Milton Cash: El muerto vivo

Perfil, Reportaje - 08.03.2015
Milton Cash

En Bluefields se habla de un hombre que murió y revivió. ¿Mito, milagro o catalepsia? Milton Cash cuenta su historia

Por Tammy Zoad Mendoza M.

Nunca fue un negro altísimo o corpulento. Era más bien atlético y espigado, pero a sus 21 años aquel vigor de deportista había quedado atrás. En una semana su cuerpo se fue encogiendo sobre la cama donde estaba postrado. Era como ver una película en reversa, una en la que el personaje adulto regresa al escuálido cuerpo de un púber, frente a sus ojos, en su lecho. El desgaste de su rara enfermedad le daba un aspecto cadavérico.

Milton Cash Hodgson tenía en vilo a su familia, hasta que una noche dejó de respirar. O eso creyó el médico. Después de haberlo desahuciado, el doctor de la familia solo pasaba para monitorear sus signos vitales hasta que no logró oír nada. El pecho que con débiles silbidos subía y bajaba, se detuvo. En la jaula en que se había convertido su tórax huesudo no aleteaba nada por dentro. No sentía el vibrar del torrente sanguíneo. “Ya no hay nada que hacer. Ya…”, les dijo el doctor.

Estalló el llanto en la casa de los Cash, en una de las calles de Beholden, el viejo y popular barrio de Bluefields. Un llanto mezclado con voces graves y agudas que tronaban y chillaban reclamando a su pariente, quejándose por la desgracia, pidiendo consuelo a gritos. La noticia de la muerte de Milton se supo pronto en todo el pueblo.

Era 1981. Ni su familia ni él recuerdan el día exacto. Pero nadie olvida el revuelo que causó el suceso. Uno de los chavalos más populares de aquel entonces, deportista, con una voz potente que estremecía a las muchachas, había muerto. Sus hermanos hacían turno para velarlo en cama, mientras sus padres decidían el día y la hora de su entierro. Fue su hermana menor, a fuerza de puño y llanto partido, quien parece haberlo despertado de aquel sopor. Uno, dos, tres golpes en el pecho mientras le gritaba: “¡Despertá, despertá, Milton!” Y Milton despertó, un día después de haber sido declarado muerto. “¡Está vivo!” “¡Milton revivió!” “¡Resucitó!” La gente que invadió la casa para acompañar a la familia salió en estampida por donde llegó.

Desde entonces Milton Cash se pasea por las calles de Bluefields y todo el mundo lo saluda, todos lo conocen. Los más viejos sirvieron de consuelo a sus padres, los de su generación se escandalizaron con su “resurrección” y los más jóvenes han oído de su historia, la historia del “muerto viviente”, “muerto vivo”, del “muerto en vida”, como le dicen a manera de saludo.

En la Calle del Comercio y el Parque Central de Bluefields
En la Calle del Comercio y el Parque Central de Bluefields se ve deambular por las mañanas a Milton Cash en busca de los viejos amigos.

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“Presentaba todas las apariencias comunes de la muerte. El rostro tenía el habitual contorno contraído y sumido. Los labios mostraban la habitual palidez marmórea. Los ojos no tenían brillo. Faltaba el calor. Cesaron las pulsaciones. Durante tres días el cuerpo estuvo sin enterrar, y en ese tiempo adquirió una rigidez pétrea. Resumiendo, se adelantó el funeral por el rápido avance de lo que se supuso era descomposición”, anotó el escritor estadounidense Edgar Allan Poe en su Prematural Bureal (Entierros Prematuros. 1831), uno de sus textos menos conocidos pero tan profundo y visceral como toda su literatura. En este relato recoge, entre otros, el caso de la mujer de Baltimore que despertó en la cripta dos días después del entierro. Su cadáver fue descubierto tres años después, aún vestido con la mortaja blanca rasgada y sujeto a la puerta con el gesto de angustia al no poder escapar de su tumba. Allan Poe no fue el primero, pero sí uno de los escritores que más se adentró en las escabrosas historias de “muertos” que vuelven a la vida.

