Nicas en El Salvador

Reportaje - 14.01.2007
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Ganan en dólares, no necesitan visas, ni cruzar los desiertos o ríos, y se sienten más cercanos culturalmente. De manera oficial se contabilizan unos mil, pero un censo los calculó en 16 mil. El Salvador se ha vuelto en los últimos años un destino atractivo para los migrantes nicaragüenses

Texto y fotos de Alma Meléndez

Bajo el sol inclemente del mediodía, el joven de veinte y pocos años, al que todos llaman el Nica, se seca el sudor de la cara con la camiseta rala, se la enrolla en la cabeza como si fuera un sheik  y con la pala abre un cráter en el volcán de cemento y arena. Le echa agua y prepara la mezcla.

Es el último sábado del mes y el ingeniero que dirige la obra baja de la Toyota 4Runner roja con treinta sobres blancos en la mano y entrega uno a cada hombre. Al abrir su sobre, Norvin Ruiz, el Nica, cuenta menos billetes que sus compañeros y corre avisarle al jefe del error. "Y qué querías, darle trabajo a un ilegal es un riesgo", le responde con sonrisa sarcástica.

Norvin Ruiz es uno de los más de 16 mil nicaragüenses que han emigrado a El Salvador desde que, en enero del 2001, entró en vigencia la Ley de Integración Monetaria y el dólar pasó a circular como moneda nacional.

Desde la dolarización, El Salvador se volvió atractivo para la mano de obra del istmo. Las condiciones geográficas y migratorias contribuyen al fenómeno. El pequeño país está a un día de distancia desde cualquier punto de Centroamérica y gracias a los tratados de integración se puede ir de un lado a otro solo con la cédula de identidad.

La mano de obra extranjera, hondureña y nicaragüense, principalmente, pese a que les pagan menos de lo que les pagarían si fueran salvadoreños, llega masivamente a hacer los trabajos domésticos, agrícolas o de construcción que los nacionales ya no quieren hacer.

Lo que muchos desconocen es que la Dirección General de Migración de El Salvador prohíbe que las personas que ingresan al país en calidad de turistas realicen actividades remuneradas, a menos que soliciten residencia temporal con permiso para trabajar.

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En El Salvador, el departamento de La Unión se localiza en la frontera con Honduras. Santa Rosa de Lima es uno de los municipios más importantes de La Unión, y no necesariamente por el comercio que se mueve ahí, sino porque es uno de los municipios que más remesas recibe. Casi el 50 % de los habitantes tiene un pariente trabajando en Estados Unidos.

Es un pueblo pequeño pero en crecimiento vertical, tal vez porque no hay más espacio a los lados y lo que resta es hacer segundos pisos.

En el centro, pintada de amarillo, está la iglesia católica, siempre de puertas abiertas, enfrente un parque con pocos árboles y muchas bancas, con columpios y deslizaderos recién pintados en los que juegan algunos niños. Las calles estrechas se mantienen abarrotadas de comercio informal, se pueden comprar tortillas, ropa, frutas y electrodomésticos en la misma cuadra. Casi todas las calles son de una vía y el tráfico es infernal. Hay tanta gente caminando de un lado a otro que si se ve la escena desde el aire bien parecería un hormiguero recién pisoteado.

El chinandegano Manuel Morales trabaja como albañil en esa ciudad desde hace tres años. Al inicio, como con su compatriota el Nica, los contratistas también se aprovechaban de su situación de indocumentado para pagarle menos de lo acordado o hacerlo trabajar horas extras sin el correspondiente pago.

En más de una ocasión quiso regresar a Chinandega, pues, con lo poco que le pagaban, para poder mandar dinero a su casa sobrevivía con lo mínimo, dormía en las bancas del parque y pedía permiso para bañarse en la iglesia. Así fue como conoció al párroco de Santa Rosa de Lima, personaje que presentaremos más adelante, y gracias a quien muchos nicas tienen un techo para pasar las noches.

