Mujeres dictadoras

Reportaje - 11.09.2016
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Estas son historias de mujeres que cultivaron su propio poder y sus propias manías, al margen de sus esposos, los dictadores. Terribles, manipuladoras, vengativas, carismáticas, delirantes, nunca comunes.

Por Amalia del Cid

Sus caprichos son un asunto de Estado y si se le antoja usar un sweater, manda a buscarlo en el momento, aunque el trapo se encuentre a cientos de kilómetros, en otra ciudad. Tiene poses de artista y se entusiasma por la fotografía. Ha llenado de extravagancias políticas el teatro, la danza y la música de su país, y estado al mando de una masa de jóvenes a la que ha agitado contra todo lo que parezca, suene o se vea antirrevolucionario. Usa el poder para resolver vendettas personales y eliminar a sus rivales. Mucha gente le teme, pues cualquier paso en falso puede conducir a la mazmorra y a la tortura. Es la mujer del líder de la nación, pero con un esposo cada vez más viejo, enfermo y aislado del escenario público, su figura empieza a destacar como nunca y hasta se permite poner los ojos en la Presidencia. Su nombre es Jiang Qing, cuarta esposa de Mao Zedong, el “Gran Timonel” de China.

Estamos en la primera mitad de la década de los setenta. Digamos que es 1975 y solo falta un año para la gran caída de Jiang Qing, perverso personaje que aparece en cuanta lista hay sobre las mujeres más poderosas del siglo XX. En septiembre de 1976 morirá Mao y a lo interno del Partido Comunista se desatará una guerra por el poder absoluto. Su viuda la perderá.

Jiang era hipocondríaca, tenía muy poca estabilidad emocional y sufría de manía de persecución. Era ambiciosa como pocos y de un egoísmo descomunal que solo podía ser superado por el del propio Mao. Nació en un pueblo agrícola y al crecer desafió su destino eligiendo la carrera de actriz. La misma profesión que muy lejos, en otras épocas y otros continentes, escogieron otras mujeres que también lograron llegar al poder, como Evita Perón en Argentina y la emperatriz Teodora en la antigua Constantinopla.

La historia de la humanidad está llena de dictadores, eso ya lo sabemos, y también tenemos claro que detrás de cada uno ha habido una o varias mujeres importantes. En esta ocasión, sin embargo, queremos hablar de esas que se han colocado hombro a hombro junto al tirano, en ocasiones destacando más que él y a veces gobernando desde la sombra, o que sencillamente se han convertido ellas mismas en dictadoras.

Queremos contarle un poco sobre la temible Jiang Qing, la megalómana Elena Ceausescu, aficionada a escuchar lo que ocurría en las alcobas de sus ministros, y la insaciable Imelda Marcos. Sin hacer a un lado otros casos, como el de Isabel Perón, quien fue vicepresidenta de su esposo Juan Domingo Perón y, al morir este, asumió el poder. Maestras del dominio de las masas casi siempre. Comunes y aburridas, nunca.

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1976 debió ser el peor año de Jiang Qing. No solo ocurrieron tragedias en China, también en la vida de la terrible Madame Mao. La mala racha comenzó el 8 de enero, con la muerte por cáncer de próstata del primer ministro Zhou Enlai, elemento diplomático y sensato en medio de los excesos del gobierno maoísta y un gran apoyo para la mujer del líder. Dos meses después, el 8 de marzo, en la provincia china de Jilin se estrelló un meteorito de 1.7 toneladas, el más grande que se haya recuperado nunca, y cuatro meses más tarde, el 28 de julio, un terremoto hizo desaparecer la ciudad de Tangshan. Los muertos por el sismo se estiman en 750 mil.

Semejante cadena de acontecimientos ya era bastante para Jiang, pero lo peor aún estaba por venir. El 9 de septiembre murió Mao Zedong, el gran líder rojo a quien su viuda nunca pudo sustituir. Menos de un mes más tarde, el 6 de octubre de 1976, fue arrestada por el nuevo gobierno de China, junto con los otros tres miembros de la famosa Banda de los Cuatro que hizo estragos en los diez años de anarquía de la Revolución Cultural de Mao.

