Los últimos 39 guardias de Somoza

Reportaje - 11.05.2018
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Fueron los últimos guardias en salir en libertad. Soldados y oficiales marcados en una lista especial, que purgaban las máximas condenas en las cárceles sandinistas acusados de crímenes atroces o de estar involucrados en las muertes de las grandes figuras del Frente Sandinista.

Por Eduardo Cruz

Para la historia, el fin de la Guardia Nacional somocista fue el 19 de julio de 1979, cuando el coronel Fulgencio Largaespada, el último jefe de ese cuerpo castrense, la rindió ante los sandinistas. Anastasio Somoza Debayle, el verdadero jefe, había huido del país dos días antes.

Sin embargo, para 39 hombres que estuvieron relacionados de diferentes maneras con la Guardia Nacional, y también para sus familias, el fin realmente llegaría hasta casi 11 años después, el 9 de febrero de 1990, un viernes, a pocos días de la derrota electoral de los sandinistas ante la Unión Nacional Opositora (UNO), encabezada por Violeta Barrios de Chamorro. Ese día salieron de las cárceles sandinistas, tras estar condenados a 30 años de prisión por los tribunales especiales del sandinismo.

Poco menos de un año antes, en marzo de 1989, obligados por la guerra de los contras, la presión internacional, la crisis económica y por acuerdos de paz que se firmaron en esos días, los sandinistas decretaron un indulto que vaciaría las cárceles de reos calificados como somocistas. Pero, sorpresivamente, a última hora excluyeron de los beneficios de esa amnistía a 39 exguardias, a quienes calificaron como “criminales”, de “peligrosa conducta” y que ya no podían ser “reeducados” por la revolución. El entonces diputado Carlos Tünnermann Bernheim explicó que la comisión encargada de elaborar el indulto revisó caso por caso y descubrieron que, en el caso de los 39 exguardias, había algunos que cometieron crímenes atroces y decidieron excluirlos de la absolución.

La Guardia Nacional se tornó una institución criminal en los últimos días de la dictadura somocista, explicó el exdiputado Carlos Tünnermann. FOTO/ CORTESÍA/ BILL GENTILE

Entre esos 39 estaban exguardias a quienes los sandinistas habían vinculado con las muertes de Carlos Fonseca —fundador del Frente Sandinista (FSLN)—, el niño Luis Alfonso Velásquez Flores, Pedro Aráuz Palacios, Manuel Olivares Rodríguez, José Benito Escobar y otros destacados guerrilleros sandinistas. También de haber participado en el asesinato de estudiantes y campesinos. De uno de los reos se dijo que había ordenado tirar campesinos desde helicópteros. A otros los señalaron de “orejas” de la Oficina de Seguridad Nacional (OSN), es decir, que delataban a personas vinculadas con el FSLN que luego aparecían muertas.

Fue un año más de cárcel, pero, como dice el exteniente GN Sergio Caldera Avilés —uno de los 39 que los sandinistas no querían liberar fácilmente—, “un año más de cárcel es un año más de cárcel”.

Los flagelos de ese año más de cárcel se reflejaban en otro de esos 39, el excoronel Silvio Mayorga Castillo, considerado como un intelectual dentro de la Guardia Nacional. Se había graduado como ingeniero en la Escuela Militar de España e incluso había sido compañero de clases del rey Juan Carlos. En una imagen publicada por el diario La Estrella de Nicaragua, que se imprime en Miami, se observa al excoronel Mayorga en dos momentos, uno cuando aún era guardia, con un rostro fresco, con bigotes que le cubren horizontalmente todo el rostro, con cabello abundante, y el otro cuando ya la mayoría de los exguardias habían sido excarcelados y solo quedaban los 39 enjaulados. Tiene un rostro demacrado y destrozado por los años en prisión.

Y así más o menos estaban el resto, con problemas de salud. Algunos de ellos estaban quedando ciegos, como Luis Alberto Abea Pérez, Álvaro Alberto Niño Paiz, Hernán Ramírez Sánchez. Otros tenían problemas renales, como Enrique Munguía. Y otros presentaban enfermedades variadas desde artritis, parálisis facial, hasta problemas psíquicos y afectaciones cardíacas.

Lo que sigue es la historia de cómo estos 39 hombres llegaron a ser los últimos miembros de la Guardia Nacional que hasta inicios de 1990 aún pagaban el servicio que durante casi 40 años esa institución le brindó a la familia Somoza.

