Marihuana: ¿Ángel o demonio?

Reportaje - 14.08.2016
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Pese a que en Nicaragua es una droga prohibida, la marihuana se consume en todos lados. Hay una red de narcotráfico y toda una cultura en torno a esta hierba que unos consideran inofensiva y otros señalan como “puerta de entrada” a la drogadicción. El debate sobre su legalización está sobre el tapete y sus usos medicinales también están en discusión.

Por Amalia del Cid y Ulises Huete

Antes de que en el mundo apareciera un sistema de escritura, la humanidad ya conocía el cáñamo y sus numerosos usos. Como muchas otras hierbas, la planta de la que se extrae la marihuana es originaria de Asia central. Los chinos la usaban unos 4,000 años antes de que naciera Cristo y se considera que el mítico emperador Shennong, famoso por probar en sí mismo toda clase de hierbas y hierbajos y descubrir el té y la efedrina, fue el primero en describir las propiedades terapéuticas del cannabis cuando escribió su Compendio de Hierbas Medicinales, en el año 2737 antes de nuestra era. Es decir, hace 4,753 años.

La polémica planta ha participado en nuestra historia mucho más de lo que se piensa. Las velas de los barcos de Cristóbal Colón se hicieron con la resistente fibra del cáñamo y también la primera bandera de Estados Unidos. George Washington la cultivaba, el médico de la reina Victoria de Inglaterra se la recetaba para aliviar los cólicos menstruales y hay indicios de que William Shakespeare la fumaba en pipas para tabaco.

Pese a que sus propiedades psicotrópicas son tan indiscutibles como varios de sus beneficios terapéuticos, hasta hace no mucho la venta y el consumo del cannabis era perfectamente legal. La mala hora de la hierba empezó con el siglo pasado, sobre todo a partir de los años veinte. Fue declarada narcótico en la Segunda Convención Internacional del Opio, en 1925, y para 1928 ya era ilegal en Gran Bretaña y regulada en España. Poco después, cuando en Estados Unidos se levantó la prohibición del alcohol, los dedos acusadores se dirigieron hacia la marihuana y la responsabilizaron, entre otros pecados, por la violencia y la degradación moral e intelectual.

Sin embargo, en años recientes la hierba ha vuelto a asomar la nariz en el campo de la ciencia y en el terreno de las leyes. El muro legal contra la marihuana se ha abierto en muchos países que, no sin ciertas restricciones, han permitido su consumo para fines medicinales e incluso recreativos. Holanda, Suiza, Portugal y Bélgica  aceptan el consumo en dosis reguladas y bajo algunas normas, como no fumarla en espacios públicos. Corea del Norte, el país más totalitario del planeta, ni siquiera la considera una droga. El pequeño Uruguay, de la mano del bonachón Pepe Mujica, se puso de pie y en diciembre de 2013 se convirtió en la primera nación del mundo en legalizar la producción, venta y consumo de la marihuana. Y países como Israel y Canadá la estudian para su uso médico.

En Nicaragua la hierba del cannabis continúa siendo una droga ilegal, pero igual se consume. Ahora mismo, mientras usted lee esto, seguramente alguien está comprándola en el estacionamiento de alguna gasolinera, de un centro comercial o de un restaurante elegante de Managua. Es fácil de conseguir, se fuma en todas las clases sociales y sus partidarios la ven desde la lógica de que un producto de la tierra no puede ser tan malo como lo pintan.

Debido a los años en que ha estado confinada a la clandestinidad, no existen muchos estudios concluyentes sobre la marihuana. Sin embargo, hay razones para creer que puede aumentar el riesgo de cáncer de pulmón, a largo plazo deteriorar la memoria y la coordinación motriz, e incluso incrementar las probabilidades de que aparezcan enfermedades mentales como la esquizofrenia. Por otro lado, está su fama de “puerta de entrada a las drogas ilegales”, una reputación que no se ha ganado gratuitamente.

