Nica gracias a Fidel y Somoza

Reportaje - 17.12.2006
Argelio Córdoba. Entrevista para LA PRENSA Foto: Diana Nivia.

Argelio Córdoba es uno de los últimos mánager de beisbol. Se le puede catalogar como “histórico”  en Nicaragua y Chinandega. Jugó en la época de oro de las ligas profesionales, dirigió el juego más memorable en la historia beisbolera del país, participó en los últimos campeonatos masivos de pelota amateur y ahora, en el ocaso, entrena niños y comenta jugadas con su eterno, picaresco y aguardentoso acento cubano.

José Adán Silva 

Allá en la colonia Ayapal vive “la Bruja”,  señala el hombre al que se le pregunta por la dirección del mánager más conocido de Chinandega: Argelio Córdoba.

La tal colonia Ayapal es un complejo sin gracia, de edificios grises de dos plantas, de puro bloques sin repellar. Las callejuelas son de tierra y las ropas, tendidas en cables al aire libre y de piso a piso, le dan a este sitio un aire parecido a los viejos edificios de La Habana.

En la planta baja de una de las construcciones está la casa de Argelio Córdoba Aguiar. Las paredes están sin pintar, una pequeña terraza de cemento rústico hace de antesala, las ventanas de vidrio lucen sucias detrás de las verjas enmohecidas y de adentro del inmueble sale una voz profunda que con música de fondo y tonos melodramáticos, declama Canción de otoño en primavera, poesía de Rubén Darío que dice. “Juventud divino tesoro, ya te vas para no volver”.

“Es mi hijo chico, que me salió pueta”, confiesa unos minutos después Argelio Córdoba, cuando ya nos ha recibido en la terracita rústica de la casa que alquila en Ayapal, porque debe confesar con vergüenza que ni siquiera tiene una casa propia donde recibir visitas.

Es blanco, alto y algo enjuto. La cabellera blanca luce desordenada, sus ojillos claros están perlados por dos puntos blancos en medio de las pupilas que le dan a su mirada aires de ojos de gato.

Tiene las cejas desordenadas y encanecidas, las manos son blancas pero manchadas por muchos puntos oscuros y un largo pelo blanco parte de la punta de su gran nariz y sigue en curvatura abajo hasta casi llegar a una fosa nasal.

Es viernes 2 de diciembre a las once de la mañana y el sol, aunque brilla allá arriba, reverbera duro aquí abajo. No hay vientos que soplen y Córdoba prefiere estar en calzoneta y camisa de botones abiertos. “Para estar más fresco chico, olvidate, esta calor es más poderosa que una recta de 99 millas”, dice a modo de justificación, antes de hablar del tema al que íbamos: el juego del 3 de diciembre de 1972, cuando la Selección Nacional derrotó a Cuba dos carreras por cero, en el XX Campeonato Mundial de Beisbol que se celebraba en Nicaragua.

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A juicio de la mayor parte de la crónica deportiva, este ha sido el juego más memorable de selección de beisbol alguna de Nicaragua y  Argelio Córdoba lo dirigió esa noche.

Argelio Córdoba. Entrevista para LA PRENSA Foto: Diana Nivia.

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Creció jugando beisbol en las calles de Batabán, un pueblo costeño de la Costa Sur de La Habana, donde nació el 17 de octubre de 1934. Fue el tercero de cuatro hermanos y vio la luz del mundo en el seno de una familia que llevaba el deporte de los bates en la sangre. Su padre, Armando Córdoba, era mánager de ligas infantiles y juveniles de beisbol, y su madre, Isolina Aguiar, aprendió a coser uniformes, bolas y guantes para sus tres hijos varones, porque la menor, Elena, gustaba del deporte pero no lo practicaba.

Jugando creció y un día un general del Ejército cubano del general Fulgencio Batista lo vio batear bien y fildear estupendamente en  la segunda base, así que se le acercó y le dijo: “Mira chico, quiero que juegues con nosotros y te daremos un buen trabajo”.