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Al amanecer del 19 de julio de 1979, los guardias nacionales que estaban a cargo de la cárcel La Modelo de Tipitapa sintonizaron la Radiodifusora Nacional, la emisora oficial del gobierno de Anastasio Somoza Debayle. Inmediatamente detectaron que algo andaba mal.

—Oiga jefe, están poniendo música de los comunistas —le dijeron al mayor de la Guardia, Enrique Munguía, quien estaba de responsable en ese momento.

—Se tomaron la radio esos sandinistas. No se preocupen, ya va a volver la transmisión normal, ahí van a ver —contestó Munguía.

Cuando pasó media hora y en la Radiodifusora no se normalizaba la transmisión, los guardias empezaron a inquietarse.

Munguía tomó un vehículo y se fue a la zona del Aeropuerto Internacional para ver qué pasaba. Llegó a la Fuerza Aérea y todo estaba tranquilo hasta que vio cómo comenzó a llenarse de guardias. “Todo se terminó”, le dijo cerca de las 11:00 de la mañana uno de los altos jefes de la Guardia.

La Guardia Nacional buscando guerrilleros sandinistas en los barrios de Managua, en 1979, en los últimos días de la insurrección. FOTO/ CORTESÍA/ BILL GENTILE

Esa misma mañana, el coronel Isaías Cuadra dijo a oficiales que estaban en el batallón blindado que ya no tenían municiones y que se había decidido organizar un convoy que se dirigiera con toda la tropa a presentarse a la Cruz Roja Internacional.

En la Fuerza Aérea comenzaron a reconcentrarse centenares de guardias nacionales, con sus familias, entre ellos también los capitanes Róger Vega Morales y Orlando Hislop. Pasado el mediodía de ese 19 de julio, los guardias estaban cercados por los guerrilleros sandinistas, quienes no se atrevían a entrar a la Fuerza Aérea porque los guardias tenían armas. Ni los guardias podían salir tampoco. Hubiese sido un enorme baño de sangre.

Los guardias finalmente se rindieron ante la Cruz Roja y fueron llevados por la tarde a la Zona Franca, que en ese momento estaba recién inaugurada. Allí pasaron varios días, en los que hasta les prometieron que iban a salir exiliados y que escogieran a qué país querían ir. Sin embargo, para tristeza de los guardias, fueron trasladados a diferentes cárceles clandestinas, sin que sus familiares supieran dónde estaban.

El mismo 19 de julio, en la zona norte del país, funcionarios de la Cruz Roja le pidieron al teniente Sergio Caldera Avilés y a otros guardias que se metieran a una iglesia. En el Hospital Militar otras decenas de guardias estaban heridos, entre ellos el soldado de la EEBI, Carlos Gutiérrez, quien había sufrido lesiones en una pierna durante los combates en El Naranjo, al sur del país. Los guerrilleros sandinistas entraron y golpearon a los heridos, mientras las enfermeras les decían que no lo hicieran.

Las autoridades revolucionarias habían prometido que no tomarían venganza contra los guardias, pero menos de un mes después de la caída de Somoza, todos los guardias que habían buscado refugio en locales de la Cruz Roja Nicaragüense o en otros lugares fueron llevados a la cárcel La Modelo de Tipitapa.

Según un informe de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), en julio de 1979 hasta 6,500 personas fueron recluidas en las cárceles sandinistas.

El mismo Anastasio Somoza Debayle escribió en su libro Nicaragua Traicionada, antes de ser asesinado en Paraguay en septiembre de 1980, que “Pezullo (embajador de Estados Unidos en Nicaragua) me había asegurado que la Guardia Nacional se mantendría intacta. Indicó que habría cambios, pero que la Guardia Nacional habría de perdurar… Dentro de la lógica desplegada por el señor Carter (presidente de Estados Unidos), quizás él y el departamento de Estado mantuvieron su palabra: La Guardia Nacional fue conservada intacta porque todos están juntos en la prisión”.

