Roberto Rivas, el Magistrado de “dolce vita”

Perfil, Reportaje - 25.01.2009
Roberto Rivas, Magazine

Esta es la vida de un personaje que de niño tuvo una vida modesta, fue un estudiante mediocre, y hoy vive en mansiones, viaja en avión privado y contrata chefs franceses

Octavio Enríquez
Fotos de Germán Miranda y Orlando Valenzuela

En residencial Villa Real, en San José, Costa Rica, viven los más ricos de los ricos. Con un clima que se agradece —22 grados centígrados como máximo en enero- se disfruta de abundante vegetación, canchas de tenis, piscinas y una seguridad privada que no permite que nadie, ajeno al condominio, entre allí.

Lo único que se escucha desde la cima es el trinar de los pájaros y la vista es exquisita. Desde la cumbre se puede mirar el mar, dibujado entre montañas, nubes y las brumas de San José en este sitio que un folleto de la administración describe así: “Villa Real puede compararse con las mejores urbanizaciones del mundo, como lo son Beverly Hills, San Francisco, Acapulco y Vancouver, construidas entre montañas rocosas y tierra firme”.

Esa montaña está llena de mansiones cuyo precio en el mercado oscila entre 980 mil y tres millones
de dólares. Y allí, en aquella montaña rocosa inventada para el placer, está la casa de un nicaragüense.

Roberto Rivas Reyes, presidente del Consejo Supremo Electoral (CSE), es uno de los personajes de
quienes más se ha hablado en los últimos meses. Señalado de ser el principal artífice del fraude electoral el año pasado, lleva una vida discreta en el país, aunque no por eso ostentosa como hace en Costa Rica en esta zona flanqueada por negocios, supermercados y donde hasta agencias de Ferraris y Maserati se han instalado a la caza de personajes que puedan pagarse alguno de sus costosos vehículos.

El año pasado el representante de Naciones Unidas para el Desarrollo en Nicaragua, Alfredo Missair, hizo un llamado urgente para que se hiciera algo para que el país no fuera más pobre. En esa condición vive al menos el 47 por ciento de la población de 5.1 millones de habitantes de acuerdo con las estadísticas.

Pero pobres no son todos en Nicaragua y a algunos no les van tan mal con su salario. Rivas gana cinco mil dólares y viaja con frecuencia al exterior. El año pasado se desplazó cinco veces a Costa Rica según una investigación de La Prensa, en la que dijo que se trataba de su vida privada.

No se fue en un avión comercial, sino en uno privado, un lujo que en el país se permiten algunos ricos, pero en el caso de los políticos, sólo él y el Presidente de la República, Daniel Ortega, su amigo.

Rivas, de 55 años, es el hijo mayor de Josefa Reyes Valenzuela, secretaria del cardenal Miguel Obando desde inicios de los setenta cuando repentinamente nombraron al religioso en el cargo de Arzobispo de Managua, un puesto que ejercería durante 35 años continuos y una bendición, cómo se verá, para su amigo.

Antes del fraude electoral, que ha catapultado la figura de Rivas —siempre de saco, rojizo, barbado
y finamente vestido- la historia en el país registraba el mayor robo electoral en 1947, bajo el mando de los Somoza. La influyente revista Economist tituló hace unos meses “cómo robar una elección”, refiriéndose al caso de Nicaragua.

El presidente del Tribunal Electoral en 1947 se llamaba Modesto Salmerón. El padre Federico Argüello recuerda que siempre ese personaje fumándose un habano instó a la gente a votar. “Voten, voten, que luego cuento yo”, decía. Quienes conocen a Rivas aseguran que es más bien tímido. La madrugada del 10 de noviembre de 2008 otorgó al Frente Sandinista 105 alcaldías, incluyendo la de Managua, al partido de Daniel Ortega, lo que no era ya una sorpresa para los liberales con quien Rivas estuvo en un tiempo y de cuya alianza emigró.

