Mulukukú paraíso o infierno

Reportaje - 11.03.2007
Los instructores del Ejército Popular Sandinista , Mulukukú

Carlos Mejía Godoy cantó a Mulukukú como el lugar "donde el agua corre libre" y la propaganda sandinista lo presentaba como "el paraíso de la juventud". Sin embargo, para los miles de jóvenes que llegaron, obligados los más y voluntarios los menos, la más famosa escuela de entrenamiento de reclutas fue un verdadero infierno

Octavio Enríquez
Fotos de Moisés Matute

Una mañana del primer semestre de 1983, el soldado Juan López Traña, de 19 años, desayunaba en la base de Mulukukú cuando lo mandaron a buscar a un pelotón de soldados.

Los militares desaparecidos no habían llegado a desayunar después de cumplir su turno de guardia en la noche y el mando quería saber qué pasaba.

Cuando López Traña llegó a buscarlos, se fue de espaldas. Uno a uno fue reconociendo a sus excompañeros por las cabezas que los contras habían dejado colocadas en estacas. "Fue espantoso, todo mundo caminaba como traumatizado. De la alegría que llevábamos como voluntarios, nos dimos cuenta que la guerra era criminal. Ahora la gente le dice al lugar el cementerio", recuerda el hoy concejal sandinista de la ciudad de Nandaime, al sur del país.

Sobre el incidente hay muchos nubarrones. Los antiguos jefes militares de la zona niegan hasta la fecha que haya ocurrido un suceso tan macabro en Mulukukú, pero lo cierto es que para los jóvenes que pasaron por allá nada de lo que vivieron es candidato al olvido.

Más de veinte años después, Mulukukú sigue siendo el mismo poblado diminuto. Una hilera de casas acomodadas a la par del camino y algunas otras viviendas ubicadas en colinas demuestran que ha crecido lo suficiente como para que sus ciudadanos hayan reclamado hace seis años que merecían ser considerados municipio.

Ahora viven 22 mil habitantes aproximadamente. Tiene una calle principal de tierra adonde se ven pasar los hombres a caballo, y las mujeres y los niños recién llegados de la escuela. La única diversión es una cantina con paredes y techos de paja, adonde atienden mujeres socarronas que sirven comida, trago y algo más.

A lo largo de los años ochenta este poblado anodino fue el símbolo de la guerra, cuando miles de jóvenes reclutas se entrenaban militarmente en la más famosa escuela para "cachorros" del Servicio Militar Patriótico.

"Adonde fuera te agarraban. Te levantaban de cualquier fiesta. Cuando andaban reclutando hasta te levantaban de unos 15 años. Después para mí fue una transformación repentina durante el entrenamiento. Del chavalo que con costo le hace caso a su mamá y al papá, todo es bacanal, te encontrás a un militar, a un cubano que te maltrata", cuenta López Traña.

"Levantate vos florcita. ¿Sos niña o sos huevón? ¡Decidí si sos niña o si te van a matar en la guerra! ¡Sos una mierda!" López Traña se acuerda cómo los trataban y hace énfasis en que los más nefastos eran militares nicaragüenses, un grupo de analfabetas que trataban a los novatos como basura.

"¿Tienen hambre? ¡No! ¿Tienen sed? ¡No! ¿Están cansados? ¡No! ¿Qué es lo que quieren? ¡Luchar, luchar, luchar es nuestro himno de guerra!", decía la propaganda de la Juventud Sandinista, pero ya puestos en el lugar los jóvenes se daban cuenta de la verdad: todo era una locura.

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El hombre clave de Mulukukú es un señor pequeño, de 52 años, que ahora es pastor evangélico en Somotillo, Chinandega, adonde vive desde hace años cuando se instaló a negociar ganado luego que se salió de las filas militares con el rango de capitán.

Como dicen que recordar es vivir doblemente se juntó con un equipo de Magazine y decidió regresar a Mulukukú, un lugar adonde enviaron al subteniente Evenor Castillo como jefe durante tres años (1983-1986). Tres duros años en ellos que sobrevivió a 24 emboscadas y en los que asegura no hubo ninguna decapitación.

“¡Aquí me emboscaron!”, dice al llegar a un lugar al que llaman Las Pilas, al salir de Río Blanco, a 50 kilómetros de Mulukukú. El lugar ya era famoso. En ese camino la Contra mató a 14 madres en los duros años ochenta.