Estudios muy serios, sin embargo, apuntan a la posibilidad de que los cannabinoides de la marihuana sean potentes agentes anticancerosos. Entre otros usos medicinales, la hierba está probada como efectivo broncodilatador, analgésico y antinflamatorio, y dos medicamentos cannabinoides ya fueron aprobados por la Agencia de Drogas y Alimentos de los Estados Unidos (FDA) para tratar los síntomas adversos de la quimioterapia, como los vómitos y las náuseas.

La discusión sobre los beneficios y los daños de la marihuana sigue sobre el tapete. Académicos como el escritor Sergio Ramírez Mercado han alzado la mano a favor de un debate sobre la despenalización de las drogas en la región como una posible salida al atolladero del narcotráfico; mientras tanto, el cannabis continúa siendo la droga ilegal más consumida del planeta y en Managua las boletas para “enrolar” la hierba se venden libremente en tiendas para fumadores.

Este es el panorama del cannabis en Nicaragua y el mundo. Un recorrido desde la ola hippie de los años sesenta y aquel “Woodstock chiquito” que fue el concierto de Santana en Managua hasta sus actuales plazas y formas de consumo. Esto opinan médicos, abogados y consumidores. ¿Qué dice usted?

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Cuando siente que se aproxima su período menstrual, como alguna vez hizo la reina Victoria, Celeste consume marihuana para aliviar los síntomas de los primeros días, que siempre son los más duros. Tiene 25 años, es odontóloga, padece endometriosis y asegura que los medicamentos que le recetaron los ginecólogos no tuvieron efectos tan satisfactorios como los del té de cannabis.

“Si yo sé que me va a bajar mañana, simplemente en la mañana me estoy tomando mi té porque fijo me estoy desmayando, estoy vomitando, estoy en un punto en que ni sentada ni de pie, ni acostada estoy bien”, afirma la doctora, quien solicitó se omitiera su nombre. El té de “weed”, como entre los jóvenes se conoce a la marihuana, es lo único que le quita las náuseas. A veces lo combina con un porro y duerme tranquila como un santo.

Aún era una adolescente la primera vez que, movida por la curiosidad, probó la hierba. Todavía, en ocasiones, la fuma con fines recreativos, confiesa. Es decir, solo para obtener los efectos semihipnóticos de la droga. “Cuando estoy muy estresada, cuando estoy muy cansada, cuando tuve un pésimo día, en vez de irme a tomar un montón de fármacos, me fumo un porro”, cuenta.

La mamá de Celeste sabe que su hija consume cannabis. Es más, ella también lo hace. Tiene una lesión cerca de un nervio de la médula espinal y una ligera obstrucción de líquido cefalorraquídeo. Se las diagnosticaron hace siete años y desde entonces le causan grandes migrañas. Cuando siente que la cabeza le va a estallar, no consigue dormir, y varios doctores le han recetado medicamentos para aliviar sus dolores y sus desvelos. Toma doce pastillas en la mañana, otras doce al mediodía y doce más en la noche, pero con el tiempo ha adquirido resistencia a los fármacos y ya no tienen el mismo efecto. Por eso hace un año Celeste le dio té de marihuana.

Ahora todas las noches se toma una taza para dormir. Si no lo hace pasa sentada hasta las 2:00 o 3:00 de la madrugada sin poder conciliar el sueño. Su hija está segura  de que si en Nicaragua se tuviera acceso a un tipo de marihuana adecuada a sus problemas y los de su mamá, los resultados serían “mucho mejores”.

Las sustancias químicas llamadas cannabinoides, que están presentes en la marihuana, tienen “efectos sobre el sistema nervioso central. Pueden ser efectos de tipo activador, pero también de tipo depresor, en dependencia del lugar donde esta sustancia sea atada dentro del sistema nervioso”, explica el doctor Julio César Hernández Mejía, neurólogo nicaragüense. “Específicamente hablando de su utilidad con fines médicos, esto no es nuevo”, dice. “Hay registros muy, muy antiguos de que la marihuana ha sido utilizada para la artritis, dolores musculares, diferentes fines. La más reciente utilización es sobre todo en pacientes con dolor crónico de tipo refractario, pacientes con cáncer terminal y especialmente en pacientes con epilepsia, sobre todo niños con epilepsias que son intratables, que no responden a medicamentos antiepilépticos”.