Foto de Germán Miranda y Orlando valenzuela

Villa Real es una estancia que comparan con Beverly Hills en Costa Rica. Anclada en una montaña los residentes gozan de la naturaleza y de otras comodidades como piscina y canchas de tenis. A la derecha, está Ranchería, la vieja, en Matagalpa, hecha ahora una ruina.

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En Matagalpa, un poblado cafetalero del país ubicado a 132 kilómetros al norte de Managua, se encuentra la raíz del magistrado.

La familia del funcionario la formaron Josefa Reyes y Roberto Rivas Haslam, un topógrafo del distrito nacional que viajaba con frecuencia a Managua mientras ella se acogía a su trabajo a la par del Cardenal. Al padre le gustaba la música, tocaba guitarra y le gustaban los boleros.

El nivel de vida de la familia fue modesta. Habitaban una casona colonial frente al parque central, en la esquina opuesta donde ahora está la Policía.

“Nosotros nunca hemos sido ricos-ricos, pero tampoco no has faltado un tiempo de comida”, sostiene Rigoberto Reyes Herrera, de 66 años y primo hermano del presidente del CSE.

“Tenía mis libros de Samuelson y cuestiones de contabilidad y otras cosas, todos esos textos se los di a Roberto para que fuera a hacer sus estudios en la universidad”, dice Reyes Herrera.

La anécdota no es de gratis, sino que refleja lo bien que se llevaban como familia, lo cordial que había sido esa relación fortalecida por la cercanía de Josefa Reyes, a quienes los Reyes Herrera querían como una hermana.

Mientras la familia de Rigoberto vivió en Costa Rica mantuvieron contacto, pero la relación se rompió cuando Rivas cobró una indemnización y no les dio ni un córdoba por la vieja propiedad Ranchería del General Rigoberto Reyes, terrateniente, abuelo de ambos, que combatió a Sandino en la montaña y tuvo el gesto de rendir honores a la esposa de éste cuando murió.

La finca emblema era Ranchería, de la que hoy quedan sólo ruinas. Rivas cobró 11 millones de córdobas, no quiso volver a ver a los primos. “Se aprovechó de poderes que tenía de nosotros, que los tenía la tía Chepita”. Rigoberto se exalta. Rigoberto vive en una finca en Muy Muy, plantada con árboles de maderas preciosas, a la que se llega después de un largo camino que pasa por una colina y un camino donde se ven caballos viejos y allá, cuando se llega, se le avista sentado en una mecedora, de short y tirantes, anteojos grandes y una voz de trueno. Fuma. Se siente el humo de la pipa.

Josefa Reyes Valenzuela trabajó en el Colegio San Luis. Roberto Rivas era un tipo normal, no conocía de milagros, pero iba a misa cada vez que se lo requerían en ese mismo colegio donde estudió la mayor parte de la secundaria. Color de iglesiero no tenía.

El Colegio San Luis tiene esas fachadas de las viejas administraciones españolas: un balconcito, varias ventanas y se lee la fecha cuando lo construyeron: 1915. Actualmente está en remodelación y se ubica frente a la Catedral.

No hay mucho que decir de ese pasado según sus amigos. El médico Oscar Maradiaga y el cafetalero
José Eger Montenegro aseguran que no llamaba la atención. Que, congruentes con su pasividad, el
apodo más alborotado que alguien se le podía ocurrir era decirle “El Chino”.

“Era tímido y sigue demostrando su timidez. Eso se ve en las previsiones que toma y el viaje a Costa
Rica. Esa es una manifestación de miedo”, explica su pariente.

“Era buena gente, una alma de Dios, muy amistoso, abierto. Hombre de una mujer. Nosotros sí teníamos varias novias”, dice en risotadas Eger, camiseta negra, alto, barbado, al entrar al consultorio de Maradiaga, ubicado en el centro de Matagalpa, en una mañana de recuerdos que hace que los dos se suelten en carcajadas a cada momento.