Él achaca su emboscada a un error. Ese día se quedó platicando con un jefe militar de Río Blanco mientras dejaba que su tropa avanzara. Quedó solo. De repente los vidrios de la camioneta le estallaron en la cara. Eran los contras que le disparaban desde una colina. Se lanzó del vehículo y desde allí dirigió un Ejército imaginario para salvarse.

—Juan, ¡metete por el lado derecho! ¡Andrés por el izquierdo! ¡Apoyame con los lanzacohetes, están allá en la colina! —empezó a gritar llamando a una tropa que no existía. Los contras creyeron la artimaña y huyeron por las montañas del lugar, dando suficiente tiempo para que llegaran los refuerzos verdaderos, según la versión de Castillo.

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A finales de 1982, los comandantes Javier Carrión y Manuel Salvatierra mandaron a traer con carácter de urgencia a un joven de 28 años, nariz curva, a quien el Ejército tenía estudiando un curso de oficiales de alta preparación en la Escuela Militar Máximo Gómez, de Cuba.

Lo querían para un proyecto en el que tenía experiencia. Evenor Castillo había preparado a 150 jóvenes en una escuela militar en Kambla, Puerto Cabezas. Castillo escuchó las indicaciones de la jefatura. Había que buscar un sitio que ofreciera ventajas militares. Mulukukú resultó ideal. Construyeron la base a la derecha del camino yendo del poblado de Río Blanco al río Tuma y así quedaban protegidos geográficamente ante cualquier posible ataque de la Contra, que nunca se perpetró porque los consideraba muy fuertes, según Oscar Sobalvarro, el comandante Rubén.

Con paso ligero el subteniente Castillo partió hacia Mulukukú. Se adentró en la montaña para cumplir la orden que le dieron sus jefes. Sudaba copiosamente. Caminó desde Wilicom, unos kilómetros después de Río Blanco, y miró un humazal. La Contra había quemado las máquinas del Ministerio de Transporte que tenía el plantel de carreteras con el que pretendían terminar la vía que uniría el Caribe con el Pacífico.

Castillo no había terminado de construir la infraestructura de la escuela militar, cuando le avisaron que estaba por llegar los primeros reclutas.

Ellos tampoco sabían nada. El 22 de enero de 1983 algunos se reunieron en el colegio Manuel Olivares. Venían de los barrios orientales de la capital, según Bayardo Izabá, uno de los reclutados, quien dejó a los 20 años de edad su casa en Villa Venezuela para marcharse a la guerra.

Otros llegaban a Mulukukú desde diferentes partes del país, como Juan López Traña, inscrito como voluntario en la ciudad de Nandaime, Granada.

“Allí no ibas a ver a los hijos de los ricos, ni a altos funcionarios del Gobierno. A esos los sacaban del país. Los chavalos que nos reunimos teníamos entre 18 y 23 años”, recuerda Izabá.

Los chavalos partieron en lujosos buses Mercedes Benz para tranquilizar a los familiares. Algunos parientes de los reclutas se entusiasmaron con la idea de que sus hijos pudieran instalarse en lugares cercanos a la capital y siguieron la caravana de autobuses sin saber adónde iban, hasta que los familiares se regresaron uno a uno después de avanzar mucho trecho sin saber el destino.

La caravana llegó ese día a la base militar de Waswalí, Matagalpa. Mal durmieron en las covachas y salieron a las cuatro de la mañana otra vez con rumbo desconocido en una caravana tan lenta que terminaron llegando bien noche a orillas del río Tuma, adonde miraron las únicas seis chozas que había entonces en Mulukukú.

"Nos montaron a esos camiones en que acarreaban ganado. De los Mercedes Benz nos pasaron a esos vehículos. Había en el piso barandas de hierro que ocupan para que el ganado vaya asido de las patas y no se pueda caer, había mucho estiércol y después de salir empezó a llover. Andábamos sucios y hediondos", narra Izabá.

Al primer oficial de mando que se encontraron fue a Castillo. Durmieron poco.

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Mulukukú no era el lugar "donde corre libre el agua" como cantaba Carlos Mejía Godoy y tampoco fue "el paraíso de la juventud" que proclamaba la propaganda sandinista. Más bien fue un infierno de deserciones, emboscadas y castigos insensatos. A los reclutas los trataban a la patada desde el principio y, poco a poco, el lugar se fue llenando de gente que odiaba estar allí.