El doctor Hernández Mejía ve con buenos ojos el uso médico de los cannabinoides y está al tanto de los avances de la medicina en ese campo. “En Inglaterra se logró desarrollar un medicamento a base de cannabidiol que se llama Epidiolex, que está siendo aprobado por la FDA y se encuentra en investigación, con excelentes resultados en niños con epilepsia intratable”, señala, para poner un ejemplo. Sin embargo, reconoce, “no tenemos experiencia en nuestro país desde el punto de vista científico para decir que podemos utilizar estos compuestos”.

Aun así, cree que “valdría la pena darle un poquito más de apertura” a los fármacos derivados de los cannabinoides. No está muy de acuerdo con el consumo masivo y libre de la marihuana; pero sí con la producción con fines de investigación y sobre todo “con la posibilidad de abrir nuevas opciones de tratamiento para pacientes con algún tipo de dolencia terminal”.

Además, señala que “el cigarro mata más personas en el mundo que la marihuana”. “Tenemos personas muriendo de infartos al miocardio, derrame cerebral, insuficiencia arterial y cáncer pancreático estrechamente relacionados con el tabaquismo, pero no hay estadísticas precisas que nos digan en números cuántas personas mueren por el consumo crónico de la marihuana. No hay”.

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 Hierbita inofensiva, producto de la madre tierra, regalo de Pachamama. La cultura del cannabis ha querido darle un “enfoque ecológico” a su consumo, pero la marihuana no es “una plantita de Dios” ni mucho menos, sostiene Danilo Norori, terapeuta y especialista en adicciones certificado internacionalmente para trabajar en más de cuarenta países. Para empezar, dice, el narcotráfico ha hecho manipulaciones genéticas de la planta y ha logrado una mayor potencia de su efecto psicoactivo.

Tampoco hay que perder de vista que la hierba tiene bien ganada su reputación de “puerta de entrada” a otras drogas, considera el terapeuta. Casi el ciento por ciento de los jóvenes adictos que Norori ha atendido ingresó al mundo de la drogadicción probando un porro de marihuana. Así como el alcohol es el portal hacia las drogas legales, la hierba del cannabis es el primer peldaño en la escalera de las sustancias ilegales, señala. “No es que es un cigarro distinto. No. Te va a dar un efecto psicoactivo que vos no has experimentado y ese efecto es lo que prepara realmente las condiciones para que pasés a otras drogas”.

El otro gran problema, dice Norori, es que la marihuana casi nunca está sola. “La tendencia es que se mezclen drogas. Con esta me subo, con esta me bajo. Es un sube y baja. No es lo mismo solo marihuana, que marihuana, alcohol y una pepa (éxtasis). Hay una mezcolanza en el pobre cerebro y colapsa”, explica. Además, subraya, los plazos para pasar de una droga a otra se han acortado. “Antes te dabas un chance para pasar un tiempo de marihuanero, y ya después te hacías coquero o crackero. Ahora son más comunes los bañados: un cigarrillo de marihuana con un bañadito de crack”.

Si no fuera por esas mezclas, ¿qué tan “inofensiva” resultaría la marihuana? Hay tres grandes familias de sustancias en dependencia del efecto que producen en el sistema nervioso central, apunta Norori. “Hay estimulantes, como la metanfetamina y la cocaína, todo lo que te dispara y te acelera. Hay depresores, como el alcohol, la heroína y todos los derivados del opio: los opiáceos. Hay psicodélicos que producen distorsiones visuales y auditivas, como los hongos y el famoso LSD. La marihuana no calza en ninguna”.

“No es estimulante, ni depresor, ni alucinógeno, se le cataloga como un semihipnótico. Tiene esa particularidad. No es ninguna de las otras cosas, pero es un psicotrópico. Te sustrae un poco del espacio y el tiempo y podés alcanzar niveles de abstracción. Podés hacer un libro sobre una hormiga. Te cierra el lente, digamos”, describe Norori. Naturalmente, la marihuana no es ni la mitad de adictiva que la heroína y se ha comprobado que tiene propiedades medicinales, pero al fin y al cabo, legal o ilegalmente, es una sustancia psicoactiva y el terapeuta está convencido de que “la relación de los seres humanos con todos los psicoactivos nunca termina bien”.