Muchas cosas vivieron el par de amigos. Más de una vez se emborracharon, cuántas veces no hablaron, pero lo concreto es que formaban un grupo que contaba chistes y eran enamorados. Rivas nunca hizo parte de esas andanzas, porque era tranquilo, hombre de una sola dama: Ileana Delgado Lacayo, con quien se casó y procreó cuatro hijos: Josephine, Stefanía, Indira y Roberto Miguel, cuyos rastros se pueden seguir en Costa Rica.

“Sólo le conocí de novia a una de las hijas del doctor (Rigoberto) Delgado (fue representante del
Ministerio Público), Ileana. Era bastante estable con ella. Nosotros bailábamos rock and roll, boleros y salsa. Nada del otro mundo. Me parece que una vez lo vi bailar”, se acuerda Maradiaga.

Según los registros académicos el magistrado electoral fue un estudiante mediocre. Pésimo en matemáticas. En el colegio logró cursar hasta cuarto año de secundaria en 1970, el año en que Obando fue nombrado Arzobispo de Managua y sus amigos suponen que lo trajo a la capital.

Ese último año reprobó y tuvo que aprobar en reparaciones Matemática, Sociología y Física, mientras el resto de asignaturas las pasaba “con el ombligo chimado”, como se decía en la época a las calificaciones que por poco superaban el mínimo establecido en la época: 7.51. En Matemáticas, por ejemplo, obtuvo 7.31 de acuerdo con un certificado de notas en poder de Magazine.

Rivas estudió Administración de Empresas, luego se fue a Estados Unidos a hacer un postgrado y allá fundó una empresa de pisos con uno de sus amigos (de apellido Ubilla), pero pronto el fracaso llegó porque ninguno de los dos tenía experiencia en construcción.

1969. Roberto Rivas era flaco y bien portado. Sus amigos lo recuerdan con una vida modesta.

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Quizás fue ese su único fracaso, porque el magistrado ha sido afortunado: malo en matemáticas, pero no por eso un hombre sin éxito. La suerte le vino de la mano de un viejo conocido. Tendría 15 años quizás cuando conoció al cardenal Miguel Obando, entonces Obispo de Matagalpa y desde entonces se convirtió en su sombra. Antes de ser nombrado oficialmente el 4 de febrero de 2000 como presidente del CSE, estuvo durante 19 años como director ejecutivo de la Comisión de Promoción Social Arquidiocesana (Coprosa), el organismo no gubernamental de la Iglesia católica que bajo la administración de Rivas y representado por Obando metió casi 50 vehículos de lujo sin pagar impuestos. En un periódico incluso se mostraron documentos donde Rivas vendía uno de ellos a terceras personas.

Coprosa no sólo le sirvió de autolote. Allí conoció a Bertha de la Peña Sánchez, su directora administrativa, de origen costarricense y uno de los personajes claves de los movimientos del magistrado en aquel país.

Pese a las denuncias públicas, Obando nunca dijo nada sobre el magistrado. Quizás Harold, hermano de Rivas y embajador en Costa Rica, ya dio la explicación hace meses al suplemento Domingo:

“El Cardenal es un hombre de familia. Vivió mucho tiempo en El Salvador y cuando vino nombrado Obispo Auxiliar (a Matagalpa), tuvimos la dicha de que nos escogió como su familia. O sea, él no es
pariente nuestro pero te podría decir que nos ha considerado su familia. Por eso me molesta cuando ponen esos comentarios en los artículos de los periódicos de que fulano de tal es hijo del Cardenal. ¡Eso es una grosería! ¡Son barbaridades! Yo al Cardenal le tengo un gran respeto y admiración”, dijo.

Harold Rivas, además de ser un buen hijo es también un excelente hermano, el encargado de garantizarle toda la logística en el vecino país a su hermano, informan diversas fuentes. “Definitivamente supo aprovechar la influencia del Cardenal”, añade el primo Rigoberto.

La amistad con Obando los ha llevado a pasar muchas peripecias juntos. Ambos negociaron la liberación de los rehenes después de la toma de la casa del ministro somocista José María Castillo en 1974, uno de los golpes espectaculares del Frente Sandinista a la dictadura y el 18 de julio de 1979, con el último Somoza en Miami, el Cardenal y su amigo (Roberto Rivas) escaparon de morir ametrallados después que atacaron un helicóptero en el que ellos viajaban juntos, según relató monseñor Bismarck Carballo hace algunos años a Magazine.

