Médicos forenses

Reportaje - 07.02.2010
Médicos-Forenses

Alguien debe sacar evidencias de las heridas y los cuerpos en busca de la verdad. Ellos son forenses y a diario confrontan la muerte y el dolor humano.

Luis E. Duarte
Fotos de Manuel Esquivel

En medio del patio del Instituto de Medicina Legal hay una porra de aluminio destapada. “Ahí cuecen los huesos”, bromea una empleada. No le creemos, pero al acercarnos descubrimos que hay un esqueleto completo dentro de aquel recipiente.

—¿Usted hizo esto? —le preguntamos a un amujer que está a orillas de una cocina de dos quemadores, cerca del lavandero.

—No, eso lo hacen ellos —responde y señala la pared donde está la morgue, no sin antes poner una expresión de asco.

Lo que está ahí en esa porra plateada fue alguna vez una persona viva. La calavera y los huesos serán examinados para constatar edad, año y causa de muerte.

Sin embargo, la mayoría de los visitantes del instituto están vivos y llegan por sus propios pies a ese edificio, por necesidad o a la fuerza. Al entrar, la sala de espera está colmada de usuarios desde las ocho de la mañana, la gran mayoría son mujeres remitidas por alguna autoridad para determinar el grado y la veracidad de sus lesiones.

Otro cuarto más pequeño con cerámica blanca, como si hubiera sido antes un baño o cocina, es para los reclusos que se declaran enfermos o fueron agredidos en sus penitenciarios. Algunos dicen la verdad, otros sólo quieren salir por un rato de prisión.

Ahí pueden comunicarse con sus familiares que detrás de la malla a 30 metros de distancia preguntan a gritos por su estado o les dan lás últimas noticias sus juicios. Los reclusos tienen una pequeña ventana con barrotes que comunica con el parqueo interno del instituto, pero están separados por sexo por medio de una puerta de acero que divide el cuarto en dos.

A veces, los médicos los escuchan cantar, pero hoy sólo hay tres adolescentes de rostro amenazante, esposados y custiodados por un policía gordo de muchas canas.

Sacan los brazos por los barrotes, quizá epserando de del otro lado del parqueo algún familar llegue a
verlos.

De regreso, en la sala de espera, una mala broma es transmitida en la televisión. Es la hora de las noticias amarillistas, a la mayoría parece no importarle el programa porque han tenido suficiente con sus propias penas.

En la esquina, sentado un una banca está un hombre con el ojo morado y las pupilas zurcidas, una del las tantas mujeres se tapa el rostro con un trapo, de aquí para allá, rostros cabizbajos sueños perdidos, días de luto, tragedias cotidianas que van de un hogar destruido a una delegación policial, de allá un juez y después aquí esperando un dictamen médico o sicológico que los acredite como víctimas, victimarios o inocentes.

Los sicólogos reciben a diario un promedio de cuatro casos y van diario a los juzgados para testificar, los médicos tienen entre diez y veinte expedientes al día, con un plazo de 48 horas para emitir al menos un informe preliminar.

El año pasado unos 65 mil casos fueron remitidos a estos forenses y peritos, anualmente hay un ocho por ciento de aumento de expedientes, por eso, se trabaja las 24 horas del día y los 365 días del calendario.

Foto de Manuel Esquivel
El análisis de los huesos lo hace un antropólogo forense para determinar la edad, tiempo y causa de muerte, así como para identificar a la persona fallecida.

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El instituto es en realidad un centro de investigaciones de presuntos hechos criminales que se apoya en la medicina química, biología y antropología. “No es para demostrar culpabilidad, tampoco inocencia”, reitera el forense Oscar Bravo Flores.

Es una ocación alguien estaba siendo juzgado por violación. La víctima había quedado embarazada y abortó, cuatro meses después los forenses desenterraron al feto y descubrieron que el acusado notenía fliación genética con el producto de la agresión sexual.

Bravo no está en el paraíso de la medicina, es antropólogo forense, su misión es básicamente manipular el “material humano”, es decir, lavar, preparar, descamar, deshuesar y medir los restos humanos en
descomposición o en estado esquelético, le toca pues llegar a casa de vez en cuando con la hediondez de la muerte impregnada en su pelo y piel o reconocer en su oficina las miradas retorcidas de sus colegas que prefieren tenerlo fuera mientras se desprende del hedor.