Algunos exguardias nacionales consideran que Anastasio Somoza Debayle los dejó solos, que había dicho que se iba a enmontañar. Pero Somoza Debayle escribió que los Estados Unidos, el presidente Jimmy Carter, traicionaron a la Guardia Nacional. FOTO/ CORTESÍA/ BILL GENTILE

La explicación que dieron los sandinistas a los organismos de derechos humanos fue que deteniendo a los exguardias nacionales se iban a evitar represalias y venganzas personales, ya que existía ira popular en contra de ellos y los colaboradores del régimen somocista. En su mayoría, los exguardias se sintieron traicionados por la Cruz Roja.
Entre julio y noviembre de 1979 los sandinistas se dedicaron a apresar a todo el que perteneció o haya tenido relación con la Guardia Nacional de los Somoza. Aunque muchos guardias huyeron a los países vecinos de Centroamérica, y otros murieron ya cuando había caído el régimen somocista, las cárceles sandinistas se llenaron de exguardias. Además de La Modelo, había prisioneros en otras cárceles como El Chipote (Managua), La Barranca (Estelí), Humedades (Chontales), La Perrera (Matagalpa) y Kukra Hill.

Los guardias que se habían refugiado en la Zona Franca Industrial pasaron varios días en ese lugar, pensando que iban al exilio. Incluso, algunos de ellos recuerdan que se les preguntaba a qué país querían irse. Finalmente terminaron en La Modelo.

Al principio los líderes sandinistas se mostraron condescendientes con los reos somocistas. En la edición del 9 de agosto de 1979, del diario español ABC, se publicó una imagen en la que el ministro del Interior, Tomás Borge, le ofrece cortésmente fuego al excoronel de la Guardia, Isaías Cuadra. El excoronel Cuadra era el jefe de La Modelo cuando Borge era un prisionero del régimen de Somoza.

Luego, los días en La Modelo se tornaron terribles para los exguardias. En las galerías 1 y 2 pusieron a solo soldados rasos, recuerda el exguardia Carlos Gutiérrez. En la 3 a oficiales de alto rango. Y en la 4 a los civiles. En las celdas donde en la época de los Somoza solo había un reo, ahora había entre 5 y 6 personas. En algunas celdas había un inodoro de concreto sin tanque. En otras, para que hubiese más espacio, quitaron el inodoro y solo dejaron el hoyo. Cuando alguien hacía sus necesidades, los demás solo se tapaban la nariz.

En celdas que eran para cuatro personas sacaron las camas para ganar espacio y los reos tuvieron que dormir en el suelo sobre sábanas o cartones. Fue hasta como a los cuatro años que les dieron colchones, que eran sacos Macen rellenos de aserrín.

Por comida les daban arroz con un vaso de agua. El arroz lo llevaban cocinado de afuera de la cárcel, en unos barriles de metal. Quienes comían de último solo agarraban el “chingaste” quemado. “Los presos alucinaban con la comida y hubo una desnutrición muy fuerte”, dice el exguardia Carlos Gutiérrez.

Gutiérrez recuerda que a pesar de las dificultades, hubo un espíritu de unidad entre todos los guardias. “Se compartía la logística”, dice

Ya después mejoró la comida. Eran dos servicios de comida al día, que incluían frijoles y un cuarto de tortilla, y café de maíz. Era feo el café pero ellos se lo tomaban sabroso.

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En noviembre de 1979 los sandinistas crearon los Tribunales Especiales para juzgar a todos los militares, funcionarios y empleados civiles del régimen somocista. Se les conocieron como los “Tribunales Populares Antisomocistas”.

Según el decreto 185 de 1979, estos tribunales estaban integrados por tres miembros. Uno de ellos debía ser abogado o estudiante de los dos últimos años de Derecho. Los otros dos eran un guerrillero y una madre a quien la Guardia le hubiese matado un hijo o ser querido.

De acuerdo con la información que el Gobierno de Nicaragua proporcionó en 1981 a los organismos de Derechos Humanos, estos tribunales especiales procesaron a 6,310 personas, de las cuales 4,331 fueron condenadas.
Ante estos tribunales especiales comenzaron a llegar todas las personas apresadas por tener algún vínculo con el depuesto régimen somocista, guardias incluidos.

Uno de los primeros en ser llevado fue Álvaro Alberto Niño. En su momento los sandinistas lo relacionaron principalmente con tres muertes, la de Manuel Olivares Rodríguez, la de Pedro Aráuz Palacios y la de César Amador, hijo del médico César Amador Kühl, en ese momento ministro de Salud del recién creado gobierno sandinista. De acuerdo con las acusaciones que se le hicieron, el día que mataron a Aráuz Palacios, cerca de la entrada a Tipitapa, Niño lo iba siguiendo y luego avisó de su presencia a un retén donde el guerrillero sandinista se agarró a balazos con los guardias, resultando muerto.

