Los pajareros de Malacatoya

Reportaje - 15.01.2018
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En los campos de arroz se libran batallas entre humanos y pájaros. De día y de noche los pajareros hacen estallar pólvora para espantar a los invasores, en una tarea indeseable, pero necesaria

Por Amalia del Cid

Los campos arroceros de Malacatoya se extienden hasta donde la vista alcanza; solo interrumpidos, a lo lejos, por el paisaje montañoso de los pueblos vecinos. No hay árboles. No hay casas. Solo arroz. Kilómetros y kilómetros de campo verde que a ciertas horas brilla por la reverberación del sol en los espejos de agua. Al inexperto ojo de un forastero esta podría parecerle una tierra tranquila, donde jamás pasa nada; pero los lugareños saben que eso no es cierto, que bajo esta aparente calma acecha un emplumado peligro que puede llevar a los agricultores a perder casi toda su producción en unas pocas horas: los pájaros.

De día el viento corre sobre los campos anegados y hace temblar la yerba seca que bordea los caminos. De noche el viento amaina y crece el silencio. Solo se escucha el canto monótono de las ranas en los charcos y de vez en cuando el escándalo de un cohete de pólvora que se eleva sobre el arrozal y estalla en el cielo en una nube de chispas.

Los cohetes son arrojados por pajareros. Muchachos que velan los arrozales, aguzando el oído para percibir por encima del bullicio de las ranas, el aleteo de los pájaros que llegan a comerse la semilla recién sembrada. A ratos se sientan sobre la yerba seca y miran las estrellas, tantas estrellas que se diría solo son superadas en número por los zancudos que vuelan en hordas a lo largo y ancho del campo. Después hacen una nueva ronda, alumbrando el suelo lodoso porque “no vaya a ser una culebra”, y si oyen ruidos en el agua, queman otro cohete para espantar a los invasores. Así hasta el amanecer.

Nadie crece soñando con un ser un pajarero, pero la tarea existe desde que los humanos siembran arroz y los pájaros se lo comen.

Luis Gerardo Mallorquín y Roberto Castillo, ambos de 17 años, queman un “cuete” en la soledad del arrozal. Foto/ Oscar Navarrete

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El arroz prospera en condiciones extremas: suelos arcillosos y agua en cantidades que ahogarían a otras plantas; pero la verdad es que su cultivo exige amor y, sobre todo, dinero. Para ser precisos, unos 1,500 dólares por manzana sembrada. Antes de empezar a sembrar los productores echan herbicida, llenan de agua el campo, trituran el terreno con tractores, nivelan el suelo y ponen la semilla a pregerminar durante 24 horas, para que luego los campesinos la siembren “al voleo”, por etapas y con el fango hasta las rodillas, cuenta don Nazario Mora, asesor técnico que trabaja en el sector arrocero desde hace 38 años.

A este método de sembrado se le conoce como “fangueo” y es el más utilizado en Nicaragua. La gente carga miles de semillas en sacos y las va arrojando a puñados sobre el lodazal, de modo que quedan expuestas, como servidas en bandeja para los pájaros que se alimentan de ellas. “Dos millones 700 mil semillas por manzana”, calcula Roberto Caldera, ingeniero agrónomo y arrocero de toda la vida. Una cena nada despreciable para la zarceta.

Se trata de un patito pinto y esponjado, con cara de pícaro, que vuela desde las tierras de Canadá para dar dolores de cabeza en los arrozales del sur. Cuando su ruta migratoria las trae a Nicaragua, una buena parte de las viajeras se asienta en las playuelas de Tisma, cerca del lago Cocibolca, y ahí pasan el día sin molestar a nadie. Pero llega la noche y levantan vuelo para ir a calmar el hambre a los campos arroceros de su preferencia. A veces son pocas, a veces miles. Y los productores les temen, porque son “bandidas”, rápidas e impredecibles.

Los otros pájaros aficionados a la semilla de arroz son el piche y el pato real, pero como ladrones gozan de menos prestigio que la zarceta. El piche da problemas en todas las zonas arroceras y al pato real se le ve más en los campos de Rivas y Río San Juan.