Milton Cash también estaba pálido y tieso como un palo. Iba a cumplir 24 horas desde que el médico lo declaró muerto. Ya tenían el ataúd en la casa, ya habían arreglado un espacio en la bóveda familiar del cementerio del pueblo, ya estaban los vecinos ayudando a la familia en los preparativos del velorio.

“Aquí tenemos la costumbre de que a nuestros muertos los ponemos en hielo, ahí se mantienen frescos el tiempo que necesitemos esperar, ya sea por los preparativos del velorio o por la llegada de algún familiar”, explica Patricia Cash, de 50 años, hermana de Milton. Esa vieja tradición costeña lo salvó de la inyección de formaldehído, conocido como formol o formalina, la sustancia química incolora y de olor tan intenso que taladra la nariz, que se le aplica a los cadáveres para preservarlos incorruptos cierto tiempo.

Tampoco lo habían puesto a congelar. Tenían el cajón para hacerlo y ya habían comprado las bolsas de hielo, pero por intuición de su madre y sus hermanas habían decidido esperar un poco. Velarlo primero en la privacidad de su cuarto, sobre la cama donde había padecido las últimas semanas.

Patricia tenía 16 años cuando vio morir y “revivir” a su hermano. Lloró su falsa muerte con la intensidad y el drama propios de la ocasión. Con lágrimas gordas, con sollozos como descansos y alaridos que anuncian un mar de llanto por venir.

En esas estaban cuando la hermana menor hacía guardia en el cuarto y, perturbada ante al cuerpo de su hermano, empezó a sacudirlo, a gritarle, a pegarle con puño cerrado en el pecho. “¡Depertaaateee!” Plas, plas, plas. Tres golpes en pecho. “¡Miiiltooon!”, la oían gritar los vecinos. Plas, plas, plas. Sus hermanos la acompañaban. Empapados en llanto, entre los gritos y los rostros desencajados, aquel guiñapo de hombre abrió los ojos. “Mom, I want a juice” (Ma, quiero jugo), dijo el hombre. Silencio sepulcral. El hombre cerró de nuevo los ojos. Volvieron los gritos y el llanto, pero esta vez de alegría. “¡Esta vivo!”, “¡Milton, Milton!”, “¡Revivió!” La voz se regó y los vecinos corrieron a sus casas, despavoridos.

Milton Cash Hodgson
Milton Cash Hodgson tenía 21 años cuando “murió”, 24 horas después “revivió”. A sus 55 años cuenta aquel episodio por el que lo bautizaron como el muerto en vida.

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“De lo último que me acuerdo es de estar en el cuarto platicando con un amigo. Cuando él se fue, comí, me recosté y ahí quedé”, dice Milton Cash. Tenía meses en deterioro. Sus músculos cada vez más flácidos, sus huesos resaltados, la piel reseca. La inmovilidad, la debilidad de sus gestos, el desgano con el que respiraba tenían en vilo a su familia.

“No recuerdo claramente, pero veía todo turbio. Yo viajaba en un camino, iba largo, largo, largo y nunca encontraba el final. Me senté y esperé un gran rato, de repente me desperté. Mom, I want a juice (Ma, quiero jugo). Después me volví a quedar”, cuenta Cash, cuyo trance duró unas 24 horas, tras una agonía de semanas.

“Nunca en la historia médica he sabido de un caso de un muerto que reviva, lo que sucede es que hay pacientes que entran en un estado de catalepsia. Es una condición transitoria, una crisis del sistema nervioso en la que los signos vitales decaen a un nivel casi imperceptible”, explica el doctor Silvio Rodríguez. Un estado al que en ocasiones llegan algunas personas con trastornos neurológicos, un accidente nervioso repentino que inmoviliza el cuerpo y sus sensaciones.