No se explica el poder de Jiang sin esa “Revolución Cultural” que la sacó de las sombras en las que se había mantenido durante los casi treinta años que por entonces llevaba casada con Mao. Y no se entiende la Revolución Cultural sin el “Gran Salto Adelante”, probablemente la peor idea que Mao tuvo alguna vez.

Retrocedamos a 1958. La República Popular de China tiene casi diez años de fundada, desde que en 1949 el Ejército del Partido Comunista de Mao derrotara al Partido Nacionalista Chino en una guerra civil. Mao Zedong es el líder indiscutible en el nuevo sistema y un mal día se le ocurre una estrategia que acabará desatando una hambruna gigantesca. “Lo que el líder se propone es que la industria china alcance el mismo nivel de producción de acero que Inglaterra en solo 15 años. Esta es su apuesta política, su ‘Gran Salto Adelante’”, explica la escritora franco belga Diane Ducret en su libro Las mujeres de los dictadores.

Pero el gran salto de Mao no fue precisamente hacia adelante. “Significó una disrupción masiva de la economía tradicional, porque millones de campesinos que trabajaban sembrando y recogiendo las cosechas de granos fueron pasados a estar trabajando en unos calderos para hacer cosas de acero que al final no servían de nada”, comenta Alberto Alemán, nicaragüense especialista en asuntos del Este de Asia.

El resultado fue que millones de cosechas se pudrieron en los campos y comenzó la Gran Hambruna, agravada por sequías e inundaciones. No hay cifras exactas pero se calcula que en solo tres años, de 1959 a 1962, entre 15 y 40 millones de personas murieron de hambre en China. Como no era para menos, Mao y Jiang perdieron el poder. Al año siguiente del lanzamiento del “salto” él fue sustituido por Liu Shaoqi y ella por Wang Guangmei, una mujer sofisticada que hablaba inglés, ruso y francés y era graduada en Física Atómica por la Universidad de Pekín. Jiang la odiaba profundamente y al volver al poder la convirtió en una de sus primeras víctimas, como ya veremos pronto.

Paradójicamente, el revés de Mao fue una oportunidad de oro para su esposa. Había llegado su momento de brillar. La venganza debe prepararse “con paciencia y sabiduría en la sombra”, y Jiang dominaba a la perfección “las armas de la intriga y el espíritu cortesano”, sus talentos estaban “a la altura de sus demonios” y de pronto se volvieron “indispensables para un Mao en dificultades”, señala Ducret en su libro. Para Alberto Alemán, Mao “estaba resentido porque amaba el poder absoluto” y era, además, “un maestro de la lucha política y un gran manipulador”, así que “preparó las condiciones para lanzar la Revolución Cultural” y parte de ello fue darle un papel más importante a su esposa.

Puesta manos a la obra, la ex primera dama reunió en torno a Mao a unos cuantos adeptos que fueron adoctrinados en el programa que el líder del partido inventó para detener el creciente poder de Shaoqi. Luego sus fieles fueron por ahí, en las entrañas de “la corte”, llevando la buena nueva.

Lo siguiente que hizo fue intervenir a su gusto y antojo en las obras que se presentaban en los teatros, llenándolas de mensajes políticos. El propio Mao se encargaba de proporcionarle consejos políticos “para sus ataques contra el status quo cultural”, afirma el periodista australiano Rose Terrill en su libro La vida de Madame Mao.

Y finalmente llegó 1966, “el año más excitante” en la vida política de Jiang. El año del inicio de la Revolución Cultural. Mao se propuso destruir China para salvar China. Llevar a cabo una purga nacional para eliminar a los burgueses, a los reformistas, a los revisionistas, a todo el que pusiera en riesgo la revolución con peligrosos pensamientos capitalistas. Sin embargo, el verdadero propósito del líder comunista era librarse de sus rivales y obtener el poder absoluto. En el caos cayeron el presidente Liu Shaoqi y su esposa Guangmei.

Shaoqi murió en 1969, a causa de los malos tratos sufridos en prisión. Su compañera fue humillada públicamente, ante unas 300 mil personas, por el pecado infame de haber usado vestidos chinos coloridos durante una visita a Indonesia. Y, horror de horrores, también un collar. Ducret cuenta que, para deleite de Madame Mao, obligaron a Guangmei a embutirse en uno de aquellos vestidos y le colocaron dos collares hechos con pelotas de ping pong doradas. Después la encarcelaron y torturaron y no salió libre sino hasta 1979.