El propio Norori fue un adicto en su juventud, durante más de diez años. Fumó marihuana, aspiró cocaína, hizo crack. No está a favor de la legalización del cannabis. Nicaragua no es Holanda ni España, dice. Hay condiciones como la pobreza y el subdesarrollo que hacen “que el contacto con una sustancia se convierta en algo automedicativo”.

A la larga, afirma Norori, terminan apareciendo los síntomas del consumo de marihuana, como el Síndrome Amotivacional. “El ‘monte’ te hace pendejo, perdés potencia, velocidad, empuje, energía”, cuenta. “Sé que hay gente que puede consumir marihuana e ir a trabajar. Yo nunca lo pude hacer”.

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Según la Revista Investigación y Ciencia, está comprobado que la marihuana provoca dependencia, en algún momento de la vida, en el nueve por ciento de las personas que la han probado. Luis León, tatuador jinotepino de 45 años, fue parte de ese porcentaje. Comenzó a fumar por curiosidad, “en cierta forma como por rebeldía, porque vos sabés que hay una edad entre la pubertad y la juventud en que uno se siente dueño del mundo, se cree que se las sabe todas y quiere experimentar de todo”, relata. Tenía 15 años la primera vez que la probó.

Hace veinte años la marihuana se vendía más libremente en Jinotepe, afirma León. “La Policía sabía todititos los expendios de drogas. Había uno que quedaba a cincuenta metros de la Policía. Todo el mundo llegaba a comprar y la Policía sabía”, señala. “La libra costaba 400 córdobas y con 10 se compraban cuatro puros”, que se vendían como “caramelos” en los expendios. En algún momento, el muchacho se volvió un “adicto empedernido”. En un día se fumaba como mínimo ocho porros y como máximo, 18.

“Me ponía medio pendejo, medio dormilón, estaba chavalo, tenía 25 años, lo asimilaba bastante pero de tanto consumo me ponía un poco retardado para reaccionar en algo”, reconoce. Debido al consumo frecuente vivía lleno de pereza, a veces no le daban ganas de entrar a clases y si entraba muy drogado le costaba poner atención. Era el Síndrome Amotivacional del que habla Danilo Norori.

En la actualidad, el tatuador fuma ocasionalmente. Su familia lo sabe y no está de acuerdo. Antes su mamá le decía  “eso es malo” y ahora su esposa protesta: “¡Qué barbaridad! Solo vagancias sos”.

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En Nicaragua  no existe un marco legal para el uso o aprovechamiento de la marihuana, simplemente se le considera “un estupefaciente psicotrópico prohibido y regulado por la ley penal”, señala Oscar Castillo, abogado y decano de la Facultad de Derecho de la Universidad Politécnica de Nicaragua (Upoli).

“Antes de la reforma penal en Nicaragua el consumo de la marihuana y de cualquier droga era castigado en su totalidad, ya no se diga el hecho de expenderla y traficarla. Con las reformas el consumidor pasó a ser la víctima. Es decir, el bien protegido es la salud de la personas”, apunta Castillo.

El  Código Penal vigente en Nicaragua establece que si alguien   es atrapado con una dosis de menos de cinco gramos de marihuana,  puede ser sancionado con “setenta a cien días de multa” y de treinta a sesenta días de dos horas diarias de trabajo en beneficio de la comunidad. Pasada esa dosis de cinco gramos, ya puede haber de seis meses a tres años de cárcel, siempre que la cantidad de marihuana no supere los 20 gramos. Si lo hace, la pena puede ir de tres a ocho años de prisión.

