Los últimos días de Caupolicán

Reportaje - 27.01.2008
Los últimos días de caupolicán

La fiebre era alta. La última etapa de la vida de Rubén Darío no fue fácil. Tenía frecuentes cambios de humor, dolores intensos, hasta que falleció. Luego le extrajeron el cerebro para estudiarlo y el médico se lo disputó con la viuda. La vida de este genio parece una novela

Octavio Enríquez

León Santiago de los Caballeros. Vayamos a 1916. Empezaba a amanecer y ella dio la orden. Los oficiales, bajo el mando de aquella mujer por disposición de la Presidencia de la República, recibieron quizás la resolución menos esperada.

Al hombre que la viuda, Rosario Murillo, mandaba apresar era el doctor Luis H. Debayle, caballero leonés, médico afamado en Centroamérica, pero lo más importante: doctor de Rubén Darío.

La madrugada del 8 de febrero de 1916, Debayle había llegado a la casa donde se hospedaba Darío. Era una casa enorme, de varios corredores, tejas y aleros, colonial como la que más.

Y esa madrugada el sabio, como llamaban con profundo respeto al cirujano, había extraído en una operación de varias horas el cerebro de su difunto paciente. Había llegado con él su colega Escolástico Lara, el otro médico de cabecera que había tratado al panida en sus últimos días, y cuatro ayudantes que rápidamente se vistieron de gabachas blancas para hacer mérito al aseo y a la ceremonia, más que una operación cualquiera, en la que estaban a punto de participar.

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“Aquí está el depósito sagrado”, dijo Debayle cuando lo tuvo entre sus manos, minutos antes que lo entregara al cuñado de Darío, Andrés Murillo; horas antes que el médico huyera con el cerebro en un frasco y antes que Rosario, la viuda, despierta por el escándalo, lo hiciera capturar.

Por solicitud de Debayle llegaron incluso a la dirección de la Policía, donde el jefe se vio obligado, por las circunstancias, a telefonear directamente al Presidente de la nación.

"Regréselo a la viuda", ordenó aquel sin pensarlo.

En esos días a Darío no sólo le extraerían el cerebro, sino que le sacarían las visceras para ser enterradas en el cementerio de Guadalupe, a la salida de la ciudad, junto a la tumba de la mujer que lo crió como su hijo: la tía Bernarda Sarmiento.

El objetivo era evitar que el cadáver se corrompiera durante el homenaje que el país le empezó a tributar y que duró seis días, hasta que lo enterraron bajo la columna de San Pablo de la Catedral, el santo y seña religioso de la ciudad.

92 años después, un tráfico de escasos vehículos y uno que otro animal pasa en lo que podría ser una mañana cualquiera en el barrio San Juan de León. La casa donde extrajeron el cerebro es muy distinta a la de aquellos años, pero conserva esa fachada colonial, amén de una placa que recuerda que en ese lugar murió el poeta. ¿Sorpresa? "Hace unos días —explica la dueña— se habían robado la placa y la recuperamos, por eso ven como que la acabamos de pegar".

No produce tanta sorpresa, tomando en cuenta que hace años alguien se había robado la fe de bautismo de Darío y arrepentido la había hecho aparecer, pero la dueña se queja de la falta de atención, que toda la información sólo ha quedado en el museo archivo, que es la casa donde el genio, siendo un niño, era sentado en las piernas de su tía abuela, escuchando a políticos liberales, y donde aprendió a leer cuando apenas tenía tres años.

"A mí mis amigos lo que me dicen es que tal vez estando aquí (el lugar donde murió) se les pasa la sapiencia”, bromea Xiomara Jiménez, dentista de la ciudad y dueña del inmueble. Se ha atrasado para llegar a su trabajo localizado a unos metros de esta casa color rosa vieja, que ella y su esposo han venido reformando.

Un día antes de la visita, un oficinista, abogado del Ministerio del Trabajo, recibió una llamada. No es cualquiera este hombre de 65 años. Rubén Darío Salgado es nieto del poeta y aceptó recorrer los lugares que marcaron los últimos días de su abuelo, 92 años después del fallecimiento.

“Pueta, los pueblos me gustan más que Managua, en León uno puede andar seguro por las calles sin temor a que te roben, yo viví allá como ocho años”, cuenta este hombre parecido al abuelo, frente' grande, entradas amplias, pero chele, y ojos azules que fijará en la placa sarrosa en la que se avisa que allí murió su abuelo.