Hay medidas para proteger al personal y sobre todo a los vecinos, pero se necesitan ollas de presión
con sistema de escape y control de vapores, campanas de ozono y un lugar cerrado para trabajar los
cadáveres, pero por ahora Bravo se debe conformar con una cocina semiindustrial y una porra nueva
de aluminio para cocer a sus muertos, porque es parte del procedimiento.

Todos los cadáveres desconocidos del país vienen al instituto. Hace algunos años aparecieron unos huesos en un sumidero del Israel Lewites, en la casa de un hombre cuya esposa e hija habían desaparecido, estudios de los huesos determinaron machetazos en el cráneo de los restos de una mujer
adulta y otra adolescente.

En enero tuvieron que exhumar un cuerpo después que testigos habían declarado que el sujeto fallecido había sido extrangulado y no ahorcado como se creía. Los estudios forenses por la forma de las cicatrices aún visibles en el cadáver determinaron que efectivamente aquella persona se había suicidado.

También recibieron un caso de Ciudad Sandino, donde en la puerta de la casa de un sacerdote habían
dejado un feto. Las murmuraciones de la comunidad no se hicieron esperar y llamaron a los médicos
que encontraron efectivamente restos biológicos.

En los laboratorios examinaron las muestras para descubrir que se trataba en realidad de un estómago de cabra en cuyo interior había incluso tapas de gaseosa y trapos. Finalmente tanto el cura como la
comunidad pudieron encontrar su tranquilidad, asegura Bravo.

Otro caso remitido al Instituto de Medicina Legal (IML) era una muerte en el campo. El cuidador de una hacienda había capturado a un ladrón, pero después de amarrar al delincuente, cayó muerto. Para
confirmar la versión los forenses investigaron el cuerpo y no encontraron evidencia de agresión, pero
sí de un paro cardíaco, por eso el detenido sólo fue procesado por robar piñas.

También hay casos especiales de personalidades y extranjeros que los forenses deben manejar con protocolos determinados. “Hay muchos levantamientos en moteles, turistas que se meten con dos y tres
niñas, pero no dan la talla. Jóvenes que también están utilizando viagra, desorientados por la poca orientación sexual”, expresa Bravo.

En medio de la muerte y la brutalidad de algunos casos, el lenguaje forense también desarrolla sus eufemismos como “corte con arma blanca contundente” para decir machetazos. “Muchos creen que aquí descuartizamos, pero somos respetuosos de la naturaleza humana, aún de fallecidos, somos respetuosos del dolor”, sostiene el forense.

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El director del IML, Zacarías Duarte, explica que no hay bases para determinar si el aumento de casos recibidos cada año se debe al incremento real de la violencia o a la mayor apertura de la población para denunciar delitos.

Sin embargo, es alarmante la cantidad de delitos de violencia intrafamiliar porque estadísticamente se
cree que sólo un diez por ciento es denunciado.

La institución del Poder Judicial ha creado una red de 150 forenses honorarios en lugares donde no
dan cobertura los médicos y sicólogos del IML y sus 23 delegaciones nacionales. No es un servicio abierto, los casos deben ser remitidos explícitamente por una autoridad como un juez, fiscal, policía o procurador.

Más del 90 por ciento del trabajo se hace en personas vivas, sólo el tres por ciento anual son dictámenes a muertos y el resto son pruebas de laboratorio. En general, la mayoría vienen por violencia callejera o pleitos de vecinos (un 40 por ciento) y violencia intrafamiliar (entre el 16 y 18 por ciento), por lo general se trata de mujeres adultas.

También se atiende un diez por ciento de reclusos y en un menor grado accidentes de tránsito, accidentes laborales, violaciones o lesiones síquicas. Los homicidios son apenas el uno por ciento de las atenciones, es decir, alrededor de 600 casos anuales, quedando entre 90 y 120 casos sin poder comprobarse una causa de muerte.

Duarte cree que la medicina forense se convierte en una opción profesional para sus colegas porque
“todos los médicos en Nicaragua constantemente ven personas que son maltratadas y abusadas, son
casos de salud y son legales, el médico tiene una formación que procura el bienestar de las personas
y no hay bienestar completo mientras hay un delito”.

También hay muchos mitos sobre la profesión y algunos dramas aprovechados por la televisión. “Las películas y novelas exageran en algunos aspectos, en otros no logran reflejar la realidad, pero sin lugar a dudas, están basadas en hechos reales. Un forense vive momentos dramáticos, impactantes y de profundo dolor humano, algunas veces también (el cine) no se plantea 1a real magnitud del proceso ni en aspectos técnicos”, sostiene Duarte.