Gabriel Mendoza, estudiante del cuarto año de Medicina en la Universidad Central de Nicaragua (UCN), está informado sobre lo que dice el Código Penal. Hace cinco años se encontraba con tres amigos en el parque de la colonia donde vive. Fumaban marihuana. Eran como las 7:00 de la noche. De pronto llegó una patrulla de policías y de ella se bajaron siete oficiales. Uno de ellos cargó un AK y los apuntó. Otro les dijo “¡quieto allí todo el mundo!”, cuenta Mendoza. Los policías pusieron contra los columpios a los cuatro jóvenes. “Recuerdo que uno le dijo a uno de mis amigos que abriera las piernas, si no le iba a dar de comer el tubo”, relata.

Los policías catearon a los jóvenes. “Llegaron fuerte a golpearnos para que obedeciéramos al cateo, pero nos hallaron una tontera que no era ni dos gramos. Nos dijeron que nos iban a llevar si no les dábamos dinero, que es lo típico que te piden siempre. Les dimos dinero”.

La primera vez que Gabriel fumó tenía 16 años. Salió con unos amigos, se tomaron unas cervezas y probó por curiosidad. Volvió a fumar porque quería distinguir la diferencia entre el alcohol y la marihuana, y después comenzó a investigar sobre esa hierba que lo hacía sentir bien. Pero desde que la Policía lo encontró fumando “no podía estar en cualquier lugar”. “Tal vez quería estar tranquilo, fumando sin hacerle daño a nadie, pero el problema es que el que iba a salir dañado era yo, entonces estaba con el miedo”, cuenta.

Para este estudiante de Medicina, todos los consumidores de marihuana tienen temor porque fumar es ilegal y mucha gente no los tolera. “La gente prejuiciosa piensa que solo por consumir soy un criminal, soy un vago, que porque soy consumidor voy a morir”, expresa el joven.

Su mamá es médico naturista, “sabe la ciencia médica que se esconde detrás de la planta y que no hay un daño colateral”, dice Mendoza.  Y asegura que a veces su madre prefiere que él fume en casa para que no se ande “ escondiendo en las calles”.

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A hora es un venerable señor de 76 años y cabeza algodonada; pero hace  varias décadas fue un hippie de pelo largo, barba desaliñada, sandalias suela de llanta de camión, cherequitos de cuero en las muñecas y flores en las orejas. Don Roberto Sánchez Ramírez, historiador, vivió el momento cumbre del consumo de “monte” en Nicaragua.

Para comprender el aumento de la popularidad de la marihuana en los años sesenta, hay que ubicarse en ese contexto histórico. En aquella década “comenzó en la Universidad de Berkeley, en California, un fuerte movimiento estudiantil que se oponía al estatus establecido. Había una serie de motivaciones: la guerra de Vietnam, la lucha por los derechos civiles. Surgieron personajes y el hippismo al que dio lugar la generación Beat. Aparecieron los Joe Cocker, los Jimmy Hendrix, las Janis Joplin”, recuerda el historiador. Los jóvenes nicas que estudiaban en Estados Unidos trajeron al país esa influencia y “nosotros, que estábamos en una lucha contra la dictadura de los Somoza, la acogimos, sentimos que daba una respuesta”.

Y en ese paquete de lucha social hippie venía el cannabis. “No hay que verla de una forma aislada. Es parte de un movimiento contracultural, libertario y pacifista. Se creía que la marihuana contribuía a crear condiciones para una mejor meditación”, sostiene.

En agosto de 1969 desde Nicaragua se vivió un acontecimiento histórico: el festival de Woodstock, en Nueva York, tres días de música, lluvia, sexo, paz y marihuana. Y cuatro años más tarde, en octubre de 1973, en la propia Managua se realizó lo que el historiador llama “Woodstock chiquito”: el concierto de Carlos Santana a beneficio de los damnificados del terremoto de 1972. Fue un “Woodstock chiquito” no solo por la música y el aguacero inoportuno, también por la cantidad de hierba que corrió.

“Yo no sé de dónde salió tanta marihuana. La Policía no metió mano, se hubiera acabado el concierto. Comenzando por los músicos, todo el mundo estaba en su nota. Creo que es la vez que más se ha consumido marihuana en forma colectiva en este país. No hubo inhibiciones, nadie se cuidaba, todo el mundo estaba ‘roleando’ públicamente”, relata don Roberto.