La vida de los Rivas circulan en Internet. En esta imagen de Roberto Miguel, hijo del magistrado, se le ve en una avioneta privada. La información fue verificada por varias fuentes.

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En San José la vida es más sabrosa. La mansión de Rivas es blanca. Para entrar a ese mundillo especial en que vive hicimos un recorrido con la empresa de bienes raíces, donde cuentan la historia del complejo y ante todo dejan claro que uno de los principios del negocio es garantizar la tranquilidad de los inquilinos. Por eso se ven celosos guardianes recorriendo en moto todos los recintos, cuidando que no se metan molestos investigadores tras una pista.

El frontal de la mansión del nicaragüense tiene cuatro columnas, un estilo británico de épocas idas
combinada con algo moderno. Se ven cuatro vehículos de lujo aparcados enfrente porque en la cochera no alcanzan todos. Blancas las columnas y blanco hueso el resto de aquel frontal lleno de ventanas. En Matagalpa, nadie recuerda que anduviera un carro.

Frente a su residencial se ven dos palmeras, una fuente con un borbollón de agua en la casa número lO p-3 de esta residencial, anclada en el distrito de San José llamado Pozos de Santa Ana, al oeste del centro de la capital. Son datos del registro nacional, a los que tuvimos acceso.

La casa pertenece a una sociedad que preside el magistrado. Esa sociedad la formaron sus hijos y esposa y los teléfonos están a nombre de la hermana de su eterna asistente, Bertha de la Peña Sánchez, quien participó de los manejos administrativos de Rivas en Coprosa.

Desde las mansiones de residencial Villa Real se ven las flores. Se multiplican. Y los árboles, un
tupido bosque limitado en parte por las calles adoquinadas donde los guardias se pasean en sus motos.

La residencial forma parte de “otro país”, como describe el embajador costarricense Rodrigo Carreras, una zona a la que se llega a través de pistas flanqueadas de negocios, supermercados, donde hay agencias de Ferraris y donde las compañías tienen como meta vender 18 en el año.

El complejo tiene 100 hectáreas de puro bosque. “Siempre bromeo que nos piden visa a los de Coronado para entrar”, dice Carreras.

Dentro de la residencial, a la par de los caminitos, entre el bosque y las calles adoquinadas, se erigen las mansiones. Todos lo saben. Fachadas bien acabadas con materiales de primera en cerámica española, diseños ingleses, maderas preciosas y granito, canchas de tenis y piscinas privadas en la casa de diversión que sin mucha imaginación los dueños han llamado Casa Club. Todos lo saben pero nadie, excepto el dueño y sus invitados, puede entrar allí. Nadie puede.

Dos guardias al menos se ubican en la entrada. Cuatro cámaras de vídeo detrás de ellos, como su
sombra y luego la montaña donde a alguien se le ocurrió construir este complejo tan fino que las mansiones cuestan un millón de dólares en promedio.

Foto de Germán Miranda y Orlando valenzuela
Primero estuvo con Arnoldo Alemán y luego con Daniel Ortega, pero siempre ha sido cercano colaborador del cardenal Miguel Obando, que considera a los Rivas su familia.

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El caballero, vestido de camisa blanca y azulón, delgado y chele, es la antítesis en cuanto a peso de Rivas, un gordo de al menos 300 libras.

El caballero luce nervioso, le suda la frente y dice que le trabajó durante años al magistrado en Costa Rica. Se sienta en un cafetín en San José y es la única persona en el lugar, además de un chino que bajo una luz tenue se acuesta perezoso en otro sitio.