Al exteniente Francisco José Pizzi, entregado por la Cruz Roja al Frente el 21 de julio de 1979, se le atribuyeron asesinatos en la zona norte del país y también se le asoció con las muertes de Jorge Sinforoso Bravo y José Benito Escobar. A José Agenor Largaespada se le vinculó con la muerte del niño Luis Alfonso Velásquez Flores.

Al excapitán Orlando Hislop se le asoció con la Oficina de Seguridad Nacional (OSN) y con las muertes de cinco guerrilleros en noviembre de 1967, en Monseñor Lezcano, entre ellos Casimiro Sotelo. Hislop, nacido en Siuna, ingresó a los 15 años a la Academia Militar y, después de estudios militares fuera del país, regresó a Nicaragua en 1978 y lo nombraron comandante de Waspam, en el departamento de Zelaya, hoy Caribe Norte.

Al exmayor Enrique Munguía lo juzgaron por haber sido el jefe de la patrulla que mató al fundador del FSLN, Carlos Fonseca Amador. Al también exmayor Juan José Romero Baltodano se le achacó que, en la zona de Waslala, decidía a qué campesinos se les lanzaría al vacío desde un helicóptero.

Y al excoronel Isaías Cuadra se le calificó como un verdadero “pez gordo” somocista y como un “hombre clave” en la OSN.

El doctor César Amador Kühl observa en enero de 1980 al exagente de la OSN, Álvaro Niño, a quien se le señalaba como uno de los responsables de la muerte de un hijo del galeno, quien en ese momento era ministro de Salud del gobierno sandinista. FOTO/ CORTESÍA

A los exguardias les incomoda que hoy en día todavía se diga que se asesinó a héroes sandinistas, cuando en realidad lo que ocurrieron fueron combates con personas que andaban armadas.

El excapitán Sergio Caldera, uno de los 39 guardias que fueron los últimos en ser liberados, indica que si hay algún “héroe” que murió fue en un combate, donde en ocasiones los guerrilleros andaban mejor armados que los guardias, con fusiles FAL, por ejemplo.

La mayoría de las acusaciones contra los exguardias eran por cuatro delitos especialmente: asociación para delinquir, delitos contra el orden internacional, asesinato y asesinato atroz. De acuerdo con un informe de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), las acusaciones fueron muy generales, imprecisas y genéricas. Y algunas de ellas no tenían pruebas. Por ejemplo, se acusaba a algún exguardia de haber patrullado un barrio donde se produjeron desapariciones, pero no se aportaba una prueba de la participación directa del acusado, indica la CIDH. Inclusive, algunas acusaciones eran contradictorias.

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Para inicios de 1989 el gobierno sandinista sufría una fuerte presión internacional para que liberara a los presos políticos, aunque oficialmente no se les conoció así. Además, en ese momento la situación de Nicaragua era crítica. En febrero de 1988 el Gobierno había ejecutado la Operación Bertha, un cambio de moneda que supuestamente buscaba descapitalizar a la Contra, pero que dejó más dañada la economía de los nicaragüenses.

En marzo de ese año el Gobierno de Nicaragua promovió un indulto para liberar a todos los exguardias que estaban en las cárceles del país, aproximadamente a unos 1,900 reos. Pero algo pasó en el camino y el indulto excluyó a 39 reos. El 17 de marzo fueron liberados 1,894 personas, menos los 39 exguardias.

Carlos Tünnermann, quien era en ese entonces diputado de la Asamblea Nacional y miembro de la Comisión de Derechos Humanos y Paz, explica que la idea del gobierno sandinista era vaciar las cárceles de reos pero cuando se examinaron algunos casos se dieron cuenta de que “había algunos guardias que habían cometido crímenes atroces, que habían asesinado a personas indefensas, familias, jóvenes y que había suficientes pruebas y testimonios, que habían sido los más agresivos y los más criminales de la Guardia Nacional, la que se volvió una institución criminal en los últimos años, sobre todo en los últimos meses de la dictadura somocista”.

“No fue una decisión mía”, aclara Tünnermann, sino de la Comisión, la cual consideraba que sería un mal precedente dejar libres a esos 39 reos, sentenciados todos a 30 años de cárcel y se decidió que cumplieran la totalidad de la condena.

Tünnermann recuerda que, tras la caída de Somoza, a los guardias no les dio tiempo de destruir archivos que los comprometían a ellos mismos y por medio de esos documentos se determinó que algunos de los 39 guardias estaban relacionados con las muertes de estudiantes durante la época de Somoza.