Para entonces ya se había descubierto que el mejor papel para “rolear” marihuana era el cebolla y solo había dos tipos de libros impresos en ese delgado material: los de Rubén Darío y la Biblia, y los de Darío nadie los regalaba. “Es falta de respeto decirlo, pero aquello fue una jornada bíblica”, dice el historiador. “Circulaban los rollitos de papel de la Biblia y no para estar leyendo la palabra del Señor. Yo me fumé todo el evangelio según San Juan”.

Pese a que ya eran fuertes las leyes contra la marihuana, don Roberto se atrevería a asegurar que toda esa generación hippie capitalina  alguna vez la consumió, en la calle o en las famosas discotecas de la época: La Tortuga Morada, El Sapo Triste, la A Go Go y La Capucha.

Él abandonó la hierba hacia 1975, cuando decidió quedarse solo con la meditación. Actualmente usa la Biblia únicamente para leerla y entrar en oración. Dice que eso le da una “absoluta tranquilidad”.

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 La  generación moderna de fumadores de marihuana también la consume en conciertos y en fiestas. Y en parqueos de residenciales y universidades, y en casas, y en la calle durante el tráfico. En todos lados, la verdad, dice Valeria, comunicadora social y   partidaria del cannabis. Para conseguir un poco de “weed” o “monte” basta con conocer a las personas indicadas. Se pueden tener a disposición uno o más de tres “dealers” que hacen entregas “delivery” en algún punto acordado o bien ir a buscarlos personalmente al barrio, aunque esto implique mayores riesgos.

Hay “dealers” en casi todos los barrios de Managua, asegura Martha, otra consumidora. Desde los barrios “marginales” hasta las zonas más adineradas de la capital. Para ella, cuando se busca marihuana en los barrios pobres se corre menos peligro, pues las personas que la venden en los residenciales normalmente también están envueltas en negocios más “pesados”. A pesar de los riesgos, los entusiastas del “weed” a veces deben moverse para encontrarla, sobre todo cuando la droga escasea, en ese periodo que  llaman “sequía”.

Los consumidores de “monte” procuran abastecerse con “dealers” de confianza. “Reconocés al ‘dealer’ en la mirada perdida que tenemos todos. Si la vende, la consume. Identificás los síntomas, los gestos corporales. Muchos son de escasos recursos. Y es un negocio que tiende a volverse familiar. Primos, sobrinos, hermanos. Alguien de la familia sabe. Los niños ven”, señala Martha, quien trabaja como diseñadora gráfica.

Existen diferentes clases de marihuana. A la de menor calidad se le llama “tierrita” y cuando se compra no se piden cantidades específicas, se dice “quiero 200 o 500 pesos”. “Los más entusiastas andan su pesa para que no les den bate”, dice Valeria. También existe la marihuana jam, kush o lemon. Una onza de jam puede costar 80 dólares. “El ‘monte’ es una droga súper común, es increíble la cantidad de gente que la consume, desde profesionales hasta la gente del barrio y obvio la que tiene más plata es la que mejor calidad consume”.

Con los mismos “dealers” se pueden conseguir pepas y ácido, que viene en láminas y hasta en ositos de goma. Y no es complicado hallar  brownies y galletas de marihuana procedentes de Costa Rica. La verdad es fácil encontrar drogas en general. Algunos amigos de Valeria solo consumen “weed”, otros igual “le hacen a la coca” y algunos combinan “monte, ácido y pepas”.

Ya no suele usarse papel de Biblia para hacer los “porros” de marihuana. “La tinta de las hojas no sabe bien”, dice Martha. En cambio, hay una gran variedad de boletas simples, pequeñas, grandes o de sabores para ese fin. También existe cualquier diversidad de pipas. De plástico, de madera, de vidrio. Y “cucas”. “Cucas” con manguera o “cucas” con forma de botella. Todo sirve para fumar marihuana y todo se vende legalmente en las tiendas para fumadores.