No solo la pareja presidencial cayó en desgracia. También otros poderosos rivales de Mao y todo aquel contra quien Jiang tuviera algún resentimiento en particular. Igual profesores, técnicos e intelectuales, personas pensantes que eran acusadas de capitalistas, encarceladas, torturadas, humilladas y enviadas a realizar trabajos forzados en campos de concentración que se conocían con el eufemismo de “campos de reeducación”. Fue una carnicería que dejó cerca de dos millones de muertos y más de cuatro millones de detenidos. Y a la cabeza, agitando a sus once millones de guardias rojos, estaba Jiang Qing.

Los guardias rojos salieron de esa juventud comunista que miraba en Mao a un mesías y en su pequeño Libro Rojo, una biblia. “Se habían formado sobre todo en las universidades, en las ciudades. Llegaban a oficinas, denunciaban a un funcionario, en público lo humillaban, lo golpeaban. Se cometieron muchos suicidios por la gran vergüenza, por el escarnio público al que habían sido expuestos”, apunta Alberto Alemán.

“Muchos profesores éramos sometidos a maltrato y humillaciones, caminábamos lentamente bajo la amenaza de los terribles guardias rojos, atados (…); otros llevaban colgados del cuello un rótulo de papel, de madera o de metal, donde escribían en caracteres chinos ‘Monstruos’, ‘Elemento contrarrevolucionario’, ‘Despojo humano’”, narró Lu Hui Kang, ciudadano chino, en un artículo publicado en El País de España el 3 de enero de 1981, cuando en China se realizaba el juicio contra la Banda de los Cuatro. “Algunos compañeros míos pasaban horas enteras arrodillados bajo el sol, llegaban a quemarse. Los guardias rojos podían golpear a su antojo con el látigo o con una rama de sauce a cualquier ‘monstruo o elemento contrarrevolucionario’”.

“Solo había un color: el rojo. Solo una palabra: revolución. Solo unos libros: los de Mao Zedong”, escribió Lu Hui Kang. Y la Banda de los Cuatro, conformada por Jiang y sus cómplices, “estaba satisfecha con ese gran desorden”.

A mitad de esa década de locura, el 2 de junio de 1971, China recibió la visita de la pareja gobernante de Rumania, Nicolae y Elena Ceausescu, destinados a morir 18 años más tarde en el paredón. Para desgracia de los rumanos, ambos se enamoraron del estilo de gobierno maoísta. Es aquí que comienza el ascenso de la delirante Elena, asesorada por la mismísima Jiang Qing.

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Nicolae Ceausescu tiene un sueño y se despierta sobresaltado. Sacude a su esposa y le cuenta: “Elena, Elena, soñé que soy un rey”. Ella le responde: “Tranquilo. Eres casi un rey”. Nicolae vuelve a dormir, pero sueña otra vez. “Elena, Elena —le dice a la primera dama— soñé que soy un emperador”. “Tranquilo —repite ella— eres casi un emperador”. Al cabo de una hora Nicolae sueña de nuevo y exclama: “¡Elena, Elena, soñé que soy Dios!” “Hasta aquí podemos llegar —replica ella— Dios soy yo”.

Lo anterior es un chiste que, según El País, corría en Rumania a finales de la década de los setenta. Para entonces Elena Ceausescu había logrado lo que se propuso cuando conoció a la china Jiang Qing, salir de las sombras y aprender a sacarle ventaja a su posición de primera dama comunista, y a comienzos de 1980 en el país hasta se rumoraba que la señora podía competir en elecciones contra Nicolae y sustituirlo en el poder.

En aquel viaje por Asia el presidente rumano se entusiasmó con el culto a la personalidad de Mao Zedong, los desfiles apoteósicos solo comparables con los que se realizaban para Kim Jong Il en la totalitaria Corea del Norte. Elena, por su parte, se declaró admiradora del enorme protagonismo y la severidad de Madame Mao.

Jiang no tuvo problema en compartirle sus secretos. Le explicó que su tarea en la República Popular de China era “dirigir con maestría la propaganda y saber promocionar su imagen”, cuenta Ducret. Y le aconsejó “ganar popularidad y audiencia poniéndose hábilmente en escena al lado de su marido”, de esa forma, “una vez acrecentada su influencia” podría pretender “dirigir su país codo a codo con Nicolae”.