La batalla nocturna del hombre contra el pájaro comienza desde que se arroja la primera semilla y no cesa, sino hasta veinte días después de que germina la última matita de arroz, cuando ya el terreno tiene aspecto de alfombra y las aves pierden el interés. Se pajarea de noche en noviembre, diciembre y los primeros días de enero. En esos meses el campo está cubierto por láminas de agua; el arroz tierno y las zarcetas contentas.

“La zarceta no puede comer en seco, tiene que estar en agua. Es igualita a un patito, nada más que es diminuta y vuela que es una barbaridad. Ella se deja caer en la noche. Le agarra por cucharear y ahí lo anda arrancando el arroz, muy alegre, es dañina”, dice don Nazario, quien alguna vez, como la mayoría de los empleados de las fincas, tuvo que pajarear. Habla de los pájaros con una mezcla de pesar, preocupación y ternura. Por mucho daño que hagan, no puede malquerer a unos patitos tan esponjosos.

Antaño era común que los agricultores les pusieran veneno y “daba pesar las mortandades de pájaros”, recuerda. Pero ocurría que, envenenados y todo, los lugareños se los comían. Solo les sacaban las vísceras y a la paila. Así que hace unos años los productores acordaron decirle adiós a ese método y quedarse con el artesanal pajareo, cuya única agresión hacia las aves es no dejarlas comer en paz.

El pajareo nocturno se suspende en enero y alrededor de dos meses más tarde, en marzo, inicia el pajareo diurno y vespertino. Entonces el enemigo ya no es la zarceta, sino el diminuto pajarito arrocero que vuela en grandes bandadas y baja a tierra con un característico sonido “como de avión”, por el que la gente los llama “retumbo”, cuenta don Roberto Caldera. “El arrocero sube, da vuelta como helicóptero y vuelve a caer al plantío. Caen como 150 mil y pelan el arroz, porque es un pájaro fachento, se lo come trillado”, describe entre risas.

Ríe pero sabe que se trata de un asunto serio. Recuerda que en los años ochenta un productor conocido sembró 140 manzanas de arroz y perdió cincuenta en un solo día, cuando una invasión de arroceros lo tomó desprevenido en plena cosecha. Y él también ha sufrido ataques de pájaros. Una noche, hace muchas lunas, sus pajareros descuidaron el plantío y las zarcetas se cenaron casi 10 manzanas de semillas en solo unas horas, asegura.

“Todito se lo comieron”, cuenta. Por la mañana el campo estaba sospechosamente lleno de plumas y don Roberto envió al mandador a averiguar qué había sucedido. “Se le comieron todo el arroz”, le informó al volver. “Ideay, ¿y los pajareros?”, preguntó él. “Se fueron temprano o se durmieron”, dijo el mandador. El daño estaba hecho y hubo que volver a sembrar: dos millones 700 mil semillas por manzana.

La tarea de pajarero es indeseable, pero nadie niega que es imprescindible. En septiembre vuelve a pajarearse de noche, ahora bajo la lluvia. “Es que en julio y agosto se siembra de nuevo, pero hay menos pájaros”, señala don Nazario. “Ya en septiembre, cuando los brotes están chiquitos, cuando estamos con arrocito pequeño, la zarceta regresa y se deja venir justo a los arrozales”.

Don Nazario Mora, conocido como “Chayito”, ha trabajado en el campo arrocero desde que era un chavalo. Ahora es asesor técnico, pero alguna vez también tuvo que pajarear. Le gustaba espantar patos en noches estrelladas o con luna, a pesar de que en esas circunstancias los pájaros “se alborotan más”. Foto/ Oscar Navarrete

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Es un trabajo sencillo, “nada más hay que aguantarlo”, considera Yasser Olivas, de 25 años, quien fue pajarero pero ascendió de rango en la finca Santa Rosa y ahora está a cargo de supervisar las tareas cotidianas de otros peones. También es un trabajo aburrido, pero los pajareros prefieren que así sea, pues lo único que lo puede volver interesante es una alta presencia de pájaros.

Los espantapatos llegan a las fincas arroceras poco antes de las 6:00 de la tarde, porque aunque la regla es que los ladrones de semillas aparezcan acercándose las 8:00, nunca se sabe.