Según este antiguo trabajador, en la residencia de Rivas laboran 15 empleados bien pagados. La residencia es bien amplia: tiene ocho habitaciones, dos alcobas donde reciben a los huéspedes. Los trabajadores duermen supuestamente en camarotes, lejos de los cuartos de los dueños. Todos son obligados a ponerse guantes blancos porque el magistrado, al igual que el millonario Howard Hughes, tiene una obsesión por la limpieza. “Aún el del jardín, debe usar guantes aunque se ensucien. Así lo exige él”, asegura el ex trabajador.

Hay dos personas encargadas de cuidar a dos perras, una akita y otra labrador. Una se llama Raiza María y Raina María, tiernos animales. “Sé que diario se comen un kilo de queso, además de la comida que les dan”, revela.

Las perras duermen además en camas y son acompañadas aparentemente por los empleados que deben ser corteses con ellas. “Ni quiera Dios que los llame perros o les haga algo”, dice. El testigo frunce el seño, pero aún no termina de contar que una de las visitas frecuentes en la mansión 10 p-3 de residencial Villa Real es un veterinario. Su misión: sedar a los animales para lavarle después los dientes. La dentadura de los canes debe lucir perfecta.

Rivas tiene un chef que le cocina. “Es de nacionalidad francesa”, asegura José Ramón Gutiérrez, un
nicaragüense radicado en Costa Rica desde hace años que se ha hecho conocido en San José luego
que, valiéndose de fuentes, denunció la vida de ostentación del presidente del CSE.

Muchas cosas ha contado en los diarios como una supuesta relación entre Rivas y los hijos del presidente Ortega, a quienes el personaje cuida en Costa Rica y les suministra logística para movilizarse cuando la universidad inicia su año lectivo, porque allá estudian. Maurice Ortega Murillo es uno de ellos y tiene 24 entradas y salidas al país registradas durante 2007 de acuerdo con datos de Migración de Costa Rica.

“Siento desprecio. Una vez un mesero me llamó y me dijo que Rivas andaba en un restaurante
acompañado de diez personas y la cuenta salió en dos mil dólares. Andaba derrochando el dinero de los nicaragüenses, dejando propinas que fácilmente alcanzaban los 200 dólares”, lamenta José Ramón Gutiérrez.

“Ellos gozan de la democracia en Costa Rica que nos han negado a los nicaragüenses”, dice el antiguo Embajador de Nicaragua en ese país, Mauricio Díaz, quien revela que antes de los viajes en avión había incomodidad en la Cancillería costarricense que debía aprobarle una gran cantidad de armas para que un equipo de especialistas garantizará la seguridad del funcionario nicaragüense.

“Si un diplomático quiere llevar una escolta, hay una fórmula especial. Hay que poner los nombres,
tipo de armamento, normalmente se limita. No sé cuánto más querría. Sé que tiene dos. Eso es lo autorizado. No sé si estará a nombre de él, probablemente a nombre de la Embajada. Eso me lo han contado. Siempre hay un límite. No se puede llegar con un pelotón”, confirma el embajador costarricense Rodrigo Carreras, quien actualmente no está en funciones y se dedica enteramente a su labor universitaria.

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En Managua la vida no podía ser distinta. Rivas no merece vivir bien allá y mal aquí, entre pobres. En una de sus tantas reelecciones como presidente —lleva ya nueve años en el puesto- un técnico del CSE conoció su mansión en el kilómetro 16 y medio Carretera a Masaya. Miró las vajillas de 150 piezas finas traídas de China, los cuadros originales colgados en las paredes pintados por el colombiano Fernando Botero y por Picasso, probó la buena comida, y miró a los empleados finamente vestidos con guantes blancos sirviendo al cuestionado magistrado electoral, que se ha mudado poco a poco a Costa Rica.

Habia 40 meseros atendiendo a la gente. El gusto por la buena comida sabe a pasado. Quizás lo heredó de las grandes comilonas que hacia el general Reyes en Matagalpa, siempre frecuentadas por políticos.