El presidente rumano instaló un régimen y un culto a su persona inspirados en los que impusieron sus colegas de China y Norcorea, con la diferencia importante de que aquellos dos no murieron fusilados. Se hizo llamar el “Conducator” (Conductor o líder) y el “Genio de los Cárpatos” e incluso usaba un cetro de monarca en sus apariciones públicas. Elena, a su vez, volvió a Rumania convertida en otra mujer y más tarde pidió para sí misma el título de “Madre de la Nación”.

“Enormes cantidades de recursos se dedicaron a glosar al Conducator, a exponer sus retratos, a organizarles actos de honor y apoyo públicos, a componer música y escribir poesías en ellos inspirada y a ellos dedicada. Los responsables administrativos regionales y municipales competían entre ellos en su afán por destacar. El dinero disponible se destinaba a su mayor gloria”, relata Josep Miguel Viñal, en su artículo “Dalí y el cetro de Ceausescu”.

Elena, sin embargo, no solo quería ser la “madre” de todos los rumanos, estaba decidida a convertirse en una “científica de renombre universal” pese a que a duras penas conocía la fórmula H2O. Se dedicó a conquistar títulos de dudosa procedencia que a su vez le permitieron entrar al Gobierno por la puerta grande, escalar puestos hasta ocupar el cargo de viceprimera ministra y controlar en su totalidad el campo académico y de investigaciones científicas. Ella concedía las becas de investigación y dictaba qué carreras debían ofrecerse.

A manera de revancha y por el simple placer de tenderle una trampa, quienes escribían sus discursos científicos agregaban “fórmulas totalmente inventadas” que ella leía tranquilamente. Nada de eso impidió que al final de su vida contara con setenta y cuatro títulos universitarios, entre rumanos y extranjeros.

Nicolae y Elena no solo compartían la obsesión por la limpieza (los ciudadanos que eran besados públicamente por la pareja debían pasar antes por un control médico), también la locura y el delirio de grandeza. Si él era el “Conducator”, ella era sabia, ingeniera, doctora, académica, héroe de la patria, dignidades que la acompañaban en las publicaciones de los medios de comunicación que le rendían pleitesía.

La señora Ceausescu estaba llena de caprichos. Sus carros tenían que ser alemanes, los menús que le llevaban debían estar escritos en francés y a Francia mandaba a traer sus vestidos, aunque su país se hundía cada vez más en la pobreza y ella ya tenía suficientes para no repetir en un año. Era un comportamiento similar al de otra coleccionista contemporánea, Imelda Marcos, la “Mariposa de Hierro” de Filipinas, quien fue esposa del dictador Ferdinand Marcos.

La pareja filipina estuvo en el poder durante 21 años y tras la caída del régimen, en 1986, a ella se le hallaron más de mil pares de zapatos, unos mil bolsos de mano, 508 vestidos, 71 pares de lentes de sol, 65 paraguas, 15 abrigos de visón y más de 750 joyas. Tantas joyas que en 2015 las casas de subastas Christie’s y Sotheby’s calcularon que necesitarían cinco días para poder examinarlas todas.

Igual que Elena, la bella “mariposa” ocupó altos cargos durante el gobierno de su esposo, un periodo en el que se calcula amasaron entre 5,000 y 10,000 millones de dólares por quién sabe qué medios. Además de ostentar puestos en entidades públicas, fue, entre otras cosas, embajadora plenipotenciaria y extraordinaria, ministra de Asentamientos Humanos y gobernadora de la Gran Manila.

A esto habría que sumar su contribución a la imagen política de Ferdinand. Le hizo bien a su campaña electoral de 1965 el rostro agradable y la personalidad fresca de su joven esposa. Imelda todavía vive, y Forbes la colocó como la tercera persona más rica de Filipinas en 2013, con una nada despreciable fortuna de 5,000 millones de dólares.

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Ninguna mujer podía destacar más que Elena Ceausescu. Su admiración por personas del mismo género se limitaba a la china Jiang Qing y la argentina Isabel Perón, tercera y última esposa de Juan Domingo Perón.