"A los tres días de haber llegado nos dieron un pantalón verde olivo grande y botines rusos enormes. ¡Nos quedaban horribles! Nos dieron camisas chocolitas súper calientes, lo que hacía insoportable el ambiente. A eso hay que sumarle que muchos no podían ni armar ni desarmar sus fusiles", cuenta Izabá.

La comida era mala. El día que el grupo de Izabá llegó comieron unos pedazos de carne revuelta, aunque había soldados que destazaban vacas ajenas para comer. "Nosotros empezamos a hacer la escuela. Fuimos haciendo las champas, las covachas, entrenamiento físico, táctico, ya como a las 8:00, 9:00 de la noche, teníamos que caminar varios metros para llegar al plantel donde estaba ubicada nuestra compañía", cuenta Izabá.

López Traña dice que aún después de instalados debían dormir en pequeñas champas en las que se cubrían con capotes cuando llovía.

Cargaban mochilas, fusiles y 500 tiros. El sueldo era lo peor, 250 córdobas mensuales que no alcanzaban ni para comprar los cigarros. Según Izabá, el Ejército tuvo que comprarles las cajetillas.

"Un sábado que iba a llegar una visita a nosotros nos mandaron a custodiar el transporte. Iban a llegar las madres a vernos y nos tocaba hacer posta en el camino. Pero ese día como a las 10:00 de la mañana se dio una emboscada del lado de Río Blanco y nos mandaron a patrullar. Llegamos a las 10:00 de la noche. Sinceramente quería quedarme, íbamos bajo lluvia. Los pies se nos desgarraban y el calcetín se te pega en lo mojado. Los primeros días fueron jodidos, pero siempre hubo días en que quería decir no", narra López Traña.

La rutina era pesada: ejercicios en la mañana, desayuno, más ejercicios, prácticas de tiro, clases de ingeniería (cómo hacer trincheras), tiro nocturno, cuidados en la persecución del enemigo y la búsqueda de los lugares para acampar.

"A ellos se les enseñaba a tirar en medio de palos porque en la selva el enemigo está en condiciones irregulares", explica Castillo.

Con esta vida empezaron las deserciones. De acuerdo con Izabá, huyeron 300 soldados de 1,500 que comenzaron la escuela. Para Castillo eran menos. El diez por ciento se escapaba, según él, aprovechando la visita de los familiares; pocos porque por sus manos pasaron al menos 11,500 reclutas. Para cazarlos el Gobierno se inventó una policía dentro del Ejército a la que llamaban Prevención. Los muchachos huían, y venían y los recapturaban. Volvía otra vez la pesadilla. Pocos querían vivirla de nuevo. Había muchos que ya no querían vivir.

Gráficos: Magazine/E. Espinales Guido

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En 1984 hubo un soldado llamado Erasmo, a quien sorprendieron a punto de suicidarse con un fusil y en otra ocasión con un mecate. Evenor Castillo estalló en ira. Era demasiada tirria aguantar estas debilidades para él que debía garantizar la seguridad del territorio, que no se le fueran los reclutas y mantenerse listo por cualquier ataque.

—¿Con qué vos te querés matar? —preguntó airado al soldado cuando lo tuvo enfrente en su oficina.

Aquel lo quedó viendo serio. Sus ojos decían más que cualquier respuesta.

—Hombre tomá, matate —instó y ofreció la pistola.

En unos segundos el reguero de sesos quedó sobre el plano de operaciones y la camisa impecable del uniforme se manchó de sangre.

El parte oficial fue lacónico como un hola. El joven soldado se pegó un tiro porque no pudo soportar que la guapa cocinera matagalpina, con quien ligó en varias ocasiones, se hubiera ido con otro quién sabe adónde.

"Para quienes éramos jóvenes en esa época e hicimos el Servicio Militar Patriótico de manera voluntaria nos entregamos convencidos de que nos movilizábamos por un ideal. Para nosotros oír Mulukukú eriza los pelos. Cantar la canción era emocionante, pero haber pasado esa historia era, como decíamos nosotros, morder el leño pero con orgullo", dice Gonzalo Carrión, otro de los que pasó por Mulukukú.

En la escuela todo era vertical. Como miembro de la Juventud Sandinista se consideró un líder y ya en el campo de batalla el más amargo desengaño fue cuando quiso saludar a Salvatierra, alguien conocido, y este ni lo alzó a ver. Se quedó congelado. En este monte no valía de nada que fuese dirigente sandinista. Castillo vio a muchos chavalos llorar, quejarse. Se dolían de los entrenamientos.