Córdoba aceptó  y desde los 18 años se metió al ejército cubano a jugar beisbol. Como militar, fue designado a la Aviación donde se le mandó al Mecánica, y como deportista se le destinó a cubrir la segunda base.

“Yo tenía un juego rápido, olvídate chico, nada pasaba por donde yo estaba”, dice Argelio, con esa su voz aguardentosa y ronca que pareciera salida de alguna película de villanos del viejo oeste.

Fue precisamente por esa habilidad suya de recoger todas las pelotas que pasaban por las cercanías de la segunda almohadilla que se ganó el mote con que se le identificaría de por vida en Nicaragua: La Bruja. Pero ya se contará más adelante cómo fue, porque ahora la mente de Argelio viaja a aquella noche de 1956 en que estaba en la sala de medios de la base aérea viendo una película con la soldadesca cubana, cuando un sargento con voz de mando interrumpió la función para llamar por sus apellidos a cinco hombres para una misión especial que luego se les explicaría. Ahí lo llamaron: “Soldado Córdoba, preséntese a la comandancia”.

Un año atrás Argelio y el equipo de la Fuerza Aérea de Cuba habían viajado a Nicaragua a una serie de encuentros amistosos con el equipo de beisbol del general Anastasio Somoza García, el Cinco Estrellas.

“Somoza y Batista eran amigos y así fue que nosotros llegamos a Managua cuando esto todavía era un caserío”, recuerda Córdoba.

“Aquí estaba en proceso de formación la liga profesional que arrancaría en 1956 y Somoza quería que su equipo se armara fuerte, así que habló  con Batista para que le prestara a unos peloteros y así fue que nos vinimos a Nicaragua. La misión era reforzar al team del Hombre”, dice.

Luego de esa serie de 1955, el equipo cubano regresó a su isla y fue en 1956 que Argelio lo llamaron a integrar el Cinco Estrellas y desde entonces jugó pelota profesional hasta en 1966, cuando las ligas se disolvieron.

“En 1957 había un scout, Joe Cambria, que me quería firmar a las Grandes Ligas para jugar con los Senadores de Washington, pero era prohibido contratar a militares, así que yo pedí la baja del ejército por mejoría de vida. La baja me la dio el hijo del jefe del Ejército, Cilito Tabernilla, hijo del general Francisco Tabernilla. Así fue que me quedé jugando pelota en Nicaragua. Aquí me casé con Ángela Rojas Sandoval, mi única esposa, y tuve mis primeros hijos”, cuenta Argelio, quien ahora sí cuenta por qué fue que le encajaron el mote de la Bruja: “Por pura camorra chico”.

“Sucede que jugando yo la segunda con el Cinco Estrellas, recogía todo lo que pasara por allá chico, olvídate, nada pasaba por ahí. Había un locutor denominado Segundo Uriarte, el Kaiser, tipo muy documentado y picante, él era boerista (aficionado de los Indios del Bóer), él me puso la Bruja por odio, él me dijo que yo tenía una escoba en la segunda ya que barría con todo lo que por ahí pasaba y decía que era una escoba muy grande, como de bruja y chico, ya nadie me quita la escoba ni la bruja”, estalla en risas Argelio.

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En 1966 la liga profesional cerró temporada y Argelio Córdoba de pronto se vio sin nada que hacer. no tenía trabajo, no había estudiado nada y no tenía oficios más que batear, correr y fildear. Por nostalgia al lugar donde nació, un pueblo costero, buscó un día donde establecer un negocio de comidas y por recomendaciones de un amigo llegó a parar al puerto de Corinto.

“En esos años la plata circulaba mucho por ahí, venían barcos gigantes a llevarse el banano, el algodón y todo. Los marineros gringos, chinos y japoneses desembarcaban y dejaban mucha plata, y como yo sabía hacer mis platicos, me dediqué a eso”, cuenta Argelio.