Como Jiang y Elena, Isabel nació en cuna humilde y no era muy unida a su familia. Su nombre real es María Estela Martínez, hija menor de un empleado bancario, pero según el diario argentino La Nación se le conoce como “Isabel” por herencia de su madrina Isabel Zoila, con quien empezó a vivir cuando abandonó el nido de sus padres. Fue en casa de la madrina donde desarrolló su afición por el esoterismo.

Igual que su predecesora Evita Perón y Madame Mao, Isabel eligió el camino del arte. Decidió ser bailarina para alcanzar la fama, y esa profesión la llevó a encontrarse con Juan Domingo en 1955, cuando él se hallaba exiliado en Panamá. Se casaron en España en 1961 y al volver a Argentina ella se convirtió en su compañera de fórmula para las elecciones de 1973. Elena y Nicolae Ceausescu los visitaron en marzo del año siguiente, cuatro meses antes de que el mandatario argentino muriera e Isabel asumiera la silla presidencial, que perdería dos años más tarde, tras un golpe militar.

Durante esa visita, la señora Ceausescu sufrió otra crisis de admiración. Según Ducret, “vio en Isabel Perón la imagen de una madre llena de compasión” y agregó ese elemento a su propio personaje.

Fuera de sus dos mujeres modelo, Elena no toleraba la competencia. Se afirma que sus celos llegaron al punto de hacer destituir al ministro de Relaciones Exteriores, Corneliu Manescu, porque su esposa era bella y elegante y en una ceremonia oficial el presidente de Turquía la creyó primera dama de Rumania.

También se asegura que más tarde intervino la línea telefónica de una joven actriz llamada Violeta, casada con uno de sus jefes de diplomacia, hasta comprobar las infidelidades de la muchacha y a él sacarlo del cargo. Luego llenó de micrófonos la casa de su ministro Gheorge Pana, solo para llevarse la decepción de que la esposa era casi una santa.

Los delirios de Elena y Nicolae alcanzaron el clímax en la construcción del Palacio del Pueblo, que, por supuesto, no se hizo para el pueblo. Aún hoy es el edificio administrativo más grande, más pesado y más caro del mundo. La mole ocupa 350 mil metros cuadrados y cuenta con unas mil habitaciones. Para levantarla se derrumbaron barrios del centro de Bucarest, iglesias, monasterios y sinagogas. “Trabajando día y noche, se necesitaron al menos 20 mil soldados y prisioneros políticos para crear este edificio de inspiración norcoreana”, apunta BBC Mundo.

Las obras comenzaron en 1984, pero los Ceausescu, que se proponían unir los poderes del Estado en un solo edificio, no llegaron a verlo terminado. A finales de 1989, cuando el comunismo se derrumbaba en Europa del Este, en menos de diez días una revuelta ciudadana apoyada por el Ejército los sacó del poder para ponerlos frente al pelotón de fusilamiento.

A juicio del analista William Horsley, la caída de la pareja “vino como resultado de su violenta reacción a las quejas públicas sobre problemas locales como escasez de alimentos, en diciembre de 1989”. Las protestas comenzaron el 16 en Timisoara y, a medida que la represión crecía, repicaron en las ciudades más importantes del país.

El régimen de lujos, vanidad y autoritarismo, protegido por la violenta Securitate, policía secreta de Rumania, duró 24 años. Los Ceausescu fueron ejecutados en Navidad, tras un juicio sumario, acusados de genocidio, abuso de poder y daños a la economía nacional.

Nicolae, de 71 años, tenía los ojos llorosos cuando era llevado al paredón. Elena, de 73, solo quería morir al lado de su marido. Él no sufrió por mucho tiempo. “Se levantó un metro del suelo al recibir los disparos. Murió súbitamente de mis balas y de las de Boeru, el tercer miembro del pelotón”, recordó en 2009 el exsoldado Dorin Marian Carlan en una plática con la agencia EFE. Pero “Elena no murió de inmediato, pese a haber recibido varios tiros en la cabeza”, relató. “Hacía unos movimientos macabros”. Entonces la remató de un disparo.

El juicio y la ejecución se televisaron. Fue un final trágico, como el de Madame Mao.