“Puede que ese médico se haya guiado únicamente por la medición de signos vitales de manera superficial, y que haya confundido un episodio de catalepsia, con la muerte. En algunos casos es necesario hacer análisis especializados para declarar la muerte, los procedimientos y el equipo tecnológico nos permiten dar diagnósticos más precisos. Es diferente cuando estás en una operación y el paciente experimenta uno, dos o hasta tres paros cardíacos. Ahí uno aplica técnicas de reanimación, es en cuestión de segundos y el corazón vuelve a latir. Pero cuando se trata de una muerte no hay vuelta atrás”, aclara el médico cirujano.

Pero en el caso de Milton Cash, para sus amigos no hay explicación médica que valga. “A Milton le dieron una segunda oportunidad. Él ya estaba muerto y revivió, el Señor quiso que volviera para hacer las cosas mejor”, dice Joseph Omier, de 51 años, amigo de infancia de Cash. Helen Fenton, de 53 años, dice: “Milton murió y el Señor lo despertó. Aquí todos saben la historia de Milton Cash, todos saben que se fue y volvió. Por ahí anda el pobre, ya está bastante enfermo…”.

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Tanto en Estados Unidos como en Europa, los casos de entierros prematuros eran el escándalo social del siglo XVIII, una macabra trampa de la naturaleza, la peor pesadilla hecha realidad. Desde entonces ya se hablaba de la catalepsia, “ese extraño trastorno que los médicos han decidido llamar catalepsia, a falta de un nombre que mejor lo defina”, señala Edgar Allan Poe en el texto en el que describe con escalofriante precisión la angustia asfixiante de encontrarse sumido en el encierro y la oscuridad absoluta varios metros bajo tierra, aguardando una dolorosa y traumática muerte.

Se trataba de un terror colectivo que se extendió hasta el siglo XIX, pero que había iniciado en 1740 con un libro llamado Morte Incertae Signa (Los signos de la muerte incierta), de Jacques Bénigne Winslow, en el que abordaba la inquietante posibilidad de desconocer las verdaderas señales de la muerte y enterrar a vivos en lugar de muertos. Tal fue el impacto en la sociedad de la época que en Alemania se decretó esperar entre 24 y 48 horas después de decretar la muerte para poder enterrar a alguien. Y así empezaron las primeras versiones de velatorios, las largas vigilias a la par del cadáver para certificar que en efecto no volvería a despertar. Hubo incluso “hospitales para muertos”, donde los cadáveres permanecían por días hasta que los signos de descomposición eran evidentes y procedían a sepultarlos. De campanas enlazadas al exterior desde las tumbas, a ataúdes con sensores de movimiento, cámaras de oxígeno o aparatos de comunicación. La posibilidad de ser enterrado vivo está vigente, el miedo también.

Tres siglos después no hay registros del número de casos de personas con ataques recurrentes de catalepsia, pero en todo el mundo se han registrado historias como las que Poe plasmó en su cuento Premature Burials. Nicaragua no es la excepción, y en lugares como Juigalpa o Bluefields se escuchan casos que pasan de boca en boca despertando curiosidad y temor.

Milton Cash es un ejemplo vivo. “Yo soy la historia de Milton Cash, aunque ahora no soy ni la mitad de lo que era”, reconoce apesarado el hombre que fue por más de una década “la voz de oro” en Bluefields, gracias a sus programas radiales que le dieron fama, dinero y uno que otro romance. Pero el atleta de juventud, el locutor conquistador, el hombre que recorrió su pueblo de cabo a rabo haciendo perifoneo, está consumiéndose de nuevo. Una dermatomiositis y una osteoporosis lo tienen flacucho, debilitado y sin la posibilidad de moverse sin su bastón. Por las tardes ve la vida pasar desde su silla de ruedas.

“Yo salgo a vaguear por las tardes, me voy al lado del parque, allá por el Mini Hotel y regreso caminando de nuevo a Beholden”, cuenta su rutina. Vaguear para él es sentarse a ver la vida pasar, a saludar y que lo saluden, y con suerte, encontrarse con los viejos amigos que eran anunciantes en su programa musical Disco Fire y Éxitos del ayer, en radio Zinica o en clientes del perifoneo diario. Ellos, además de su familia, son sus benefactores.