Ahí puso el Habana Bar y Restaurante, un negocio que luego vendió para seguir de cerca la pasión de su vida: el beisbol. “Vendí el negocio allá por 1967 o 68, cuando me pidieron que dirigiera el equipo de Chinandega, ya que iba a arrancar la liga de beisbol por ahí del 69 o 70 no recuerdo”, dice, buscando en el aire las fechas, luego en el piso, reflexivo, pero no lograr capturarlas y retoma la historia como si se tratara de un pícher que se ha dado un descanso en la loma.

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Él no era el favorito para dirigir la Selección Nacional. Primero porque no contaba con el aprecio de las autoridades de la Federación Nicaragüense de Beisbol, y segundo porque no era nicaragüense. “Quien dirigía la nave era Heberto Portobanco, del Granada, a mí me llamaron solo como cuerpo técnico”, relata Argelio.

Cuenta que en 1971, en los juegos de preparación para el Gran Mundial de 1972 que se iba a desarrollar en Nicaragua, al mánager Portobanco lo sacaron de un juego por protestar airadamente una jugada y fue cuando se lo dio la oportunidad de dirigir la selección, con tan buen suceso que asegura que rescató el juego con decisiones atrevidas sobre el terreno y eso le ganó la admiración de los entrenadores, cuerpo técnico, jugadores y hasta de los mismos Somoza.

“Yo no soy político chico, olvidate. Estas manos se las he dado a todos los presidentes desde Somoza García hasta Enrique Bolaños y al mismo comandante Ortega, pero por aquellos años mandaban los Somoza y a ellos les gustó mi juego”, cuenta Córdoba, para explicar cómo y por qué se volvió oficialmente nicaragüense.

“Tony Castaño (el entrenador general de selección) me dijo que el hijo del general Somoza García, Tachito (Anastasio Somoza Portocarrero) quería que se dirigiera la selección, pero que él había dicho que yo no era nicaragüense, sino cubano. Y el hijo del general dicen que le dijo a Castaño: ‘No importa si es cubano, chino o griego, ya lo hacemos nicaragüense’. Y así fue que quedo listo a dirigir la gran selección nacional en el XX Campeonato Mundial de Beisbol Aficionado que se jugaría en Nicaragua en 1972”.

Desde que vino a Nicaragua en 1956, Argelio Córdoba solo había visitado una vez más su isla natal, pero el triunfo de las guerrillas de Fidel Castro en 1959 le impidió regresar.

“Yo había sido soldado, si regresaba me apresaban chico, y yo ya tenia mujer y niños”, cuenta con malestar Córdoba, quien ahora habla quedito y ve al suelo cuando comenta: “A mi hermano Sergio lo apresaron, él era sargento de las Fuerza Aérea y lo juzgaron. Le dieron 10 años, pero Fidel dijo que le dieran 20 y por décadas  lo metieron preso los canallas”, cuenta Argelio sin disimular su rabia.

“Fue algo injusto, lo humillaron, lo maltrataron y él no se dejó chico, quisieron que firmara un papel para que lo dejaran libre a los cinco años, bajo la figura de rehabilitación, pero él les dijo que no era un delincuente y que por lo tanto él no necesitaba rehabilitación. Prefirió quedarse ahí. De los 45 presos de Aviación, 42 eran mecánicos y tres pilotos. Solo Sergio y los pilotos quedaron presos 20 años”, recuerda Argelio.

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Ahora deja el pasado de su familia y regresa al terreno de juego, precisamente aquella noche del 3 de diciembre de 1972 cuando ocurrió el momento más emocionante de toda su vida.

Ese día Julio Juárez le ganó 2 por 0 a la selección cubana, en un partido memorable que es la fecha, 34 años después y todavía se comenta como el gran juego.

Para Argelio el momento es especial por dos cosas: Primero porque Cuba era mejor equipo amateur del mundo y no era para cualquiera ganarle. Segundo porque esa noche su hermano Sergio se enteró en la cárcel cubana que su hermano menor, Argelio Córdoba, estaba vivo.