Después de tres años de experiencias, el chinandegano ha llegado a ser supervisor del trabajo de sus compañeros y recibe un salario mejor, 280 dólares al mes, de los que manda cien a su esposa, cien a su mamá y él se las arregla con el resto.

De acuerdo con la Embajada de Nicaragua, en El Salvador hay actualmente tres mil nicaragüenses viviendo en ese país. Sin embargo, basta salir de la capital y hacer una visita a los departamentos fronterizos con Honduras para constatar que un alto porcentaje de obreros y trabajadores del campo son nicaragüenses. No figuran en los datos oficiales porque son indocumentados.

Según un reciente censo de población realizado por la Fundación Cáritas de El Salvador y respaldado por la oficina de Migración y Extranjería, hay más de 16 mil nicaragüenses ilegales. Rosa Aminta Flores, coordinadora de dicho censo, dice que en Santa Rosa de Lima la mayoría de los vendedores ambulantes, trabajadores del campo y empleadas domésticas son emigrantes nicas.

Texto y fotos de Alma Meléndez
Muchos nicaragüenses como Manuel Morales llegan a El Salvador para hacer los trabajos de construcción que los nacionales ya no quieren hacer.

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En los últimos meses “la migra” ha hecho varias redadas y ha deportado a docenas de trabajadores en las fincas cafetaleras y en las zafras de caña de azúcar. De esos, al menos 24 eran nicaragüenses. La mayoría originarios de Chinandega.

De acuerdo con Verónica de Gutiérrez, presidenta de la Asociación de Nicaragüenses de El Salvador, agrupación que nació hace tres años con la finalidad de apoyar a los compatriotas que atraviesan situaciones difíciles, la mayoría viene en la época de los cortes de café, hace sus jornadas, gana sus dólares y se regresa para llevárselos a la familia.

La ruta es relativamente corta. Salen de Nicaragua, atraviesan Honduras y llegan a la frontera con El Salvador en un mismo día. Así lo hace una pareja que sobrevive de vender periódicos. Ambos son originarios de Chinandega y desde el 2002 hacen quincenalmente el viaje de cinco horas desde su pueblo a la frontera. Como no pueden abrir una cuenta en el banco porque no tienen los papeles en regla, viajan personalmente a dejar el dinero que ganan. Cada uno saca 150 dólares al mes. Ellos, que no quieren ser identificados, dicen que no tienen miedo de las redadas de la migra porque no pretenden quedarse a vivir en el país, solo quieren ganar los dólares suficientes para terminar de construir una casa y poner una venta.

En 2007 uno de los proyectos de la Asociación es recaudar fondos para gestionar la residencia temporal de aquellos que tengan más de cinco años de vivir en El Salvador, pues les preocupa el hecho de que muchos de los que tienen trabajo fijo, no cuentan con sus papeles en regla, reciben salarios inferiores y no tienen derecho a prestaciones sociales.

La Asociación también realiza otro tipo de actividades. Bimensualmente se reúnen, en San Salvador, en un restaurante de comida nicaragüense llamado El Guapinol. Ahí planean actividades como el Festival de Gastronomía, que realizan todos los años en algún centro comercial para mostrar un poco de la culinaria nica. Para el Festival de 2007, doña Verónica de Gutiérrez dice que quieren llevar a Carlos Mejía Godoy y como fueron compañeros de escuela, confía en que el viejo amigo no rechace la invitación.

Texto y fotos de Alma Meléndez
Una chinandegana vende tortillas nicas, más grandes y más delgadas que las salvadoreñas en las calles de Santa Rosa de Lima.

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Poco más de 1.60 metros de estatura, robusto, cuarenta y pocos años de edad, piel tostada por el sol, ojos “gatos” y voz suave. Lorenzo Cruz, párroco de la iglesia de Santa Rosa de Lima, cuando no está de túnica en el altar celebrando misa no parece padre. Usa el pelo de medio de lado, viste pantalones negros, camisa cuadriculada de mangas cortas (abotonada hasta arriba) y zapatos negros con rastros de lodo.