Xiomara Jiménez lo recibirá. Le mostrará la sala, desde donde se ve una pared cubierta de musgo y un jardín, bajo la protección de la Sagrada Familia en un cuadro repujado en el centro, y repetirá que allí murió Rubén Darío y habrá que agregar que fue allí donde la madrugada del día siguiente un grupo de médicos le empezó a abrir la cabeza. Pero antes de eso volvamos a 1916. El poeta está convaleciente.

***

Rubén, de 49 años, está en una cama, duerme gracias a calmantes y de repente grita. Francisca Zapata, hermana de Darío, acude donde el enfermo que lleva ya seis meses abatido desde que salió de Guatemala.

—Qué horror mi cuerpo destrozado —se queja.

—¿Qué te pasa, qué sientes, Rubén? —pregunta ella

—Que he visto como descuartizaban mi cuerpo y que se disputaban mis visceras. Sí, sí, así como lo oyen, se disputaban mis visceras.

Las señoras tratan de calmarlo, diciéndole que es una pesadilla. Así lo cuenta el profesor Edelberto Torres, autor de la biografía más completa que se ha escrito de Darío.

Pero lo más seguro es que lo hayan tomado como un delirio más. Convaleciente le pasaba de todo. Tenía fiebre y miraba muertos.

Muertos malos. "Procura que no vuelva a entrar en mi cuarto el viejo que acaba de salir. Un viejo airado y calvo, de ojos brillantes que ha estado sentado a la orilla de mi cama. Me agravia, me hace daño su gesto".

Y muertos buenos: "Acabo de ver una hermosa persona, apuesta y noble. ¡Qué semblante! ¡Qué dulzura de alma! Vino a visitarme. Entró con precaución para que no despertara. Es tía Bernarda, la que he reconocido como madre gentil y buena. ¡Qué suavidad inefable viene de ella! Bien, tres bien, ma cheñe (muy bien mi cherie)".

Estos días de convalecencia han sido duros. El poeta ha sido un hombre de carácter variable, según el libro escrito por su amigo, Francisco Huezo, que lo fue a visitar desde diciembre de 1915 y contó la historia de los últimos días de Rubén Darío.

Ahí se lee un Darío colérico por ejemplo. Molesto porque el Gobierno no le ha pagado los sueldos atrasados, que llama a Huezo y a los amigos en común de ambos nacatamaleros, cuando el periodista lo felicita por recibir 200 dólares que le envía el Gobierno. El poeta estalla.

"Para ti —le dijo al periodista—, para Manuel Maldonado, para Santiago Argüello, para Luis Debayle, para todos los que viven en la Papoasia, esa suma puede ser suficiente, pero has de saber que yo no soy nacatamalero como ustedes. Yo soy Rubén Darío y la cosa cambia de aspecto. Esa cantidad es insuficiente y no la acepto".

Es también el Darío que todos quieren, el que viste muy bien y usa anteojos con marco de oro, al que el Gobierno lo mandó a dejar a León cuando buscaba ayuda médica para enfrentar la cirrosis; al que su esposa le hornea unos pasteles que al final compara con los manjares de París, pese a que el periodista le dirá que estos no están tan mal, que están sabrosos.

MAGAZINE/LA PRENSA/CORTESÍA/ MUSEO ARCHIVO RUBÉN DARÍO
1916. Los honores al Príncipe de las Letras Castellanas duraron seis días. El cadáver de Rubén Darío fue despedido por multitudes en una ceremonia en la que la guardia de honor le dio un toque de respeto al hombre que con su pluma le dio fama a Nicaragua.
MAGAZINE/LA PRENSA/CORTESÍA/ MUSEO ARCHIVO RUBÉN DARÍO

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Rubén Benito Darío Salgado, de 65 años, vivió durante muchos años en la panadería de Los Salgado, en León. Ha regresado a la ciudad donde se crió, en la que la Iglesia le rindió honores de príncipe a su abuelo.

"Mi sendero elijo/I mis ansias rijo/por el crucifijo", se recordarán los versos del poeta, minutos después que el sacerdote Félix Pereira lo confiesa. Después llegará el Arzobispo Simeón Pereira y Castellón en persona a inicios de febrero de 1916, y lo hará seguido de un séquito de sacerdotes, de los seminaristas del colegio San Ramón, que se arrodillarán delante del hombre lánguido después de recorrer a pie el trayecto desde la iglesia La Recolección hasta la casa del enfermo.

Aquello fue una procesión. "Todo un cuadro solemne, majestuoso, como cuando Lope de Vega o Calderón de la Barca", escribiría Huezo.