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Ahora debemos volver a Jiang Qing. La dejamos frente a una plaza roja llena de jóvenes guardias maoístas, viviendo los que quizás fueron los mejores momentos de su vida. La hija de un carpintero fabricante de ruedas alcohólico y violento, destinada a casarse y criar gallinas, era ahora la mujer más poderosa de China y tenía una capacidad destructiva extraordinaria, aunque nunca logró estar por encima de Mao Zedong ni igualar su imagen de gran líder.

Pero llegó 1976, el año de su desgracia, y a finales de 1980 inició el proceso contra su Banda de los Cuatro. Puede vérsele en vídeos del juicio, con la cabeza erguida y los finos labios esbozando una sonrisa burlona ante un público de ochocientas personas. Contesta con altanería cuando el juez le ordena que guarde silencio: “¡Hablo si me da la gana!” Apenas parpadea. No parece tener miedo, solo mucha rabia.

La lectura del acta de acusación duró nada menos que tres horas. Entre otros cargos, se culpó al grupo de haber puesto trampas a dirigentes del partido y del Estado, de planificar un complot para derribar al poder político y de perseguir a cientos de miles de chinos. Jiang fue condenada a muerte, una sentencia que luego le conmutaron por cadena perpetua. Pero morir de puro vieja no estaba en los planes de Madame Mao. Era un final demasiado simple para ella.

En sus últimos años padeció cáncer de laringe, por lo que pasaba mucho tiempo fuera, en hospitales. Intentó suicidarse en diciembre de 1988, tragándose cincuenta pastillas para dormir cuando no le dieron permiso para ir a conmemorar el aniversario noventa y cinco del nacimiento de Mao, pero fue descubierta a tiempo. Lo cuenta Ross Terril en el libro Madame Mao: The white boned demon.

La segunda vez tuvo éxito. El 10 de mayo de 1991 rompió los papeles de sus memorias y tres días después escribió sus últimas palabras: “Presidente, su estudiante y co-luchadora va en camino a verle ahora”. A eso de las 3:00 de la madrugada del 14 de mayo, cuando la enfermera la dejó a solas, se arrastró hasta el baño de su cuarto de hospital, amarró varios pañuelos para hacer una cuerda y se colgó de un tubo sobre la bañera. Tenía 77 años.

El gobierno chino, entonces controlado por Deng Xiaoping, uno de sus antiguos perseguidos políticos, tardó casi un mes en anunciar su muerte, el 4 de junio. Al día siguiente el New York Times tituló: “Suicidio de Jiang Qing, viuda de Mao, es reportado”. Y poco después, el 8 de junio, el periódico Liberation Daily, “uno de los diarios menos estalinistas de China”, también dio la noticia: “La bruja se ha suicidado”.

Sobre Madame Mao

Jiang Qing tenía una biblioteca con más de 10 mil volúmenes. Amaba la buena caligrafía y solía imitar los trazos masculinos de Mao Zedong. Usaba anteojos para ocultar las verrugas que con la edad le salieron en la nariz y jugaba naipes para calmar sus nervios.

Fue muy enfermiza: padeció tuberculosis, indigestiones, cáncer cervical y cáncer de laringe. . Mao fue su cuarto esposo, pero solo con él tuvo descendencia, una hija: Li Na. A su propia hija le dio cargos en el Gobierno, pero a su hijastra, hija de la tercera esposa de Mao, la trató con verdadera mezquindad.

Tuvo al menos nueve nombres. Uno de los más conocidos es Lan Ping, el que usaba cuando era una actriz de algún talento y mediano éxito. Significa Manzana Azul.

Se dice que en 1938 hizo todo lo posible para destacar, aplaudiendo más que el resto del auditorio, para llamar la atención de Mao tras uno de sus discursos. El líder comunista dejó a su esposa He Zizhen, la mujer que lo acompañó en los momentos más duros de la revolución, diciéndole: “Ahora ya no somos más que dos camaradas. El amor es azul como una manzana”.

En 1943 Jiang echó presa a una de sus empleadas porque la leche que le sirvió le causó diarrea. En 1966 hizo encarcelar y torturar hasta la muerte a un antiguo amigo cineasta, con el fin de recuperar una carta de 1958 que probaba un pequeño desliz. También se desquitó de la mujer que se casó con uno de sus tres exesposos.

Nació fuera de un matrimonio, hija de un carpintero violento, y hay quienes creen que creció con resentimiento social.