Ya entrada la noche, mientras esperan a que una bandada de aves corte el aire nocturno o chapotee en las terrazas de arroz, los pajareros reúnen palitos y tallos secos y los utilizan para hacer pequeñas fogatas, que a su vez sirven para espantar los zancudos y preparar los tizones con que encienden las mechas de los cohetes de pólvora. Se sientan sobre sacos de manila y hierven café en tarros que sacan de la mochila. Después miran videos en el teléfono celular o escuchan interminables listas musicales de reguetón o de José Luis Perales. Van a platicar un ratito con los colegas que vigilan otras áreas del arrozal o se entretienen observando las constelaciones de estrellas y las señalan con el dedo cuando las ven alzarse en el horizonte.

“Por aquí sale una que se parece a esa de las Siete Cabritas, pero más grande”, dice Luis Gerardo Mallorquín, de 17 años, apuntando hacia el noroeste. Esta noche está pajareando con su amigo Roberto Castillo, igual de 17 años. Es la primera vez que realizan esta tarea y no traen comida ni café ni tarros a la finca, porque cuando lo hicieron cayó una lluvia anacrónica y ahora se resisten a volver a intentarlo.

Ambos viven en Malacatoya y cada día recorren en bicicleta los 18 kilómetros que separan al pueblo de la finca. A los 12 años comenzaron a trabajar por las tardes y las noches, realizando tareas menores en campos y trillos arroceros, cuentan. Solo así podían conseguir dinero para cubrir sus propios gastos y uno que otro gusto de fin de semana. En su debut como pajareros recibieron el salario promedio que pagan los productores: 250 córdobas por turno.

Algunos pajareros son peones fijos enviados a espantar aves cuando es necesario, pero muchos solo consiguen trabajo por temporada y cuando acaba la época del pajareo se quedan en el aire. “Si sos chavalo y no sabés machetear, vas para la casa. Al terminar el pájaro, ellos se van”, señala Yasser.

Hay personas que se burlan del pajareo “porque es un trabajo sencillo” y dicen: “mirá, este chavalo es pajarero, como que uno no sabe hacer nada más”, lamenta. Sin embargo, ser un espantapájaros humano no es una tarea exenta de riesgos y penurias. Primero están las culebras, que abundan en los arrozales. Boas, castellanas y corales. Después los zancudos y el frío, que nunca fallan en la madrugada. Y a eso debe sumarse el peligro de la pólvora. “A veces el ‘cuete’ no sale normal. A veces no lo has soltado y explota. En Tepalón, de Malacatoya para el fondo, hay varios mancos. Chavalos. Es que chavalo uno es inexperto y descuidado, hay más accidentes”, dice.

Si el pajarero se acuesta en el suelo, puede que por encima le pase una serpiente (como le sucedió a Yasser); si camina, puede que la pise, pero de todas formas tiene que caminar. No debe dormirse ni retirarse antes de tiempo, incluso si la madrugada está más tranquila que un velorio, su deber es permanecer alerta hasta las 5:00 de la mañana, quemando uno a uno los 12, 24 o 36 “cuetes” que los jefes le entregan antes de cada turno.

En algunas fincas cada pajarero cuida alrededor de 50 manzanas; en otras les asignan 20 o 25. Es bastante terreno y al final de una vigilia agitada terminan caminando varios kilómetros, asegura Yasser.

A cambio de los malos ratos, reciben un firmamento digno de mejores noches. “Cuando uno anda aquí, todo es estrellado, dan ganas de andar. Es linda la noche cuando se ven los mantos de estrellas, uno se motiva”, relata don Nazario. Pero pasa algo extraño: “el pájaro también es bandido y se alborota. Y viera qué terrible cuando hay luna cómo se pone el pajarero”.

El “cuete pajarero” que Yasser Olivas muestra en la foto es ligeramente inferior al “cuete de fiesta”, pero es más económico. Una gruesa (doce docenas) cuesta 480 córdobas y en una temporada de pajareo, en una finca de 200 manzanas, se gastan al menos 20 gruesas. Foto/ Oscar Navarrete

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Existen incontables métodos de pajareo. El más popular es el de los “cuetes” de pólvora, que se compran en Masaya y Tipitapa a 480 córdobas por gruesa (doce docenas). Sin embargo, recientemente está ganando terreno el mortero porque su onda sonora “es más expansiva”, apunta Roberto Caldera. Ya se ha comprobado que los espantapájaros y las pitoretas no funcionan; tampoco las pistolas de gas que se elaboran con tanques de cocina y se programan para emitir un estallido cada cierto tiempo. “Es que llega un momento en que los pájaros se familiarizan”, explica el agrónomo.