Clara Gutiérrez, perito del laboratorio de ADN, también ha visto series como CSI. “El programa está
fundamentado técnicamente, pero el experto logra visualizar cosas que no llevan una secuencia lógica, pero a lo macro es realista, por ejemplo, cuando a través de un hisopo y una reacción química, podemos efectivamente determinar si una mancha es sangre o no”.

Desde hace seis meses Gutiérrez trabaja en la más reciente unidad del IML, buscando material genético. Mucho de su trabajo son pruebas de paternidad. En este período reportó 133 casos de este tipo y apenas 11 de criminalística.

Las pruebas recogidas en la escena del crimen por peritos de la Policía pueden ser servilletas, colillas de cigarrillo e incluso machetes, igual pueden sacar material biológico de toallas, enfocando lámparas ultravioletas que emite fluorescencia.

Foto de Manuel Esquivel
Un médico revisa las placas de un usuario de medicina legal. En la imagen central una mayoría de mujeres usan el servicio remitidas por los jueces o la Policía, muchas de ellas para tener un dictamen sicológico forense. abajo un joven toma aire desde el cuarto de reclusos, mientras un médico se desocupa para atenderlo.

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Hugo Mauricio España tiene siete años de trabajar como forense y se apasionó de la medicina forense desde la universidad, su tesis fue sobre muertes por intoxicaciones.

—¿Por qué te gustó este trabajo?

—Podemos descubrir las razones por las cuales muere una persona y aportar el conocimiento científico
para el cumplimiento de la justicia —responde el forense.

España cree que los casos de muerte natural son los más complejos porque se toman muestras de todo tipo, “te permiten poner en práctica todo lo aprendido”.

—¿No te impacta ver personas que murieron de manera no natural?

—Lo que más me ha impactado es un niño de año y dos meses cuyo papá sin querer retrocedió el auto y el chavalito se le metió. Me impactan más los pacientes vivos, las violaciones y violencia intrafamiliar. No dejás de pensar en tu hijo o familiar.

¿Qué hacés cuando salís de aqui para olvidar todos los muertos y dolor?

—He aprendido a separar el trabajo de la familia. La verdad, nunca me ha afectado, no he soñado con
muertos, ni tengo pesadillas, ni tengo asco. Hago mucho deporte y eso me ayuda a mantener el equilibrio, tengo mi clínica privada donde miro pacientes vivos.

Alejandro Martinez Acevedo lleva en sus manos una docena de expedientes que debe examinar ese
mismo día en diferentes hospitales de Managua. La Policía requiere su informe en el plazo de 48 horas para no enfriar los casos.

Cuando tratamos de abordarlo, pide que “no me saquen foto”. La ley que aquí le da sentido a todos no
impide las amenazas de delincuentes que durante los juicios han sido condenados por las pruebas aportadas por ellos y juran venganza.

Yara Naya Faune, también es forense, con la especialidad de sicologia. Ella ve cómo es el comportamiento de una persona tras hechos violentos y analiza a una persona que está ejecutando violencia.

Aunque mide la violencia doméstica que se puede dar en disputas familiares como problemas de custodia también evalúa la peligrosidad en privados de libertad que piden libertad condicional.

Hay muchos perfiles sicológicos —menciona Naya—, pero por lo general los agresores miran a los otros como objeto, mientras las víctimas son personas con baja autoestima que adquirieron un sindrome llamado de indefensión aprendida, es decir, se vuelven personas incapaces de cuidarse a si mismas, dependientes de la persona agresora.

“Uno se va anestesiando inconscientemente para que no te peguen los casos, uno de los más sorprendentes es el caso de una muchacha que venía de trabajar y la violaron tres del barrio”, y tuvo que luchar con el estigma en su circulo de referencia, recuerda Naya.

La sicóloga forense también ha sido impactada por la negligencia, desapego y carencia afectiva de
padres a niños, casos impactantes donde los infantes no tienen potestad juridica para decidir dejar a su
familia, pero de la cual le “impacta la fortaleza de esos niños al enfrentarse a esa situación”.

Naya y tres colegas más decidieron hacer un espacio de autocuido mental. Semanalmente una persona
hace una especie de sicoterapia a los sicólogos forenses. Ella muy pocas veces sabe lo que pasa, la función del forense es valorar las evidencias fisicas y mentales en las personas, escribir su informe y declararlo ante el juez y los jurados.

Su función además no sólo consiste en recibir a victimas, también a criminales, para ellos sólo puede
demostrar el mismo respeto que le da a la persona agredida. “Yo no soy juez”, dice.

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