En esas tiendas, los dueños y vendedores explican que sus productos están diseñados para consumo de “hojas secas”. O sea, lo mismo se pueden usar para tabaco que para marihuana. Y el tabaco no está prohibido. Además, sostienen algunos, “negocio es negocio”. A estos locales llegan desde adolescentes escuálidos de mirada vidriosa hasta ancianas que fuman para aliviarse las migrañas. Naturalmente, no son fumadores de tabaco. En algunas tiendas están conscientes de eso y han decorado sus paredes con fotos de Los Beatles y Bob Marley y grandes rótulos que rezan “Legalize it”.

Valeria y Martha son partidarias de la legalización del cannabis. Creen que eso sería un golpe al narcotráfico; pero también consideran que debe haber cierto control. Valeria está consciente de que detrás de la marihuana hay redes donde predominan la violencia y la corrupción, a veces trata de convencerse de que es peor el tráfico de la cocaína, pero al final se siente culpable y, de alguna forma, parte de esa telaraña ilegal. Con todo, dice, sigue consumiendo “weed” de la misma manera en que otros comen chocolate: “A pesar de que saben que detrás hay cosas malas”.

Glosario del "mundo cannabis"

Cannabis Sativa: Nombre científico de la planta del cáñamo. Es de la familia de las cannabáceas y se han reportado tres subespecies. La cannabis sativa rudelaris, propia de climas fríos, tiene muy pocas propiedades psicótropicas, pero crece rápidamente como la mala hierba. La variedad cannabis sativa índica produce un efecto “relajante” o “analgésico”, pues suele contener más CBD que THC. Por el contrario, las plantas de cannabis sativa sativa suelen presentar altos niveles de THC y de su consumo resulta el efecto de “subidón cerebral”.  Tanto la índica como la sativa poseen propiedades medicinales. De los cruces entre estas tres familias nacieron los híbridos, que ahora son los más populares en el mercado para consumo “recreativo”. Normalmente los productores de híbridos buscan potenciar el THC, aumentar la cantidad de flores hembra y mejorar los tiempos de crecimiento y floración de las plantas.
Cáñamo: Nombre común del cannabis sativa. También se llama “cáñamo” a la fibra que se obtiene de la planta y que se ha utilizado para hacer lienzos, cuerdas, zapatos, ropa y papel, entre otros usos.
Marihuana: Nombre que reciben los cogollos de la planta, que son sus flores femeninas. Se usa como droga y suele fumarse en porros o pipas. El término se empezó a usar en México, inicialmente atribuido al tabaco barato, de acuerdo con el diario oficial de la Sociedad Internacional para la Etnofarmacología.
Hachís: Resina concentrada que se consigue al procesar las flores hembra de la planta. Es más potente que la marihuana y puede masticarse.
Endocannabinoides: Sustancias químicas generadas por el organismo humano que en el cuerpo se unen a los mismos receptores que los cannabinoides.
Cannabinoides: Son sustancias químicas que únicamente se hallan en el cáñamo o cannabis. Actúan sobre el sistema nervioso y en especial sobre el cerebro. Según el libro La Biblia del Cannabis, terapéutica, cultivo e historia de la planta prohibida, estos son los más importantes:
Tetatrahidrocannabinol delta 9 (THC): Es el componente químico más conocido debido a sus efectos narcóticos y a que es promotor de la producción de dopamina. Se concentra en los cogollos o flores femeninas de la planta, que pueden llegar a conformar el 25 por ciento de su masa total. También existe el THC delta 8, pero no es tan predominante como el delta 9.
Cannabidiol (CBD): Su principal característica es el efecto sedante. Al parecer, regula al componente THC y hace que sus efectos comiencen tardíamente. Se le atribuyen grandes propiedades medicinales. Su presencia en las plantas cannabis sativa no es uniforme ni proporcional en relación a las demás sustancias.
Cannabinol (CBN): Es el responsable de que el THC se degrade. Su efecto más característico es el adormecimiento y la desorientación. Aparece en cantidades muy altas en el hachís.
Cannabicromena (CBC): Se cree que combinado con el tetrahidrocannabinol consigue que su efecto psicotrópico sea más intenso. Se ha estimado que alrededor del 20 por ciento de los cannabinoides de la planta pueden ser CBC.
Tetrahidrocannavibarin (THCV): Se asocia al inconfundible olor que exhala la planta. Ha despertado interés en el mundo de la aromaterapia.