“Cuando cumplía años, los 4 de enero, con mi abuelo se reunían 400 parientes inmediatos y los políticos le llevaban música, orquestas y tríos. Era una fiesta muy agradable. Robertito siempre estuvo allí, le gustan los asados y esas cosas, tal vez en su vida le vienen estos recuerdos”, dice Rigoberto Reyes sobre el personaje de ahora, “que tiene el gusto por mucho dinero, algo que desarrolló ya mayor, porque se fue a hacer un postgrado a Estados Unidos”.

—¿En qué momento empiezan a notar que su primo es millonario? —le pregunto.

—Cuando comienza a comprar cosas. Tiene una propiedad que aquí le produce 6 mil 500 quintales
de café oro en Buena Vista (San Ramón, Matagalpa). Mi hermana la administra. Tiene una isla en
Granada, me han contado, siempre la debe de tener y la casa famosa de la disputa de la Linde (ubicada en Carretera a Masaya) y la casa en Costa Rica. Tiene una propiedad en El Velero. Ahora me doy cuenta que tiene sus chefs —asegura—, siempre fumando, sin pestañear.

Luego, después de una hora de plática, de contar el cariño que siempre le han prodigado a Josefa Reyes, la madre de Roberto, suelta la sentencia sobre el hijo.

Rigoberto es liberal, experto en seguros, hijo del administrador de las fincas del general José Maria
Moncada, partidario en el año 2001 de José Antonio Alvarado a quien el primo le pasó la cuenta cuando éste tenía pretensiones presidenciales por orden del caudillo liberal Arnoldo Alemán. “Roberto baila el son que le corresponde en el momento. Personalmente lo vi, me dio mucha lástima echándole vivas al FSLN”, lamenta.

Pero de lo que tiene no se atreve hablar. La riqueza del magistrado es un misterio. Si se sabe de sus
notas de colegio, sí de su vida en Costa Rica, pero eso no. La Prensa hizo una solicitud hace meses a la Contraloria de su declaración de probidad, pero nadie se atreve a revelarla. La oficina donde están los documentos es controlada por un hermano del comandante Bayardo Arce, cercano a Daniel Ortega. Un policía, ágil en estos menesteres, lo dijo de otra forma: “No seas loco, el tema Rivas es ‘Secreto de Estado’ para este Gobierno”.

La sombra del personaje ha abrazado varias sociedades anónimas, según los medios de comunicación, como Agropecuaria Casa Blanca Sociedad Anónima (Acasa), de su esposa; la Comisión de Promoción Social de la Arquidiócesis de Managua (Coprosa), London Inc. Y Kilambé Sociedad Anónima en las que tiene, según versiones periodísticas, intereses.

La lista de propiedades abarca haciendas cafetaleras en Matagalpa, donde suma l mil 500 manzanas, la mansión del 16 y medio, otra junta a una playa en Nagarote y el edificio de la Universidad Católica que vale 200 mil dólares.

Se desconoce también si en su declaración enlistó los autos de lujo que sus empleados aseguran que
tiene o los vínculos creados alrededor de toda una red de empleados de los que espera el más absoluto secreto. “En Costa Rica —recuerda el empleado chele, flaco- prácticamente los secuestra. No los deja salir, les quita sus pasaportes para que no digan nada”.

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Para Rivas lo que hay son inventos. “Las acusaciones de corrupción sobre mi persona únicamente han existido en las cabezas que han querido afectar mi posición. Creo que he sido el primer funcionario en pedirle a la Contraloría que hicieran una investigación sobre casos específicos”, dijo en 2006 al semanario Confidencial.

En el período 2000 a 2005 florecieron denuncias en los medios de comunicación sobre compra de
tierras, enormes propiedades, malos manejos administrativos, apropiación de donaciones a la Iglesia católica y se denunció una vida fastuosa que el personaje empezaba a extender discretamente a Costa Rica, donde la sombra de Rivas aparece como un hecho el 29 enero de 2005 cuando funda una sociedad. Allá lo seguiría Obando, su amigo.

Una de sus frases favoritas es llamar a las denuncias “campaña de desprestigio”. Rivas se convirtió en magistrado desde finales del gobierno de Violeta Barrios de Chamorro. Varios presidentes han pasado y él sigue allí, campante como el Whisky.