Milton se siente mal, lo adolecen su osteoporosis y la dermatomiositis que padece desde la juventud, pero no le teme a la muerte. “Todos vamos para allá, yo fui y volví. No hay nada que temer”.

Sabía que…

Los primeros principios médicos establecían la muerte como el momento en que cesan los latidos del corazón y la respiración, pero el desarrollo de la ciencia y la medicina se estableció que se trata de un proceso, que en determinado momento es irreversible.

El término “muerte cerebral” usado en la medicina actual se refiere a la suspensión de toda actividad en el sistema neurológico. Aún cuando el corazón y los pulmones dejan de funcionar, es posible mantener con vida a un paciente mediante equipos tecnológicos por un tiempo, aunque el deterioro del cuerpo es inevitable.

Cuando el corazón deja de latir, la sangre deja de circular, se espesa y se coagula. Empieza a acomodarse por el peso de la gravedad en un proceso conocido como livor mortis o lividez pos mórtem. Sin circulación, el cuerpo comienza a perder temperatura y los músculos se endurecen, en un proceso conocido como rigor mortis. Suele iniciarse después de 4 o 6 horas de muerto, primero en los músculos más pequeños como los párpados o la mandíbula y más tarde los músculos más grandes como los brazos o las piernas. 36 o 48 horas después el proceso se completa.

La descomposición se da por el rompimiento de las células, que al dejar de recibir oxígeno secretan enzimas que alimentan hongos y bacterias que proliferan en nuestro organismo. Químicos como la putrescina y cadaverina son los que dan el olor característico a un cadáver, que además se va hinchando por la producción de gases como el azufre. Bajo tierra, el proceso tarda unas ocho veces más de lo que tardaría a la intemperie.

FUENTES ENCICLOPÉDICAS MÉDICAS Y BBC CIENCIA.

Del miedo al terror

El escritor danés Hans Christian Andersen temía tanto que lo enterraran vivo que tenía una nota escrita a mano en su mesa de noche que decía: “Solo parezco muerto”. Por si no despertaba, había dado indicaciones de esperar dos días para poder enterrarlo. Murió en 1875. No pudo recuperarse de una caída desde su cama.

El famoso mimo y payaso del siglo XIX, Joseph Grimaldi, tenía el mismo temor, por lo que especificó que antes de enterrarlo le tenían que cortar la cabeza. Su familia le concedió el deseo.
Edgar Allan Poe mezcló en su texto Premature Burial (Entierros prematuros) algunas reflexiones personales sobre el terror a los ataques de catalepsia.

“Puede afirmarse, sin vacilar, que ningún suceso se presta tanto a llevar al colmo de la angustia física y mental como el enterramiento antes de la muerte. La insoportable opresión de los pulmones, las emanaciones sofocantes de la tierra húmeda, la mortaja que se adhiere, el rígido abrazo de la estrecha morada, la oscuridad de la noche absoluta, el silencio como un mar que abruma, la invisible pero palpable presencia del gusano vencedor; estas cosas, junto con los deseos del aire y de la hierba que crecen arriba, con el recuerdo de los queridos amigos que volarían a salvarnos si se enteraran de nuestro destino, y la conciencia de que nunca podrán saberlo, de que nuestra suerte irremediable es la de los muertos de verdad, estas consideraciones, digo, llevan el corazón aún palpitante a un grado de espantoso e insoportable horror ante el cual la imaginación más audaz retrocede. No conocemos nada tan angustioso en la Tierra, no podemos imaginar nada tan horrible en los dominios del más profundo Infierno”, apunta el texto. “Lo que voy a contar ahora es mi conocimiento real, mi experiencia efectiva y personal (…) ”. Murió en octubre de 1849.

Edgar Allan Poe
Edgar Allan Poe,(1809-1849) escritor, poeta y periodista estadounidense.

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