prueban con el reptil que se esconde en los residuos de basura cercanos. A lo lejos una nube de polvo anuncia la entrada de un camión con basura. La polvareda alcanza el vecindario en el que juega el trío de niños. A veces el polvo no lo levantan los camiones recolectores sino los camiones del plantel Los Cocos, que entran a sacar material selecto en la mina de arena que está dentro de La Chureca. En esos días, la arena se cuela hasta en el último rincón de los ranchos de latones y madera. Hernández reconoce que ese ambiente enferma más a Juan Carlos. "¡Ay! Vive de perenne con una tos", grafica, y cuenta que ese día por la mañana el niño no fue a la escuela porque lo llevó al hospital a pasar "control".

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Desde que se les descubrió el plomo, el Minsa, a través del área de toxicología y el hospital La Mascota, examina regularmente a los niños. Un problema es que a veces los padres no los llevan, explica Luz Marina Lozano del área de Toxicología del Ministerio. La institución les asegura vitaminas y hierro, como sulfato ferroso. Este tratamiento ayuda a los niños a controlar los niveles de plomo, pero no los erradica.

Además, se les ha orientado una dieta, que por pobreza no siempre pueden cumplir. Después de pasar consulta en La Mascota, Juan Carlos llegó y almorzó arroz, frijoles y ensalada. "A veces le he dado sustancia de garrobo, pero usted sabe que no siempre se puede".

Los médicos también orientan a los papás de los niños con plomo un "manejo ambiental", que se traduce en limpieza, algo casi imposible dentro del basurero, y guardar distancia de los focos de contaminación. El papá de Juan Carlos no volvió a fundir baterías. Y en el caso de Miguelito, quienes lo crían aseguran que nunca han acumulado cadáveres de pilas en su patio. Cuando los exámenes dieron positivo, los médicos visitaron el barrio y encontraron restos de plomo en dos viviendas. Recomendaron la limpieza inmediata y la gente hizo caso. El contacto no se ha eliminado totalmente debido a que la mayoría de los niños siguen viviendo dentro del basurero, expuestos a una lista interminable de agentes contaminantes. "Lo ideal es que no vivieran allí", dicen casi a coro los médicos, pero "adónde nos vamos a ir", responde Hernández. Una vez se fueron a probar suerte al asentamiento Nueva Vida, en Ciudad Sandino, pero a Juan Carlos le cayó mal, se enfermó y se regresaron a La Chureca.

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Aunque sólo en un grupo de niños se reconoció el plomo, hay adultos que trabajan en el basurero que están seguros de que también albergan este metal. "Aquí todos estamos contaminados de plomo", afirma Daniel García mientras hurga entre los desperdicios con un palo que en la punta tiene un gancho con el que jala los residuos que le interesan, por lo general recipientes de plástico. "Y dentro de este basurero quién no va a estar enfermo de algo".

Los niños de plomo
En La Chureca trabajan alrededor de 530 niños. En algunos casos sus padres desde muy pequeños, pero en otros por su cuenta.

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