Al CSE llegó porque lo recomendó también el Cardenal que participaba como mediador en un conflicto de poderes en 1995. Así lo recuerda la ex magistrada Rosa Marina Zelaya.

El ascenso político fue vertiginoso. A inicios del año 2000, apadrinado por el caudillo liberal Arnoldo Alemán, amigo también de Obando, se convirtió en presidente, una posición que el presidente Ortega avaló entonces en medio de las conversaciones políticas que derivaron en la repartición de las instituciones entre los dos líderes políticos.

En un tiempo Rivas abrazó el liberalismo. Le gustaba, dijo alguna vez, las metas sociales. En 2004,
presionado por una causa en la Contraloría, después de una reunión entre Ortega y Obando, el magistrado fue absuelto de toda culpa. El viejo enemigo del sandinismo rindió su rey y el alfil, el magistrado, siguió sus pasos.

En Costa Rica no todo es glamour. Medio millón de nicas se gana la vida allá, calcula el embajador nicaragüense Mauricio Diaz. Es gente pobre que no tiene la oportunidad de sobrevivir en Nicaragua. “Dice un estudio que en una década ese medio millón han producido a la economía costarricense más de 20 mil millones de dólares. Si esos nicas hubieran contado con las condiciones, infraestructura y estabilidad, Nicaragua no tendría que buscar que lo reconocieran como país pobre altamente endeudados —interrumpe, dice después-: Ellos (se refiere a Rivas) gozan de la democracia que nos niegan en Nicaragua”, repite.

La frase la machaca como si fuese imposible de creer, la rabia retenida en la garganta que busca un curso que seguir. Todos los años son noticia las redadas de nicaragüenses ilegales, de pobres que vendiendo en la calle huyen de la Fuerza de Seguridad Pública. Rivas vive en un residencial donde al costarricense común tampoco podría vivir.

En Coronado, un poblado al este del centro de San José, en una colina mora el embajador costarricense Rodrigo Carreras que se radicó en Nicaragua durante muchos años y ejerció la misión diplomática de su país.

El intelectual asegura que los costarricenses están contentos con la presencia del magistrado, algo de crítica hay en sus comentarios y que él puede sacar provecho de sus estadía en el país. “Es un gusto tener a un funcionario de alto nivel (en Costa Rica) y eso le ha permitido ver el Tribunal Supremo de Costa Rica. Ha estado estudiando, ojalá que pudiera llevarse de aquí la experiencia”.

La mansión de Rivas no está a su nombre, sino de la sociedad Chibilu del Oeste Sociedad Anónima, pero él la preside y en ella tiene participación su familia según los datos registrales. Esos datos, públicos en Costa Rica, revelan que la sociedad tiene el número de cédula 3101393303 y la tesorera es Josephine, la hija de Rivas, mientras la secretaria es la esposa: Ileana Delgado Lacayo.

El domicilio legal es la mansión de Villa Real, conforme a la documentación, una construcción de 1
mil 514 metros cuadrados valorados en 29 millones de colones, casi medio millón de dólares. Pero, en la práctica la mansión vale mucho más. Gente que la conoce dice que 1a forman tres casas juntas y el valor del metro cuadrado sin edificar, según la administración de Villa Real, cuesta 220 dólares.

Los datos del registro arrojan que la sociedad fue creada con mil colones (dos dólares) con fines de comercio, agricultura, transporte, industria, exportación, importación y otros, lo que hacen ver en Rivas a un hacendado, un ganadero, pero jamás un árbitro electoral. A un buen amigo que recibe al Cardenal que otros días se quedará donde Harold el embajador, pero esta vez se paseará en este residencial donde los vigilantes espantan a los extraños. Allí vive el jet set: candidatos presidenciales, políticos y millonarios y el magistrado Rivas, tan tímido, tan tierno con los perros que contrata a un veterinario para que los duerma. Luego les lavará lo dientes.

(Con la colaboración de Luis Eduardo Martínez , Josué Bravo y Álvaro Murillo/Redactor La Nación)

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