Para los homosexuales fue difícil. Había militares que no los querían cerca y terminaban convertidos en cocineros en los cuarteles. Famoso es el cuento en Mulukukú, dice Castillo, de un gay que castigaron por hacer fonomímicas en varias compañías militares. Lo mandaron a postear de noche y terminó subido en un palo de nancite gritando: "Alto bulto negro. ¡Alto!" El bulto era una vaca.

Pero a Gonzalo Carrión lo que más lo sorprendió fue otra cosa. Se encontró con varios militares sandinistas a quienes les preguntaba cómo estaba la cosa. La respuesta lo tranquilizaba: "Está malo el negocio, los contras se nos corren". Sin embargo un día después encontró un periódico. Uno de sus amigos más cercanos había caído en combate.

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Las malas condiciones del Servicio Militar eran generalizadas. Juan Sobalvarro, carné 010445, vivió su infierno en Pantasma, Jinotega, y en San Juan de Río Coco. Todo lo recogió en un libro de testimonios al que llamó Perra vida. "Para mí Mulukukú fue un remanso", dice al contestar el teléfono en el diario Hoy, adonde trabaja como periodista.

"En vez de los cachorros de Sandino eran las mulas de Sandino", dice en el texto, en el que cuenta cómo los jefes pateaban a los subordinados en el piso por puro gusto sin que hubiera relación con la mística que pregonaban los comandantes en Managua.

Sobalvarro narra todas las mañas que los reclutas aprendieron, como disparar a veces solo para quitarse peso de encima, robar machetes, vacas, gallinas para alimentarse, o sardinas y alimentos en conserva al resto de compañeros de lucha que agarraban mal movidos.

"Cuando pienso en el Servicio Militar siento más vergüenza que orgullo. No me gustaría ser la persona que fui en la montaña. Fue una experiencia muy difícil. Para sobrevivir yo tuve que perder muchos escrúpulos, por ejemplo, que no me avergonzara robarle la comida a alguien o llegar a la casa de un campesino y quitarle también su comida. Ya no robarle de manera clandestina, sino quitársela de sus manos", dijo en una ocasión a La Prensa.

"No recibí entrenamiento en Mulukukú —explica— pero estuve ahí un mes entre marzo y abril de 1985. Para esa fecha en Mulukukú no solo se encontraba la escuela militar donde los reclutas del SMP recibían entrenamiento, también se asentaron en la zona las retaguardias de varios batallones, entre ellos la del Rufo Marín al cual yo pertenecía. Mi presencia en el lugar se debió a que fui enviado al puesto médico cuando se me desarrolló un absceso en una pierna".

Sobalvarro opina que Mulukukú fue un recreo, porque tenía garantizado los tres tiempos de comida y se podía bañar cuando quisiera en el río Tuma, lejos de los combates.

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Más de veinte años después Mulukukú, a 240 kilómetros de Managua, ya no es el caserío mal distribuido del pasado. Una hilera interminable de comerciantes se aposta a la orilla del camino. Parece una imagen del lejano oeste. Al ver pasar a los caballos a uno se le viene la imagen de la bola de heno de las historias de vaqueros.

Pronto está el puente inmenso que atraviesa el río Tuma. Evenor Castillo encuentra a muy poca gente conocida.

Del puente buscando Río Blanco, en el primer tramo de ropa está una señora que llegó en 1992 precisamente de esa ciudad. En la segunda tienda son de Boaco. Denis Andino Mairena es la excepción. Él está sentado en la tercera tienda y trabajó en el Plantel de Carreteras que quemó la Contra cuando llegó Castillo.

"Aquí era muy distinto", dice Francisco Valle, otro vecino más lejos. "Había mucho monte, ninguna de estas casas estaba cerca, yo me le corrí varias veces al Servicio Militar. Me agarraban y yo me les iba".

En medio de donde estaba la champa del jefe y la casa de Valle hay una plaza. Allí los muchachos recibían instrucción política todas las mañanas.

Donde fue su champa hay ahora una casa verde. "Aquí estaba mi champa, todavía está el mismo palo de coco", explica Castillo. A la derecha de esta casa estaban los campos de tiro a unos kilómetros de distancia en caminos desnivelados, porque a los soldados había que enseñarles a tirar y, atrás en una colina, estaban los tanques de combustible que aún hoy se ven abatidos por el sarro. Había un helipuerto cerca del plantel.