El exteniente Sergio Caldera fue uno de los pocos de este grupo de exguardias que quiso conversar con la revista Magazine sobre este episodio de la historia de Nicaragua. Los demás que fueron buscados no quisieron hablar, entre ellos los excapitanes Orlando Hislop y Róger Vega, así como el sargento Eddy Francisco Roa. Caldera explica que cuando recibieron la noticia de que no iban a ser liberados fue un momento de mucha tristeza pero nunca supieron la verdadera causa por la que siguieron encarcelados.

La versión oficial indicaba que los 39 reos eran de alta peligrosidad y que no aceptaron ser “reeducados”, sino que por el contrario promovían protestas entre los demás reos. Caldera señala que entre el grupo había quienes habían hecho mérito para salir, incluso trabajando, pero los sandinistas lo que querían con esa “reeducación” era que los reos aceptaran su ideología o pensamiento. Además, Caldera considera que los sandinistas también querían dejar en la cárcel a un grupo simbólico para que las bases de su partido o la cúpula militar no se alarmaran con la salida de todos los exguardias.

El historiador Nicolás López Maltez, a través de su periódico La Estrella de Nicaragua, que se imprime en Miami, brindó apoyo a los 39 exguardias. López Maltez dice que los sandinistas no querían “reeducar” a los reos sino someterlos. “Los guardias llegaron a decir mátennos”, asegura López Maltez.

Lo que ocurría, según el historiador, es que entre los exguardias presos había algunos que tenían una educación muy superior a la de sus carcelarios, y citó el caso del coronel e ingeniero Silvio Mayorga Castillo, por lo que no obedecían lo que sus carcelarios querían imponerles.

Además, Mayorga —quien había estudiado en España junto al rey Juan Carlos—, era culto, amante de la literatura, orador y maestro de varias generaciones de cadetes de la Guardia Nacional.

Comparación de una imagen del excoronel GN Silvio Mayorga cuando estaba activo y luego tras 10 años de cárcel. La foto fue publicada en 1989 en el periódico La Estrella de Nicaragua. FOTO/ CORTESÍA/ NICOLÁS LÓPEZ MALTEZ

La mayoría de los exguardias presos habían tenido una buena preparación académica en escuelas de fuera del país, especialmente en México y Panamá. Se destacaba también el propio excoronel Cuadra, quien desde los años cincuenta había ido escalando en la Guardia Nacional.

Y el coronel Hugo Julián Torres Llanes, a quien para amedrentarlo lo fusilaban con balas de salva, lo declararon de alta peligrosidad, irrecuperable para el proceso revolucionario, después de haberlo sometido a la oscuridad y el silencio. Era especializado en Inteligencia y Contrainteligencia Militar.

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Los 39 reos excluidos del indulto fueron aislados en celdas con candados y sin camas. El exteniente Sergio Caldera afirma que, por la presión de los organismos internacionales, los sandinistas los trataron bien, pero estar en la cárcel siempre es un sufrimiento.

Sin embargo, la libertad estaba pronta de llegar. Inmediatamente que se supo que quedarían presos, sus familiares y exguardias ya liberados empezaron una campaña para lograr el objetivo.

Los acuerdos de paz que estableció el gobierno sandinista con la Contra y la presión internacional obligaron a que se realizaran elecciones en febrero de 1990. El presidente Daniel Ortega se comprometió a liberar a todos los presos políticos y a los 39 exguardias nacionales.

Sin embargo, también desde el lado del sandinismo hubo una campaña para que los 39 no fueran liberados. En los diarios prosandinistas comenzaron a aparecer extensos reportajes hablando sobre los crímenes que se le atribuían a los reos. “Si algo ha quedado claro a la opinión pública nacional en el proceso de indulto a los reos de la guardia somocista, ha sido la vergonzosa e infame pretensión de la derecha de exonerarlos de los crímenes cometidos al apelar por una amnistía general y al esgrimir infundados alegatos de inocencia”, publicó en uno de sus editoriales el diario Barricada, voz oficial del FSLN.

Finalmente, en enero de 1990, a pocos días de las elecciones, tras reunirse con el cardenal Miguel Obando y Bravo, el presidente Daniel Ortega anunció que pondría en libertad a todos los reos de la Contra y a los 39 exguardias nacionales.

El 29 de enero de 1990, después de salir de una reunión con el cardenal Miguel Obando y Bravo, el presidente Daniel Ortega anunció el indulto que liberaría pocos días después a los 39 exguardias nacionales que estaban presos. FOTO/ CORTESÍA

El viernes 9 de febrero de 1990 se abrieron las puertas de La Modelo para dejar salir a los 39 reos. Para ellos fue una mezcla de sentimientos. Por un lado felices de estar libres y por otro consideraban que debieron de estarlo desde mucho tiempo atrás.