Los Ceausescu

El verdadero nombre de Elena Ceausescu era Lenuta Petrescu, nacida el 7 de enero de 1916 en Petresti, un pueblo pequeño de Valaquia del Norte. En el mismo mes (el 26 de enero) y la misma región, solo que dos años más tarde, nació Nicolae.

Él era aprendiz de zapatero y se dice que ella vendía palomitas de maíz. Se conocieron en 1939, cuando ambos eran disidentes y tenían ganas de cambiar el orden del mundo, cuenta Diane Ducret en el libro “Las mujeres de los dictadores”.

Poco después, en 1940, en una de esas vueltas del destino, Nicolae fue capturado y en la cárcel conoció a la persona que decidiría su futuro: un exferroviario jefe de la “facción carcelaria”, quien lo convirtió en su protegido político. Era nada menos que Gheorghiu-Dej, futuro presidente de Rumanía.

Cuando Dej se convirtió en el “hombre fuerte” de su país, Nicolae se vio “propulsado como secretario de la Unión de Juventudes Comunistas sin haber tenido que pronunciar un solo mitín”, asegura Ducret.

Sin embargo, en cuatro años de cárcel no había podido borrar el recuerdo de su idilio con Lenuta. Se casó con ella el 23 de diciembre de 1947 e hizo que le cambiaran el nombre, pues, previendo que un día llegaría a ser un gran líder, no podía permitir que cualquiera se refiriera a su esposa como “Mi Dulce” (eso significa Lenuta).

Elena fue su mano derecha, la mujer que incluso le aplicaba las inyecciones de insulina para la diabetes. Según Ducret, “no habría podido vivir sin ella”.

Wu Zetian, la otra china

Pasó de concubina a consorte, de consorte a soberana, de soberana a fundadora de su propia dinastía. Wu Zetian nació en el año 625 después de Cristo y llegó al poder en una época en que una mujer pretendiendo instalar un reinado era algo más que un escándalo.

No fue pobre. Su familia era aristócrata y desde niña entró al harén del emperador Tang Taizong y a la muerte de este, permaneció en el de Gaozong. Gracias a su capacidad de manipulación llegó a ser emperatriz consorte, gobernó desde las sombras y se deshizo de sus rivales. Cuando murió Gaozong (la leyenda dice que ella misma lo envenenó) quitó del poder a su propio hijo, el heredero, y puso a otro de sus vástagos, a quien podía manejar más a su antojo, para finalmente instalarse ella de manera pública. Es la única china que ha ocupado un trono imperial.

Le dieron golpe de estado cuando tenía 80 años de edad. Su hijo Zhongzong volvió a ocupar el trono del que fue desalojado.

Emperatriz Teodora

Nació en el año 500 de nuestra era y antes de ser la mujer más poderosa del imperio bizantino, fue actriz, como más de mil años después lo serían Evita Perón y Jiang Qing.

Otra coincidencia es su origen humilde. Su padre cuidaba osos en el hipódromo de Constantinopla y su madre era actriz y bailarina. Sin embargo, como todas las mujeres que han llegado al poder, “tenía una personalidad fuerte y decidida y sabía moverse en el mundillo del espectáculo”, señala el portal Arquehistoria.

Igual que Jiang y que Elena Ceausescu, Teodora tenía un pasado que habría querido borrar. Si de la china y la rumana las malas lenguas decían que habían tenido vidas amorosas disolutas, de Teodora aún se afirma que practicó la prostitución.

Conoció por casualidad a Justiniano, sobrino y heredero del emperador Justino I. El muchacho quedó prendado de la actriz, quizá por su belleza, tal vez por ese carácter que luego resultaría fundamental en el gobierno. Según Arquehistoria, “en una ocasión, cuando el emperador, tras un gravísimo conflicto con una de las facciones políticas de Constantinopla estaba preparándose para huir, fue ella quien con un discurso potente y razonado le hizo quedarse, afrontar los disturbios y conservar el poder”. El enfrentamiento dejó entre 20 y 30 mil muertos, afirma Nueva Tribuna, pero Justiniano salvó su reinado.

La gestión de Teodora se caracterizó por su lucha para mejorar las condiciones de las mujeres como ciudadanas. Murió a los 48 años.

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