Marihuana en cifras

El Informe Mundial Sobre las Drogas 2016 de las Naciones Unidas muestra el panorama de la droga ilegal más producida y consumida del planeta.

* 183 millones de personas consumían cannabis en 2014. Sigue siendo la droga de consumo más frecuente, seguida de las anfetaminas.

* Hasta 2014 alrededor de 3.8 por ciento de la población mundial había consumido marihuana durante el año anterior. La tendencia se mantiene desde 1998 y el número total de consumidores se ha elevado conforme aumenta la población global.

* 129 países reportaron la existencia de cultivos de cannabis de 2009 a 2014. Pero solo 49 (principalmente de Asia y América) informaron sobre el cultivo de la adormidera (de la que se extrae el opio) y únicamente siete (todos de América) reportaron el cultivo de coca (de la que deriva la cocaína). El cannabis es la planta para producción de droga más cultivada en el mundo.

* En el 95 por ciento de los países que presentaron informes en 2014 se interceptó cannabis en sus diversas formas. Es decir, representa más de la mitad de las 2.2 millones de incautaciones comunicadas ese año a la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito. Le siguen las anfetaminas, los opiodes y las sustancias relacionadas con la coca.

América, seguida de África, continúa siendo la región en la que más se produce y se consume marihuana. El 75 por ciento de las incautaciones mundiales de hierba de cannabis en 2014 se realizaron en este continente, sobre todo en América del Norte. En África y Europa se efectuaron el 14 y 5 por ciento de las incautaciones, respectivamente. Sin embargo, las mayores cantidades de resina de cannabis o hachís (40 por ciento) se incautaron en Europa central y occidental.

Redes y plazas en Nicaragua

Según datos de Roberto Orozco, consultor en Seguridad y Crimen Organizado, así se distribuye la producción y el consumo de marihuana en los departamentos del país.

Producción: La marihuana que llega del exterior proviene principalmente de Honduras y Costa Rica, aunque todos los países centroamericanos son productores de cannabis. La mayor parte de la que se produce internamente se cultiva en las zonas clave de Waslala, Bosawas y el Triángulo Minero.

Consumo: El promedio anual de plantas de marihuana destruidas en Nicaragua en los últimos cinco años (de 2011 a 2015) asciende a 72 mil. Sin embargo, muchos plantíos no son detectados ni destruidos y esa producción viaja a través de redes de narcotráfico generalmente hacia las principales plazas de consumo de drogas en el país: Managua, Chinandega, Estelí y Rivas en el Pacífico; Bilwi y Bluefields en el Caribe.

Tráfico: La cadena de comercio de marihuana es similar a la de las otras drogas. Hay producción, distribución (tráfico) y comercialización (consumo). Los grandes distribuidores compran la hierba al productor o importador y la colocan al por menor en los barrios de las ciudades que son importantes plazas de consumo. Aquí viene el eslabón de la cadena que se conoce como narcomenudeo. En esta fase la marihuana se mezcla con los otros “productos” ofrecidos por el “pulpero” de las drogas o “dealer”: cocaína, crack, metanfetaminas, etc.

Por otro lado, Juan Bautista Lara, ex subdirector de la Policía Nacional, afirma que “la comercialización de esta droga (la marihuana), por lo menos en el caso de Nicaragua, no tiene las características complejas del crimen organizado, del narcotráfico, que maneja la heroína o la cocaína”. Según Lara, en el cultivo del cáñamo en Nicaragua se involucran pequeños agricultores que “la siembran en el campo, la cosechan y la distribuyen”. Esta red, dice, “no tiene un poder económico relevante. Eso no quiere decir que la droga no cause daño, principalmente cuando hay un proceso de adicción”.

No es posible definir cuál de los países centroamericanos está produciendo más plantas de cannabis porque nadie lo está midiendo, afirma Orozco. “Todos los esfuerzos nacionales e internacionales están concentrados en medir la producción y tráfico de cocaína, lo cual es un error”.

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