“Estoy contento de poder reunirme con mi familia, con mis hijos, mi mamá. Estuve preso casi once años injustamente, porque cuando fui de la Guardia Nacional nunca le hice daño a nadie y si hay alguien que me acusa, que me llame a los juzgados y me lo demuestre”, dijo emocionado el excoronel Hugo Torres Llanes. “Es verdad que fui del SAC (Servicio Anticomunista) y que pertenecí a un ejército legalmente constituido. Además, yo no cumplía servicios donde quería, sino que recibía órdenes, por lo tanto no soy culpable de nada”, agrego Torres.

“¿Cómo voy a estar agradecido si me tuvieron preso casi once años injustamente?”, dijo a la salida de la cárcel el excapitán Orlando Hislop, cuando los periodistas le preguntaban si estaba agradecido por salir en libertad.
Casi inmediatamente que salieron de la prisión, el grupo de los 39 se fue de Nicaragua con rumbo a Guatemala. El destino final era Miami, Florida. Se fueron porque se sentían inseguros en Nicaragua, ya que sus carceleros aún eran parte del Gobierno de Nicaragua y tenían el control de las armas y el poder militar.

El Gobierno de los Estados Unidos les dio asilo político a los 39 y se hizo cargo de todos los gastos del traslado hacia ese país.

Una parte de los 39 exguardias nacionales en Guatemala, tras ser liberados y listos para recibir asilo políticos en los Estados Unidos. La mayoría de ellos aún viven en Miami, Florida. FOTO/ CORTESÍA/ NICOLÁS LÓPEZ MALTEZ

Los primeros en llegar a Miami fueron el excoronel Hugo Torres Llanes, el excoronel Silvio Mayorga, el excoronel Guadalupe Pineda y el exteniente Sergio Caldera.

De acuerdo con una nota del periódico La Estrella de Nicaragua, la directora de la Comisión Internacional de Derechos Humanos, Haydée Marín Arcia, fue la persona más destacada en gestionar el asilo político.
Hoy, la mayoría de los 39 exreos viven en Miami. Algunos han muerto, como los excoroneles Miguel Cordero, Silvio Mayorga y Hugo Torres Llanes. De los que están vivos a ninguno de ellos les gusta hablar de lo que vivieron en las cárceles sandinistas. Especialmente les molesta que se repitan las “mentiras” que se dijeron sobre ellos en los medios sandinistas de los años ochenta. La verdad solo la saben ellos.

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La lista maldita

1. Luis Alberto Abea Pérez

2. Erick Wayner Aguilar Downs

3. Francisco Rubén Almanza Jiménez

4. Domingo Napoleón Alonso Rivas

5. José Ignacio Alvarenga Ramos

6. José Ignacio Alvarenga López

7. Juan Ignacio Arias Álvarez

8. Luis Bautista Cajina Castro

9. Sergio David Caldera Avilez

10. Miguel Ángel Cordero Gómez

11. Marvin Antonio Corrales Irías

12. Isaías Cuadra Espinoza

13. Migdonio Adolfo Escobar Blandón

14. Ronaldo Espinoza Arcia

15. Denis Ramón Espinoza Martínez

16. Eduardo Flores Salazar

17. Santiago Marín González Parrales

18. José Vicente Hernández Guillén

19. Juan Hernández Velásquez

20. Orlando Felipe Hislop Mercado

21. Efraín Antonio Lanuza Rodríguez

22. José Agenor Largaespada Villavicencio

23. José Martínez Pérez

24. Luis Alberto Martínez Rojas

25. Silvio José Mayorga Castillo

26. Juan Antonio Mejía Viscay

27. Gregorio Méndez Pérez

28. José Enrique Munguía Berríos

29. Álvaro Alberto Niño Paiz

30. Guadalupe Ramón Pineda Galo

31. José Francisco Pizzi Pérez

32. Óscar Roberto Porras Medrano

33. Félix Hernán Ramírez Sánchez

34. Eddy Francisco Roa Mendoza

35. Juan José Romero Baltodano

36. Roberto de Jesús Solórzano Sandoval

37. Hugo Julián Torres Llanes

38. Carlos Alberto Vargas Solís

39. Róger Antonio Vega Morales

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Reportaje