Otros productores colocan bolsas de plástico con la esperanza de que cuando el viento las agite el ruido espante a los piches y las zarcetas. Y en otros países usan grandes espejos para refractar la luz del sol y usarla como arma contra las aves. Cada quien elige el método que considera más conveniente, aunque no siempre se obtienen buenos resultados.

Roberto todavía se carcajea cuando cuenta este episodio: Vinieron unos mexicanos a sembrar arroz en El Timal y al notar que él llevaba treinta gruesas de cohetes en su camioneta, le dijeron: “Usted está loco, nosotros cuidamos con espejos”. “Bueno —les respondió—. Ustedes tienen su costumbre y nosotros la nuestra, después me cuentan”. Se fueron los mexicanos a sembrar y a los días le preguntaron por teléfono: “Don Roberto, ¿dónde compra pólvora? No aguantamos los pájaros”. Entonces él les recomendó: “Pongan el espejo para que se pinte la pájara y el pájaro se ponga bonito”. Lo que sucedió en este caso, asegura, es que aquellos productores no conocían bien “el tipo de siembra de aquí”.

La siembra de fangueo en una zona de paso de aves migratorias, como Malacatoya, es un llamado a cenar y los patos no son invitados remilgosos. Mucho menos los pájaros arroceros que aparecen en tiempo de floración y ponen en riesgo toda la cosecha. Por eso son tan necesarios los pajareros, los asustapatos, los espantapájaros humanos.

Y entonces un cohete de pólvora explotando en medio de la nada es una señal. Cuando se eleva por unos segundos sobre el arrozal y los zancudos, apagando el canto de las ranas y encendiendo el cielo nocturno, está diciendo que, de alguna manera, todo va bien.

Luis Gerardo Mallorquín y Roberto Castillo, ambos de 17 años y de Malacatoya, Granada, van para segundo año de secundaria. Recientemente debutaron como pajareros nocturnos. Foto/ Oscar Navarrete

Los más buscados

La zarceta o pato canadiense es el principal “enemigo” de los productores de arroz cuando es época de siembra. Este patito tiene hábitos nocturnos y suele volar a los arrozales para andar “cuchareando” en los campos anegados arrancando las matas para comerse las semillas. Antes los agricultores las envenenaban, pero ahora se han quedado solo con el pajareo. Sin embargo, actualmente la gente de las zonas arroceras las caza con redes colocadas en los campos sembrados y luego las vende a 20 córdobas por pareja, pues su carne es muy apreciada. Otros pájaros que dan problemas durante la siembra son el piche y el pato real.

Zarceta o pato canadiense.

Cuando las matas de arroz empiezan a florecer, los productores comienzan a tenerle miedo al diminuto pájaro arrocero, que vuela en gigantescas bandadas y ya ha demostrado que puede acabar con varias manzanas en una sentada.

Es un pájaro insistente, aunque el pajarero lo espante, siempre intenta volver a instalarse sobre el arrozal. Cuando hay un ataque de arroceros, ya no es posible recuperar la producción, pues se comen el grano cultivado.
Otras aves comedoras de arroz son el pájaro congo y el pájaro sargento. Los pajareros las espantan en época de cosecha, ahí por marzo y abril y en la cosecha de fin de año.

Pájaro arrocero.

Sin seguro

El pajareo es una práctica extendida en todos los campos arroceros de Nicaragua. Se pajarea en Malacatoya (Granada), en Sébaco (Matagalpa), en Jalapa (Nueva Segovia) y también en el sur del país. Sin embargo, los pajareros no cuentan con seguridad social.

Ganan un salario promedio de 250 a 300 córdobas por cada día o noche de pajareo y, cuando ocurre un accidente, es la finca la que asume los gastos y las responsabilidades.

La tarea de pajarear no es grata, pero se acepta porque con ella viene la posibilidad de “seguir accediendo a otras labores culturales” en el campo.

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