92 años después en una mañana radiante el nieto de Rubén Darío entra a la Catedral, donde su abuelo fue enterrado el 13 de febrero después de un funeral al que más de 15 mil personas llegaron. Se arrodilla, reza y sigue derecho de la tumba de su famoso pariente. Al fondo hay otro familiar, una mujer de apellido Salgado, pero de ella no quiere hablar.

Después de rezar, de ver la tumba con el León de piedra que llora la muerte del vate, sale y desde allí mira la plaza donde revolotean palomas a esta hora que las campanas del edificio religioso se han dejado oír. Lo que ocurre cada 15 minutos.

A un lado la Alcaldía, en el otro extremo el Palacio Episcopal, y Rubén Darío Salgado viendo desde aquí, señalando la estatua de Máximo Jerez —de espaldas a la iglesia, hace la observación— y recuerda que allí había un muro que rodeaba al parque, y se acuerda de los tiempos cuando era estudiante, esos en que los muchachos y las muchachas caminaban separados en el parque, avistándose y pasándose luego papelitos.

"El pueta —dice— nunca olvidó lo nicaragüense. Mi abuela siempre lo ha dicho y lo mantuvo durante toda la vida. Que los amigos de Rubén, de Nicaragua, cuando visitaban Europa y lo visitaban a él le llevaban frijoles rojos, y bueno pienso yo que Rubén enseñó cómo hacer los frijoles a Francisca Sánchez del Pozo (la abuela)", cuenta montado en sus recuerdos.

Cuando murió Rubén Darío, este hombre no había nacido. Su padre, Rubén Darío Sánchez conocido como Güicho era un niño.

"A veces uno piensa que estos hombres que son famosos —dice él— que están muy arriba están desvinculados de lo suyo, de su educación, de lo que fue su entorno, pero no es así. Otra cosa que siempre caracterizó a mi abuelo es que andaba bien acicalado".

***

La última operación de Darío es noticia en el diario nicaragüense El Comercio. Juan B. Prado escribe: "La enfermedad del poeta llegó a su grado máximo a contar de hace cinco o seis días, en que le hicieron la fatal punción del hígado".

Con ésta, a Darío le habían hecho dos operaciones en la casa del barrio San Juan, en una sala improvisada, forrada con tela blanca para evitar que el polvo de la calle le provoque una infección. No hay respuesta. Los dolores continúan.

Después de recibir los auxilios de la Iglesia –nana Huezo–, Darío hace su testamento y nombra su heredero a Rubén Darío Sánchez, el padre del actual oficinista del Ministerio del Trabajo.

En las calles ya se comienza a rumorar que el poeta está mal. La gente se llama entre sí, preguntando por la salud de un hombre que le ha dado fama a Nicaragua y al que prácticamente la ciudad ha adorado. "Sus victorias eran victorias de la Patria. Sus penas también ella las compartía", escribió Huezo.

El siete de febrero un movimiento de personas en la casa anunció todo. La agonía empezó a las nueve de la noche. A esa ahora se escapaba del enfermo un silbante continuo y seco. A la orilla del catre, del que 92 años después su nieto se niega a ver porque le causa dolor, está la viuda. Llora la "Garza Morena". Reza. Agarra una esponjita blanca y le humedece los labios al artista.

Las campanas de la ciudad dan el toque de los agonizantes. El cielo está diáfano, se ven las estrellas y sopla una brisa. Una estrella está por aparecer. La ciudad está triste.

Junto a Darío están Santiago Argüello y otros amigos, además de Andrés Murillo, su cuñado. El enfermo se estremece. Está envuelto en unas sábanas blancas. Inconsciente. En la cama se ve un Cristo de Plata. Sobre el pecho tiene otro que le regaló Amado Nervo.

El joven Alejandro Torrealba para su reloj a las diez y 15 minutos de la noche. Para entonces las campanas de Catedral y La Merced dan toques tristes. Lloran los amigos. Llora la esposa. Minutos después en la fortaleza de Acosasco se disparaban 21 cañonazos anunciando lo peor. El cuerpo está en el catre que se conserva en estos días en un museo en honor al poeta en la ciudad, pero volvamos al presente. El nieto de Rubén Darío ingresa al museo y allí está el catre donde yació su abuelo.

"No quiero fotos allí pueta. Por favor no. Es un lugar muy triste para mí", pide. La cara de Darío Salgado es de desesperación. En todos lados está la imagen del panida. Allá, la foto con la cabeza reposada en una almohada antes de morir y el nieto, el oficinista del Ministerio del Trabajo que decidió no ser poeta porque el rasero del pariente era demasiado grande, sale rápido.

Camina por la calle hacia el sur por donde hace 92 años pasó una multitud para girar a la siguiente cuadra a la izquierda y buscar la Catedral.