Al lado de la casa de Valle, varios niños, vestidos de azul y blanco, reciben instrucciones de educación primaria en el antiguo lugar donde funcionaba la defensa antiaérea. Tenían ocho compañías de soldados, cada una de 150 miembros, distribuidas en todo Mulukukú.

—¡Qué bueno! Por lo menos seguís enviando almas al cielo. Primero lo hacías con bolsas plásticas y ahora los mandás con la Biblia —bromea el exalcalde Noel Montoya al saber que su amigo Castillo es pastor evangélico.

Para este ingeniero, la gente en Mulukukú no se siente anclada a este lugar. Vende sus tierras para irse más adentro. Por la ausencia de querer afianzarse a esta tierra muy pocos pueden contar la historia de "la ribera de saínos", como se traduce al español el nombre del poblado en lengua sumo. En las radios tampoco se habla de la historia. Ni siquiera se oye un lejano "Mulukukú, Mulukukú yo quiero vivir cantando tu nombre claro Mulukukú", como cantaba Carlos Mejía.

Magazine/LA PRENSA/Moisés Matute
Más de veinte años después, Evenor Castillo regresó a Mulukukú, cuántas cosas han cambiado desde que llegó en 1983.

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“Aquí (en la escuela) pasó gente que no era sandinista. Venían obligados por la ley, pero vos los mirabas tener ese espíritu de superación, de buscar éxito en la vida. En esta generación del 2000 yo no lo veo. Se decían: Hacele güevo, tenemos que salir; hay que echarla para adelante y cuando salgamos podemos ser médicos", dice Evenor Castillo frente a algunos de los antiguos pozos tiradores.

Para el excomandante Manuel Salvatierra, quien escaló hasta ser el número tres en el Ejército antes de su retiro hace unos años, la experiencia de Mulukukú fue una lección de coraje y amor a la Patria. Izabá opina que aprendió a convivir con gente de diferente forma de pensar.

Sin embargo en 1985 por poco queman el lugar paradisíaco de ellos. El subcomandante del Ejército Popular Sandinista, Irving Dávila, descendió en un helicóptero en la base. Traía un encargo del segundo oficial de confianza de Humberto Ortega, Joaquín Cuadra. Debía encargarse de un pelotón de reos que encontró a punto de amotinarse.

Seiscientos hombres estaban castigados en las cárceles del Ejército por haber cometido delitos militares en tiempos de guerra. A ellos, la Comandancia les había dado la oportunidad de reivindicar sus errores y de ese modo aminorar sus condenas. Debían participar en operaciones especiales.

"Al llegar a Mulukukú, los dos jefes militares del centro de enseñanza los empiezan a vulgarear y bajarles la autoestima: perros, mierdas, basura, escoria, qué cosa no les gritaron. Entonces los compañeros, que en su mayoría eran permanentes del Ejército, que tenían experiencia combativa y que habían estudiado en Cuba, Alemania, Rusia, China y quién sabe dónde jodido más, personas con grados de hasta teniente primero, se arrecharon, se insubordinaron y casi le pegan fuego al lugar. Yo tuve que mediar para bajar el gas", contó Irving Dávila a la revista Magazine en diciembre del 2005.

Ese grupo especial de oficiales era conocido como Batallón Heriberto Reyes o Batallón de Castigo. Del que ya Magazine publicó un amplio reportaje.

"Eran terribles. Amanecieron colgados de las manos porque no los podíamos aguantar. Armaban unas balaceras esos ingratos. Me querían matar a un jefe de compañía, querían permisos y llegó una comisión del Estado Mayor General y fijate que se levantaron los bandidos. Se creían Rambo. El Ejército cometió el error de mandar a oficiales con penas de hasta 20 años. Se hizo revisión caso por caso, pasamos con el auditor general del Ejército. Pasamos dos días y una noche revisando, se vinieron como cuatro camiones IFA cargaditos, gente que había robado, violado y matado y dejamos a la gente con faltas", completa Evenor Castillo. El paraíso de la Juventud Sandinista sacaba su peor cara. Tenía más pinta de infierno.

Magazine/LA PRENSA/Cortesía/Gonzalo Carrión
1988. Gonzalo Carrión despide a su esposa, Scarleth Palacios, para salir a cumplir el SMP.

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Reportaje

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