“Mi hermano me contó que cuando salió de la cárcel, que aquella noche el carcelero le dijo a los presos que la selección cubana había caído ante Nicaragua, gracias a un gran picheo de un tal Pablo Juárez, y a la dirección de un cubano traidor llamado Argelio Córdoba. Mi hermano lloró esa noche y yo lloré cuando supe la historia en 1979, cuando dejaron libre a mi hermano”, relata con nostalgia Córdoba, para luego contar que su hermano murió a los pocos años de la libertad en Miami.

Argelio Córdoba. Entrevista para LA PRENSA Foto: Diana Nivia.
Tiempos aquellos en que Argelio Córdoba ganó torneos de beisbol como mánager del Chinandega y la Selección Nacional.

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La Bruja dirigió pelota en Nicaragua hasta 1978. Ese año le ofrecieron la dirección de un equipo en San Salvador y se fue allá con su familia. En Nicaragua la guerra civil por bajar a Somoza empezaba a empeorar y Argelio no quiso correr riesgos.

Estuvo allá hasta 1984, cuando alguien del gobierno sandinista preguntó por él, ya que existía la intención de convertir  la liga de beisbol Pomares en un torneo de fuerte competencia.

“Me contaron que el general Humberto Ortega preguntó por mí, que si yo no debía nada aquí, le dijeron que no, entonces luego me mandaron a llamar: querían que el campeonato Pomares fuera de altura. Así que regresé a Nicaragua y recuerdo que debuté en diciembre del 84 y ese estadio de Chinandega estaba a reventar. Y cuando anunciaron por los altoparlantes que el que dirigía el juego era Argelio “la Bruja” Córdoba, el estadio entero se puso de pie para aplaudirme como nunca lo han hecho en mi vida. Recuerdo que ese día lloré de la emoción. Después de ganar a Cuba, ese ha sido mi mayor momento de emoción. Esos aplausos no los volveré a oír nunca en mi vida”, dice otra vez emocionado Córdoba, que vino al país de 21 años, con 5.11 pies de estatura y 144 libras de peso.

Luego dirigió varias veces más la selección nacional y solo así pudo regresar a su natal Cuba, pero lo que encontró allá no era lo que esperaba. “Cuando iba a Cuba me ponían a vigilarme con agentes, no permitían que se me acercaran los peloteros cubanos, mis amigos de antes se me alejaban. Era un miedo horrible a la Bruja”, cuenta.

Argelio vive solo. Su esposa murió hará algunos años y sus hijos se quedaron en El Salvador y otros en Estados Unidos. Aunque ahora no dirige equipos de beisbol mayor, sigue vinculado al deporte mediante la narración radial de los juegos. También entrena a un equipo infantil que al momento de la entrevista iba a una serie final en Chinandega.

Vive de dos cosas: de unos centavos que le pagan en publicidad, y de un estipendio voluntario que le dan algunos amigos, como Ramón Pereira y Mauricio Zacarías, para quienes pide que se les reconozca su gentileza.

De aquel jugador profesional queda un récord de 66 carreras anotadas que, dice él nadie las ha batido. Del dirigente queda aquel juego memorable de 1972 y su picardía dirigiendo juegos en los años ochenta.

Dice que ahora, aunque Fidel Castro muriera, él no regresaría a vivir a Cuba. “Allá la yuca está muy dura, aquí ablanda mejor. Olvídate chico  allá dejé el ombligo, pero acá dejaré mis huesos”, dice y se celebra, viendo el reloj porque ya pronto debe vestirse para ir a comentar el juego entre el Chinandega y San Fernando.

“Te diré como le decía a mis pícheres cuando yo entraba al box: ‘Chico, apúrate que me está esperando una jeva, así que termina esto rápido, recoge los bates y vámonos'”, dice, estalla en risas y ya más en serio repite: “Debo vestirme para ir a narrar”.

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