Suele vérsele en las calles del pueblo, andando de un lado a otro haciendo favores, dando ride en su Pick-up 4x4, llevando la extremaunción a los enfermos o rescatando a los indocumentados que caen en manos de los oficiales de Migración.

Este sacerdote se ha destacado por la forma en que ha acogido a los emigrantes nicaragüenses. Les ha cedido una parte de la parroquia para que vivan, pues según dice, la Iglesia como madre que es debe acoger a sus hijos.

Un salón grande y vacío. Sin pintar. Sin sillas, mesas o muebles. Pero tienen luz eléctrica y agua. Es un techo seguro y gratuito.

En ese espacio cocinan y duermen todos los nicaragüenses indocumentados que no tienen dinero para pagar un hospedaje. Solo llegan ahí a cocinar y a dormir. Algunos duermen en colchones, otros en hamacas y los recién llegados en las bancas de la iglesia. Comparten un servicio y dos barriles de agua, que deben alcanzar para que todos se bañen.

Según el padre Lorenzo, actualmente hay más de cuarenta hombres hospedados en la iglesia. Algunos tienen días, otros semanas y otros hasta tres años de vivir ahí, como es el caso de Manuel Morales, el chinandegano maestro de obras, quien a pesar de ganar mejor que sus compañeros, sigue viviendo en la iglesia para poder mandar más dinero a Nicaragua.

A los nicas que viven en Santa Rosa de Lima suele vérseles después de las cinco de la tarde, ya cambiados y bañados, asistiendo a partidos de futbol en la calle. Nunca se alejan de las cercanías de la iglesia porque sienten temor de perderse o encontrarse con las famosas maras.

“Muchos prefieren quedarse aquí porque se ahorran lo del hospedaje, comen mejor y juntan más dinero”, cuenta el párroco, quien conmovido de ver a los nicaragüenses durmiendo en las bancas del parque, les ofreció la iglesia y les sugirió que se organizaran.

Al principio el grupo de nicaragüenses no confiaba en el padre Lorenzo, estaban recelosos, sentían temor de que los denunciara en Migración. Entonces el padre utilizó una carnada eficaz para ganarse la confianza, sabiendo de la devoción de Nicaragua por la Purísima Concepción de María, organizó la primera gritería en Santa Rosa de Lima. Ya con la gente reunida, les ofreció oficialmente el salón de la parroquia y les sugirió que se organizaran, que formaran un grupo que velara por el respeto a sus derechos.

Formaron entonces una directiva que llamaron Asociación de Nicaragüenses Residentes en El Salvador (Anires).

Esta Asociación, mientras funcionó, porque actualmente se ha desintegrado, se encargó de difundir y hacer cumplir un acuerdo migratorio firmado por los gobiernos de El Salvador y Nicaragua en el año 2003, mediante el cual los nicaragüenses podían obtener sus permisos temporales de trabajo, si comprobaban que tenían un empleo, formal o informal.

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Pero no todos los nicaragüenses que viven en El Salvador han sido atraídos por el dólar. Noel Lorío, empresario originario de Managua, es uno de los tres mil nicaragüenses que contabiliza la embajada. Es dueño de Eugenius, la tienda de muebles localizada en el Paseo General Escalón, una de las principales avenidas comerciales de San Salvador.

Lorío mide alrededor de 1.80 metros de altura. Tiene cabello grisáceo, expresivos ojos verdes, manos grandes y fuertes que podrían ser las de un obrero. Pero basta ver la textura de la palma para saber que en sus 65 años de vida nunca ha tocado una pala.

Pese a las tres décadas de vivir fuera de Nicaragua, conserva el acento característico de los nicaragüenses. Suprime la “s” al final de las palabras.

Antes de escoger El Salvador como segunda patria y dedicarse a los muebles, se desenvolvió en varios trabajos. Llevó el marketing de una empresa norteamericana que tenía tiendas por departamento desde Guatemala hasta Panamá. Trabajó como importador y distribuidor de películas, y asegura que le iba bien, a pesar de que en esa época no había muchos cines. También fue director de marketing de Kismet, una de las mayores tiendas por departamento de El Salvador, tan grande y tan importante como Almacenes Siman.