Rubén Benito Darío Salgado pasará cerca de la casa del fallecido Agustín Prío, a la par del antiguo Teatro González, recordará cuando pagaba 25 centavos para entrar al cine y allí estará nuevamente en la Catedral el león triste, con una mueca de dolor como para demostrar que, cuando pasan cosas así, hasta las piedras lloran.

Después de la autopsia, Huezo cuenta que Darío fue vestido de levita y guantes negros y estuvo en la capilla ardiente en la casa mortuoria. "El veneno de la formalina lo hizo cambiar de color. De blanco mate tomó un tinte pálido de cera. Veíasele apergaminada y rugosa la piel del rostro".

Algunos testimonios, documentados en el Museo Rubén Darío dicen que el cerebro fue enterrado en el mismo sitio donde descansa uno de los poetas más laureados del mundo y se ve en las fotos cómo el ataúd sin cerrar fue conducido entre una muchedumbre que lloraba su muerte. El siete de febrero de 1916 la aurora le dijo basta a este Caupolicán.

Como él mismo escribió: "Es algo formidable que vio la vieja raza;/robusto tronco de árbol al hombro de un campeón/salvaje y aguerrido, cuya fornida maza/blandiera el brazo de Hércules, o el brazo de Sansón...".

¿Dónde están las vísceras?

El cementerio de Guadalupe en León es enorme. Varios jóvenes esperan en la entrada y rápidamente, como suele pasar en otras partes del país, ofrecen sus servicios al recién legado. Ellos ofrecen pintar las tumbas, limpiar el monte que crece y aumenta la sensación de olvido. Pero esta vez nadie puede dar respuesta.

¿Dónde está la tumba de Bernarda Sarmiento (fallecida el 2 de noviembre de 1911)?, pregunta Miguel Martínez Buitrago, del Museo Rubén Darío.

Y Martín Rodríguez, de 24 años, uno de los que limpian las tumbas, lo llevará a una parte del cementerio donde están las cribas más viejas. Hallan una. En una parte del cementerio que llaman La Huesera.

Está muy vieja para que se compruebe que es Bernarda. Se lee más bien Cándida Sarmiento. Un espacio indescifrable en el centro. Nada más. ¿Será una pariente? ¿Será ella y, si esi así, estarán al lado de esta tumba las vísceras del genio? La administración del Cementerio no tiene una respuesta. En su registro empezaron a anotar a los muertos desde 1930.

Rubén Darío Salgado mira la tumba de su abuelo en la Catedral de León. Tiene 65 años, tiene dos hijas y no es poeta. Trabaja de oficinista en el Ministerio del Trabajo.

En la familia

En la casa de la familia de Rubén Darío Salgado, cerca de los semáforos del Colonial en Managua, se habla del abuelo. Son conversaciones familiares como las que sostuvo con su abuela en más de una ocasión.

"Hay varias leyendas sobre mi abuelo, una es que escribía ebrio. Eso no es cierto. Es puro trabajo pueta. Puro trabajo. Nosotros a veces hablábamos de los libros y corregíamos algunas cosas que se decían y no eran verdad", sostiene.

Hasta hace algunos años, a él le quedaban de su abuelo un bastón, un crucifijo de oro y brillantes, un broche que la municipalidad de León le entregó al panida en 1907 y un reloj Omega de oro detenido a las ocho y 35 minutos.

Darío Salgado es afable. Preguntón y domina el nombre de laureados autores como Truman Capote y Oriana Fallaci. Así se lo dejó entrever al periodista Fabián Medina, que le hizo una entrevista en 1993. A Darío Salgado le encanta escuchar radio. A veces pasa noches en vela deleitándose con programas. En la mañana escucha a Edgard Tijerino y a veces se toma el tiempo de llamarlo. Este nieto del famoso poeta tiene dos hermanos, procreó dos hijas y ha sido hombre de una sola mujer, a diferencia de su famoso pariente.

Según Medina, había hasta 1993 otro Rubén Darío nieto que vivía entonces en Diriamba. Era descendiente de la primera esposa del poeta: Estela Contreras.

El vate procreó con ella un hijo llamado Rubén Darío Contreras y este a la vez se casó con una señora de apellido Basualdo y de allí viene este otro nieto de Darío. Este descendiente es conocido por karateca.

MAGAZINE/LA PRENSA/CORTESÍA/ FAMILIA DE DARÍO
Rubén Darío Sánchez, conocido como Güicho, es el padre del actual oficinista del Ministerio del Trabajo. MAGAZINE/LA PRENSA/CORTESÍA/ FAMILIA DE DARÍO

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