En la época que se trasladó a El Salvador, el país atravesaba una crisis a raíz de la guerra con Honduras. Había bloqueo en las fronteras y los vehículos con placas salvadoreñas no podían circular por el territorio hondureño. La alternativa era tomar el ferri que salía del Puerto de La Unión, rumbo a la ciudad de El Viejo, en Nicaragua. El ferri no tenía hora fija para salir, la salida dependía de la marea y la gente debía llamar al puerto y preguntar a qué hora zarpaba ese día.

En la puerta del negocio de muebles del Paseo Escalón dice en gigantescas letras doradas: Eugenius. La sala no es muy amplia, pero caben perfectamente cinco juegos de sofás y una mesa comedor. Vende también cojines, mesas de centro, floreros y todo tipo de accesorios para sala. Según Lorío, en 12 años de presencia en el mercado, ya es una marca reconocida en El Salvador.

Texto y fotos de Alma Meléndez
Grupo de trabajadores que se hospeda en la parroquia de Santa Rosa de Lima, en La Unión.

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Don José Rigoberto Cano Medrano, quien presidió la desaparecida Anires, la asociación de nicaragüenses que el padre Lorenzo ayudó a formar, pertenece al pequeño porcentaje de nicas residentes.

Con más de 13 años de vivir en ese país, igual que el empresario Lorío no fue atraído por el dólar. En su caso fue el contexto histórico de la Nicaragua de los años ochenta. El Servicio Militar obligatorio que había impuesto el gobierno sandinista.

Cuenta el granadino de tez morena, cabellos canosos y lentes de grado que en aquella época su hijo mayor tenía 15 años, y aunque el Servicio Militar era a partir de los 18, al adolescente ya se lo habían querido llevar varias veces.

Para evitar que se lo llevaran, optó por trasladar al muchacho a la casa de unos amigos salvadoreños que vivían en San Miguel, el segundo departamento próximo a la frontera con Honduras, después de La Unión. Del Ministerio del Interior recibió un llamado para que se presentara a una entrevista. Sin rodeos le preguntaron por qué había sacado del país a su hijo. Él simplemente dijo que el muchacho andaba de vacaciones. Después de ese encuentro sintió temor por la seguridad de la familia y en los siguientes días renunció al trabajo, vendió todo lo que pudo, y clandestinamente, por separado, la familia salió de Nicaragua.

En San Miguel las cosas no eran fáciles, entonces la familia se trasladó a la capital. En Managua, don Rigoberto le había llevado la contabilidad a siete establecimientos de un centro comercial, donde había tenido su propia oficina. Tenía confianza de que en San Salvador podría encontrar trabajo en su área. Y en efecto, a mediados de 1986 ya estaba empleado. Pero quiso la mala suerte que en octubre de ese año un terremoto histórico, de 7.5 en la escala de Richter, destruyera San Salvador. Hubo 1,800 muertos, 10,000 heridos y más de 15,000 damnificados. Con el movimiento del suelo, las campanas de varias iglesias sonaron solas durante cinco segundos, tiempo que duró el sismo principal. La esposa de don Rigoberto se impresionó tanto que no quiso seguir viviendo en la capital.

No volvieron a San Miguel, se fueron hasta Santa Rosa de Lima. Allá la necesidad hizo al jefe de familia convertirse en comerciante. Compraba y revendía toda clase de productos en la calle. Paralelamente se había empleado en una fábrica de armar camisas. Con las primeras ganancias compró una máquina de coser, luego otra y otra, hasta que montó un taller de bordado. Con los años, él y su familia sacaron la residencia y ahora son los nicas más conocidos y respetados de Santa Rosa de Lima.

Texto y fotos de Alma Meléndez
Nicas trabajando en la zona de la caña de azúcar, en el departamento de San Miguel.

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